El largo pasillo de piedra se encontraba a oscuras. Las antorchas que debían iluminarlo, misteriosamente apagadas. Los elegantes arcos de piedra ya no relucían como cuando los magos habían llegado. No, ya una Sombra se había asentado en ese lugar. Algo retorcido y antiguo.
Alextarus avanzó decidido y se adentró en la oscuridad, portando en alto su bastón y haciendo brillar el cristal blanco de la punta. La fría luz bañó el corredor y dejó ver el trabajo de los artesanos. Sí, aquellos artesanos que antes de la Primera Guerra habían hecho maravillas para los magos de Ventormenta y habían convertido la ciudad en el segundo centro de aprendizaje de la magia. Hacia tanto que había sido eso…
¿Cuánto? ¿20 años? ¿22? En ese momento lo recordó… Hacia 25 años que los orcos habían ingresado a Azeroth y comenzando una larga serie de guerras que habían cambiado el destino del mundo. Cómo se lamentó Alex de que el Kirin Tor no hubiera sabido todo desde el principio. Cuántas víctimas inocentes se habrían salvado si se hubiera descubierto la corrupción de Medivh a tiempo.
El hombre continuó caminando, mientras tras de sí, las sombras volvían a devorar los corredores de la torre.
Academia de las Artes y Ciencias Arcanas, 4 años atrás.
Alextarus Gledilan entró al despacho del director de la Academia.
Era un lugar bien iluminado y decorado de forma un tanto aristocrática, con esculturas finas y costosas y con escudos heráldicos de los directores anteriores. También había finos muebles de roble que daban calidez al ambiente.
Pero el mago se percató de inmediato de la presencia de otros individuos, además del Archimago en jefe. Cuatro, para ser exactos: una mujer, dos altos elfos y un gnomo. Todos parecían estar esperándole.
- Director, ¿qué significa esto? Creía que íbamos a tener una reunión privada.
- Así es, Alex. En privado… del resto de la Academia, –explicó el director, frotándose la larga barba gris – así que… acércate, por favor.
Alextarus avanzó extrañado hacia el escritorio, reuniéndose con el heterogéneo grupo.
- Señores y señoritas, este el Alextarus Gledilan –dijo, al tiempo que los individuos le saludaron.
Luego, el muy anciano director presentó a los cuatro presentes: Oleya Murobsidiana, una maga de origen gilneano, los hermanos queldorei Iriel y Artherion Brumaplata, y, finalmente, el gnomo Bar’Abaj Arcanomicus II.
Terminadas las presentaciones, el director realizó un movimiento de manos y cinco sillas se materializaron en frente del escritorio circular. Los magos tomaron asiento, visiblemente inquietos. Por qué, Alex no lo sabía.
- Alex, te he convocado junto a estos prometedores hechiceros porque hemos encontrado algo muy interesante en las catacumbas de la Academia. Muchas antigüedades que le servirán sin duda a la ciudad o a los estudiantes, pero, por sobre todo, hemos encontrado esto –exclamó extrayendo un bulto rectangular de su túnica violeta.
Todos se quedaron mirando el bulto envuelto con tela sobre el escritorio. Si bien todavía no sabían qué era, algo les llamaba de “eso”. Era como el sonido de… alguien respirando nerviosamente. Nadie dijo nada en ese momento, pero todos identificaron ese ruido como el de alguien durmiendo… y teniendo pesadillas.
El director rompió el silencio al tiempo que despejaba la tela y dejaba al descubierto el libro:
- Este libro… nos ha llamado enormemente la atención.
Todo quedaron observando esa… aberración.
El forro del libro parecía de piel. Piel humana. Y de varias personas, al juzgar por la mezcla de tonalidades y la presencia de marcas personales como manchas, hongos de la dermis o, inclusive, marcas de nacimiento. La alta elfa se tapó la boca, tratando de contener los deseos de vomitar. Los otros en cambio, abrieron más los ojos cuando el libro pareció “latir”. ¿Qué clase de cosa era eso?
En algún lugar del Bosque del Ocaso, 3 años atrás.
Maldita había sido la hora en que les habían mostrado ese libro. Maldita había sido la hora en que habían partido de la relativa seguridad de Ventormenta hacia esa torre olvidada en Bosque del Ocaso. Maldita había sido la hora en que lo habían abierto. Y maldita había sido la hora en la cuál los Cuervos habían llegado.
Alextarus continuó su camino, maldiciendo y lamentándose por los errores que había cometido.
Academia de las Artes y Ciencias Arcanas, 4 años atrás.
- Como se habrán percatado, está forrado con piel humana… De distintos individuos. Y también, hemos descubierto que sus páginas están cosidas por… cabellos. Sí, en verdad, el que lo encontró se desmayó en el momento.
El silencio invadió la sala. Todos se miraron entre sí.
- No vamos a negarlo… Esto es algo maligno. Algo demoníaco, quizás. Pero, es una antigüedad. No voy a quemar un libro. Vamos a sellarlo. Y luego, lo encerraremos en la más profunda y secreta e las celdas de la Biblioteca, nadie lo encontrará jamás.
Alextarus se giró y miró a los demás. Algo no le gustaba.
- Y sí, ustedes serán los encargados. Su misión será esa misma –finalizó el archimago, comenzando a fumar de una larga pipa que había encendido con un chasquido de sus dedos.
Afueras de Ventormenta, 4 años atrás.
Los cinco magos estaban sentados dentro de la pequeña casa. En el centro, como si estuviera contaminado, el misterioso libro. Dudas se habían sembrado entre ellos.
Oleya rompió el monótono silencio y hablo a sus compañeros:
- No debemos destruirlo… Debemos…
- ¿Debemos qué, Oleya? –intervino nervioso y algo enojado Artherion.
- Estudiarlo… Analizarlo… ¿Cómo pueden ser tan insensibles ante abandonar un libro en una celda húmeda para pudrirse?
- Ol, no es para tanto… Es algo maligno… ¿No lo sientes acaso? No podemos sentir pena por "eso" –dijo mediadora Iris.
- Sé que es algo maligno… Pero… tenemos que discernir sus secretos… Quizás tenga conocimientos que nos sirvan para luchar contra los demonios o contra el Azote… ¿Cómo puede que sean tan cerrados? –inquirió nuevamente Oleya.
- En eso… Sí que tienes razón… ¿Qué no podría ayudar más a saber sobre el mal que el propio mal? –dijo Bar’Araj.
- ¿Y tú que piensas, Alextarus? –preguntó Iris, que cada vez tenía más dudas.
Alextarus dudó.
En algún lugar del Bosque del Ocaso, 3 años atrás.
El mago llegó de repente a una escalera pétrea que se elevaba en formas laberínticas hacia la lejana y alta cúpula estrellada de la torre. Los escalones de piedra reluciente flotaban sobre un vacío estelar que dejaba ver galaxias y soles. Y también una oscuridad profunda, insondable. Antigua… La Gran Oscuridad.
Avanzando decidido y con rapidez, Gledilan subió peldaño por peldaño la astral escalera, deleitándose con las ilusiones astronómicas y celestiales que brindaba esa parte de la torre. Lamentaba profundamente no haberla conocido más a fondo antes. Antes de que llegaran los cuervos.
Afueras de Ventormenta, 4 años atrás.
La duda circulaba por la mente del mago, mientras las infinitas posibilidades se deslizaban entre las fronteras de lo posible y de lo imposible… ¿Estaba listo para romper las reglas por primera vez en su vida? ¿Estaba listo para dar el ansiado paso a lo diferente? ¿A la libertad?
Fue que los ojos de color celeste traspasaron el cristal de la ventana de la casa. Y los vio. Vio cuervos, muchos cuervos. Debían ser por lo menos 2 decenas, todos descansando sobre las ramas de los árboles, protegiéndose de la lluvia.
Alextarus dudó unos segundos más y luego exclamó:
- Estudiémoslo. Luego, lo esconderemos en algún lugar más seguro que la Torre de los Magos. Pero, ahora, vamos a abrirlo y a leerlo.
Oleya sonrió delicadamente y con un movimiento de sus manos, el volumen se elevó por los aires, colocándose a la altura de la mitad superior del torso de la mujer. Era como si estuviera sobre un pedestal invisible y abstracto.
Los demás rodearon a la mujer y Bar’Araj realizó un hechizo de levitación. Los cinco magos estaban frente al libro de piel humana y delicadamente, lo abrieron.
Un relámpago resonó en la oscuridad lluviosa de la noche.
En algún lugar del Bosque del Ocaso, 3 años atrás.
El largo camino parecía acortarse cada vez más, estaba cerca ya de su objetivo. Estaba más próximo de traer el equilibrio que él y sus compañeros habían roto con tremenda osadía y ansia de conocimientos.
Alex dio un paso más y se encontró en una larga plataforma de cristal esmerilado, decorado con símbolos y círculos arcanos. Estos apenas eran perceptibles, pero los ojos esmeraldas del mago eran hábiles.
Al igual que sus oídos, al escuchar cómo se abrían las puertas de la torre, abajo, muy abajo, al nivel casi del suelo.
Afueras de Ventormenta, 4 años atrás.
El relámpago iluminó con una luz eléctrica y fría los rostros… Rostros que mostraban una gran sorpresa.
- ¿Qué carajo es esto? –dijo Artherion, iracundo.
Las páginas, de un papel amarillento pero muy resistente, se veían recorridas por formas que no entendía ninguno de los presentes. Cuando parecía que los caracteres iban a tomar la forma de algo reconocible, como Thalassiano o Común, cambiaban abruptamente, tomando formas toscas y cuneiformes para luego adoptar frases alargadas y torcidas que formaban dibujos sin sentido.
- N… No lo sé… Qué extraño… Debe ser algún tipo de protección, para que el libro no sea leído –dedujo Oleya, recorriendo con sus manos la suave y lisa superficie del papel.
- No deberíamos haberlo abierto… Esto… esto fue un error. ¿No se dan cuenta que Arthas destruyó el norte buscando salvarnos a todos? ¿Qué hemos echo?-reflexionó dolorosa Iris.
- Tranquila, Iris, vamos a cerrarlo… Nunca había vito una magia tan bizarra y extraña –la tranquilizó el gnomo.
Alextarus continuaba, mientras tanto, intentando leer los cambiantes caracteres. Oleya, inexpresiva. Quizás, conteniendo la sensación de derrota.
Pero, repentinamente, llamaron a la puerta.
Todos se callaron y giraron sus cabezas en dirección a la entrada. Todos temieron lo peor. Y prepararon sus cuerpos y mentes para pelear, en caso de que fuera necesario.
Entonces, Oleya movió su mano y la puerta se abrió.
En algún lugar del Bosque del Ocaso, 3 años atrás.
El hombre se desesperó por unos segundos, antes de obligarse a tranquilizarse. No debía perder tiempo. No debía hacer demasiado ruido.
Y entonces si giró, y lo vio, en el pedestal de piedra, despidiendo esa aura maligna y retorcida. Volvía a ver, por fin, la causa de todo el mal que habían liberado sobre el mundo. Lo volvía a ver, en el final de su camino. O quizás, en el comienzo de un nuevo camino.
Alextarus levantó su báculo y comenzó a recitar un encantamiento.
Afueras de Ventormenta, 4 años atrás.
Envuelto en las sombras de la noche, el elfo nocturno se adentró, agachando la cabeza, en la casa del bosque. Y, extrañamente, parecía que la oscuridad no quería despegarse de él, puesto que una neblina densa y somnolienta le rodeaba y se esparció de a poco en el suelo de la cabaña.
El elfo era de contextura robusta y atlética y llevaba los ojos vendados con una cinta negra. Estaba vestid con un conjunto de cuerpo entero hecho con hierro negro y plumas. Muchas plumas. Y también, algún que otro detalle con colmillos y dientes de animales varios.
Como si fuera capaz de ver por a través del paño, el individuo se adentró en la edificación y el ambiente se puso sofocante y pesado de repente. Y todos estaban como hipnotizados con respecto al extraño visitante.
- Soy Ipnos Almasombría. Y he venido a enseñarles, iniciados. He venido a cumplir lo iniciado hace más de 30000 años. Que se cumpla la voluntad del maestro –exclamó, como si estuviera en un trance.
Y poco a poco se fue aproximando al centro de la casa y las sombras se incrementaron y casi se apagaron las velas.
- "Aquí empieza el fin. Aquí termina el principio. Aquí yace el secreto del poder de los Dioses. Malditos por la Sombra los ojos impuros que se posen en él" -exclamó el kaldorei, como recitando de memoria la frase.
Alextarus intentó moverse y atacar al kaldorei, pero algo en su interior le impedía. No sabía si era la curiosidad o un lado inherentemente oscuro, reprimido desde que tenía memoria. Era algo… escurridizo.
Ipnos elevó sus manos en dirección al techo y una bandada de cuervos ingresó volando furiosamente a la casa.
Ninguno de los presentes podía contarlos, pero eran muchos. Cientos, quizás. Y los envolvieron en su vuelo, desgarrando sus ropas y cubriéndolos en un capullo de oscuridad, picos, plumas y garras. Y ojos esmeraldas. Cientos de pares de ojos esmeraldas, como estrellas en el fondo negro de las plumas.
Pareció entonces que ya no estaban en Elwynn. Ni en Azeroth. Estaban en otro lugar. Un lugar exuberante y retorcido. Un lugar más allá de la mano de las criaturas sapientes. Más allá de todo. Ese lugar, más que un Sueño, era una pesadilla.
Los seis individuos vieron con horror el cáncer nuboso y bizarro que infectaba los bosques de una tierra interminable. Y todo lo que tocaba, lo convertía en una bestia y, como una enfermedad, se diversificaba y atacaba más regiones. Sólo unos dragones de escamas esmeraldas parecían poder ponerle freno, aunque de forma momentánea, claro está. Porque la realidad era que los “iniciados” vieron la desolación, la muerte y el Mal. Lo vieron y sus almas se desgarraron de dolor ante los mismos ojos del Mal.
Lentamente, el capullo de plumas se deshizo y las bestias aladas salieron de la casa, apostándose, siempre vigilantes, sobre las ramas de los árboles.
Los cinco magos abrieron los ojos y vieron el mundo con otra mirada. Vieron por fin las cosas invisibles, secretas y prohibidas. Vieron la verdad. Vieron los Esmeralda. Y con esa visión lo entendieron todo. Entendieron el dulce sabor del caos primigenio.
Y se percataron que ahora estaban vestidos como Ipnos. De alguna forma, las voraces aves, que ahora degustaban su túnicas, los habían vestido con plumas… y hierronegro.
Ipnos bajó sus brazos y se arrodilló frente a Oleya.
En algún lugar del Bosque del Ocaso, 3 años atrás.
El escudo mágico se fragmentó y disipó en una nube de humo verdoso y por fin centellaron, plenos de energía, los grabados del suelo: no eran lo que Alextarus esperaba. Eran distintos y distorsionados, mucho más antiguos que el lenguaje Común o el Thalassiano. Se remontaba en realidad, ha más de 30000 años. Ahora, sabía muchas cosas desde que había sido “despertado”.
Pero Alex avanzó decido hacia el maldito libro. Estaba decidido a destruirlo para siempre. Incluso sus cenizas iban a arder en mil infiernos. Se lo había jurado a sí mismo, y a al mundo al que alguna vez había jurado servir.
Afueras de Ventormenta, 4 años atrás.
La mujer gilneana bajó la cabeza ante el elfo nocturno y le miró:
- Heraldo, has cumplido tu tarea junto a tus hermanos. Pronto, el Maestro se hará más fuerte. Pronto, el Gran Despertar llegará y también el retorno al Cuervo.
Ipnos tomó la mano de la humana y la besó. Los demás de arrodillaron en dirección a ella, la Madre Cuervo. Pero esta se dirigió a los presentes:
- Vamos a leer la Palabra del Mal. Y para ello, iremos hacia la Torre de Felorn. Allí no seremos molestados.
Todos, incluso Alextarus, levantaron sus miradas y respondieron:
- Sí, nuestra señora.
Una gran sombra cubrió de repente el lugar y todos fueron uno con ella. Porque el Despertar les había revelado la verdad del Cuervo y sus agentes en Azeroth ahora les obedecían.
Torre de Felorn, del Bosque del Ocaso, 3 años atrás.
Alextarus se detuvo ante el pedestal y recordó los últimos meses. Recordó el rapto de los habitantes de varias regiones de Azeroth. Recordó darles muerte. Recordó cómo los sacrificó y devoró para su Maestro. Y recordó infinidad de actos profanos que había realizado, condenando su alma a la eternidad.
Pero recordó también aquella noche de Luna Llena en la que la Dama Blanca brillaba entre los vastos mares de la Gran Oscuridad. Y se maravilló de la repentina claridad y conciencia que a partir de ese momento había tenido. Si bien todavía no estaba seguro, podía jurar que la Luna le había despejado del manto de sombras que le enceguecía. Desde ese mismo momento, hacía unos dos meses, comenzó a planear la forma de terminar todo. De traer equilibrio. De volver a dormir al caos.
Sin dudarlo extendió su mano para tomar el repulsivo volumen… pero no pudo, porque su mano no se movió.
Alextarus se volteó y contempló a Oleya Murobsidiana, la Madre Cuervo. La Profetisa del Libro. El Cuervo de Obsidiana. Esos y muchos nombres se le habían dado desde u despertar. Y ni siquiera servían para describir la maldad que se hospedaba en su alma. A su alrededor, se encontraban Ipnos, Iris, Artherion y Rab’Araj, junto a varios iniciados. Todos le miraban fijamente, esperando su próximo movimiento.
- Alextarus, querido mío. No dejaré que te lleves la Palabra –le advirtió la Madre, al tiempo que sus subordinados rodeaban a Alextarus a una distancia de unos 5 metros de él.
- Oleya, por favor, despierta de este trance. Hazlo por la Luz –reclamó el hombre.
- No digas el nombre de falsas creencias ante mi persona, Alex. ¿No fuiste despertado como todos nosotros? ¿No contemplaste la grandeza de nuestro maestro?
- Sí lo hice… Pero desperté de la pesadilla. Vi lo que en realidad somos… Somos MONSTRUOS, “Profetisa”. Somos engendros.
Todos los presentes comenzaron a murmurar en muchas lenguas entre sí y en segundos el eco múltiple hizo que Alextarus cayera de rodillas, mientras se tapaba los oídos.
Oleya levantó la mano derecha y se hizo un silencio mortal.
- Somos sus niños predilectos. Somos los elegidos, Alextarus –dijo, al tiempo que el Libro se materializaba en su mano izquierda- …y pronto le ayudaremos en su lucha. Me temo, que tendré que matarte, amigo mío.
Alextarus no lo dudó un segundo. Y comenzó a recitar en silencio, sin apenas mover los labios.
La Profetisa abrió el libro y extendió su mano derecha a Alextarus, canalizando un poderoso encantamiento. Y de sus manos brotaron hilos de energía verdosa y de energía oscura, que danzaron en el aire hasta tocar el cuerpo del mago rebelde. Este cayó al suelo de forma definitiva y comenzó a temblar, mientras envejecía.
Lentamente, el robusto hombre fue cambiando a un anciano de contextura media, al tiempo que su cabello se volvía gris y su piel se arrugaba. Pero a pesar de todo el dolor, a pesar de sentir como su fuerza vital era drenada, Alextarus continuó recitando, aguantando todo.
Oleya se deleitaba con el dolor. Se deleitaba con el gran poder que le había sido concebido. Pronto, el cáncer que significa Alextarus sería extirpado y comenzarían los preparativos para la Gran Búsqueda.
De repente, y contra todos los pronósticos, Alextarus se levantó de forma rápida y usó su poder para arrancar el libro de la mano de Oleya. Cuando lo hizo, como un millar de gritos cacofónicos llenaron el salón y todos se lanzaron hacia él, buscando matarle. Pero Alextarus atinó a sonreír y desaparecer en medio de una corriente mágica.
La Masacre, Feralas, hace 1 año.
El anciano caminó decidido. Con gran esfuerzo, llevaba un medallón de plata y un bulto contra el pecho. Cuando por fin llegó a los pies de la estatua de la Cazadora, se arrodilló para tomar un poco de aliento. Luego introdujo el medallón en una talla bajo relieve de la base y lo giro dos veces a la izquierda y cinco a la derecha, tal y como le había dicho el kaldorei moribundo en Bahía del Botín.
Un compartimiento se desplegó ante él y sin dudarlo dos segundos, introdujo el bulto, recubierto con cuero, tela y malla. Y con unas cuantas maldiciones. Quería asegurarse de que nadie lo encontrara, al menos por un tiempo.
Después de cerrar el escondite, el viejo retiró el medallón y se marchó. No sabía exactamente donde, pero quizás, a Cuna del Invierno. O quizás a Mulgore. Pero en algún sitio, lo escondería y luego se marcharía a vivir lo que le quedara de vida.
Bahía del Botín, dos semanas atrás.
Un anciano bajó del humilde bote contrabandista en medio de la noche. En lo alto, la Luna Llena brillaba. Todo parecía tranquilo.
Sin previo aviso, sin embargo, una nube cubrió levemente a la Dama Blanca. Y en ese momento, el anciano no se percató de los ojos verdes que le vigilaban desde la fronda de la selva.
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