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  1. #1
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    Predeterminado [1º Aniversario] Concurso de Historias

    Concurso de Historias


    La tematica del concurso trata sobre el servidor en si, pero se puede inventar una trama totalmente inventada en un entorno medieval fantastico sin alusion a ninguna otra cosa, creando un ambiente totalmente diferente el cual seria bien valorable, esta historia no podra ser usada para las demas al igual que ninguna de las otras ya que no son intercambiables, (no puedes hacerte un Vrykul Dk por ejemplo)

    No hay extension minima y maxima, pero se valorara la calidad media de cada una de las historias, tanto puede ganar una mas corta de la mas larga como vicebersa.

    No puede ser sobre un personaje vuestro, puesto que a de estar centrada en otros confines muy diferentes.

    Se debe de postear aqui la historia elegida (Solo y unicamente para este concurso, no podra ser usada en el futuro) Y los ganadores se elegiran sobre el dia 30 de este mes.

    (Han de haberse echo dentro de la fecha del concurso, no anteriormente)


    Premios
    • Primer premio:
    -Item Epico 10 niveles en adelante o menor al nivel que tienepudiendole dar el rol que quieran.
    • Segundo Premio:
    -Item Azul 10 niveles en adelante o menor al nivel que tiene pudiendole dar el rol que quieran.
    • Tercer Premio:
    -Item Verde 10 niveles en adelante o menor al nivel que tiene pudiendole dar el rol que quieran.


    Resto de participantes:

    -Recibiran por participar una u dos recetas de oficio pudiendole dar el rol que quieran

    Condiciones

    -Esta prohibido plagiar total o parcialmente un trabajo de internet, realizar esta acción se considerara algo grave
    -Los premios podran modificarse dependiendo de la calidad media de trabajos.

  2. #2
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    Cemotucu está desconectado
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    Predeterminado Respuesta: [Aniversario] Concurso de Historias

    Gracias por responder ^.^ empiezo a escribirla nomás.... Aunque ya veré si la hago verídica o no -.- gracias de todas formas.

    ¿Tienes dudas del Lore? Pregunta sin miedo en el Santuario del Novicio.


    "Mierda, Blizzard lo hizo de nuevo. Pudimos haber tener a Azjol Nerub como una zona subterránea, ¡pero no! Decidieron darnoos un estúpido torneo. Y ahora tenemos un vasto y nuevo mundo para explorar, pero nos quitan [inserte aquí algún item/zona/habilidad/cosa brillante previamente ignorada] que era tan increíblemente asombrosa que hacía que mis ojos sangraran y lo reemplazaron con [inserte algo obviamente mejor, pero diferente en alguna manera a lo anterior]. ¡Jódete, Blizzard! ¡¡¡¡¡DISFRUTA QUITÁNDOME MIS COSAS FAVORITAS!!!!!" (Típico QQ en los foros oficiales)

  3. #3
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    Sederal está desconectado

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    Predeterminado Respuesta: [Aniversario] Concurso de Historias

    Los extremos se encuentran...



    1.El Consejo de Sangre

    -A razón os digo que no es una buena idea.-Sugirió el hermano Asiel.
    -Arriesgado…-Concluyó el hermano Nefradión. Era una nave de ancho calado la que se dirigía a Rasganorte con otras tantas naves compañeras que llevaban todas entre sí, una parte amplia de la Orden de los Caballeros de Sangre, los guerreros de la luz afiliados a la Horda.
    Los principales maestros que tenían el mando de la expedición autorizada por la matriarca Lady Liadrin. Los caballeros más destacados que comprendían la expedición eran los maestros: Ahsya Kelrenvault, Nefradión Laredian, y Asiel Van’Thell. Los dos últimos eran de noble cuna. De la maestra Ahsya no se sabía casi nada, al menos de puertas para afuera de la organización, había entrado, no se sabía muy bien cuando y había ascendido sorprendentemente hasta las cotas de poder, ni si quiera tenia familia conocida. Portaba una elegante armadura negra y roja como la de sus compañeros, y el clásico tabardo de la Orden de Sangre además de una espada y una égida pesada, ostentaba un parche en uno de sus ojos, fruto de una guerra pasada, y si bien su físico advertía que aquella mujer no llegaría a la centena en años, poseía un cabello suntuosamente anaranjado; su cuerpo parecía haber estado demasiado en contacto con la magia vil y haber luchado demasiado conteniendo demonios en Quel’Danas con su escudo. Nefradión era el maestro de la retribución y el castigo con su poderosa lanza templada en sangre de demonio, tenía el cabello bastante corto y moreno, y no llegaría a la segunda centena de años. Asiel parecía ser el más viejo de todos, era veterano de la orden más que aquellos dos y estaba especializado en la lucha con la luz, pues su físico ya no le permitía luchar como bien hacia antes, portaba no obstante una espada y un cetro no demasiado largo, que bien le servía de apoyo o bien como canalizador de su energía mágica.
    Estos tres individuos gobernaban una flota de 7 navíos, en los que se concentraban 33 caballeros de sangre incluidos los propios comandantes, 46 adeptos, 25 iniciados que se habían ofrecido voluntariamente a participar en la expedición a cambio del favor de ser ascendidos a adeptos, y 20 iluminados. A parte de los marineros necesarios para pilotar cada nave.
    La ofensiva Warsong había pedido refuerzos contra los muertos que se alzaban contra el recién establecido bastión en Tundra Boreal. Nerubianos, e invocaciones de todas las clases, armados además con armaduras y armas de saronita, acosaban constantemente a la Horda.
    -La zona de desembarco es más que dudosa para nuestras naves.-Explicó Ahsya.-Pero es la única zona que está menos expuesta de peligro, porque es eso, o intentar desembarcar en Denuedo e implorar al Sol que no nos metan en los calabozos.
    -Creo que asaltar Denuedo si sería bastante más provechoso para los planes de Lor’Themar, poseemos una fuerza casi invicta que puede asaltar perfectamente la fortaleza.-Dijo Nefradión poniendo el puño sobre la mesa.
    Ahsya suspiró y miró fijamente a Nefradión con el único ojo que le restaba y luego al anciano Asiel.
    -Votemos: La zona de desembarco de las antiguas naves de Garrosh o asaltar Denuedo.-Se echó hacia atrás sobre el respaldo de su silla, el bamboleo del barco no parecía ser un problema para el equilibrio de la silla.- Yo, por su puesto elijo la playa de Garrosh.
    Los otros dos caballeros meditaron.
    -Sigo pensando que sería factible un asalto contra la fortaleza de Denuedo.-Siguió Nefradión.
    Ambos votantes miraron a Asiel a la espera de una respuesta.
    -Sea en la playa, pero recomiendo prudencia.-Respectivamente, una sonrisa y una mueca de desagrado cruzaron por los rostros de Ahsya y Nefradión.
    Caballeros de Ébano, La Ofensiva Warsong, la Mano de la Venganza… miles de guerreros se desplazaban en aquel momento por el vasto continente de Rasganorte o surcaban las aguas intentando llegar cuanto antes para combatir al Rey Exánime. Muy pocos tendrían la oportunidad de cambiar la historia.

    2.Operación Caronte.

    Las naves se alinearon en la medida de lo posible, cuando por fin llegaban hasta la playa donde unos meses antes Garrosh Warsong había llegado con sus tropas. Cada nave por suerte poseía un lanza agujas rotatorio, aunque de escasa entidad, pues eran naves pensadas sobre todo para el abordaje o transporte más que para el combate a distancia. Conforme se habían ido acercando a tierra, o al menos eso creían, habían estado encontrando una espesa bruma que ocultaba de la vista cualquier cosa más allá de diez palmos por delante de uno mismo.
    -Parece una niebla real, pero sin embargo, no deja de contener magia.-Dijo el anciano caballero mientras se mesaba la barbilla.
    A medida que avanzaron las naves se pudo vislumbrar la playa. Los miembros de la Orden de Sangre permanecían atentos a cualquier señal de la nave capitana, situada en el centro de la formación.
    -Es un frio tan profundo que no solo congela la sangre, también el alma…-Observó Asiel. En la nave principal, además, se situaba el capeón de sangre Nathaniel con el Estandarte de Sangre, consagrado con la energía del naaru M’Uru, y permanecía cerca de los comandantes.
    -Mi señor, no temais, nuestros hermanos están unidos, poseemos la Luz, la redención de la maldad de esta tierra.-Intervino Nathaniel refiriéndose con desprecio a los muertos.
    Poco a poco el frio fue aumentando de manera tan sorprendente que el agua en pocos instantes se congeló en torno a los cascos de los barcos para sorpresa de los caballeros de sangre.
    -¡Por el Sol! ¿Qué diantres está pasando?- Se apresuró Nefradión.
    -¡Debemos bajar y correr hasta la costa!-Gritó Ahsya. Los otros dos caballeros asintieron y dieron orden de evacuar los catamaranes. Los caballeros granates y negros bajaron a tierra sin sus monturas. Habían elegido la penitencia de ser caballeros errantes para que la gloria de su limpieza no tuviera límites.
    Marineros y caballeros bajaron al hielo. Los hermanos formaron entre sí, en unidades comprendidas por un caballero y sus adeptos o iniciados. Tomaron las armas y avanzaron desde las naves estancadas por el hielo, unidos, como un solo cuerpo, hasta la arena de la playa.
    De repente, de la más absoluta nada, aparecieron flechas de saronita que cayeron sobre la línea de los caballeros. Algunos cayeron, sobre todo los desgraciados marineros que carecían casi de toda armadura.
    Ahsya miró en el ángulo que caían. Sus cálculos no podían fallar, una parte de su vida la había dedicado a las matemáticas aplicadas.
    Señaló con la espada mientras se cubría tras del escudo.
    -¡Hermano Asiel, iluminadme allí! ¡Hermanos iluminados, dadnos energía! ¡Baluartes, a primera fila!-Vociferó la elfa de sangre.
    El antiguo guerrero apuntó con el báculo canalizador hacia la zona indicada mientras marchaba con dos iluminados transfiriendo luz al maestro. Lanzó una descarga de luz pura que disipó la espesa niebla que les separaban y además desintegró a los cadáveres que a duras penas podían mantener el arco en condiciones de disparar. Muertos armados y necrófagos descendieron por la playa aterrazada mientras los caballeros se dirigían directos a ellos.
    El escudo de la elfa se iluminó, así como otros pocos escudos y la propia silueta de estos, pero hecha luz condensada, salió disparada abrasando las líneas de muertos que se aproximaban. Los iluminados lanzaban trombas de luz mientras se acercaban.
    -¡No conocemos el miedo, tampoco la derrota!-Gritó el joven Nefradión justo antes de encender la luz a través de su arma y atravesar un nerubian que abría los brazos para atraparle. El elfo removió la lanza hacia arriba para sacarla a tiempo que manaba un icor de color verdoso desde el interior, llegando a ser un reguero.
    -¡Manteneos unidos, la sangre de los hermanos hace la verdadera fuerza!-arengaba Ahsya mientras saltaba sobre un necrófago, partiéndole el cráneo en dos y bloqueando una zarpa que se acercaba por su siniestra con su égida. Moviéndose ágilmente con una elegante finta, clavó la espada en el estómago del necrófago, el cual seguía intentando herirla. Canalizó luz a través de su propia arma, como si fuera un miembro más de su cuerpo, y achicharró desde el diafragma al putrefacto cuerpo no-vivo.
    Los iluminados lanzaban novas sagradas que herían a los muertos y regeneraban los tejidos de los vivos, al igual que su salud. El propio Asiel lanzaba andanadas de luz que barrían literalmente a los que venían. Era una mayoría de nerubians la que les hacía frente.
    -¡Por honor, sangre y luz!-Proclamaba el campeón Nathaniel mientras ondeaba el estandarte que a su vez era custodiado por cuatro adeptos de sangre. Las espadas bañadas en luz desintegraban a los muertos como si estos no hubieran sido más que ceniza.
    -¡Polvo al polvo, cenizas a las cenizas, devolved a los muertos a la tierra de donde no debieron levantarse!-Animaba Nefradión a un grupo de adeptos que le seguían.
    La victoria estaba al alcance de la mano, con bajas mínimas, los caballeros, encendidos por la fe en sus propios hermanos, avanzaron inexorablemente destruyendo a sus opositores.
    En las inmediaciones varios cuernos de guerra se oyeron tocar y posteriormente una manada de incursores orcos montados en sus lobos de guerra rompió contra la retaguardia de los muertos con tal fuerza que algún que otro incursor descuidado atropellaría a algún miembro de la orden.
    Un mag’har de cierto rango se acercó hasta el estandarte mientras los tres comandantes iban a recibirle.
    -¡Lok’tar o’gar, camaradas! ¡Bienvenidos a Rasganorte!-Su aliento era tan fuerte que una nube perpetua de vaho cubría parcialmente su rostro.- ¿Quién está al mando?-Dijo mientras miraba a los tres que se acercaban.
    Los comandantes se miraron entre sí. Y Asiel decidió hacer la aclaración.
    -Anu belore dela nah, sargento incursor; nosotros tres formamos el mando de la expedición de la Orden de Sangre.
    -Es posible que os echen de menos en el este, pero aquí hay mucho que hacer; y el señor Garrosh Warsong desea ver al comandante de la unidad.-Explicó el orco.- Os escoltaremos hasta el bastión.
    Si bien una escolta de 30 incursores era poco más que una banalidad.

    3.Fantasmas del pasado.

    A buen ritmo, los miembros bajas en combate fueron transportados rápidamente al bastión, seguidos muy de cerca por el convoy principal. La fortaleza a decir verdad estaba bastante mejor construida que muchos de los edificios que habían conocido los elfos sobre los orcos. Se habían estirado en el presupuesto y poseían un puerto de zepelines por el cual llegaban cada 12 horas cargamentos a la fortaleza. Estaba totalmente blindada y poseía dependencias muy bien equipadas para abastecer a un poderoso ejército.
    La audiencia fue preparada con el Señor Warsong. Los tres comandantes acudieron inmediatamente. Era una sala amplia, en el suelo, un mapa táctico de la plaga, de las fuerzas de la Alianza y de las fuerzas de la Horda.
    -¡Sangre y truenos, por fín!-Exclamó Garrosh al verlos.
    -Señor, nos ponemos bajo vuestras órdenes como jefe de la expedición.-Dijo Asiel mientras los tres hacían un saludo propio. Las armaduras estaban algo sucias por culpa del enfrentamiento, mas ninguno sufría heridas.
    -Espero que sean tan buenos como me han prometido.-Sonaba mas a una advertencia viniendo del orco que un deseo.- Colaborarán con una partida que ha llegado de los caballeros de la Espada de Ébano. Confío en que no haya problema, necesitamos atacar al ejército de avanzada de En’Kilah que está atacando a los Taunka. Hemos mandado un importante contingente a defender el poblado pero me temo que toda ayuda es poca. El resultado de esta batalla nos dará el paso libre para enlazar con el Martillo de Angvar y avanzar con nuestros efectivos hasta la Puerta de Cólera, en otras palabras: quien gane esta batalla podrá dar un paso hacia delante en esta guerra.
    Los tres elfos se quedaron meditando y mirando el mapa que tenían ante sí.
    -¿Es estrictamente necesario unirnos a los caballeros de Ébano?-Preguntó Nefradión dirigiéndose personalmente a Garrosh.
    -Vuestra supervivencia estará ligada a ellos. Aquí los muertos pueden contarse por miles, con lo que habéis traído dudo que podáis contener vosotros solos y rechazar al ejército de muertos.-Dijo con simpleza Garrosh mientras les daba la espalda para mirar la chimenea.
    Ahsya se adelantó un poco.
    -Perdonad, jefe Warsong ¿Cuántas veces habéis visto pelear a un caballero de sangre?- Asiel le puso la mano en el hombro para evitar un roce mas fuerte con el orco, a medida que este se volvía hacia la elfa.
    -He tenido la ocasión de ver muy pocos combatir, señorita. Pero me gusta plantear batallas sobre seguro, no basándome en la leyenda de una orden de élite y minoritaria que aplasta ejércitos de muertos. Esto es el mundo real.-Le replicó el orco.
    -Le demostraremos que está equivocado.-Dijo sombría la elfa mientras se marchaba ofendida, seguida de sus compañeros que si se despidieron correctamente del jefe Warsong.
    -Ojalá sea verdad…-Dijo sonriendo Garrosh.
    Una vez fuera de la sala de audiencias, Ahsya maldecía con todas las expresiones posibles al orco en thalassiano. Una figura encapuchada y con una gruesa armadura se acercó caminando hasta los tres maestros.
    -¿Sois los caballeros de sangre?-Preguntó una femenina voz, algo ronca. Los tres se volvieron tras maldecir varias veces al orco.
    -Somos los comandantes…-Dijo Asiel mientras observaba con detenimiento a la fémina.
    Los tres hermanos prestaron atención a la individua que se quitaba la capucha. Tenía el rostro pálido enfermizo, unos brillantes ojos azules que desprendían un fulgor tan frio como la misma muerte, era o había sido thalassiana en algún momento de su vida, y aunque no estaba exactamente muerta, si era una Espada de Ébano, tal y como se veía en su tabardo oscuro, en vida parecía haber sufrido un corte en la garganta que le había dejado una cicatriz permanente.
    Ahsya se quedó desconcertada con la guerrera.
    -¿Y vos sois…?-Kerenvault examinó bien a la persona que tenía delante suya. Era un recuerdo, una ilusión un sueño o una pesadilla, pero tan real como la armadura manchada de sangre nerubiana que le protegía todo el cuerpo.
    -Leirala Frostsong.-Contestó secamente y permaneció en silencio sosteniendo la mirada de los tres paladines.
    Ahsya temblaba nerviosamente, y sus compañeros lo notaron, se le veía muy alterada.
    -Nefradión, concreta nuestros planes con la guerrera…por favor.-Dijo el viejo elfo mientras se llevaba a Ahsya en dirección contraria.
    Cuando por fin se alejaron un poco, se dirigió a la maestra de sangre para hablar cómodamente con ella.
    -¿Qué ocurría hermana?-La elfa gimió dolorosamente y se derrumbó en los brazos de Asiel.-¿La conoces? ¿Te ha hecho algún mal?
    La elfa negó precipitadamente y alzó la vista para contemplar a Asiel con el último ojo que le quedaba.
    -Los fantasmas del pasado me atacan.-Dijo con cierta preocupación y a duras penas.

    4.Luz y Muerte.


    Todo había sucedido demasiado rápido. La misma noche que descansaron en la fortaleza, al alba del siguiente día, Garrosh dio la orden de marchar a los caballeros de la orden de sangre y a los caballeros de la espada de ébano. Estos últimos eran unos 30 caballeros mas unos 100 acólitos que les servían.
    Al parecer la comandante era la llamada Leirala Frostsong. Marchaban hacia el noreste hasta que en un alto de ese mismo día llegaron al pueblo de Kashala donde por un módico precio a parte de algunas concesiones que la Horda había dado a los hombres morsa, dejaron pasar al casi medio millar de soldados, pues les acompañaban unos 100 incursores con sus respectivos lobos.
    Al llegar a tal playa, los comandantes y los caballeros de rango si fueron acomodados en ciertas dependencias construidas con hueso y pieles, aunque muy acogedoras. Ahsya se había mantenido todo el viaje tensa, y sus compañeros empezaban a dudar de sus cualidades de mando e incluso si estaba preparada para combatir.
    La noche cayó con un manto helado que ningún vivo desearía tener encima. Ahsya salió de la tienda de sus hermanos buscando el frio solitario de la noche. Se había hecho con una capa de algún mamífero local, algo pesada pero confortable hasta el extremo. Solo quedaba a la vista sus hombreras, parte de su tabardo por delante y su cabeza protegida por el propio cabello zanahoria y una visera propia de la armadura.
    El viento soplaba hacia la playa en vez de en dirección contraria, era la propia tierra la que manaba ese frio tan infernal. Mientras se encaminaba, vio una silueta negra. Se acercó, se trataba de Leirala, que se mantenía con la espada hundida en el hielo, arrodillada, mientras parecía meditar. La maestra de sangre optó por acercarse a la espada de ébano.
    La oscura guerrera se incorporó cuando Ahsya estaba detrás suya, lentamente se dio la vuelta.
    -¿Buscáis algo?-preguntó la caballera de la muerte. Permanecia con la misma capucha y la misma capa que envolvían una pesada armadura. Tomó la espada y la enfundó en una vaina que tenia sujeta a la espalda.
    Kerenvault se fijó bien en ella.
    -Eres el fantasma de una joven a la que amé más allá de lo inimaginable, una caballera de sangre, Leirala.
    La sin’dorei permaneció mirando a la caballera de la muerte mientras pensaba exactamente lo que habría podido pasar en tanto tiempo. Esta, sin embargo, permanecía expectante y sin reaccionar.
    -Por un momento, yo también caí. Sentí que morí. Pero los caballeros de sangre no mueren, simplemente se reagrupan en el infierno en el que caigan. He soñado noches inagotadas con volver a verte, he llorado desgarradoramente por que habías dejado mi mundo en llamas vivas que necesitaban algo que consumir. El fuego ahogado en mi corazón ha sido doloroso…-Declaró mientras se acercaba a ella, la miró con infinita comprensión mientras la tomaba por los hombros.-Debes de haber sufrido muchísimo, es posible que no llegue a imaginármelo, que no llegue a saber nunca como te convirtieron en un monstruo sanguinario mas allá de lo vivo, pero quiero creer…quiero creer…-Dijo con notable angustia que nacía de su garganta.-…quiero creer que aún queda algo de la joven que me enamoré.
    Mejores tiempos recordarían rostros infinitamente más bellos. Habían madurado cada una por un destino cruel que las había envejecido y maltratado; la guerra, la magia.
    Ahsya no se lo pensó dos veces. La abrazó contra sí y le beso profundamente los labios. Leirala pareció desconcertada, pero no se movió ni un ápice, ni a favor, ni en contra, los labios de la caballera de la espada de ébano eran frios, con grietas, pero tiernos frente a la calidez y rugosidad de Ahsya. Finalmente se apartó un poco, sin dejar de mirarla.
    Hubo un silencio incómodo. La sin’dorei respiraba agitadamente.
    Leirala apartó la vista precipitadamente y se fue.
    La endurecida caballera de sangre sintió la misma pesadez en las piernas que cuando los grilletes merman su fuerza. Se dejó caer, haciendo un ruido metálico al caer sobre el hielo. Lloró en soledad, la única compañera que le quedaba en vida.

    5.Pacto de Sangre.

    -¡Lok’tar camaradas!-Grito un orco algo herido en la cabeza, debía ser un sargento de los refuerzos que se habían mandado el día anterior.
    El aire estaba siendo algo denso. Al parecer, según los propios orcos, habían lanzado bombas incendiarias a las murallas de la ciudad templo desde el amanecer. Los caballeros e incursores habían llegado para el atardecer tras prepararse en el poblado Taunka.
    Sobre una colina, postes de madera defendían la posición de armas a distancia incluidos lanzallamas goblins que retenían la marea de muertos.
    Los caballeros empezaron a avanzar, el ala izquierda estaba conformada por los incursores, el centro de los caballeros de sangre y el ala derecha conformada con los caballeros de la muerte.
    -¡Hermanos, hoy es un dia para la entrega, hoy es el momento de demostrar vuestra lealtad, y es un buen lugar para sacrificar vuestra sangre por vuestra patria! ¡Shindu fala nah!-Arengó el campeón Nathaniel. Los caballeros avanzaron por debajo de la colina. Por encima de sus cabezas, proyectiles de largo alcance surcaban los cielos buscando la retaguardia de los enemigos.
    Una nueva oleada hizo que los caballeros se expandieran para proteger las alas mientras estos se organizaban para la carga.
    Ahsya, Nefradión y Nathaniel se hallaban en la primera línea. Las égidas de los caballeros protegieron a sus hermanos que lanzaban fuego y luz a los que se acercaban.
    Ahsya no luchaba bien, o al menos eso estaba comprobando Nefradión, para su propia sorpresa. No había provocado bajas pero un buen hermano de batalla sabe cuando su compañero de armas no rinde como sabe hacerlo.
    -¡Kerenvault! ¡Ásalos con luz!-Al instante, todos los esqueletos que se precipitaban sobre ella se encontraron con una guerrera de la luz dispuesta. Concentró todo su poder sobre la espada, que empezó a fulgurar en luz. Acto seguido, cuando los tenia encima, clavó la hoja en la húmeda tierra, haciendo que de la propia tierra relámpagos de luz calcinaran a un radio de enemigos que tenía delante.
    Nefradión hizo un gesto de aprobación y se encaró a los muertos dando poderosos mandobles con la larga hoja de la lanza. Asiel por su parte lanza poderosos rayos sobre las manadas de muertos que empezaban a trabarse contra el muro de escudos sin’doreis. Abominaciones de carne y algún behemoth que se acercaba era combatido a ser posible a distancia, pero muchas abominaciones llegaban contra los caballeros, destrozando las líneas.
    Los incursores, preparados, se lanzaron a la carga desbaratando a los nerubians que cargaban por el flanco izquierdo, de todas formas por culpa de la cantidad, pronto se frenaron y se trabaron en combate, por lo que las cosas estaban en tablas. El flanco derecho había sido atacado por los caballeros de la muerte, que se enfrentaban hábilmente en sus monturas a los behemoths. Pero el centro estaba siendo desbordado por los hechizos de los nigromantes que lanzaban sin piedad sobre los escudos mágicos de los caballeros de sangre, que a duras penas podían contenerlos además de la marea de vrykulls no muertos que lanzaban hachazos sobre los vivos.
    -¡Debemos resistir! ¡Por vuestra sangre!-gritaba Ahsya a izquierda y diestra mientras lanzaba golpes con su espada desde la cobertura mágica de su égida.- Debéis luchar por lo que mas queréis…
    Las últimas palabras fueron cargadas de angustia cuando vio a Leirala cargando contra un wyrm de hielo que estaba posándose poco a poco sobre la retaguardia. En su lomo deshuesado, un caballero de la muerte humano lanzaba descargas de hielo a una distancia tan larga que era incomprensible su puntería e iba armado con dos espadas negras con cierta textura vidriosa.
    No había cambiado nada, había aprendido a resolver los combates por la vía rápida, como su maestra. Buscaba la muerte como el lobo viejo que se aparta de la manada para morir en soledad, solo que ella enseñaba los dientes.
    La maestra de sangre arrambló con lo que tenía delante abriéndose pasó a golpes de escudo y cuchilladas. Siempre se ha dicho, que el amor más grande, nace del sacrificio de una persona por otra, la expresión más sincera de amor.
    Usando sus propios poderes, más un frasco lleno de energía vil, que tomó con una mano y rompió contra su pecho. Inhalo todo su poder mientras se movía como un ave hacia delante. La magia vil le había estado devorando el cuerpo, el alma, era hora de entregarse. Sus rasgos se acentuaron aun mas, palideciendo; su cuerpo prendió como una llama.
    Alas de luz nacieron de la armadura posterior, elevándole ligeramente por encima de los muertos.
    Leirala estrelló su espada en el cuello del wyrm de hielo, que tembló ante la potencia del golpe, pero barrió a la bestia que montaba la espada de ébano.
    -¡Los traidores serán abrasados por el frio glacial!-Gritó el caballero de la Plaga. Leirala tomó su espada mientras caía a tierra, sin dar tiempo a la bestia que tenía delante de sí a reaccionar, se coló entre las patas delanteras expuestas, aguijoneando el costillar del corazón, de donde emanaba la energía de la bestia. Cayó al suelo al tiempo de ver como la bestia estallaba en un haz de huesos que golpearon a todos los rodantes.
    Frostsong se incorporó jadeando, buscando su espada cercana, que no estaba. En seguida sintió como una laceración le destrozaba el brazo cubierto de armadura. Cayó al suelo herida y rodando. El guerrero de la plaga por su parte, la golpeó en el estómago con la pierna y clavó la punta de una de las espadas sobre el hombro de la elfa, al tiempo que empezaba a buscar como desmembrar a su víctima con la espada sobrante.
    Algo angustiada se movió contra la hoja que buscaba hender aun más su carne, la cual se clavó de repente hendiendo también la tierra, por suerte sin tocar ningún órgano vital. Gimió de rabia intentando sacarse la espada. El caballero alzó su segunda espada apuntando a su oreja.
    Ese era el último fin.
    -¡¡¡Kim jael!!!- Bramó la elfa de sangre acercándose en llamas amarillas que formaban unas enormes alas y cubría su cuerpo excluyendo el tabardo oscuro.
    Las espadas de ambos contendientes se encontraron, desviando a la maestra de sangre y haciendo que cayera a tierra levantando una gran polvareda. Esta se puso en pie inmediatamente. Su ojo emanaba una cantidad de energía vil que era imposible pensar que le quedase algo en su interior que no se hubiera consumido.
    Chillando cual val’kyr en el campo de batalla, se lanzó otra vez contra el caballero de la Plaga. Este la contuvo con la espada, haciendo saltar una lluvia de chispas con el choque de ambas armas.
    El caballero contraatacó, perforando el escudo mágico que protegió el costado de Ahsya, pero finalmente reventó en mil pedazos y seguramente se hundió en el hígado de la mujer. Pero su furia era tal que aun con la hoja hundida en su interior, atrapó con la mano sobrante el brazo del muerto, y lo atrajo hacia sí, dejando la punta de la espada entre los dientes del caballero, y le miró con cierto desprecio y un intermitente jadeo.
    -¡El beso de la muerte! Lo único que te da tiempo a decir antes de morir y ahogarte con tu sangre y la Luz que va a quemar tu cabeza por dentro es: Malditos sin’doreis…
    Y acto seguido hundió la espada imbuida en luz por la garganta del muerto hasta que le atravesó.
    Cayó sobre sus propias rodillas. Ya estaba muerta, había usado toda la potencia de su magia, había machacado su cuerpo, no quería sobrevivir el resto de su vida con una piedra vil que le sustituyera los órganos y vivir corrompida. Ya estaba muerta.
    Leirala se presentó ante ella, tomándose el hombro y cayendo delante de ella, se quitó la capucha. A lo lejos, una victoria había exigido el sacrificio de muchos valientes. Ambas eran conscientes de ello.
    La espada de ébano besó aun los incorruptibles labios de la elfa de sangre, a la que se le escapaba la vida por momentos. La tomó en su pecho acorazado mientras sentía como su espíritu se iba.
    -¿Quieres seguirme?-Preguntó con una dulzura impropia, la elfa rubia.
    -Tanto en vida, como en muerte…-Sonrió y correspondió a su beso mientras de su boca manaba su propia sangre. Volvía a ser feliz.
    -…te traeré de vuelta.-Contestó Leirala sonriendo con una ternura impropia.
    Última edición por Sederal; 25/07/2010 a las 17:15

  4. #4
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    Predeterminado Respuesta: [Aniversario] Concurso de Historias

    La villa de Silverwind era un pueblo perdido en las montañas más recónditas de Azeroth, su historia era casi paralela a la del resto de la humanidad, pues un sitio tan pequeño no había sufrido siquiera un rasguño de aquel enemigo que llamaban “La plaga”, aquel enemigo al que temían por allí abajo. Silverwind era tranquila, hermosa para cualquiera que amase la paz y la tranquilidad, las casas eran de madera y el olor de las azucenas colmaba el ambiente. Los mercados ambulantes decoraban la plaza del pueblo y en el ayuntamiento presidía un enorme reloj dorado construido por Lord Finigan Silverwind, fundador de la villa y amante de la tranquilidad.

    Aquel poblado era casi un paraíso dentro de aquel mundo que había sufrido tanto, y sus habitantes parecían nacer, crecer y morir sin darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor, sin embargo las cosas habrían de cambiar de un momento a otro. Tanta tranquilidad era algo muy raro por muy lejos que se encontrase aquel pueblo de la civilización...

    -¡Arre! Vamos yegua...- Un hombre vestido con harapos azuzaba a su yegua por el camino de entrada al pueblo.

    La gente se quedó mirando como si de un enviado de la luz se tratase, pues como no es de extrañar pocas visitas se reciben en un sitio como este, a decir verdad. El harapiento visitante avanzó por la calle principal mirado a diestra y siniestra como si buscase algo por allí...

    -Una tasca...- Masculló mientras echaba un ojo a un zurrón donde todavía reposaban unas pocas monedas de plata.

    El hombre se caló el sombrero de ala y se bajó de su escuálida yegua para atarla posteriormente a un palo que había cerca de la tasca. Acto seguido dio unos pasos y se paró delante de la puerta para leer el letrero que la presidía...

    “La tasca del Viejo Jhon”

    Tras leer esto entró en aquel antro viejo y con olor a cerrado donde solo había un par de maleantes del pueblo hablando de sus últimas fechorías y un camarero limpiando los vasos con un paño mugriento. Aquel camarero era en efecto el viejo Jhon, un hombre que había perdido un ojo trabajando el metal candente en la forja del pueblo y tras ello había decidido montar su propio “lugar de ocio”

    -Un vaso de Ron Rumsey- Dijo el extraño de sombrero con un tono más parecido a una orden que a una petición.

    -Aquí no se venden esas cosas forastero- Acto seguido escupió tabaco mascado en el suelo y siguió hablando- Aquí se sirve el Ron de Jhon, jaja.

    El hombre del sombrero se lo quitó y dejó caer una melena pajiza que llegaba más abajo del umbral de los hombros. Miró al tabernero con sus ojos verdes como la esmeralda y sonrió antes de abrir de nuevo sus afilados labios para hablar.

    -Pues ponme un vaso de esa mierda- Dijo con tono seco, casi amenazante.

    Jhon le sirvió el tostado líquido sin rechistar , este a los segundos limpió la botella y la dejó al lado de su inesperado cliente por si quería servirse más. El Ron de la destilería de Jhon era fuerte y muchas veces había noqueado a algún desprevenido que perdía todo aquello que llevaba en su zurrón.

    -He bebido agua más fuerte que esto, no es ninguna broma- Miró al camarero con ojos relucientes y sonrió.

    -Tienes redaños forastero, ¿Cuál es tu nombre?- Jhon le miro con aquel puntito negro que había debajo de sus pobladas cejas

    El forastero vaciló un instante antes de decir su nombre pues no le hacía ninguna gracia que cualquier idiota lo conociese , sobre todo cuando sus trabajos eran tan delicados siempre. La caza de herejías no era sin duda una labor fácil y eso que llevaba practicándola unos cuantos años. Tantos como tiempo había pasado desde que salió de Villa Norte con la firme promesa de vengar la muerte de su hermana...A que hijo de perra se le pasa por la cabeza eso de sacrificar vírgenes...

    -Cédric...Eso es lo máximo que sabrás- Sus labios se afilaron una lánguida sonrisa se dibujó en su rostro.

    Jhon se dio la vuelta y optó por abandonar su afán de conversar con aquel tipo, al que de vez en cuando echaba una discreta mirada por el espejo del expositor de bebidas alcohólicas En aquel momento percibió lo que llevaba ese hombre en un cinturón tapado casi por completo por su desgastada gabardina. Aquel hombre llevaba un tremendo arsenal de dagas, la verdad es que Jhon sintió un escalofrío recorrer su espalda al ver eso y por eso optó por invitarle a todo lo que había bebido...

    -Gracias, supongo- Cogió su sombrero y se lo caló de nuevo para abandonar el antro, ya tenía la dosis de alcohol necesaria.

    En la casa más grande del pueblo además de la más alejada Lord Simon Rochemback se hacía su combinado de Laudano y Whisky con el que se acostaba todas las noches, para él no había nada mejor que los dulces sueños de los opiáceos. Sin embargo su plantación de amapolas y su afición al opio en todas sus variantes no era el único secreto de nuestro refinado amigo, pues en su sótano guardaba tal vez el mayor de los secretos del pueblo.

    Lord Simon bajó las escaleras en penumbra y palpó el viejo pomo de plata que dejaba entrar al sótano de la casa. Allí dentro y rodeado de las húmedas paredes mohosas y las telarañas blanquecinas había un sarcófago de piedra arenisca que recordaba claramente a la arquitectura y escultura de los troll de Tuercespina. Y así era pues dentro había una vieja momia troll que estaba conservada de una forma magistral.

    El lord cogió una pequeña jeringuilla de una mesa de metal y extrajo sangre de las venas de la vieja momia troll para después echársela en su cóctel de Laudano y Whisky. Después del primer trago sus ojos se tornaron vivaces y sonrió satisfecho de aquel efecto tonificante. Tras esto era la hora de dormir en los aposentos, los sueños del opio le esperaban y su poder también, mañana sería un día más inmortal.

    Cédric había dormido en el bosque metido en el saco junto a su vieja yegua, la verdad es que hubiera preferido una cama pero el dinero y las discreción eran dos cosas que él valoraba mucho, sobre todo la discreción. Cogió su sombrero del suelo y se lo colocó en la cabeza calándolo como de costumbre. Miró a su alrededor y vio el bosque tranquilo por el que entraban unos pequeños rayos de sol matinal que le daban un aspecto precioso, aunque eso a él le importaba lo más mínimo.

    Recogió sus trastos del suelo y los colocó encima del lomo de su pobre yegua. Cuando todo estaba recogido la miró y negó con la cabeza antes de subirse y azuzarla para que continuase subiendo la pendiente que llevaba de nuevo a la entrada del pueblo, ese día sería largo y tenía la esperanza de encontrar alguna pista más del artefacto herético que albergaban en aquella apartada villa.

    -¡Vendo espadas de gran calidad!- Gritaba un hombre en la plaza del mercado- ¡Defendeos de los peligros del camino con estos metales de lujo!

    Peligros en el camino...Cédric pensó que lo peor que había visto en su ascensión por las montañas eran un par de cabras y un lobo escuálido que parecía estar en las últimas, o ese mercader estaba buscando vender a la desesperada o había algún peligro del que él no era conocedor en absoluto y eso de ignorar cosas no les gustaba nada, así que se acercó.

    -Buenos días buen señor...- Cédric le dedicó su ya usual sonrisa y se dedicó a esperar la respuesta del mercader.

    -Buenos días son para usted caballero, mire, mire mis espadas de acero pulido.- El mercader comenzaba a hablar en un tono frenético, llegando a atascarse un par de veces en la frase.

    Cédric le miró con sus ojos profundos y el mercader comenzó a bajar la intensidad de su parloteo tan pronto como se dio cuenta de que a su comprador no le gustaba eso para nada. El tono del mercader comenzó a hacerse más pausado y tomó tintes más reservados.

    -¿Y bien? Qué desea el caballero de mi humilde tienda de coladas y tizonas- No era miedo lo que reflejaban los ojos del mercader, pero sí respeto.

    -Deseo saber cuales son esos peligros que me han de motivar para comprar una de esas espadas...Por favor.- Cédric le sonrió esta vez con tintes adorables, dejando clara su sorna.

    El mercader comenzó a dudar de sí un forastero debía o no enterarse de los últimos sucesos acontecidos en los caminos que daban a la cada de Lord Simon, si alguien se enteraba quizás le costase la vida el haberlo mencionado. Pero claro después estaba en su mente esa parte codiciosa que le pedía contarlo para ver si vendía una de sus espadas más caras.

    -Sepa usted caballero que contándole esto peligra mi estatus en el pueblo y quizás mi vida...¿Yo no soy de aquí sabe?- Dijo con un tono de confidencia total- No les gustan los extranjeros.
    -Me da igual gustarles o no...Y menos me va a importar que tú les gustes, sigue.- En ese preciso instante Cédric dejó a la vista su faja de cuero en la que se veían una gran cantidad de dagas.

    -Bien entonces se lo contaré del tirón pues cuanto antes pase esto mejor, ¿No cree?- Una sonrisa del mercader acabó con la frase, todo dientes...

    -Solo creo en la Luz, deja de hacerme perder el tiempo y habla ya.- El tono seco era de estar hartándose, y no le gustaba para nada hartarse.

    -El caso es que en los últimos meses ha estado desapareciendo gente en los caminos que llevan a la casa de Lord Simon, todos forasteros como tú que llegan desde el camino por el que tú entraste y que fueron mirados con la misma ilusión que te miraron a ti ¿No lo notaste?- El mercader ya estaba serio y esto duraría hasta el final de su discurso- Aquí se trama algo y no se que es, pero no me gusta. Los únicos forasteros vivos somos yo y Scarlet, ella tiene una pequeña posada en el norte de la villa, creo que sabe algo de esto, estoy seguro, ella lo sabe todo...

    -Muchas gracias...Supongo- Le sonrió de oreja a oreja y le tendió unas monedas- Si no tiene nada que le ligue a este pueblo, váyase.

    Subió a su yegua y le dio con las espuelas para que acelerase el ritmo de galope, tras un quejido lastimero la vieja hembra de equino echó a correr como si la llevasen los demonios y de no ser por su fe el jinete que llevaba a lomos bien podría ser uno.

    La posada de Scarlet estaba vacía y con las puertas abiertas de par en par, Cédric entró sin miramientos y el olor a carne guisada le inundó las fosas nasales, hacía tiempo que no olía la comida casera de una buena mujer. Y es que Scarlet era sin duda una buena mujer. En realidad como más tarde supo Cédric su nombre era Tania pero la llamaban así por el color escarlata del iris de sus ojos, unos ojos que parecían poder matar de una estocada, sus curvas eran sublimes y los vestidos que llevaba dejaban que la imaginación jugase una y otra vez con cada soplo de aire que movía los pliegues de tan envidiada tela. Su pelo era negro y su piel morena, los labios eran rosados y Cédric se dio cuenta enseguida de que su sonrisa era preciosa, quizás pasase noche en la posada.

    -Buenas tardes- Cédric se acercó a la barra y colocó sus manos en ella traqueteando un instante con los dedos.

    -Muy buenas tar..des- Ella se giró y le vio cara a cara, la verdad es que le impactó desde un primer momento. No su físico si no cómo ese instinto innato en ella le había dado una llamada de atención. – Cédric Rivenault , oriundo de los bosques de Elwynn y víctima de la venganza.

    Scarlet lo sabe todo...Esas palabras rondaron la mente de Cédric durante unos instantes antes de poder cerrar la boca y quitar su semblante de incredulidad para intentar hablar sin mostrar su nerviosismo ante esos tres datos tan esclarecedores. Ella sonrió y sus nervios desaparecieron.

    - Que sabes de las desapariciones, el mercader me manda aquí- Quiso parecer rudo pero en esos momentos se sentía como un gatito.

    - Lo sé de sobra querido, y solo puedo decirte que todavía no estás preparado para enfrentarte a lo que hay aquí- Ella le miró a los ojos y frunció un poco los labios.

    Oía la voz de Scarlet en su cabeza y no sabía como quitársela, ella le contaba uno tras otro todos los sucesos de su vida en los que había combatido con aquella gente que identificaba con los asesino de su hermana, como a veces se había escudado en ser un inquisidor de la sagrada Luz y había errado en ello, como la Luz le había abandonado por momentos al hacer acciones tan viles en algunos casos...

    -¡Basta!- Gritó desaforado y con los ojos a punto de soltar un mar de lágrimas.

    -Eres venganza ciega...Esta vez no errarías pero...No está preparado.- Sonrió y no se limitó a hacer otra cosa.

    -¿ Qué he de hacer para estar preparado?-Sonrió con sorna, ya no aguantaba más esa situación- ¿Quién eres para juzgar?

    Ella le hizo un gesto de que subiese por unas escaleras tras de ella, el la siguió y se vio en una habitación con un leve olor a incienso y perfume de rosas. Los muebles eran de caoba y las cortinas que daban a la calle eran de un color rojo intenso y daban al lugar una luz de la misma tonalidad rosada que los labios de Scarlet. ¿Qué hacía él ahí?

    -Siéntate en la cama y espérame ahí, vengo en un momentito- Se giró haciendo volar la falda de su vestido y desapareció por el umbral de la puerta.

    Él siguió mirando con nerviosismo la habitación que cada vez le parecía más una especie de cárcel, aquello tenía que ser una trampa no podía ser otra cosa, necesitaba huir de allí pensó en saltar por la ventana pero...Había rejas en la ventana. Cerró los ojos y se levantó ya decidido a irse de aquel lugar...

    Pero allí estaba ella con un par de tazas que rezumaban humo caliente, llevaba puesto un camisón blanco y las transparencias dejaban ver la ausencia de ninguna prenda debajo...¿Qué era aquello? ¿Qué había llevado a aquella situación? ¿Qué pretendía Scarlet? Sinceramente él no lo entendía pero no iba a rechazar tales vistas, sería de idiotas.

    -Espero no haber tardado demasiado, he de contarte los secretos de las desapariciones. Creo que a eso venías ¿No?

    -Sí...- Sus labios se destensaron, se encontraba tan cómodo.

    Scarlet le sirvió el té y él lo olió embriagándose del olor dulzón que este desprendía por sus humos, tan caliente que le empañaban hasta la vista, quizás tendría que enfriarse un poco más. Sin embargo Scarlet había comenzado a beberlo ya...La miró a los ojos y sintió como si la conociese de toda la vida...

    - El poder es algo que ciega...Y si lo compartes un poco crea súbditos...- Scarlet dio otro sorbo del té de flores y miró a Cédric con aquellos ojos enormes.

    -¿Qué me quieres decir con ello?-Cédric pareció recobrar su sentido y dio su primer sorbo, estaba fresco...Pero el humo seguía saliendo. - ¿Acaso ese tipo tiene lo que yo busco?

    La sonrisa de ella no dejó lugar a dudas y aparte de eso causó de nuevo esa sensación de anhelo dentro de Cédric, la deseaba y no sabía por que, la amaba y acababa de conocerla, quizás fuese el té, el ambiente o esos extraños poderes que tenía ella. Tal vez ella estuviese jugando con sus sentimientos, no lo sabía a ciencia cierta pero sentía el impulso de dejarse llevar...

    -Y a parte de eso has de saber que los pueblerinos colaboran. Ellos reciben su parte del poder y la manutención gratis, que más quieren- Scarlet alzó una ceja mirando a Cédric.

    Acto seguido dejó a un lado su té, le quito a Cédric el suyo de las manos y lo dejó en una mesita cerca de allí. La espléndida dama se acercó contoneándose y dándole mil formas a los pliegues de la escasa vestimenta que llevaba encima. Cédric estaba nervioso, descolocado, no sabía que iba a acontecer...Ella le empujó por el pecho y le tumbó en la mullida cama de la habitación, sus ojos más abiertos que nunca miraban a la lámpara de candiles que había en el techo y su respiración se aceleraba por momentos...Solo había dos opciones, la muerte o el cumplimiento de un deseo candente.

    -He entrado en tu cabeza una vez...¿Por qué no iba a hacerlo dos veces?- Aquella sonrisa de Scarlet era juguetona, llena de picardía...No dejaba lugar a dudas...

    -Yo...Yo..- Nunca se había visto titubeando, era patético pero ya no podía conservar las pose...

    Ella le puso el dedo índice sobre los labios y le besó una y otra vez, sin dejarle opción a decir nada más. Cédric se dejó llevar, nunca lo había hecho, era joven y su vida la había dedicado a vengarse de la muerte de su hermana, esta era la primera vez que yacía en una cama con una mujer...Deslizó sus manos por la espalda de ella y notó como su corazón latía desbocado.

    Los dedos ágiles de Scarlet comenzaron a desabrochar la camisa de él y poco después se encontraba con su torso desnudo siendo recorrido por los dulces labios de tan bella dama, nunca se lo hubiera imaginado, nunca lo hubiera soñado, él no pensaba en esas cosas. Aquella atracción había sido demasiado fuerte, mágica tal vez, quizás le hubiese hechizado quien sabe, pero el mero hecho de estar en la situación en la que se encontraba le daba igual...Sabía que la amaba, aunque fuesen pocas las explicaciones razonables.

    -¿Por qué luchas?- La respiración entrecortada de Scarlet sonaba como música en los oídos de Cédric.

    -Hago justicia...Vengo lo que nunca hubo de pasar...-Comenzaba a agitarse mientras la miraba a los ojos, de repente se escuchó la hebilla de un cinturón...Acababa de soltarse...
    Scarlet se colocó a horcajadas sobre él y sintió como se juntaban las hechuras del alma en un pacto perfecto entre él y ella. Cédric miraba como ella se movía y no podía dejar de pensar lo mucho que la amaba, lo repetía uno y otra vez dentro de su cabeza hasta que en un descuido...

    -Te amo...- Emitió las palabras con un leve suspiro.

    Ella se recostó un poco sobre él y le dio un largo beso, al acabar se despego un poco y le miro a los ojos sonriendo. Abrió la boca un poquito y dejo escapar unas palabras que cambiarían la vida de Cédric....

    -Y yo a ti...- Sonrió y siguió concentrada en sentirse un solo ser con él.

    -Ahora lucho por ti...

    -Estás ahora más preparado...

    La noche pasó como una centella dejando paso al amanecer, Cédric había dormido poco pero el tiempo que había dormido lo había hecho con una sonrisa decorando su rostro, cuando se levantó no era consciente de todo lo que había cambiado su vida, pero sí de que haría tras acabar esta misión. Se iría de allí con Scarlet y buscarían un pueblo donde poder prosperar...Las ansias de venganza no eran ya tan fuertes...

    Cuando bajó al piso de abajo lo hizo desnudo, sin preocuparse de los clientes que pudiera encontrarse. Pero sin embargo no había ningún cliente, tampoco Scarlet. Tan solo había un paquete blando que ponía...

    “He conseguido ropa nueva para ti. Te quiere Scarlet”

    Sacó los nuevos ropajes y los examinó con una sonrisa, había una camisa blanca y holgada, como esas que llevaban los espadachines, tenía cordones para abrocharla pero prefirió dejarla sin abrochar. También había unos pantalones de cuero negro y una nueva faja del mismo color y material donde colgar sus numerosas dagas. Alzó un momento la vista y vio otra sorpresa...Un nuevo sombrero de ala, era de color negro a juego con los pantalones...

    Se sentía demasiado bien vestido pero no le desagradaba para nada la ropa que ella había elegido para él. Se miró al espejo y sonrió un poco, sacó una daga del cinturón y la metió en una de sus botas...Era el día de encontrar respuestas...

    Cogió la yegua, esta vez sin ningún fardo y cabalgó raudo hasta la tasca de Jhon, esa gente tenía que saber algo...Seguro. La plaza del pueblo estaba desierta y los cuervos picaban el suelo duro buscando algo que echarse al pico. Cédric se acercó a la puerta y tiró del pomo y este no cedió.

    -Maldita sea...Qué cojones pasa- Cédric miró a su alrededor nervioso, eran ya las doce del mediodía...No podía ser esta una situación normal.

    Caminó calle arriba buscando cruzarse con alguien o meramente saber el motivo por el cual estaban las calles tan vacías, en el extremo más oriental de una pequeña plazuela había una puerta abierta. Y como la curiosidad era tanta se acercó a ella para ver que había tras ella, el portón llevaba a un huerto de olivos que tenían sogas atadas a sus ramas como si se usasen para las ejecuciones del pueblo y no tardaría en darse cuenta de que así era pues al otro lado estaba ahorcado aquel mercader que le había dado la información.

    -Mierda, mierda, mierda...- Sus ojos se abrieron de par en par recordando algo.

    A su cabeza solo le vino un pensamiento repentino, ¿Estaría bien Scarlet? ¿Iban también tras de ella? ¿Por qué todo esto? Las dudas se le aglutinaban en un angustioso torrente de pensamientos y supo que si todo el pueblo colaboraba en la farsa y burla a la vida que se podía lograr con el sarcófago que buscaba...No podría él solo, había que llamar a viejas amistades...

    Cédric miró al aire y de él se vio bajar un pequeño cernícalo con el tamaño justo para transportar un pergamino con un mensaje, un ave rapaz pero discreta que llevaba casi siempre tras de él, la cetrería es un arte útil...

    Viejo Kornus, sé que la última pelea en la que estuvimos juntos no salió muy bien para ti y que no puedo devolverte el ojo que perdiste. Pero ahora os necesito a todos, a ti y a los chicos. Créeme es algo muy gordo y además hay otro tipo de implicaciones en esto que no son muy comunes en mí. Por favor, necesito tu rifle y las espadas del resto..¡Ah! y las hachas de Keneth, ese tipo se lo pasará bien aquí”

    Era hora de buscar a Scarlet, con suerte se habría metido en la fonda y nadie la habría sacado de allí. El pueblo se estaba poniendo peligroso e intuía el por que. Después de todo los forasteros con preguntas y que van armados hasta los dientes no suelen ser bien recibidos en ningún sitio y menos en un sitio donde quieren todos y cada uno de sus habitantes burlarse del ciclo de la vida.

    El camino a la posada de Scarlet era una cuesta casi perpetua con un camino de tierra del color la arena y con pequeños guijarros desperdigados. Cédric ya había subido una vez esa cuesta, pero esta ocasión la subida se le estaba haciendo eterna. La sangre se le agolpaba en el corazón que la bombeaba como podía, la respiración se agitaba como un corcel enrabietado y todo ello por el miedo a que ella hubiese sufrido algún daño...Esta situación comenzaba a superarle por momentos, no conocía aún a su enemigo primordial y ya tenía que lidiar con el enemigo de la preocupación....

    La construcción de madera se veía ya en el horizontes, estaba decorada con los últimos rayos de sol del día y la puerta estaba abierta de par en par. El corazón de Cédric dio un vuelco y acto seguido sus piernas corrieron como alma que se llevan los demonios del vacio. En la posada no había nadie y las sillas estaban desperdigadas por el suelo, había sangre en una ventana y demás signos de que allí se había librado una pelea...

    Por la mente de Cédric pasaron un torrente de ideas alocadas que rechazó tras hacer una demostración de frialdad, estaba claro que el deseaba ir a la mansión de ese tal Lord Rochemback sin embargo sabía que con un pueblo entero tras de él y a saber cuanta seguridad en aquella mansión sus probabilidades de éxito eran limitadas. Con suerte el grupo de su viejo amigo llegaría en un par de días...Había que refugiarse en los bosques y las montañas hasta que ellos llegasen.

    Entre los bosques se hizo una pequeña tienda de campaña con lo esencial para dormir bajo un pequeño techo de lona sobre el que colocó hojas y demás maleza que servía para camuflar el refugio. Estaba claro que le buscarían o que al menos rondaría alguien los bosques, siempre hay alguien inoportuno que ronda los bosques...

    Cédric alzó la vista y vio dos figuras oscuras acercarse bajo la luz plateada de la luna, iban caminando a paso lento, como si de un simple paseo se tratase, eran dos figuras altas y vigorosas, y aparentaban en la lejanía tener una buena musculatura, sin embargo no se oían placas ni ningún tintineo metálico por lo que no debían pertenecer a ningún tipo de guardia. Cédric se escondió en la tienda y se agazapó al fondo con sus dagas listas para la acción.

    -Arthur, ¿Crees que es cierto eso que nos promete Lord Simon? No estoy seguro que esa sustancia nos de la eterna juventud...

    Arthur, un hombre de mediana edad con una barba caoba desaliñada y un pelo largo recogido en una trenza, miró a su compañero Ralf con ojos inquisitivos y tremendamente verdes antes de abrir los labios y dejar resueltas las dudas de su amigo cuyo pelo corto y arreglado eran del mismo color negro de sus ojos.

    -Ralf, ¿Cómo no va a ser verdad? ¿Acaso dudas cuando han desaparecido las incipientes canas que amenazaban la integridad de tu pelo negro?- Arthur se carcajeó tras su comentario y siguió andando .-Además la noche de mañana es luna llena, el señor tiene planes para la furcia extranjera.

    No había ninguna duda, tenían el sarcófago que él debía destruir y tenían a Scarlet, lo que no tenían era muy buenos planes para ella por lo que había escuchado. Así que su tiempo se reducía hasta la noche del día siguiente, llegasen o no llegasen sus apoyos tenía que impedir a toda costa que Scarlet resultase dañada o muerta...No quería ni imaginárselo...

    Cédric cerró los ojos y rememoró aquel momento una y otra vez, eso le calmaba, eso le ayudaba a concienciarse que tenía que luchar de cualquier manera para hacer justicia en esta villa con tan pérfidas intenciones. Con los ojos cerrados quedó Cédric pues el sueño puedo con él esa noche, como nunca antes había podido con él...

    A la mañana siguiente despertó con los rayos de sol incidiendo en su escondrijo y cuando abrió los ojos se topó con una par de botas llenas de barro que estaban paradas justo en la obertura de la improvisada tienda.

    -¡Te escondes como una cabra en los baldíos!- La voz del enano despertó a los pájaros del bosque que huyeron en desbandada.

    La tensión se alivió al instante en el que Cédric reconoció la voz de Kromus y supo que no era ninguno de los sicarios de ese noble el que estaba plantado delante de su tienda con intenciones de pisarle el cráneo.

    -Tus expresiones son cada vez más estupidas, Kromus- Cédric salió de la tienda y se topo con un enano tuerto y de pelo blanco, barba hasta el ombligo y un rifle cargado a la espalda.

    -Y tú te pareces cada vez más a un mozo de compañía para ancianas, ¡Que ropa es esa! ¿Dónde está tu roña?- El enano dio una calda a su tabaco y se rió de su compañero hasta que la tos se lo permitió.

    -No venimos a tener charlas de taberna. ¿Dónde está el resto?- Cédric le miró serio.

    -Aquí necio...- Dos voces sonaron tras de él simultáneamente...

    Cédric se giró y vio a los hermanos Dragnaethil, un par de elfos espadachines que compartían algo más que su apellido...Pues eran gemelos idénticos y en muchas ocasiones eso era un lío y una ventaja.

    -¿Dónde está Keneth?- Cédric buscó esta vez alrededor.

    -Esta cuidando el carro...- El viejo Kormus sonó resignado, bufó y abrió la boca para propinar un grito- LLEVO EL PUTO VIAJE SIN PROBAR UNA CERVEZA NO SE A QUE ESPERAS PARA LLEVARNOS A SAQUEAR UNA MALDITA TABERNA MALDITO ENCLENQUE, GRILLO RUBIO, MALDITA NIÑA DE MAMÁ...Tengo sed.

    Cédric sonrió y caminó con ellos dirección al carro, la próxima misión era saquear una taberna. Todo el mundo sabía que Kormus no se retiró de los fusileros por viejo, es de sobra conocido que lo cesaron por estar como una maldita cabra, y solo se conocía un remedio para eso...Una buena jarra de cerveza.

    Caminaron por el bosque hasta llegar a la linde donde estaba el carro custodiado por la enorme figura de Keneth y la amenazador presencia de sus hachas que desde lejos parecían gotear algo. Al acercarse vieron que ese algo era sangre y que en el suelo yacían los cadáveres de un par de guardias de la villa...

    -Ellos atacar y yo dar hachazo, ser simple- Keneth era un bárbaro con dificultades para el habla y para pensar, pero sin embargo era un luchador de primera.

    Cogieron el carro tras mirarse unos a otros y se dirigieron al pueblo ahora desierto para buscar una taberna con cerveza para Kormus, la noches iba a ser movidita...

    La taberna estaba desierta, pero en ella había por suerte un par de barriles de cerveza de los que se dio buena cuenta en poco tiempo, el resto del tiempo estuvieron planeando como entrar en la mansión, llegando a la conclusión final de que la sutileza no existía con Kormus, así que usarían la ya conocida maniobra del carro bomba...

    -Para que querrá el Lord todo el whisky de la taberna..- Una voz sonó desde la puerta

    -Yo que sé, se le habrá acabado, entremos y vayamos rápido.

    El tintineo de las mallas delatando a los guardias que se vieron asaltados justo cuando entraban confiados a la taberna. Kormus les dio en los genitales con la culata de su rifle y los hermanos les dejaron sin conocimiento con sendos movimientos ágiles para darles con el plano de sus espada.

    -Por los titanes, que susto me han dado este par de nenas- Kormus escupió en los cuerpos inconscientes. – Ya sé, demos un aviso al noble asqueroso, quememos la taberna con su whisky y como no, con este par de herejes dentro.

    -Sé que las herejías no te preocupan Kormus- Dijo Cédric.

    -Sal de la taberna ya , por que...- Kormus disparó a las botellas de alcohol y lanzó su mechero provocando un incendio. – Aquí ya no hay más que hablar.

    -Estás loco Kormus- Dijeron los gemelos mientras Keneth ya había salido al ver el fuego expandirse.

    -¿Loco? ¡Soy un genio! – Dio una calada a su cigarro y se retiró orgulloso.

    El plan nocturno era ya una estupidez después de esto así que no les quedaba ya otra opción que atacar sí o sí. Se prepararon todos e hicieron inventario de los explosivos y demás útiles que llevaban para realizar una autentica masacre en la mansión. Era el día y la hora de salvar a Scarlet, Cédric estaba totalmente seguro de que todo iba a salir bien...Totalmente seguro.

    -Vamos, ¡Ya!- Cédric se subió junto con el resto y azuzó al caballo para que trotase lo más rápido posible, hacia una media hora que Keneth y los gemelos se habían adelantado para allanar el camino. Y cuando ellos allanan el camino siempre lo hacen bien.

    -No se que motivación tienes jovenzuelo, pero deberías volver a esa cabeza fría que tenías antes o morirás si no hoy, un día cercano...- Kormus escupió tabaco a un lado y se tumbó mirando al cielo que pasaba a toda velocidad, tras años de entrenamiento y de viaje con esa panda de chiflados había logrado desarrollar la habilidad para no marearse.

    La casa señorial ya se veía a lo lejos y la tarde ya había matado algunos rayos de sol haciendo el ambiente más oscuro en el lugar, a lo lejos se distinguía una antorcha en uno de los laterales del camino, eran sin duda los gemelos, no por ellos si no por la enorme figura tras de ellos, era Keneth.

    Cuando llegaron a su altura los gemelos estaban riéndose y mirándose el uno a el otro como si hubiesen hecho algo que tenían ganas de relatar, y así era pues no tardaron ni siquiera unos segundos en abrir la boca para contar como habían usado unos dispositivos goblin a control remoto para manejar unos explosivos que habían tirado en los jardines de la mansión desde el otro lado de la valla...

    Aquello era algo excelente pero primero habría que tirar el carro para hacer volar la puerta principal y los guardias que hubiese en ella. Fue dicho y hecho, soltaron al caballo y aprovecharon la pendiente para que el empujón de Keneth hiciese bajar a toda prisa los kilos de pólvora que iban acompañados de un detonante goblin de los que había también en el jardín. Iban a haber fuegos artificiales esa noche...

    El carro bajó y explotó justo cuando impactaba con la puerta haciéndola añicos, el grupo vio como unos guardias salían volando metros a lo alto y caían aplastado pos el peso de sus mallas. Los ciudadanos hacinados dentro de la mansión se prepararon para defenderla pero se vieron muy mellados al explotar las cargas repartidas por los gemelos anteriormente.

    Era el momento de cargar y penetrar en la casa, todos desenfundaron sus armas y Kormus comenzó a disparar desde la lejanía, estaría viejo y loco pero su puntería era fina , podría atinar a la cabeza de un alfiler si quisiera...

    -¡Van cinco! Jajaja- Kormus seguía disparando con su artefacto de repetición.

    Mientras los hermanos, Kormus y Keneth se enzarzaban con el gruso, Cédric se colaba en la casa para buscar a su amada Scarlet, quería sacarla de ahí cuanto antes y no podía esperar mucho tiempo. Recorrió habitaciones buscándola, matando guardias y siguiendo voces. Hasta que llegó a un enorme salón donde estaba Scarlet sobre una mesa, el noble en una silla tallada en plata y por supuesto el mejor cuerpo de guardia disponible.

    -Es honorable que arriesgues tanto para salvar un cuerpo cuyo corazón ya no late...- Lord Simon dedicó una lánguida sonrisa a Cédric.

    -¡No puede estar muerta, la necesitabas para algo!- La boca se le secó al instante- ¡Lo escuché!

    -Nadie dijo que la necesitase viva, ¿Verdad?- El noble siguió sonriendo satisfecho de lo que veía.

    Las lágrimas recorrieron los pómulos de Cédric y la vista comenzó a nublársele cuando Lord Simon ordenó a los guardias que atacasen al intruso. Scarlet estaba muerta y ya no podía hacer nada, solo le quedaba la rabia para luchar, y así sería, desenfundó sus dagas y comenzó la frenética batalla, una batalla que ya había perdido su sentido primordial...Scarlet estaba muerta, Scarlet estaba muerta, Scarlet estaba muerta...

    Había matado ya a la mayoría, pero una espada le alcanzo el costado y tras ella llegaron dos estocadas seguidas. La sangres manaba como si fuese una manantial de montaña y la vida se le escapaba a Cédric por las heridas, perdía la visión y utilizó sus últimos instantes para ver como el Lord se reía y caía muerto por un disparo en la cabeza, era Kormus, y el resto estaban matando a los guardias...Ya no había esperanza para, él estaba muerto, se uniría con ella para siempre...

    Cédric sonrió pensando en la eternidad con ella y murió...

    El viejo Kormus lo entendió todo solo con ver la escena, ambos merecían un entierro digno y eso sería lo que les daría. En un saliente de piedra descansan ahora en una sola tumba los corazones de ambos. El pueblo fue destruido y el sarcófago también....Kormus, los gemelos y Keneth no olvidarán nunca a su amigo y desearán siempre el haber conocido a la mujer que derritió la coraza de hielo de su corazón...

    FIN
    Última edición por Corderito; 25/07/2010 a las 00:10





  5. #5
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    Predeterminado [Aniversario] Concurso de Historias

    Una silueta caminaba entre la espesa niebla, zigzagueando, tambaleándose como si fuese a caer de pronto, la esbelta figura de larga cabellera y extraño andar era de una queldorei en su plena juventud, extendía los brazos hacia los costados como tratando de capturar y sentir su alrededor. Sus cabellos eran de una negrura casi excepcional, por contraparte su piel era tan pálida como la nieve misma, suave y fría, llevaba un adorno que sujetaba su cabello y lo peinaba hacia un lado, unas oscuras vendas negras no dejaban ver sus preciosos sus ojos, que antaño lucían hermosos y azules como un zafiro resplandeciente. Pasaron varios años desde el trágico suceso en el que quedó sumergida en la oscuridad. Guiada por un bastón caminaba serena y tranquila, sin aparente rumbo fijo, completamente sola…

    Percibió entonces el sonido de una rama quebrarse y como por instinto ponía las manos sobre sus espadas, acto seguido cuestionaba girando su cabeza hacia todo su alrededor, ¿Quien anda allí? El silencio reinante la hizo dudar en seguir caminando, las pisadas del acechador le eran casi imperceptibles, se acercaban a ella con extremo cuidado, pero un mal hábito lo delató, y es que como era costumbre a estar a pocos metros de su víctima se apresuró haciendo un leve ruido que ella pudo escuchar claramente.

    El choque de espadas retumbó en el bosque sin llegar a oídos ajenos y como guiada por su cuerpo la elfa giraba sobre si agachándose levemente logrando hacer un corte superficial en el lugar que donde estaría su corazón, ante tal reacción se retiró lentamente, y con mucha cautela. Al percatarse que el sujeto se había marchado siguió el camino hasta llegar a Villadorada, donde le esperaba su gran amiga, una humana rubia de ojos azules y larga melena, a la que recordaba con sus rosadas mejillas siempre sonrientes.

    Es bueno verte denuevo Lithiam. Replicó la humana con gesto amable y cordial, no pudo contenerse las ganas de abrazarla de manera fraternal. Al sentirlo la queldorei palpaba el rostro de la humana tratando de dibujar en su mente la expresión en la cara de su amiga, a la que no había visto en mucho tiempo. Definitivamente me gustaría decir lo mismo, Élurin. Sonreía ampliamente mientras se dejaba guiar como cordero que encuentra a su pastor, caminando por varios minutos, alejándose considerablemente de la villa hasta llegar a una modesta casita de madera rodeada de un hermoso jardín adornado con unas cuantas rosas y muchas flores de paz que solía servirse junto al té. Se quedaron allí, tomando el té… conversando como solían hacerlo hace años…

    Cuanto me alegro por ti. Esbozaba una sonrisa llena de ilusión y alegría colocando sus manos sobre las de la humana, posadas en sus rodillas. No imaginas cuan feliz soy. Se llevó una mano a la mejilla y otra al vientre, su cara tornó colorada mostrándose tímida y nerviosa mientras reía produciendo un calor hogareño que se hacía sentir alrededor como sol de primavera. ¿Ya lo sabe Maedhros? Un profundo silencio llenó la habitación, pero fue cortado por un suave susurro entrecortado y repleto de desconcierto. No parece estar muy feliz… Ayy tranquila Élurin. Le acariciaba el rostro con sus delicadas y frías manos, la queldorei reflejaba comprensión ante su amiga en un momento tan importante como el que pasaba…

    La voz llena de tristeza y preocupación de la humana quebró el silencio y las caricias que se daban en aquel momento. Aun hace lo imposible tratando de hallarle… rompió en llanto en ese instante, la queldorei parecía inmutable, las oscuras vendas impedían observar sus reflejos a su acompañante, tragó saliva antes que se le formase un nudo enorme en la garganta que le impidiese expresarse, separaba los labios lentamente y en una voz ahogada respondía. También quisiera hacerlo, por eso necesito tu ayuda… Sus labios se arquearon en una sonrisa superficial que rogaba por ser entendida.

    La brisa salina las bañaba, la humana contempló la inmensidad del gran mar perdiéndose a lo lejos en el horizonte, besó a su amiga en la frente y ambas mejillas, elevó la vista hacia la hermosa luna llena que brillaba en lo alto, la noche era la mas clara que había visto en su vida, rezó unas oraciones, rogando a la Luz por su amiga, para que pudiese obtener la vida sin dolor que el destino le negaba. Embarcó sola la nave que la llevaría hasta aquellas lejanas tierras donde… no seria del todo bienvenida, pero las recompensas merecían ese sacrificio… Al desembarcar, de entre la multitud resaltó una elfa con un equipaje que constaba de un bolso liviano un bastón que usaba para guiarse y dos espadas que colgaban a ambos lados de sus caderas, moviéndose de un lado a otro con bastante elegancia, constantemente vigiladas por las Centinelas y sus ojos de plata, que brillaban a la luz de la luna.

    Podía sentir el desprecio desmedido como la última vez que anduvo por aquellas tierras. Respiraba hondo y con pesar, siguiendo su camino hasta el centro del pequeño pueblo sumergido en la oscuridad del bosque, oscuridad que encantaba en cierto modo a todos los kaldorei, seguramente por el hecho de haber vivido tanto tiempo bajo la protección de su diosa… Elune.

    Una gruesa voz irrumpió en su tranquilidad, sonaba amigable y sorprendida… ¡Lithiam! ¿Porque has venido? La tomó por los brazos suavemente, tratando de hacerle saber que estaba allí. Ya-ya no puedo más, me es imposible soportar otro día más sin estar a su lado... La consternación le embargó y sin contenerse dijo ante el humano todo lo que sentía en esos instantes. No quiero que vosotros sufrais un destino similar… Ladeó la cabeza hacia un lado aun sabiendo que el humano se postraba frente a ella. En los ojos de él estaba reflejada toda su humanidad, pero su actitud pasiva no hizo que la elfa notara algún cambio en su postura ni expresión en su rostro. En este momento es cuando debes estar más cerca de ella. Nunca la abandones Maedhros… Le tocaba con mucha confianza el rostro intentando percibir su expresión evitando incomodarle demasiado. Asi que al fin lo has decidido. Pero, si no soy yo… ¿Quien? La miraba con profunda admiración y comprensión. ¡Falathar! El podría ayudarme. Exclamó emocionada después de saber que el humano le apoyaba, aunque a él no le gustase del todo…

    Sus pies pisaron el lugar, todos los presentes volvieron su mirada, algunos con algo de desprecio, otros con alguna fantasía, alucinando a causa de haber bebido en exceso, cuando el sonido del bastón golpeando el suelo se propagaba en todo el recinto llamando la atención aun más. La voz de sirena pronunciaba el nombre “Falathar”… Un hombre encapuchado de largas orejas y piel azulada dejó caer la jarra de hidromiel con fuerza, alzó la dorada vista hacia la persona que le llamaba de aquella manera. ¡¿Quien me busca?, Muéstrate! Dijo sin mostrar mas interés del debido desde una mesa situada hasta el fondo de la taberna, evitando asi dejarse ver. ¡Alguien que quiere volver a tener negocios contigo! Dijo aquella delicada voz con el gancho perfecto para atraerlo. El kaldorei se puso de pie dispuesto a buscar por todos lados, esperando reconocer a algún ex-cliente, los pequeños soles posaron en la Queldorei casi de inmediato. ¡Ven aquí! Gritó para que pudiese ubicarle.

    ¿Gusta a beber algo mi lady?... No he venido hasta aquí para sentarme a beber contigo, Falathar. Le interrumpió con firmeza y severidad, reprochando su actitud. Vienes a lo mismo que el humano… ¿Verdad? Eso te costara muchísimo… Entonces, sobre la mesa una pesada pero pequeña bolsa llamo su atención. Allí tienes, son 100 piezas doradas. El elfo enarcó una ceja, desentendiéndose del asunto. Lo lamento preciosa, no es suficiente… Se paró sin importarle la reacción de ella, no sin antes beber hasta la última gota de hidromiel que le quedaba en la jarra y dejarla con algo de fuerza en la mesa, cuando sintió que unas manos débiles le aprisionaban la muñeca, reteniéndole. Por favor… ¡Ayúdame! Por lo que más ames en este mundo. Su voz apagada, desesperada e inundada le conmovieron hasta que giró su vista a ella sin apartar la mano, sentía mucha lástima por aquella criatura que le imploraba ayuda… Lo siento linda… Tragó saliva y respondió de forma fría, se giró evitando mirarle, ya que le dolía verla en ese estado.Quitó entonces su brazo con fuerza y rapidez, impidiendo alguna reacción por parte de la queldorei, que echó a llorar desconsolada y destruida.

    Creo que ahora si estarás bien, me alegro que haya accedido a ayudarte. Te lo dije, él es muy amable, salúdame a Élurin…

    La despedida no fue tan emotiva como cuando partió del puerto en la gran ciudad de piedra, o cuando dejó a su pequeña mascota al cuidado de una queldorei amiga suya residente en Quel´Alah, sin embargo la dejó pensando en que le pasaría de ahora en adelante, estaba completamente sola y no precisamente en un lugar muy amistoso. La voz sutil de un hombre quebró la quietud de sus pensamientos, se acercó como si de un viejo amigo se tratase y sin pedir permiso se sentó frente a ella en la misma mesa en la que cenaba. Tú también deberías haber marchado, pequeña. ¿Acaso ya has perdido las esperanzas de encontrarle también? Eressëa te habría buscado incansablemente. Mostraba indignación a las palabras del kaldorei. ¡Despierta ya niña! Se han convertido en estrellas del firmamento. Dijo con mucha firmeza ysalió rápidamente hacia la playa, queriendo desahogar sus penas frente al mar, sus pisadas fuertes y consistentes hacían un ruido peculiar cuando hacia contacto en la arena piedra, ruidos que guiaron a los oídos de la elfa, quien le seguía muy de cerca. ¿Qué quieres decir con…? No quería darte falsas esperanzas. Resoplaba tristemente observando el apacible mar en toda su magnificencia, mientras la queldorei sollozaba negándose a creerlo. De pronto de entre las sombras apareció la silueta de una mujer muy alta, con largas orejas inclinadas hacia atrás de la cabeza, llevaba unas marcas en el rostro que asemejaban a una silueta de araña. ¡Al fin os he encontrado Falathar! Reconoció la voz al instante, no había ninguna duda, giró su vista lentamente, los pequeños soles en su cara denotaban con una expresión de sorpresa y espanto, creyendo que el pasado volvería a atormentarle, su vista posada en la silueta esperando por un lado que sea su amada, y por el otro que sea solo su imaginación. La mujer sonreía aliviada de haber encontrado a su amor, era tal su emoción que no se dio cuenta de su compañía y se lanzó a abrazarlo y darle un beso apasionado. E-Ere-Eressëa… creí que habías muerto… Murmuraba para si, alternando su vista a ambas mujeres repetidas veces hasta que la aparecida se le echó encima sumergiéndolo en caricias propias de una pareja. Estabas viva… Temblaba repitiéndolo, mientras la queldorei daba cuenta del acontecimiento. Eressëa… Sonreía muy ilusionada, después de todo se habían perdido juntos, tal vez lograron salir juntos también, pensó ella.

    ¿Habeís venido juntos? ¡Aerian! Gritaba de emoción, manteniendo una sonrisa llena de ilusión, mientras palpaba el aire a su alrededor esperando encontrar la ansiada luz. Los otros dos se fijaron en ella gracias al escándalo uniendo sus ojos en un instante. Me dijeron que se encontraron hace meses… Le susurraba consternada, sintiendo lástima por la queldorei que buscaba sin descanso a su alrededor, gritando cada vez mas alto, sumida en la desesperación, el nombre de su marido. Pobre criatura desamparada… Ayudémosla a encontrar su amor perdido. Su mirar impregnó en su amado, y rogó por compasión. No… dijo mientras su voz se quebraba poco a poco y su vista escapaba de las lucecitas de plata que brillaban en el rostro de su amada, las cuales le perseguían incesantes hasta que, acorralados, no tuvieron mas remedio que contar en silencio una verdad terrible…

    ¿Que harás ahora? Ayudarla a reencontrarse con su amor… La kaldorei negaba en silencio anonadada, sabía muy bien lo que pretendía su amado. El elfo se acercó a la enloquecida queldorei que gritaba desesperada, tomándole fuertemente por los brazos logrando tranquilizarle, acto seguido le murmuró al oído sutilmente ofreciéndole lo que buscaba, lo cual la lleno de una dicha indescriptible. Eressëa cubría su boca y miraba a punto de romper en llanto, mientras Falathar sentía que su corazón se partía una vez mas…

  6. #6
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    Predeterminado Respuesta: [Aniversario] Concurso de Historias

    Historia de Alyssea


    ¿Cómo puedo recordar algo de mi niñez? Claro que antes debo admitir que fue hace años, muchos años… de cuales algunos pocos los transcurrí en una era de paz y prosperidad de nuestra gente, no es un error pensar que podía disfrutar de tal estabilidad, porque si, pude comprender que llegue el momento en para el que somos preparados, solemos tocar fondo en nuestros propios hechos. Como centinela, mi deber va desde proteger al más amistoso de los animales, hasta controlar al más hostil de ellos, las bestias no son como nosotras, tienen otra forma de pensar, algunas hasta irracional, es por ello que, aun que interfiramos en su flora y fauna, debes dar un equilibrio al bosque.

    Cuando yo comencé en el entrenamiento para ser una arquera, teníamos un objetivo en el primero de los lugares, dado que mi origen residía en Ashenvale, mi objetivo iba desde los caminos hasta la frontera del bosque, es increíble la cantidad de cosas que alguien puede observar al ver a las bestias cuando gozan de la vida entre ellas. Particularmente yo prefiero competir con los depredadores por quien caza a su presa más rápido, la mejoría me identifica a mí y a mi familia, y lo hizo siempre. Yo, al igual que mis ancestros, creo en superación propia, de que cada una de nosotras, tanto las centinelas, como el resto de los habitantes kaldoreis del bosque, podemos dejar atrás la debilidad y hacerle frente a adversidad.

    Mi instructora fue una centinela con varios años de experiencia como centinela, había vivido durante mucho tiempo, casi un milenio diría yo y había servido gran parte de ellos con nuestras hermanas. Tenía una gran capacidad para rastrear bestias salvajes e incluso había recibido instrucción de cazadoras, montado Sablelunares y peleando con las gujas arrojadizas, algo no muy fácil a simple vista. Pero en modo persona, logre escuchar que su preferencia era servir en las arqueras, ya que el arco requería menor trabajo y era mas ágil, ya que cada vez que le preguntaban, reafirmaba su destreza con las armas cortas.

    En las primeras de muchas acciones en valles o en campos abiertos, la misión era descubrir una manda de crías de Nightsabers, la instructora nos dio esta misión para si en un futuro, sabíamos comprender el comportamiento materno y de su cría para entenderla desde que nace y así reconocernos. Estas veneradas criaturas fueron nuestro medio de transporte durante varios milenios y en cada uno de nosotras estaba el saber comprenderlas y lograr instruirlas para utilizarlas como un medio de transporte, sobre todo en el combate.

    La primera orden de rastreo sirvió para inspirarnos de quien seria nuestro más leal aliado después de nuestra intuición, el Nightsaber, aun que no es algo de lo que la mayoría de las arqueras utilizan, este felino demuestra su capacidad en batalla, ya las grandes centinelas que he conocido a lo largo de mi vida, me han narrado grandes historias acerca de este tigre y espero algún día ser merecedora de uno. Hasta entonces ejercitare mis piernas para ser tan rápido como ellos y mis brazos para zarpar tan fuerte como ellos.

    En los bosques llanos se nos fueron cargados material bélico mas pesado que el de costumbre, incluso nos han dado armaduras y armas más pesadas, además del resto de las cosas que solemos transportar en una guardia, es normal ya que siempre le veía la lógica a los entrenamientos que nos ordenaban al principio, donde nos hacían hacer atletismo en colinas, de subida y bajada, además de forzar nuestros brazos en las alturas, para escalar y trepar los arboles. No fue todo factible, ya que en varias ocasiones me he tropezado, con algunas rocas, pero siempre me he levantado sin sentir dolor o remordimiento.

    Pasado mi entrenamiento en terrestre en vida silvestre, era hora de avanzar por todo lo que tenía que ver en tácticas organizadas, entre ellas estaba un ataque directo y las técnicas de emboscadas. Una nueva instructora se había sumado al entrenamiento, ella era la encargada de enseñarnos todo sobre emboscadas, ya que se especializaba en ello. Era muy importante tender una emboscada nos decía, especialmente para nosotras que vamos a pie. La misión no había sido muy fácil, teníamos que vigilar un camino y reportar todo lo que pasara por allí, en un principio me aburría, pero después me di cuenta que al bajar la guardia un solo momento, puede ser la perdición de toda la avanzada. En cuando detecte cual había sido mi primer error, volví inmediatamente a la vigía, yo estaba trepada de un árbol, bajo vigilancia, junto con otras dos centinelas, tenia los caminos cerrados. Fue entonces cuando se cruzo nuestra instructora y nos vio, fue entonces que volvimos a practicar desde el principio hasta que supiéramos como estar concentradas.

    En las semanas próximas tuvimos prácticas constantes de emboscadas y ataques directos, debo admitir que me resultaron más difíciles los ataques directos ya que nuestras armas cortas y rápida pelea, no podían competir con las armas pesadas y disciplina experta en combate de las cazadoras. En ocasiones meditaba acerca de ello y decía que cuando nos enseñaron a pelear nuestros ancestros, buscaron el perfecto equilibrio en ello. Es decir buscaron la manera que existiera la centinela ofensiva y la defensiva. Seguramente el ejército que tuviera Elune era perfecto y estoy segura que sus primeras sacerdotisas supremas nos presagiaron que deberíamos ser así.

    Entre las últimas instrucciones que recuerdo estaba la de la supervivencia en el bosque. Una de las rastreadoras que vigilaba los caminos del sur del bosque, se acerco y nos comenzó a instruir en como debíamos subsistir largos tiempos en el bosque, búsqueda de alimentos, de agua, establecimiento y la obtención de recursos o materias primas. Cosas básicas que sabíamos desde el nacimiento, pero más especializadas y con más conocimiento. Además del cuidado de las armadura y como fabricar armas en caso de que se nos rompieran las actuales. Fabricación de flechas y reparación de metales. Luego vino el turno de la domesticación, en caso de amaestrar animales, debíamos saber que comían, como subsistían, a que mensaje nocturno respondían y que necesidades tenían, para muchos de los rastreadores y cazadoras era muy importante saber el destino de la bestia a la que dominaban, sobre todo a la hora de combatir, que el domador y la bestia debían ser uno en mente y espíritu.

    Como fase final de mis entrenamientos, debía hacer reportes semanales acerca de los que se divisaba en la frontera norte del bosque, pero nada inusual. A medida que pasaban las semanas, los reportes se hacían con menos frecuencia, hasta que se hacía cada vez menos de lo normal. Esto se debía a que era una forma de afirmarnos como centinelas del bosque y cual sería nuestra eterna tarea aquí. El concepto que la suma sacerdotisa Tyrande nos conto una vez: El valor que una centinela muestra en batalla se compara con los mismísimos Nightsabers que montamos, al igual que un Nightsabers defiende a su cría ante un depredador, nosotros defendemos el bosque de los que anhelan corromperlo y destruir este bello mundo que juramos proteger, como hijos de las estrellas y sirvientes de Elune es nuestro deber hacer que su brillo se ilumine en todas las criaturas vivas que habitan bajo su sagrada luz, ya que ellas está el labor divino de nuestra empresa. Las sabias palabras que dejo la suma sacerdotisa nos guiaría por siempre.

    Los años pasaron, mi tarea seguía siendo la misma que lo fue hacia décadas, uno de los monolitos que estaba ubicado en el cierre más al norte de colinas en Ashanvale, estaba siendo muy concurridos por animales de índole pacifica, sobre todo alces y búhos. La líder que teníamos en nuestro grupo, nos dio la terea de expandir a estas criaturas para despejar el camino a las colinas así el monolito podía ser visito más fácilmente, sin ser víctima de los depredadores que se podrían encontrar acechando a los animales amistoso que allí rondaban. Con mis hermanas lo primero que hicimos fue buscar alimentos y luego procuramos dejárselos cerca para así guiarlos a la salida del camino. Creo que a los largo de mis recuerdos, esto fue una de las tareas menos agitadoras, aun que fue la que me empeño en sacar mi paciencia debí utilizar. Una vez que los animales fueron retirados, planeamos guiarlos colina abajo para que tuvieran mejor hábitat y convivieran con el resto de las criaturas de la zona.

    Enemigos peligroso no se vieron a largo de mi guardia, hasta hace una semana, cuando unas exploradoras trajeron una noticia poco mencionadas antes. Unas criaturas de piel verde se habían establecido en Ashanvale oriental. La noticia que repercudió en el norte y el oeste del bosque se hizo presente. No teníamos idea de la hostilidad de esta criaturas, solo sabíamos que al talar brutalmente los árboles del valle sagrado, nos estaban declarando la guerra. Tres escuadrones de centinelas que vigilaban en lado este de Ashenvale ya estaba al corriente de la noticia y estaban en marcha, Cenarius los lideraba seguramente. Luego la frontera con las costas oscuras se tornaron silenciadas, ya que muy pocos pudieron comunicarnos la noticia de la derrota de Cenarius y sus centinelas. La espera se hizo presente y la mayoría de las que estábamos en el bosque nos impacientábamos por nuestras órdenes.

    Una escolta había llegado portando noticias nuevas. Los anuncios que dada la expectativa que se veía, las centinelas que estuviera de vigilancia en la zona de las costas oscuras y la frontera, permanecerían en la retaguardia de las colinas y en los pies del Hyjal, eso significaba que iría al norte para asegurar el camino. Ya en el camino, vimos muchas centinelas preparándose para alguna batalla próxima, lejos de todo estábamos preparadas desde que llegaron las primeras noticias. Tuvimos el primer contacto enemigo con unas fuerzas de muertos vivientes a la salida de uno de los caminos que atraviesa el monte Hyjal, después de unas horas los ataques cesaron y nuestra centinela líder no envíos a la base central, donde nos aguardarían mas centinelas y la mismísima Tyrande y Malfurion.

    Al llegar, vimos que estaba con los seres verdes a los que llamaban orcos y otros de color rosa, que llamaban humanos, parece que estas razas tenían un fin común como el nuestro. Luego de que las centinelas lideres hablaran con Tyrande, organizamos perfectamente una estrategia, las razas aliadas se mantendrían en la base del Hyjal mientras que nosotros iríamos en la parte superior, no había dicho que Malfurion tenía un plan, que resistiéramos hasta que el diera la orden. Nos colocamos en posición en la copa de la monte, nunca había visto una movilización tan grande de ancestros y de centinelas, la costumbre de pelear en grupos con escaramuzas era algo a lo que ya me había acostumbrado. Frente a las puertas de Nordrassil, nos colocamos la mayoría de las centinelas que yo conocía desde hacia tiempo.

    La batalla había comenzado, las razas aliadas habían perdido su posición por lo que ahora dependía de nosotros, fue una avalancha de flechas y golpes al principio, pero después se nos vino una oleada aun peor. Cuando ya no teníamos armas a distancias las brechas debía ser cerradas con los golpes de nuestros brazos, todavía recuerdo las hermanas que perecieron allí. Me cuesta trabajo hoy en día mirar hacia el monte y no pensar en sus destino tan torturado, me alivia creer que por lo menos sus almas esta junto a Elune en la eternidad. Más y más hermanos y hermanas caían ante la oscuridad del ejército demoniaco, hasta que Malfurion nos dio la orden y se nos aviso que debíamos defender el bloqueo. Una vez controlado el bloqueo y la defensa, dejamos a unos ancestros que defendieran el paso, asistieran al bloqueo del paso al Nordrassil y abrieron un camino, mientras el resto de los nuestros escapaba, yo corrí tan rápido como pude y me posicioné en las afueras de los pies del monte, mientras veíamos a los lejos como Archimonde y su esbirros eran quemados por lo espíritus de nuestros ancestros.

    Con el tiempo notaba algo diferente en mi, al fijarme en mis hermanas, algo nos pasaba, como bien dijo la sacerdotisa Tyrande, es posible que notáramos los cambios de la mortalidad. Pero deberíamos confiar que lo que hicimos fue por una causa justa, la salvación de la vida en la tierra. Aun que la mayoría del bosque quedo corrompido, debíamos seguir con nuestra terea de preservar el orden y el balance en la naturaleza, quedaba aun uno de los factores principales, los vestigios de la Legión. Como centinelas, teníamos el deber de vigilar las nuevas amenazas que crecieran a raíz de la derrota de la legión, ya que al morir los señores demoniacos, sus lacayos más poderosos se convertirían en los nuevos señores y la opción de pelear contra ellos era nuestra más gran razón para regresar la paz a este bosque.

    En vista del nuevo orden que se había establecido, el Archidruida Fandral Staghelm, en un intento de regresar nuestra inmortalidad y seguir siendo los defensores de la tierra, junto su poder al de todos los druidas y plantaron a Teldrassil. Aun que no cumplo sus objetivos, y nuestros antiguos hogares ya estaban mancillados por la guerra, Teldrassil, no solo sería un símbolo, sino también sería un nuevo hogar para nuestra gente. Yo pensaba que algún día volvería a ver mi hogar, aun que para este momento, solo debe ser una pilar de cenizas, quien sabe, puede que me establezca en nuestro nuevo hogar y prosperemos allí. En mi alma aun había un deber que cumplir, no debía pensar que mi objetivo era llevar una vida de mercader, había nacido centinela y debería seguir con mi labor hasta que me llegara mi muerte, sin creer que me tendría que llegar.

    Una ciudad se había construido en el interior de Teldrassil, dicha ciudad seria el fruto de los sacrificados trabajadores y de los agotados druidas que desarrollaron este gran símbolo de vida. Si había algo que nos enorgullecía ahora era la calidad con la que efectuábamos nuestra tarea aquí, era mucho pedir que hiciéramos el labor de la naturaleza, pero nuestro objetivo, aun que Teldrassil fuera resultado de la naturaleza misma, ese principal objetivo seguía siendo el balance del bosque y el orden en la sociedades primitivas y animales que estuviera habitando en este árbol.

    Aun que parte de las centinelas seguía de vigilancia en Ashenvale, mi nueva vida queda en seguir vigilando la ciudad de Darnassus. Presentía que una parte de mi quedaría en Ashenvale, pero ahora mi destino me dijo que debía estar aquí, en una vigilancia, me tope con Fulborgs rabioso y con bestias descontroladas en algunas ocasiones, aun que con pesar, las he tenido que aniquilar sin remordimiento, porque eso es lo que somos las centinelas, guerreras… Aun que como parte de este honorable cuerpo, mi devoción a Elune es la misma que la de mis hermanas y con las cuales compartiría hasta las últimas de mis fuerzas.
    :a02: Un choque chocado

  7. #7
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    Predeterminado Respuesta: [Aniversario] Concurso de Historias

    El comienzo de Iverist

    Prólogo


    – Se inicia la subasta con un precio de salida de veinte monedas de oro

    A pesar del frío que reinaba en Revalia durante aquella época del año, todos los ciudadanos de Sartragor tenían por costumbre reunirse al atardecer en la plaza del mercado, lugar en el que con frecuencia los heraldos publicaban las noticias más recientes ocurridas tanto en el interior como en los exteriores de la ciudad.

    Sin embargo, en aquella gélida tarde se celebraba una subasta. Concretamente de un antiguo candelabro perteneciente a una prestigiosa familia noble de hace un siglo.

    – Veintidos monedas ofrece el señor de marrón, ¿alguien ofrece más?

    – Veinticinco – inquirió otro hombre, al parecer dispuesto a competir su capital con el otro sujeto por la adquisición del objeto.

    El resto de personas formaban un tumúlto que se limitaba a observar como se desarrollaba aquella competición. Entre ellos una figura encapuchada de ropajes ennegrecidos también se hallaba expectante. En alguna otra ocasión su atuendo resultaría un tanto llamativo, más junto aquel tumulto en un lugar donde la noche poco a poco se apoderaba del cielo resultaba idoneo para pasar desapercibido... y cumplir con mayor eficacia su cometido.

    Bajó su cabeza, observando todas las pertenencias que llevaba encima. Sí, todas sus herramientas se hallaban preparadas para ser utilizadas. Su mirada, cargada de preocupación era el simple disfraz de una tranquila y relajada mente que sólo pensaba en cumplir su misión. Llevaba años haciéndolo, y esta sólo sería una vez más, sin mayor complicación que en otras ocasiones.

    Seguidamente alzó su mirada. En lo alto de los tejados encontró lo que se trataba de una decena de arqueros, que patrullaban velando por la seguridad de la ciudad y concretamente de los presentes en la subasta, no obstante detrás de ellos dos figuras ataviadas con ropas similares a las suyas se hallaban camuflados en la sombra, cruzados de brazos, como si esperaran a que sucediera algo.

    – Más de veinte guardias... - dijo para sí mismo. - Sin duda esta será una misión de rango cuatro. No obstante dudo que...

    Entonces una inesperada mano se depositó en el brazo derecho del hombre, acto seguido recibió los susurros de una femenina voz.

    – Antem, ya todos estamos preparados, llevamos ya un tiempo esperando a que des el primer paso.

    – Yo sabré cuando darlo – respondió con autoridad – recuerda quién es el lider en misiones como esta. Ahora vuelve a tu puesto.

    Con dureza apartó la mano de la mujer y se sumerjió aún más en el tumulto de personas que deseaban observar el fin de aquella subasta. Los precios ya rondaban por las cincuenta monedas, y a su vez el ambiente evolucionaba a uno más interesante, en el que abundaban los chismorreos por parte de todo el pueblo reunido.

    De pronto uno de los dos hombres se levantó de la silla, y pronunció unas palabras que dejaron perplejos a todos los reunidos.

    – Ciento cinco monedas de oro.

    Durante unos tensos minutos el silencio invadió toda la plaza, silencio que se mantuvo hasta que habló el subastador.

    – Ad... adjudicado – decía aún tembloroso mientras se ayudaba con multitud de gestos para dar a entender que la subasta había finalizado.

    Una multitud de aplausos y vitoreos sucedieron en aquella plaza, inundado de calor aquella fría estancia. Instantes después el ganador subió al escenario donde se había llevado a cabo la subasta con intención de recoger su objeto generosamente pagado.

    – He aquí el poderío económico de Lord Hasner, personalmente le doy mi enhorabuena señor.

    El Lord le respondió con una sonrisa mientras recibía el aquella preciada reliquia. Los aplausos volvieron a entrar en escena, parecía que era querido por el pueblo.

    – Gracias, gracias – decía Lord Hasner mientras se colocaba en el centro del escenario – Ahora me gustaría decir unas palabras.

    A modo de respuesta los aplausos cedieron, y todos se mantuvieron en posición de escuchar el discurso del Lord.

    – Sé que no pasamos por tiempos muy buenos, y que el viento no sopla a nuestro favor estos últimos días. Ya son cinco los asedios que Sartragor ha resistido contra las fuerzas del nuevo rey Margor, y lo que os pido son fuerzas, fuerzas para aguantar los tiempos que nos vienen. Recordad que es la libertad... ¡nuestra libertad!... la que defendemos. Recor...

    No tuvo tiempo a finalizar su discurso cuando un proyectil de madera atravesó la garganta de Lord Hasner, empujándolo hacia atrás y provocando que cayera inerte al suelo, dejando caer el candelabro y haciendo que resonara al chocar contra el suelo en medio de gritos de los ciudadanos.

    Aquel hombre encapuchado había disparado contra aquel Lord, y guardando la ballesta desenvainó dos espadas rojizas. Fue cuestión de segundos que toda la infantería entrara en combate contra él, más el encapuchado mostraba unas técnicas de esgrima ampliamente superiores, que hicieron tomar ventaja en aquella batalla.

    Los guardias que vigilaban el tejado se disponían a disparar contra él cuando varias puñaladas en la nuca de todos ellos adornaron sus cuerpos, haciéndoles caer de sus puestos. Inmediatamente sus asesinos ocuparon sus puestos, y tomando sus arcos dispararon contra los guardias que combatían contra el hombre de negro.

    La ciudad comenzó a volverse un caos, un caos del cual la guardia de la ciudad intentaba controlar. Acto seguido sucedió una serie de explosiones, las cuales volaron la puerta sur de la ciudad, una puerta la cual en aquellos momentos carecía de guardia y era fácil de atacar. Por ella varios centenares de guardias ataviados con armaduras de un patrón similar al de los asesinos desfilaban en formación militar bloqueando la salida a los ciudadanos y haciendo que la guardia que quedara con vida estuviera obligada a deponer las armas.

    Entonces aquel hombre encapuchado, aquel hombre que respondía al nombre de Anthem subió al escenario de la plaza de mercaderes y se dirigió al pueblo.

    – ¡Con la muerte de Lord Hasner la ciudad de Sartragor se suma al reino del rey Margor! Cualquier conspiración, cualquier rebeldía y cualquier acto de insubordinación ante vuestra nueva majestad estará sentenciada con la muerte.

    Tras decir aquellas cortas pero imponentes palabras guardó sus espadas, y seguidamente bajo una orden suya los guardias del rey Margor apresaron a los de Lord Hasner, llevándolos al cuartel de la ciudad. Los ciudadanos fueron obligados a refugiarse en sus casas y sellaron las salidas de la ciudad.

    Entonces Anthem se percató del candelabro que había comprado el Lord antes de morir. Tras recogerlo se reunió con el resto de asesinos que habían llevado el plan.

    – Tomareis un caballo y os dirijireis al castillo del Rey. Informadle de que Sartragor ha sido conquistada en su nombre sin recibir una sola baja.

    Siguiendo sus órdenes tomaron los caballos y partieron hacia el castillo de su majestad.

    Finalmente se dirigió a la posición donde se hallaba el cuerpo de Lord Hasner. Como signo de respeto se retiró la capucha y acto seguido se agachó hacia él. Después de observarle un momento y tras cerrarle los ojos le habló como si estuviera con vida.

    – Por fin la guerra ha terminado, descansa en paz... Lord Hasner.


    Capítulo I



    Rodeado con unas murallas que daban la impresión que sostenían el mismo cielo, Lehnseid, la capital del reino de Revadia era la ciudad donde se hallaba el castillo del Rey Margor. Se trataba de una apoteósica ciudad repleta de calles, monumentos y palacios de la cual se mencionaba con mucha frecuencia en cualquier tipo de novelas como modelo a seguir de la ciudad.

    Dos semanas pasaron tras su victoria y conquista de Sartragor, semanas en las que Antem provisionalmente gobernaba la ciudad bajo su poderío militar. Era ya hora de viajar a Lehnseid y presentarse ante su rey.

    – Preparadme un caballo, partiré hacia el castillo del rey.

    – Pero mi señor – respondía uno de sus súbditos militares – necesitamos alguien que dirija estos batallones para mantener la ciudad en nuestro dominio.

    – De acuerdo – contestaba Antem – preséntate
    – Capitán Staglorn, señor.

    – Bien, a partir de ahora capitán Staglorn quedas al mando militar de Sartragor. Un signo de incompetencia tuya en estos momentos supondría tu muerte. - concluyó Antem.

    Quedándose atónito el capitán se limitó a retirarse. A su vez a Anthm le entregaron su caballo cargado de faltriqueras con provisiones para día y medio, que sería lo que aproximadamente tardaría en llegar a palacio.

    Así pues, a lo largo de dos días en solitario cabalgó hacia Lehnseid. Podría tener una guardia siguiéndole, pero Antem prefería ir solo. Muy pocas veces se mostraba social con los suyos.

    Llegó a las puertas de la grandiosa Lehnseid, y sin dar saludo alguno espero a que estas abrieran. Nada más le recnocieron se abrieron, dándole paso al barrio norte de la ciudad.

    – Enhorabuena por su exitosa campaña militar en Sartragor, señor – le daba como bienvenida uno de los guardias mientras se encargaba de llevar su caballo a los establos.

    – Sólo ha sido una ciudad más que ha caido en manos de Revalia – respondió Antem con seriedad.

    Debía presentarse en el castillo de su rey, pero antes deseaba tener un respiro, un descanso después de dos días cabalgando sin dar pausa para dormir.

    Llegó a la zona suburvial de la ciudad, concretamente a una taberna conocida como El Carromato. Ahí se sentó en una de las mesas más apartadas y pidió una cerveza. Llevaba tiempo sin beber, y ya poseía ganasnía ganas, debido a que por el comprometido cargo que ostentaba le era completamente prohibido beber alcohol tanto a vísperas como los mismos días de misión.

    Después de beber lo suficiente para saciar sus ganas, pero sin perder la compostura y manteniéndose sobrio salió de esta, ahora sí camino al castillo de su rey.

    Ya en palacio, inmediatamente Antem fue recibido con el mayor de los vitoreos, los cuales respondió con serenos saludos a medida que avanzaba hacia el salón del trono.

    Finalmente llegó a la estancia. Se trataba de una gran habitación circular sostenida por doradas columnas. En su centro, un adornado trono escarlata que portaba la simbología de Revalia daba asiento a una persona joven, de una edad aproximada a los veintisiete años. Esta sostenía en su cabeza una corona de la cual brillaba por la abundancia de gemas y piedras preciosas que se hallaban incrustadas en ella. Vestía ropajes escarlatas y negras anchos, propias de un noble de alta alcurnia. Parecía contento por verle.

    Nada más observar Antem la presencia del rey siguió el protocolo y se arrodilló ante él, manteniendo la cabeza baja sin mirarle a los ojos como signo de sumisión y lealtad. Entonces el monarca se levantó, y tras proferir una afable risa que hizo eco por toda la habitación le pidió a Antem que se levantara.

    – Ya te he dicho Antem que no es necesario que tú me trates de esa forma, parece que ya no tienes estima en que fuimos amigos de la infancia.

    – Mucho tiempo ha pasado de eso, majestad – habló Antem manteniendo aún la cabeza baja – Ahora las cosas han cambiado, y ahora vos teneis autoridad sobre mí.

    – Veo que vuestro maestro os inculcó bien vuestra lealtad a la corona de Revalia... pero creo que no es necesario seguir todo este protocolo cuando estemos en confianza. Ahora cuéntame algo... Antem.

    – Le escucho, majestad.

    – Eres comandante de siete de mis batallones, y miembro de mis hombres de élite. Con vuestro rango has podido observar que desde la muerte de mi padre y desde que accedí al trono al resto de ciudades de Revalia les ha sentado mal. - Volvió a sentarse con dejadez en su trono - ¿Y por qué, Antem? ¿Por qué la antigua Revalia se rebela contra mí, un rey que les promete seguridad y gloria para este reino?

    Tras escucharle al rey, Antem levantó la cabeza y dio una respuesta.

    – Quizás mi rey, sea por las duras medidas que habeis tomado contra las equivocadas personas que no piensan como vos. Eso provoca al pueblo miedo y pavor, hasta que una persona encuentra la valentía de alzarse contra vuestra persona, y esta acaba siendo seguida por toda la ciudad.

    – Por eso mismo... ¡Por eso hay que silenciar las bocas de esos que osan poner en peligro la armonía de Revalia! - concluyó dando un puñetazo a uno de los manillares de su trono.

    – Y es lo que estamos haciendo, mi rey – respondió Antem intentando levantarle algo de optimismo a su señor – Hasta el momento, las ciudades de Raisnor, Labrock, Ulcarlia y ahora Sartragor se han inclinado a vuestra persona. El resto de feudos sólo cuestión de tiempo a que caigan... por cierto – Llevó una de sus manos a la espalda – he traido un trofeo de la última batalla de Sartragor para vos.

    De la cartera que portaba en su dorso, Antem sacó el candelabro que había arrebatado a Lord Hasner, el anterior regente de Sartragor, después de su muerte.

    – Agradezco su generosidad, Antem. Sin duda será una insignia de la supremacía de Lehnseid y Revalia.

    Momentos después los portones del salón del trono volvieron a abrirse, entrando una persona de avanzada edad que portaba una sotana oscura y lentes de aumentos.

    Identificó a Margor y a Antem, y a ellos les realizó una reverencia.

    Me informaron que el comandante Antem llegó a Lehnseid, veo que no estaban equivocados. - habló con una tenue voz.

    – ¿Qué es lo que buscais, Hirianth? - preguntó el rey, volviendo a su tono autoritario.

    – Majestad... disculpad mi intromisión, pero deseo que ambos me acompañeis a la habitación contigua, tenemos un tema del que hablar.

    Hirianth de Sitania era el consejero y estratega del rey de Revalia. A sus setenta años, por su vida había tenido toda clase de experiencias. Su sabiduría fue apreciada por el padre del rey Margor II, el antiguo rey Prastor IV y fueron socios hasta su muerte.

    – De acuerdo, os acompañaré, más espero que el asunto a tratar tenga su importancia – habló Margor mientras se levantaba del trono.

    – La tiene... majestad, créame que la tiene.

    Así pues consejero, rey y comandante entraron a una habitación contigua al salón del trono. Esta al igual que la anterior era circular, rodeada de gradas que en ese momento se hallaban vacías. En el centro, una mesa rectángular se alzaba, esta parecía sostener un mapa de todo el reino de Revalia y sus fronteras, un mapa en el que las ciudades, feudos y demás puntos de interés se hallaban marcados. En esa sala, cuya iluminación en aquel momento era lúgubre podía observarse sin perder precisión que tres sabios reflexionaban mientras daban vueltas al mapa.

    – He de comentaros la situación que actualmente Revalia padece – informaba Hirianth mientras colocaba sus utensilios de cartografía en el mapa.

    – Sabemos perfectamente que varios feudos aún no comparten mi política – contestaba el rey – pero será cuestión de días que Revalia permanezca unificada.

    – No es sólo eso... majestad – profirió el consejero – Nuestras fuentes de información redactan que el reino fronterizo de Fradia planea realizar un ataque a gran escala sobre Revalia.

    El rey interrumpió al consejero con una sonora carcajada.

    – ¿Hasta el insignificante reino de Fradia piensa hacerme frente? Eso no es problema alguno. Nuestro ejército está diez veces más preparado y es diez veces más numeroso.

    – No sería un problema... si no se sumara a una sospechosa rebelión que se planea realizar en Lehnseid.

    El rostro autoritario del rey se volvió a uno más acobardado y preocupado por lo que podía suceder en el futuro.

    – Bien, si el pueblo quiere guerra... ¡yo se la daré! - exclamaba el rey dándose puñetazos en el pecho. - Quiero que todas las tropas disponibles hagan una detención general de todos los supuestos sospechosos de rebeldía.

    Entonces Antem, quien permanecía cruzado de brazos callado decidió hablar.


    Es una locura hacer eso... majestad
    – ¿Locura...? - respondió Margor – Locura la de ellos, que cientos de privilegios les ofrezco y con rebeliones me responden. ¡Mi padre nunca tuvo que enfrentarse a una situación así!

    – Tenga en cuenta señor... - inquirió el consejero Hirianth – que la mayor parte de nuestras unidades irán a los puestos fronterizos de Revalia. No podemos hacer frente a los cientos de miles de ciudadanos de Lehnseid con la única guardia de la ciudad.

    Ante aquel comentario el rey se sentó en una de las sillas y se quitó su corona. Mientras la observaba detenidamente se sumergía en sus pensamientos en búsqueda de una solución a ese problema. Finalmente pensó que tenía que recurrir a sus hombres de élite.

    – Aparte de Antem, ¿todas las Sombras saben sobre este suceso?

    – Así es, majestad

    – ¡Quiero que acudan a mi presencia! - respondió dando un golpe a la mesa y dando a mostrar toda su furia. - ¡Inmediatamente!

    Las Sombras fueron fundadas siglos antes, junto a la creación de Lehnseid. Se trata de un cuerpo de élite que con lealtad siempre han servido a los reyes de Revalia. Todos ellos van ataviados con ropajes oscuros, similares a las de una sombra, y portan maestría en gran tipo de armas, tanto de cuerpo a cuerpo como a distancia. Muchos mitos y leyendas hay en torno a aquella organización de la que poco se sabe.

    – Antem era un miembro de ellos, y estaba orgulloso de serlo.

    – Hemos estado aquí todo este tiempo majestad – afirmó una voz grave que provenía de un rincon oscuro ocasionado por la poca luz que en esos momentos iluminaba la sala.

    Acto seguido una decena de hombres dieron un paso adelante, dejándose ver. Todos ellos portaban un atuendo idéntico al de Antem. Todos... salvo uno de ellos, quien portaba unas armaduras más estrambóticas, adornadas con pinchos. Este en vez de capucha llevaba un pesado yelmo oscuro, dando una imagen algo aterradora de ese ser. Parecía ser el líder de aquella oculta organización.

    Avanzó hacia la posición del rey y le miró desde arriba. Podía contemplarse como su propio monarca se encontraba algo acongojado con su llegada.

    – Comprenderás... majestad... que no puedo dejar que trateis a Las Sombras con tan poco respeto. - hablaba con su típica voz grave.
    Si... disculpadme... Lord Manapher – dirigió su palabra al ser arrepintiéndose de lo dicho – Pero Revalia está en peligro.

    El hombre de armaduras caminó al centro de la sala y se colocó más cerca de Antem que del monarca.

    – Os propondré algo. Mis hombres están cualificados en la batalla, así como en el asesinato y en el espionaje. Cuatro de ellos viajarán al reino de Fradia. Ahí su misión será la de hacer que entren en guerra el menor número de soldados de nuestro reino vecino.

    Seguidamente dirigió su mirada a los ojos de Antem.

    – Y en cuanto a la rebelión de Lehnseid, Antem se encargará de contrarrestarla. Utilizará sus dotes de infiltración y espionaje para conocer las identidades que osan acabar con vos, y finalmente emplearán sus técnicas de asesinato para acabar con todos ellos.

    El rey acabó conmocionado con las palabras del lord.

    – Sí, me gusta, me gusta – volvió a colocarse la corona en su cabeza – Así pues todos ya tenemos un cumplido que hacer. Hirianth.
    ¿Si majestad?

    – Quiero que se de la orden de ejecutar esta tarde a todos los presos. Que sientan la ineficacia que tiene el pueblo frente a la corona.

    – Así se hara, señor.

    Entonces el monarca se levantó, haciéndolo a su vez todos los que se encontraban sentados.

    – Esta reunión ha terminado, ya podeis iros.

    El rey fue el primero en salir, acompañado por su consejero. Los siguientes en salir fueron las cuatro Sombras que su líder no quiso mencionar su nombre. El último en salir fue Antem, acompañado por Morlim.

    Sólo esperaba que esta misión hiciera que Revalia por fin se alzara como el reino más temido y respetado del mundo.


    Capítulo II



    Infiltrarse en un grupo de revolucionarios de Lehnseid y después de extraerles información asesinar a todos ellos. Aquel era el cometido de Antem, y se trataba de una misión que no parecía mostrar ninguna complicación para él después de los éxitos militares que había realizado en nombre de la corona de Revalia.

    Saliendo del palacio real partió hacia el lugar donde residía. Tras cruzar un sin fin de calles en las que se topó con multitud de mercaderes y ciudadanos al fin llegó a su hogar. Era una pequeña casa de madera y decorados de piedra que por defecto abundaban en los lugares más empobrecidos de la ciudad.

    Por el rango militar que poseía, así como su amistad con el rey le podrían haber propiciado una mansión dentro de la ciudad, pero Antem se sentía incómodo en lugares tan prestigiosos y poco usuales. Prefería un sitio pequeño y normal debido a que no era un hombre de muchos caprichos, conformándose con tener suplidas sus necesidades vitales. Además una casa así fomentaba el hecho de pasar desapercibido en una ciudad en comparación con una gran mansión.

    Nada más llegar depositó todas sus armas encima de su mesa de la entrada, y se desabrochó su indumentaria ennegrecida, desprendiéndose de ella. Su cuerpo ya solamente vestía unos pantalones y unos vendajes que cubrían toda la parte superior. Procedió a retirarse todos ellos, y una vez hecho aquello caminó hacia uno de sus espejos y observó su torso. A pesar de tener un cuerpo cuidado y parcialmente musculado no presentaba la mejor de las apariencias.

    Un mar de cicatrices y heridas mal cerradas circundaban su cuerpo, fruto de todas sus batallas llevadas a cabo a lo largo de su jovial vida. Además, a hierro fundido en su espalda tenía grabado la simbología de Las Sombras. Este constaba del escudo de la dinastía monárquica de Revalia, adornado macabramente con una calavera en el centro y unas llamas a sus lados, tambien estas adornadas con diversos objetos macabros. Sin duda alguna era una funambulesca imagen que a más de uno le causaría respeto.

    Abriendo el primer cajón de la estantería de su lado Antem se hizo con un nuevo rollo de vendas, las cuales enrollaron su cuerpo.

    Seguido a ello caminó a su cama y se sentó en ella. Haciéndose con una de sus dagas la comenzó a dar vueltas para más adelante centrar su mirada en ella.

    – Tendré que volver a asesinar... - reflexionaba Antem -. Tendré que volver a mancharme las manos de sangre...

    A pesar de estar durante más de diez años entrenado para el asesinato, para Antem se trataba de un acto que lo repudiaba a más no poder, y evitaba hacerlo si la misión lo permitía.

    Generalmente, no se daba ese caso.

    Todo sea por el bien de Revalia... - concluyó guardando su daga y echándose en la cama. Aún faltaban muchas horas para la noche, pero era inevitable para Antem dormir después de tres agotadores días tanto físicos como mentales.


    * * *

    Antem se levantó de su cama, y tras levantarse se dirigió a su guardarropa. Tras abrirlo comenzó a vestirse, pero esta vez no llevaría los atuendos habituales de un miembro de las Sombras, sino las de un civil de clase media, pero no por ello Antem se privaría de llevar armas, siempre encontraba lugares donde esconderlas.

    Después de vestirse y de equiparse de armamento y dinero salió de su vivienda. Ahora su trabajo era sencillo, simplemente debía estar atento a todo lo que ocurriera en ese momento allá donde fuera en la ciudad.

    Decidió empezar su espionaje en la plaza del mercado de Lehnseid. Allí ciudadanos de toda clase social pasaba en algún momento por allí. Después de estar cinco horas paseando con los cinco sentidos en alerta, atendiendo y fisgoneando a cualquier acto o habladuría de cualquier ciudadano no logró hacerse con ninguna información relevante.

    Parece que será más complicado de lo que pensaba.

    Sin duda lo era, debido a que no tenía ningún punto de partida, y el tiempo que tenía era una incógnita. En cualquier día aquella rebelión podría hacer mella en el reino de Lehnseid, justo lo que el ejército de Fradia necesitaba para arrasar con Revalia.

    Prosiguió en su investigación adentrándose en la taberna que más frecuentaba, situada dos calles más arriba. Esta era conocida como El Carromato, y en atardeceres como aquellos se volvía un lugar inestable, repleto de borrachos y gente con ansias de dar rienda suelta a su lujuria.

    Era completamente imposible llevar a cabo una investigación con orden ahí. Un grupo de personas ebrias se estaban apaleando con toda herramienta que encontraban a mano a pesar de los intentos de los camareros por evitar dicho altercado. Otro un tanto más extraño con botella en mano y sentado en una mesa apartada se lamentaba de su aparentemente última pelea con su mujer, y sus chillidos hacía mucho más caótico el lugar. Todo ello sumado a los canturreos del resto de personas provocó que Antem saliera de la taberna.

    Sin duda sacaré más información en un lugar donde no haya nadie que en ese infierno.

    Ya estaba anocheciendo, y Antem sentía que había echado el día a perder. Ningún dato relevante, estaba en sus manos. Era hora de marchar a su casa y esperar que el viento torciera a su favor.

    Pero justo en ese momento Antem escuchó unos gritos.

    – ¡Si! ¡Ya se que ese intento de rey solo quiere silenciarnos! ¿Pero acaso creeis que su incompetente cabeza llevará a algún sitio este reino?

    Corrió al lugar de donde procedían aquellos gritos. Al llegar contempló cómo en un callejón cuatro guardias habían acorralado a otro hombre con atuendo de ciudadano, que con una espada rota intentaba hacerles frente.

    – Por vuestra verborrea e insultos a su alteza sereis ajusticiados – comentaba uno de los cuatro guardias.

    – ¡Vosotros que disfrutais de una cómoda posición social no sabeis lo que realmente pasa en esta ciudad! - respondía el civil.


    –¡No muestre oposición a la justicia, o procederemos a reducirle! - interfería sus gritos otro de los guardias.

    – Intentadlo... intentadlo si podeis – concluyó el ciudadano con tono amenazante.

    Entonces dos de los cuatro guardias placaron contra este, empotrándolo contra una pared y desarmándolo. Como respuesta el hombre comenzó a propinar puñetazos a discreción, algunos dando a parar en puntos clave que hicieron que se resintieran estos guardias. Entonces los otros dos actuaron, y por la espalda lo tiraron al suelo.

    En ese momento multitud de patadas y puñetazos fueron asestados al indefenso cuerpo de aquel ciudadano.

    – Debería interferir... - pensó. Sabía que si ayudaba a ese hombre debería luchar contra aquellos que estaban en su propio bando.

    Pero no había una forma mejor de infiltrarse en aquella revolución que ayudando a ese hombre de la que parecía formar miembro.

    Salió de su escondite, y cargó contra los cuatro guardias con las manos desnudas, sin portar armas, y al entrar por sorpresa el dio el primer golpe, el cual fue un rodillazo que acabó parando en el costado izquierdo de uno de los guardias. Otro de ellos desenvainando su espada intentó atravesar a Antem, pero este utilizando la agilidad que le caracterizaba se colocó de medio lado, esquivándolo en su totalidad y agarrándole de la mano consiguió desarmarle y tirarle al suelo.

    Con una espada en mano ya la batalla tornaba a su favor. Con facilidad logró también desarmar a los otros dos guardias, los cuales optaron por huir probablemente a pedir refuerzos u otra patrulla.

    Tras acabar aquella batalla, Antem le tendió la mano al hombre el cual fue apaleado.

    – Tenemos que salir de aquí antes de que vengan refuerzos – le informó Antem.

    Este tomó su mano y se incorporó.

    – Sí, será lo mejor, muchas gracias por haberme sacado de aquel aprieto, chico. Pero puede que te hayas metido en problemas, ¿Por qué me ayudaste?

    – Porque escuché los gritos de un hombre valiente que no tenía miedo de defender sus ideales contra una fuerza mucho mayor que él. - respondió Antem, abandonando su serenidad y mostrando un rostro cargado de amabilidad.

    – Son vuestras acciones las que me han salvado, estoy en deuda contigo.

    Seguidamente giró su cabeza a ambos lados para asegurarse de que no había guardias y siguió hablando.

    – Puedo conseguirte un refugio para esconderte esta noche de la guardia, ¿Quieres venir?

    – Estaré encantado de ir – respondió Antem

    – Entonces tienes que seguirme, espero que seas rápido muchacho, en breves los cuarteles estarán alerta de esto.
    Intentaré seguiros el ritmo – inquirió Antem asintiendo con la cabeza.

    Entonces las dos personas comenzaron a correr por una serie de callejones que siquiera Antem conocía. Trataba de quedarse con el recorrido pero era algo difícil debido a que tenía que seguir a ese hombre. Aunque Antem era veloz, él corría incluso más rápido que él.

    – Ojalá hubiera más gente como tú, chico. Por cierto no me he presentado, mi nombre es Caewar Narrech. ¿Cómo te llamas?

    – ¿Mi nombre? Mi nombre es Iverist – profirió Antem.


    Capítulo III



    – Basnar... Habeis acudido pronto a mi llamada.

    – Intento poseer la mayor eficiencia para usted, mi Lord...

    Lord Manapher, el en aquel momento líder de Las Sombras se encontraba de pie frente a una antorcha, la cual era la única iluminación que había en aquellas catacumbas que sujetaban el castillo de Lehnseid. A sus espaldas un hombre encapuchado se hallaba arrodillado ante él, con su brazo izquierdo apoyado en el suelo y su cabeza baja como signo de obediencia.

    – El rey desea saber la situación de la muralla sur de la frontera de Revalia.- habló Manapher con su típico tono autoritario a la vez que giraba su cuerpo para ver con sus propios ojos a su subordinado.

    – Se halla en perfectas condiciones, mi señor. Lo vi con mis propios ojos, y por lo que parece el ejército de Fradia no atacará por esta. - respondió Basnar. - Pero de seguro que su majestad apreciará más la información... si es Antem el que lo dice.

    Tras conocer la respuesta el Lord ordenó que se levantara, con intención de hablarle cara a cara.

    – Basnar, nuestro rey piensa que Antem es su mejor hombre, y sólo el hecho de haberse conocido desde su infancia justifica su cargo de comandante de sus escuadrones, pero por ello no debes pensar que él es superior a tí.

    – Lo comprendo, mi Lord...

    – No lo comprendes, Basnar – intervino Manapher. - Ves injusto que alguien que ha realizado menos labores en nombre de Las Sombras y más por la corona goce de una posición tan cómoda como la que ostenta.

    Aguardando un momento de silencio, continuó hablando.

    – También debes saber que no, no eres el mejor de los hombres que dispongo, pero asegúrate de que en la mayor parte de nuestras disciplinas superas a Antem... y eso te convierte en alguien mejor que él.

    – Me halaga oir eso de alguien como usted mi Lord – respondió Basnar inclinando la cabeza.

    – Ahora debes saber que Antem se halla en una nueva misión. Después de su conquista de Sartragor se le ha encomendado la misión de espiar una supuesta rebelión que se piensa realizar contra el rey.

    – ¿Y qué es lo que debo hacer, señor? - preguntó Basnar.

    – Deberás encontrarle. Él cada cierto tiempo deberá darte un informe oral sobre todo lo que está ocurriendo respecto a la rebelión. Luego esta debe ser entregada a mí persona, yo mismo me encargaré de transmitirlo al rey. - dijo Manapher.
    – Así se haga mi señor. - contestó Basnar.

    – Ahora ve en su búsqueda, cumple con vuestro cometido. La incompetencia no se tolera, recuérdalo – profirió como últimas palabras el Lord.

    * * *

    Antem y Caewar después de una larga hora caminando por las nocturnas calles de Lehnseid llegaron a un apartado pozo que al parecer ya no estaba en uso. Al ver Antem que Caewar bajaba por él decidió seguirle.

    –Procura que no te sigan, Iverist – masculló Caewar desde el fondo de aquel pozo.

    –No te preocupes, no me sigue nadie – respondió Antem.

    Tras bajar el pozo continuaron por el borde de un alcantarillado, guíandose por la posición de las piedras debido a la escasa iluminación de la estancia. Fue entonces cuando llegaron a una puerta de madera. Esta conducía a más pasadizos de catacumbas, pero a diferencia de los anteriores estos estaban defendidos por una serie de milicias mal armadas, las cuales saludaron a Caewar, alegando de que en la sala contigua al pasadizo estaban el resto de miembros.

    Así pues entraron ambos en la sala contigua. Se trataba de un viejo gran salón cuadrado que estaba sostenida por un pilar central. En ella multitud de mesas y sillas estaban dispuestas como si de una taberna se trataba. Ninguna conversación dentro de aquel lugar podía escucharse a la perfección debido a la gran cantidad de gente que en ese momento albergaba esa habitación.

    Se apoyaron ambos en la pared más cercana a la puerta.

    Es algo fabuloso – dijo con admiración Antem mientras observaba detenidamente la zona. - ¿Cómo es que un lugar tan grande no lo conocía?
    Es porque estos lugares deben estar escondidos. – respondió con seriedad Caewar. - Son los únicos lugares que pueden considerarse “libres” de la tiranía del rey de Lehnseid.

    Por fin había captado Antem algo de información. Por fin conocía el lugar donde todos los que se enfrentaban a Revalia se reunían. Ocultando una satisfactoria sonrisa siguió con la conversación.

    –¿Entonces aquí se reune la conocida rebelión de Lehnseid?

    –Exacto, chico – aclaró Caewar – Por cierto quería preguntarte, ¿tienes casa o familia?

    –Mi familia vive en Sartragor, yo estoy aquí para buscar una oportunidad... pero sólo me he encontrado con desdichas. - decía Antem mientras recordaba la última de sus batallas.

    –Sí... Sartragor. -hacía memoria Caewar. - Una terrible lástima lo que ocurrió en vuestro pueblo, Iverist. Lord Hasner era un hombre honesto y honrado.

    Hizo una pausa inclinando la cabeza recordándolo.

    –Todo es mucho más difícil después de la caida de todas las ciudades de Revalia. Nuestros fondos ya escasean, y la mayoría de nuestros combatientes han sido ejecutados o aprisionados.

    – Durante toda mi estancia en Revalia he podido observar como la realeza ha oprimido al pueblo. Ojalá pudiera hacer yo algo.

    –Y lo puedes hacer, Iverist... lo puedes hacer. - dijo Caewar – No todo el mundo hace frente a cuatro guardias y los derrota en escasos movimientos. La verdad he estado todo el tiempo pensando en reclutarte.

    – Me gustaría bastante – afirmó Antem.

    Entonces inmediatamente Caewar le dijo que le siguiera de nuevo. Esta vez atravesaron toda la habitación esquivando a la gente que iba y venia de un lugar para otro y llegar a una determinada mesa, en ella cuatro personas estaban sentadas.

    – Eh viejo Caewar, no te he visto el pelo en toda la noche. - habló uno de los sentados. Este hombre de pelo negro y con un atuendo que constaba de armaduras poseía una edad de aproximadamente de cuarenta años. Sus cicatrices en la cara que acompañaban a su barba de tres días y su parche en el ojo daba la impresión de que se trataba de alguien experimentado en la batalla. De forma amigable le levantaba su jarra de cerveza ante ellos.

    – Pues mira, Daenir , si no fuera por este joven aquí a mi lado quién sabe donde estaría ahora. - intervino Caewar respondiendo a la sonrisa del hombre.

    Entonces todas las personas sentadas en la mesa miraron a Antem, el cual les respondió con un intento de saludo levantando la mano.

    – Vaya vaya, así que estamos delante de todo un heroe de guerra – habló una mujer de una edad también similar a la de Daenir , cuyo rojizo pelo estaba adornado por una cinta marrón. - Si has salvado al viejo de Caewar te has ganado mi respeto. Mi nombre es Jaelen.
    Yo me llamo Iverist, es un gusto.

    Dirigió su mirada hacia la posición donde se encontraba Jaelen cuando observó que entre ella y Daenir se sentaba una joven mujer de cabellos castaños y ojos verdosos. Tenía unos ropajes marrones sencillos, adaptados para el combate cuerpo a cuerpo. Esta se levantó y se presentó.

    – Mi nombre es Silene – añadió. Acto seguido se sentó y se limitó a callarse.

    – Es un placer, Silene – respondio Iverist inclinando la cabeza.

    La cuarta persona era alguien que no dejaba ver su rostro, oculto por una cerrada capucha. No parecía tener intención de presentarse, más se limitó a mirar fijamente a Iverist con sus ojos azules y tras un tiempo bajar la cabeza. Era alguien un tanto peculiar en comparación con el resto de cientos de personas que se hallaban en aquel lugar.

    – A ese de ahí le llamamos Tumba. - respondió Caewar a Antem señalándole .- Aún no sabemos mucho sobre él pero es leal a nuestros objetivos. Es un poderoso aliado.

    Entonces Caewar se sentó en una de las sillas y se dirigió al grupo.

    – Con la nefasta pérdida de Thener nuestro escuadrón ha estado muy mermado. Pensaba en solventar su pérdida con la entrada de Iverist. ¿Qué tal lo veis?

    – Por mi perfecto – dijo Jaelen asintiendo con la cabeza.

    – Pareces buen chaval, ¿por qué no? - afirmó Daenir

    – Estaría bien – dijo Silene sonriendo de medio lado.

    Fue entonces cuando todos miraron a aquel que llamaban Tumba, a la espera de que por fin el dijera algo o expresara algo sobre la inserción de Iverist. Como era de costumbre, no dijo nada.

    – Entonces Iverist, oficialmente has entrado en los Arpones de Hierro, uno de los treinta y dos escuadrones rebeldes. ¡Se bienvenido!

    En ese momento una sensación totalmente nueva encontró Antem. En su vida jamás había sido tan aceptado, ni incluso cuando entró como miembro de Las Sombras. Sin lugar a dudas era gente que valía la pena.

    Después de que Caewar pidiera cerveza para todos este se levantó y pidió a Iverist que viniera con él. Salieron de la habitación y le condujo a la armería de la rebelión.

    –Bien, no contamos con mucha equipación, pero aquí tendrás suficiente. La mayoría de esto ha sido arrebatado a la guardia.

    Entonces Antem se dirigió al lugar donde estaban los cuchillos.

    –Las armas cortas y poco pesadas son mi especialidad.

    –Bien, por suerte tenemos bastantes. - respondió Caewar.

    Se paró y tras reflexionar un tiempo volvió a dirigirse a Caewar.

    – Quería preguntarte algo... ¿Quién era el llamado Thenar?

    – Thenar... - respondió Caewar haciendo uso de su memoria. - Era un hombre joven, era el hermano mayor de Silene, y uno de los más diestros con la espada de todo nuestro ejército.

    Hizo una pausa y siguió continuando. Parecía que le costaba hablar de ese tema.

    – Era muy buena persona, con sus objetivos claros pero a la vez dotado de una gran capacidad para perdonar. Sin duda alguna era un ejemplo a seguir.

    – Y... ¿Qué le pasó?

    – Todo sucedió en la ciudad de Raisnor, cuando aún no cayó en poder del rey Margor. Al parecer el ejército descubrió un campamento de heridos que habíamos montado en las afueras. Sin mostrar piedad alguna cargaron contra ellos, y aprovechando del bajo estado de salud que estaban los que se hallaban allí no dieron mucha resistencia. Fue Thenar, quien había sido enviado allí para vigilar el puesto, el que logró hacer que un pequeño grupo escapara. - Tomó aire de nuevo y tras suspirar siguió hablando. - El ejército no podía hacer frente a alguien tan diestro como él... no podía...

    – ¿Entonces cómo murió? - preguntó Antem con curiosidad.

    – Se enfrentó contra un Sombra. ¿Sabes lo que son?

    En ese momento Antem miró al suelo e intentó disimular su estado de sorpresa.

    –No, la verdad es que no.

    – Son un cuerpo de élite del Reino, un cuerpo de élite cuyas técnicas son generalmente letales, no poseen criterio moral alguno y matan a todo aquel que pasen por delante. Uno de ellos fue Thenar, quien combatió contra uno de ellos... y murió atravesado por cinco dagas en el corazón.

    Después de contar aquella historia Caewar guardó silencio. Sabía bien Antem de quién se trataba, puesto que ese miembro de las Sombas no paraba de contar aquella batalla en la que peligró su vida. Se trataba de Basnar, y era el antiguo compañero de Antem en varias misiones de la conquista de Raisnor. Nunca se llevaron lo suficientemente bien.

    Lo siento por él, Caewar.

    – No te preocupes... Iverist. Son las consecuencias que trae el oponerse con una fuerza tremendamente superior a nosotros. Por cierto... si quieres puedes dormir en esta base, mañana entrenaremos para lo que nos espera en tres días.

    – ¿Y qué es lo que nos espera? - decía mientras recogía las armas y armaduras que había escogido.

    Asaltaremos las mazmorras de Lehnseid, Iverist. Pero no te precipites, en su debido tiempo te contaré todo el plan que tenemos. Aún me gustaría conocer más sobre el estilo de lucha que tienes.
    – De acuerdo – dijo Antem inclinando la cabeza.

    Entonces después de que Caewar le indicara el lugar de los dormitorios entró. Se trataba de una sala cuadrada grisacea llena de armarios, mesillas y camas, y pidiendo permiso antes Antem se apropió de una de las camas libres más apartadas. Tras depositar sus armaduras bajo esta se tumbó y mirando al techo se sumergió en sus pensamientos. Algo amargo por la historia escuchada se dio cuenta de que había recaudado información de gran importancia, su cometido se estaba llevando a cabo con gran eficacia. Pronto lo que era conocida como rebelión dejaría de existir.

    Más algo había que no lograba entender Antem. Cómo aquel hombre, Caewar, había depositado tantas confianzas en él de un día para otro. Fuera de dudas era algo que le beneficiaba, algo que sin duda alguna le propiciaría el éxito de su misión.
    Última edición por Ravenguard; 30/07/2010 a las 04:29


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    Predeterminado Respuesta: [Aniversario] Concurso de Historias

    Capítulo IV



    – Venga Iverist, despierta, tenemos que empezar el entrenamiento.

    – Si, ahora mismo... - decía Antem mientras se desperezaba y se colocaba las armaduras.

    Daenir, quien había sido el encargado de despertar a Antem se dirigió hacia los patios de entrenamiento, esperando que fuera seguido por este. Estos patios constaban de unos amplios jardines que daban al exterior, en cuyos lados se encontraban armeros repletos de armas tanto a cuerpo a cuerpo como a distancia.

    – Bien, Iverist, - le decía Daenir mientras le señalaba un lugar del patio con su brazo izquierdo. - Colócate ahí, veremos que tal se te da esto de luchar.

    Sin murmurar una sola palabra Iverist desenvainó una espada corta con la mano derecha y acercó su mano izquierda a la funda de una de sus dagas por si le resultaba necesario desenfundarla.

    – ¡En guardia! - le gritó Daenir.

    – ¡Listo!

    Se iba a preparar en una posición defensiva con su espada corta para frenar una supuesta carga de su oponente, pero siquiera tuvo tiempo a ello. Un fuerte rodillazo impactó en su pecho, seguido de un espadazo en vertical que logró parar a duras penas con su espada. Jadeando y resentido por el golpe dio unos pasos atrás.

    – De nuevo otra vez... ¡En guardia!

    Aquel hombre tenía una repidez sobrehumana, ¿cómo era posible que pudiera en el primer asalto ir ganando a una Sombra? Era algo que le resultaba bochornoso, no iba a dejarse derrotar.

    Nada más cargó de nuevo Daenir, Antem desenfundó su daga y se la intentó clavar en el costado izquierdo, pero su trayectoria fue frenada por la mano libre que tenía Daenir, quien agarrándole de la muñeca le desarmó de su daga y le intentó tirar al suelo.

    En ese momento Antem lanzó una estocada contra Daenir, quien supo bloquearla, pero soltándole de la muñeca por la que le tenía agarrado.

    – Vaya vaya... - decía entre risas. - Pero si el joven sabe pelear.

    – Se más que eso. – dijo Antem cargando contra este empuñando su espada contra dos manos.

    Entonces un choque de armas se produjo, choque en el que la espada de Antem poseía ventaja de velocidad y fuerza respecto a la de Daenir, y por ello le acabó desarmando.

    Sin esperar a un nuevo movimiento de Antem, el hombre desenfundó un estilete que utilizaría para defenderse de la espada de su rival, pero una fuerte patada propinada por Antem en la mano que sujetaba el arma hizo que de nuevo Daenir estuviera desarmado.

    Finalmente le colocó su espada en el cuello, obligándole a rendirse.

    – Incluso peleas mejor que yo. Parece que el viejo Caewar supo escoger bien. - dijo Daenir mientras apartaba con una mano la amenazante espada de Antem.

    Fue cuando una inesperada voz entró en el patio de entrenamiento.

    – Sin duda alguna fantástica tu actuación, Iverist.

    Caewar, quien había estado observando el combate de Daenir y Antem parecía estupefacto por los perfectos y logrados movimientos de combate que poseía su última inserción.

    – Quería interrumpir vuestro entrenamiento para hablar con vosotros dos.

    Tras llamarlos extendió un pergamino a lo largo del patio. En este estaba dibujado un mapa de las cárceles de Lehnseid, en el que con unas cruces marcaban los lugares donde se posicionaba la guardia.

    – El escuadrón de los Halcones Durmientes nos ha revelado información de bastante importancia. Nada más comience el ocaso la guardia de la prisión es relevada por otra. Es en ese momento cuando actuaremos.

    Señaló a la entrada de la prisión situada en el mapa y continuó.

    – Nada más cambie la guardia será relevada por algunos de nuestros hombres que portaran uniformes parecidos. Hemos colocado barriles cargados de pólvora en estos puntos cercanos al portón de entrada. Cuando estos exploten si bien los portones no han estallado serán abiertos por una patrulla de guardias alarmados. Debeis reducir a todos esos guardias y aprovechar para entrar en su interior. Los guardias infiltrados os darán cobertura desde los tejados.

    – Pero una explosión de ese calibre a esas horas de la noche alertará a la mayor parte de la guardia de la prisión. - intervino Daenir.
    Es algo que tenemos en cuenta – aclaró Caewar. Antes de que entreis en la prisión varios escuadrones se encargarán de armar jaleo por la ciudad. Además, otro grupo de escuadrones estarán en las periferias de la prisión por si necesitais refuerzos. - pausó un momento para señalar con el dedo otro punto de la prisión y siguió explicando el plan – En el momento que entreis debeis coger el primer desvío a la izquierda y seguir recto. Ahí llegareis a la habitación del alguacil, y podreis haceros con las llaves de la prisión.

    Finalmente se incorporó, enrollando el mapa.

    – Un plan elaborado, espero que no tengamos que enfrentarnos contra muchos enemigos – contestó Iverist.

    – No lo creo, seremos nosotros los que combatiremos. - respondió Caewar – Daenir, Silene y tú acompañados por otros tres grupos entrareis en la cárcel y os encargareis en la liberación de todos los presos.

    – ¿Ella sabe lo que tiene que hacer? - preguntó Iverist.

    – Si, se lo comenté en privado. Está bajo las escaleras entrenando el tiro con arco. Teneis todo el día libre, mañana haremos una última reunión para comprobar si todo está en orden.

    Tras asentir ambos Caewar se retiró, volviendo a dejar a Daenir y Antem a solas.

    – Bonito plan... el viejo te tiene alta estima, espero que no le defraudes. - le comentó Daenir colocando su brazo derecho en el hombro de Iverist. - Yo ahora voy a tomar algo, luego continuamos el entrenamiento.

    – De acuerdo – Iverist afirmó.

    Al ver que estaba solo decidió sacudirse la ropa y envainar de nuevo sus armas. No estaba cansado por lo que no necesitaba tomarse un respiro.

    Decidió ir a ver a Silene. Según las indicaciones de Caewar se hallaba escaleras abajo del patio de armas entrenando, así que después de encontrarlas bajó.

    En efecto, ahí estaba. Con un carcaj a su espalda y un arco sujetado con ambas manos no paraba de disparar flechas hacia una serie de muñecos de trapo de tamaño humano que se encontraban en filas. Parecía muy diestra a la hora de disparar.

    – No sabía que utilizabas un arco... – dijo Iverist, interrumpiendo el entrenamiento. - pero me pregunto cuánta habilidad tienes.

    – Uhmm – respondió Silene apuntándole con el arco – Si quieres te lo enseño ahora mismo.

    – No... no será necesario. – respondió sonriendo apartándose con las manos del arco como signo de rendición.

    Tras aquella respuesta Silene guardó su flecha y comenzó a reirse. Colgó su arco en la espalda, dándose también una pausa a su entrenamiento.

    – Te creía alguien más serio, Iverist – dijo Silene sonriéndole mientras con un pañuelo se sujetaba su pelo haciéndose una coleta.

    Ambos subieron la escalera, llegando al patio de entrenamiento.

    – Te han contado lo del plan, ¿verdad? - le dijo a Silene.

    – Si, parece ser que tendré que daros cobertura a la hora de liberar a nuestros hermanos – le respondió.

    – Sólo espero que todo salga bien. Será mi primera misión... algo nervioso estoy.

    – No te preocupes... - le respondió Silene colocándose delante suya tratando de tranquilizarlo. Los planes de Caewar siempre suelen salir perfectos.

    En ese momento un pensamiento rondó la cabeza de Antem. Caewar, el que nunca falla en sus estrategias sufriría su primera derrota. Ya teniendo todos los conocimientos de ese plan finalmente la resistencia de Lehnseid sería contrarrestada.

    Esperaba en poder convencer aquella mujer, Silene, de salir de aquella rebelión.

    – Dime Silene... - intervino después de un momento de silencio. - ¿Por qué entraste en la rebelión?

    – Es una larga historia... - dijo Silene intentando rememorar.

    – Si quieres puedes contármelo mientras tomamos algo – inquirió Iverist.

    Silene aceptó, y juntos caminaron hacia esa gran taberna, el primer lugar que conoció Antem de la base rebelde, y el lugar donde conoció a todos sus compañeros. Tras colocarse ambos en una mesa ella comenzó a contar.

    – Fue en la penúltima guerra contra Fradia. Los generales de Revalia al verse seriamente afectados en número de soldados hicieron un reclutamiento masivo. Mi padre... fue enviado al frente para combatir contra las fuerzas de Fradia. No tuvo suerte... y cuando murió mi hermano mayor Thenar y yo nos quedamos sólos. Sólos... hasta que Caewar nos acogió en su casa.

    – Y entonces... a partir de ahí entraste en la rebelión.

    – Si... - respondió Silene. - de primeras sería mi hermano quien iba a luchar solamente... y mírame ahora. A partir de ese momento he considerado a Caewar como un padre.

    – Entiendo... - dijo Iverist.

    Lo cierto es que Antem nunca había sentido cariño paterno. Lo más parecido a ello fue la frialdad disciplinaria que le impartía Lord Manapher como su maestro. Según lo que le contaron a Antem cuando tenía un año perdió a su familia. La compasión del entonces rey Prastor hizo que cuando lo encontraran fuera adisciplinado por Manapher, por eso siempre fue considerado como un chico con suerte, y de ahí sus cercanas relaciones con el rey Margor.

    – Eh Iverist, cuanto antes tenemos que volver a entrenar – le dijo Daenir interrumpiendo su conversación con Silene marchando al patio de entrenamiento. - te veo en media hora donde antes.

    – Bien, iré enseguida. - respondió Antem – Silene, espero en otra ocasión poder hablar contigo.
    – No te preocupes, yo también seguiré entrenando. - le dijo Silene despidiéndose.

    Decidió salir de la base de la rebelión, siguiendo los pasadizos que había memorizado anteriormente cuando entró con Caewar. Tras salir y contemplar que era el mediodía se dirigió a la prisión de Lehnseid. Quería verla por fuera antes del ataque organizado por Caewar.

    De pronto a mitad de camino mientras pasaba entre la multitud de personas una mano agarró su hombro derecho con violencia.

    – Hacía tiempo que no nos veíamos Antem... ¿Me recuerdas?

    Antem se giró y observó el rostro de la persona que le había llamado.

    – Basnar... cómo no iba a acordarme de ti. - dijo con un rostro sereno con atisbos de odio.

    – Estaba andando por aquí tan tranquilo y de pronto me pregunté... ¿cómo le irá la misión a mi compañero favorito? - respondió Basnar dejándose notar un tono irónico.

    En ese momento Basnar llevaba unos ropajes oscuros, tal como los que solía llevar Antem, pero no llevaba su capucha, por lo que su rostro era facilmente reconocible.

    – ¿Qué haces aquí... Basnar? Ya oistes al maestro que esta misión la debo realizar esta misión.
    Pues claro que lo escuché, pero me dijo el propio maestro que te encontrara para que me dieras un informe de todo lo que has encontrado.

    De pronto Basnar puso una cara de sorpresa.

    – Oh, espera, ahora me contarás que no tienes pista alguna y que te has pasado estos dos últimos días emborrachándote aún fardando de tu victoria de Sartragor.

    – No dudes de mi competencia, basura – le agarró con violencia de su camisa oscura. - Tengo información muy importante para el maestro.

    – Ten cuidado con tus actos... Antem, no quiero hacerte daño aquí en publico – le replicó Basnar soltando su mano. - Ahora cuéntame de lo que planea esa rebelión.

    – Planean hacer mañana en los cambios de guardia un ataque a la prisión de Lehnseid. Desean liberar a los presos. Parece que soldados de la rebelión se infiltrarán en el cambio de guardia, así que hay que ir precavido.

    – Así que la prisión... bien bien – dijo Basnar – sin duda información muy buena, espero por tu vida que sea verdad.

    – Lo es – dijo Antem con serenidad. - pero pido a cambio algo. No quiero que mateis a nadie, quiero que apreseis a todos. He conocido a fondo a los integrantes de esa rebelión... y no merecen morir.

    – Veré que puedo hacer con tu petición, pero recuerda que no estás en grado de decir nada. Limítate a cumplir con tu misión.

    Acto seguido Basnar desapareció entre la multitud, sin tener oportunidad de que Antem siguiera hablando con él. No era una persona que se llevara muy bien con él, y viceversa.

    Su informe había sido mandado. Sólo faltaba esperar a que el rey y la guardia tomara respuesta.

    Volvió a la base rebelde y se volvió a sentar en la taberna, esta vez solo. Necesitaba reflexionar sobre todo. Poseía cargos de conciencia por lo que había hecho, pero era su misión, y tenía que cumplirla hasta el final.

    Finalmente se levantó y se dirigió al patio de entrenamiento. Debía encontrarse con Daenir.

    Capítulo V


    – ¡Venga Iverist! ¡En guardia de nuevo!

    Daenir por enésima vez cargó contra Antem, colocando su espada en ristre por delante. Todo parecía que iba a realizar una potente estocada, por lo que colocó su espada en vertical dispuesto a pararla. De pronto Daenir optó por lanzarle la espada, ataque que no esperaba Antem y obligó a esquivarla. Distraido por aquel peculiar movimiento recibió un codazo en los riñones por parte de Daenir que le hizo caer al suelo.

    Finalmente le colocó su estilete en el cuello.

    – Once veces seguidas, Iverist – dijo Daenir mientras guardaba su arma y le tendía la mano para levantarle. - ¿Te está pasando algo?

    Lo cierto era que sí. Jamás Antem había tenido semejante cargo de conciencia como en aquel momento, traicionando a aquellos que con tanta facilidad le depositaron su confianza y le tendieron la mano.

    – Será por las horas que son, llevamos ya muchas horas entrenando. - contestó Antem como excusa mientras cogía la mano de Daenir y se incorporaba.

    – Si quieres lo dejamos por hoy.

    – No... me gustaría una última vez – dijo Antem desenvainando sus armas.

    – De acuerdo... ¡En guardia!

    Se disponía Daenir a volver a cargar cuando de pronto Antem se aventajó cargando contra él. Se supone que era una Sombra, y sentimientos como ese no tendrían que hacerle efecto.

    Tomando impulso dio un potente salto, en el cual desenfundó tres de sus dagas y una a una las lanzó hacia Daenir antes de caer al suelo. Mientras este se molestaba en esquivarlas todas Antem rodó en el suelo y de una fuerte patada en las piernas le hizo tirar al suelo perdiendo su arma.

    – ¡Por fin te pones en serio!

    Se disponía Antem a apuntarle con su espada cuando sin aún incorporarse y recuperar el equilibrio Daenir cargó contra el para placarle. Ambos cayeron desarmados al suelo.

    Entonces la Sombra le agarró de los puños a su oponente para evitar recibir un golpe cuando Daenir le puso el pie en el torso y le lanzó lejos de él.

    Ambos se levantaron y corrieron a por sus armas, pero Antem fue en ese momento más veloz y le obligó a que no cogiera su arma.

    – El combate ha terminado, Daenir

    – No lo creo... - decía mientras sonreía.

    Le agarró de la muñeca del brazo que sujetaba la espada y la intentó apartar a un lado, pero Antem estaba atento y evitó que se llevara a cabo dicha acción... pero había ignorado el otro brazo de Daenir.

    Su codo impactó contra la clavícula derecha, y eso provocó que se durmiera el brazo que sujetaba el arma. Acto seguido Daenir le propinó una patada en el brazo que le hizo caer su espada y hacer que cayera en sus manos. Le apuntó con esta al torso.

    – El combate ha terminado, Iverist – decía mientras se reía.

    – ¿Do...dónde has aprendido esa técnica? - decía Antem estupefacto intentando despertar su brazo.

    – Jajajaja... esa es una de las técnicas que aprendí del viejo Caewar. Ya no tiene edad para luchar, pero seguro que algún truco guardado aún tiene. Ahora será mejor que te vayas a dormir, mañana a la mañana habrá la última reunión.

    Recogió sus pertenencias y se marchó a la cama que el día pasado eligió. Esta vez le costó más entrar en sueño, puesto que a pesar de lo pasado que estaba aquel cargo de conciencia por momento le atacaba. Por primera vez se sentía en una familia... que tendría que traicionar.

    * * *

    El día siguiente llegó. Esta vez no fue necesario que le hicieran despertar a Antem, ya que se levantó él sólo y acto seguido se encaminó para la taberna.

    Tras abrir la puerta observó que todas las personas que se hallaban en la taberna, al parecer escuchando las habladurías de un desconocido que se hallaba encima de una mesa giraron su cabeza para observar a Iverist. Parece que había interrumpido aquella reunión.

    – Disculpad por mi entrada – decía Antem inclinando la cabeza como signo de respeto.
    No pasa nada... - intervino la voz del que les estaba explicando al resto de personas – como les decía...

    El hombre continuó explicando un tema sobre el plan de asalto contra la prisión. Parece que todos ellos intervendrían en él.

    – Iverist, ven conmigo. - decía una voz a sus espaldas.

    – Pero Caewar... ¿no es importante atender en esta reunion?

    – Ya te expliqué todo tu cometido, no será necesario más.

    Caewar se levantó de su asiento y fue seguido por Iverist de nuevo hacia la armería de aquella base oculta rebelde.

    – ¿Ya sabes qué armas cogeras?

    – Si – respondió Iverist – serán cinco cuchillos arrojadizos, dos dagas y una espada corta.

    – Bien, entonces ve con el resto de compañeros. Te esperan en los tejados de las afueras de la prisión.
    ¿Tan pronto me esperan? - preguntó Iverist algo perplejo.

    – Tenemos que estar dispuestos todos horas antes de que empiece el plan. Ve allí.

    – De acuerdo Caewar... espero volver a verte con vida. - decía aún pensando de lo que les esperaba en el asalto.

    – No te preocupes chico... - decía con una sonrisa en la cara – nos veremos después de ella.

    Así fue como Antem recogió su equipación y saliendo por aquel pozo oculto de la base rebelde se mezcló con los ciudadanos y mercaderes de Lehnseid camino a la prisión. Una vez llegado allí observó que oculta en un callejón se hallaba una escalera de mano, colocada aposta para que subiera por ella. Después de subir se encontró con Daemir y Silene, quienes estaban hablando mientras observaban con todo tipo de detalle la estructura de las cárceles.

    – ¡Por fin viniste Iverist! - dijo Silene.
    – ¡Eh Iverist! ¿Te habías quedado dormido? - le dijo Daemir.
    – Eh... Caewar quería hablar de un asunto conmigo – decía Iverist mientras se sentaba junto a ellos.

    Hasta que se hizo la tarde tanto Iverist como Daenir y Silene la pasaron conversando, tratando de temas variados como los múltiples nombres que ponía Caewar a cada uno de sus movimientos. Concretamente el golpe que Iverist recibió por parte de Daemir en el último entrenamiento estaba bautizado con el nombre de “Codazo Maestro”. Toda aquella tarde hizo ver en Iverist que eran personas que realmente valían la pena.

    Cuando fueran encarcelados todos y capturados le pediría personalmente al rey la liberación de estos.

    Así pues llegó el ocaso, y con él el momento de actuar. Una señal en los tejados de la prisión hizo saberse que el cambio de guardia se realizó con éxito.

    – Recordad... nuestro turno llegará en cuanto explote la puerta. - dijo Daemir haciendo una señal de alto.

    – De acuerdo... - respondieron Iverist y Silene al unísono.

    Nada más dar la señal con los brazos un grupo de rebeldes colocó unos barriles en el suelo, y prendiéndolos escaparon esperando a que estos detonaran.

    El grupo de tres que se hallaban en el tejado estaban expectantes a que se produjera una explosión.

    – Vamos... vamos.. vamos... - animaba Daenir, quien parecía que vivía aquel asalto como el último de su vida.

    Entonces los barriles explosivos finalmente detonaron, rompiendo los portones de aquella prisión. Aquella era la señal que esperaban.

    Bajaron del tejado los tres y se reunieron con otros escuadrones. Un miembro de uno de esos escuarones se acercó a ellos y les informó.

    – Han habido más explosiones a lo largo de la ciudad, los grupos de detrás nuestra harán frente a los guardias de la prisión. Nosotros entraremos.
    De acuerdo – dijo Daenir, quien parecía tener el liderazgo de la contienda – A la prision... ¡Todos!

    Dicho aquello los escuadrones acompañados por Iverist, Silene y Daenir entraron en la prisión... La primera impresión que tuvieron fue sobrecogedora.

    Esperaban todos que los interiores de la prisión estuvieran repletos de guardias, pero a diferencia de eso encontraron una estancia vacía, una estancia carente de guardias. “Este es el principio de la trampa que han preparado” pensaba Iverist mientras desenvainaba su espada a la vez que el resto de hombres.

    – Bien – dijo Daenir. – quiero que informeis de todo guardia que veais, esto es muy extraño.

    Entraron en la sala del alguacil, cuya entrada no estaba custodiada tampoco por nadie. Por el momento aquel asalto se estaba realizando a la perfección. Obtuvieron la llave maestra y con ella abrieron todas las cárceles liberando a los presos de su interior.

    – ¡Por fin libres! ¡Gracias hermanos! - gritaban algunos de los presos mientras otros se limitaban a vitorear a aquellos héroes. No obstante los libertadores portaban un rostro sereno.

    – ¿Sabeis por qué no hay guardias en la prisión? - preguntó el que parecía ser un líder de escuadrón.

    – La verdad es que no lo sabemos – respondieron. - Solo podemos decir que de pronto todas las patrullas cesaron y los guardias desaparecieron.

    – Esto no me gusta nada... - farfulló Daenir mientras miraba a todas partes.

    El grupo decidió escapar de la prisión lo antes posible, llegando al patio que comunicaba con la salida de esta... pero se encontraron con una sorpresa.

    – Al fin... al fin puedo golpear con toda mi fuerza contra la rebelión. Comandante de la guardia Jalnir para serviros.

    Aquel hombre estaba aparentemente solo en el centro del patio de la prisión cuando al terminar de hablar un centenar de arqueros dieron a aparecerse en los tejados de los muros de la prisión. También aproximadamente otros ochenta guardias de infantería rodearon al comandante desenvainando sus armas.

    – Como... ¡¿Cómo han podido enterarse?! - dijo Daenir algo alarmado por lo que veía.

    En ese momento el sentimiento de culpabilidad de Iverist se multiplicó. Sentía como si hubiera traicionado a su propia familia.

    – Da lo mismo... - pensó. - Si no fueran por mí acabarian muertos...

    Sus pensamientos cesaron cuando escuchó el grito de uno de los miembros de la rebelión al ser ensartado por la espada de uno de los guardias.

    – He de aclarar que habeis supuesto demasiadas molestias para el rey, por tanto os quiere muertos – añadió para concluir el Comandante.

    Los guardias cargaron contra la primera fila de los hombres rebeldes y una gran batalla comenzó.

    Cómo era posible... la única condición que Antem había pedido era no matar a los rebeldes, y lo que veía ante sus ojos era una completa matanza.

    Sintiéndose en parte traicionado se abrió paso entre la multitud que luchaba.

    – ¡No debían morir, Jalnir! ¡No debían morir! - Aquellos gritos eran dirigidos hacia el Comandante, pero estos se ahogaron debido al entrechocar de las armas y los gritos por parte de los combatientes.

    En cuanto a Daenir, agarrando de la mano a Silene y llevándola a un lugar seguro comenzó a hacer señas para que todos vinieran a los pasillos de la cárcel. Sin duda era una buena idea, de esa manera podrían evitar las letales salvas del centenar de arqueros postrados.

    Antem siguió aquella orden, y cuando estuvo a cubierto desató toda su furia concentrada contra la infantería. Desenfundó sus cuchillos arrojadizos y los lanzó a puntos letales de los guardias cercanos, acertando casi todos. Seguidamente alzó su espada y con odio y utilizando unas técnicas muy poco vistas por alguien entrenado para sellar sus sentimientos. A la vista estaba que utilizaban sus propios sentimientos para luchar. En ese momento solamente pensaba que moriría en esa batalla, defendiendo personas que valían la pena, como los miembros de la resistencia.

    De pronto observó a Silene, la cual estaba disparando flechas tan rápido como podía pero ellos se abalanzaban sobre ella. Decidió ayudarla abalanzándose sobre aquellos que osaban impactar su espada contra el cuerpo de Silene y desenfundando una daga les cortó el cuello a todos.

    – Gracias Iverist... dijo Silene aún presa por el miedo que sentía en aquella situación.

    Sin murmurar palabra Iverist continuó luchando con espada y daga contra los guardias que se acercaban, llegando a estar cerca del comandante.

    – Juro... ¡Juro que te haré pagar esto! - gritaba Iverist mientras señalaba a Jalnir a su vez rodeado de guardias.

    – Has caido muy bajo... Antem – le decía Jalnir mientras bajaba la cabeza – Antaño te tenía respeto... ahora veo que eres un fracasado, una desgracia más.

    Por consecuencia de Iverist una gran cantidad de guardias murieron, sin duda aquello haría que la batalla tuviese mejor pinta para la rebelión, pero aún la situación no estaba a favor para ellos.

    Retrocedieron hacia el cuarto del alguacil, donde solo unos pocos lograron entrar, mientras que los sobrantes quedaron fuera conteniendo a los guardias.

    La batalla parecía estar perdida... cuando de pronto una gigantesca explosión en la prisión hizo que mucha de las paredes de estas se vinieran abajo. El gran estruendo seguido por la inmensa nube de humo hizo que la batalla parara por momentos.

    De pronto se escuchó una conocida voz.

    – ¡Vamos muchachos! ¡Demos cobertura a nuestros hermanos!

    Esa voz era de Caewar, el líder de su escuadrón. De una forma que en ese momento desconocía hizo un profundo túnel bajo tierra. Daba órdenes para que todos entraran por el túnel, orden que siguieron sin rechistar debido a la situación de la batalla.

    En ese momento sólo unos pocos guardias lograron adentrarse en el túnel, y al cambiarse la batalla a un uno contra uno cayeron por las armas de la rebelión.

    La gente no paraba de preguntarle cómo habían conseguido crear aquel túnel, pero Caewar parecía que prefería dar respuestas en otro momento. Gateando por aquel túnel durante media larga hora lograron salir a un gran edificio, en el que más miembros de la rebelión estaban haciendo guardia.

    Se que algunos teneis varias preguntas, pero daremos las respuestas más tarde. Ahora debeis desperdigaros como podais. Quedaremos en la “taberna” cuando llegue el amanecer.

    Las palabras de Caewar fueron concisas y claras, y fueron seguidas por el resto de miembros de la rebelión. En cuanto a Iverist, siquiera su casa era un lugar en el que podía estar a salvo. Cuando llegara un parte al rey supuso que exigirían respuestas a Antem, respuestas que no deseaba dar.

    Se escondió en los callejones del casco viejo de Lehnseid y se sentó mirando al cielo. Había tomado una decisión que posiblemente condicionaría toda su vida. Seguiría y lucharía por aquellos que le hicieron ver que podía confiar.

    Sería miembro de la rebelión contra la corona de Lehnseid.


    Capítulo VI


    El paje entró en el salón del trono, donde el rey esperaba un informe sobre los últimos sucesos acaecidos en la prisión.

    – Majestad... - dijo después de arrodillarse ante él – El comandante Jalnir desea tener una audiencia con vos.
    – Hacedle pasar – anunció Margor sentado en su trono.

    Nada más dar aquella orden los portones se abrieron, dando paso a un hombre de mediana edad cuyo casco estaba sujeto por su mano derecha. Iba seguido por dos de sus hombres.

    – Mi señor... la emboscada no salió como planeamos. - informó el comandante.

    – ¿Qué es lo que ha ocurrido?

    – El comandante Antem majestad... nos ha traicionado. Acabó con varios de nuestros hombres y mediante un túnel subterraneo... el cual no nos anunció en su informe de espionaje lograron escapar invictos.

    El rey se limitó a bajar la cabeza en la que reposaba su corona. Apretando con fuerza sus puños contra el trono en el que se sentaba. Durante unos minutos se mantuvo en esa posición.

    – Antem... te ofrecí todo... y me respondes así...

    Entonces alzó la cabeza y se levantó del trono. Podía verse que sus ojos se encontraban húmedos por las lágrimas que intentaba contener.

    – ¡Llamad a Lord Manapher... de inmediato!

    A escasos minutos de la llamada la figura imponente de Manapher entró en el salón del trono y se situó junto al rey.

    –No hace falta que se me informe de nada... - advirtió. - conozco todo lo que ha ocurrido.

    –Entonces cómo... ¡Cómo el más leal de mis hombres osa desafiar a mi figura!

    –Quizás sea porque depositaste confianzas en quien no se las merecía. – añadió el Lord.

    Volvió a sentarse en el trono, aún no se podía creer las noticias que había recibido. Con su cuerpo algo tembloroso recitó unas palabras en forma de orden.

    – Quiero... que me traigais a Antem... que vea con mis propios ojos cómo se ha manchado a causa de la rebelión.

    – Esta vez seré yo quien me encargue de esto. – profirió Manapher, antes de irse del salón empujando los portones con una de sus manos arrastrando su larga capa negra y haciendose sonar por todo el castillo el ruido de sus pesadas armaduras.

    – En cuanto a tí... Jalnir... - le señaló con el dedo – anunciarás que aquel ciudadano que informe de cualquier paradero de la rebelión será generosamente pagado.

    – Si... majestad.

    * * *

    A mitad de la noche la revuelta que sucedía en Lehnseid debido a la escapada de los rebeldes presos fue amainándose. Asegurándose de que nadie podía verle Iverist desprendió de sus mantas y se mezcló entre los ciudadanos de Lehnseid.

    Ahora sentía incertidumbre, incertidumbre por las represalias que podía tener por parte del reino, pero su conciencia estaba tranquila. Sabía que había elegido bien y mantendría esa elección hasta el final.

    Tras recorrer a pie numerosas calles de la ciudad finalmente llegó al pozo. Siempre asegurándose de que ningún ojo se depositara sobre él decidió entrar, llegando así a la base de la rebelión.

    Nada más acceder a la taberna pudo contemplar que gritos y risas acompañados por jarras y jarras de cerveza hacían de ese lugar una fiesta que homenajeaba la escapada de los presos de Lehnseid sin recibir apenas bajas.

    Caewar, quien le estaba haciendo señas desde la otra punta de la habitación hizo que Iverist se moviera hacia él. Este se hallaba acompañado por Jaelen, Silene y el llamado Tumba.

    –Enhorabuena por tu heroicidad en la prisión – dijo Jaelen – ya me contó todo Silene. Te acabas de ganar mi confianza.

    –Espero ser... merecedor de ella – decía Iverist con timidez.

    – Si no fuera por tí Iverist habría muerto – afirmaba Silene mientras corría a abrazarle. - Muchísimas gracias.

    En ese momento Iverist se sintió un hombre nuevo. Respondiendo al abrazo de Silene se sentía como si estuviera toda su vida deseando ese momento, cuando sólo la conocía de apenas tres días. Deseó que el tiempo no siguiera nunca, pero debió separarse debido a que Caewar quería hablar con él.

    Ambos llegaron al patio de entrenamiento, y ahí le dijo que podía dejar sus armas por el momento. Iverist asintió y se agachó para depositar su espada y sus cuchillos en una esquina.

    Entonces Caewar intervino con una pregunta.

    –¿Has visto ya la verdad... Iverist? - dijo cruzado de brazos.

    –¿La verdad? - preguntaba mientras se levantaba.

    –Durante toda tu vida has visto con otros ojos el reino de Revalia. Con los ojos que el rey necesitaba para que fueras una Sombra.

    Aquella última palabra que dijo Caewar hizo que Iverist sintiera una gélida punzada en su pecho. Con temor giró su cuerpo y observó a aquel hombre de avanzada edad pero de complexión musculada. ¿Cómo sabía que él es, o mejor dicho era un miembro de las Sombras?

    Sin comprender nada Iverist guardó silencio, haciendo entender a Caewar que prosiguiera.

    – Desde la primera vez que te ví luchar cuerpo a cuerpo contra aquellos guardias pude ver que utilizabas técnicas enseñadas por Las Sombras, combinado con una agilidad característica de ella. Me aseguré de ello cuando te vi luchar contra Daenir en un combate armado, equipándote las armas propias de una Sombra y utilizándolas como ellos.

    – ¿Así que desde el principio sabías... que era un infiltrado? - decía Iverist mirando el cesped del patio de entrenamiento.

    –Así es... Iverist – dijo Caewar manteniendo su serenidad.

    – Entonces he de suponer... que me has traido aquí para matarme.

    Caewar entonces dio unos pasos hacia Iverist, haciendo que este le mirara a sus ojos.

    Si hubiera querido matarte lo habría hecho hace mucho tiempo, pero si no lo hice es porque se a ciencia cierta cómo adiestran a las Sombras con el fin de ser armas letales de combate. Eras simplemente una persona equivocada, una persona a la que he querido mostrar la verdad sobre el reino al que juró lealtad.

    Al terminar de hablar Iverist se dispuso a realizar otra pregunta, pero este le silenció respondiendo a esta sabiendo lo que iba a decir.

    – Todo esto lo se porque yo también... pertenecí a las Sombras.

    Seguido a decir semejantes palabras se remangó su brazo izquierdo, mostrando el símbolo y el escudo de aquella orden oculta.

    –Durante mis treinta años como Sombra miles de vidas inocentes fueron sepultadas por mis armas creyendo que luchaba por un bien justo... vidas las cuales siempre estarán presente en mis recuerdos... hasta que un día levanté cabeza y vi con mis propios ojos lo que estaba haciendo.

    Pausó unos segundos y siguió hablando.

    – Idee lo del plan de las prisiones de una forma que sólo tú te enteraras de la mitad para evitar que contaras a parte más importante, y es que durante meses llevamos escavando un túnel subterraneo hacia las cárceles con el fin de liberar a nuestros hermanos. Como pude observar... no me equivocaba.

    Habiendo conocido todo aquel sentimiento de culpabilidad volvió a entrar en Iverist. Ya no podía más con el y consecuencia de ello terminó arrodillado en el suelo.

    – Caewar... - decía pareciendo que le costaba hablar – Toda mi vida fue un error... y lo comencé a ver cuando conocí personas... personas como vosotros. Ahora que he visto cómo actúa el reino... sí, he visto la verdad...

    – Las atrocidades e inhumanidades que hacen por culpa de su ambición debe terminar Iverist... y te invito a que nos ayudes a acabar con ello. - terminó de hablar tendiéndole la mano para levantarle.

    – Lo haré de corazón... Caewar... gracias por darme esa oportunidad. - Le dijo mientras cogía su mano y se incorporaba.

    – Aquí entre nosotros puedes formar una nueva vida. Daenir cree que eres alguien formidable. De Jaelen te has ganado tu confianza. He visto que Silene y tú podeis tener futuro, y bueno... a Tumba le parecerá bien que estés con nosotros.

    Riéndose logró contagiar parte de ella a Iverist, y de esa forma partieron de nuevo a la taberna a celebrar la victoria en la prisión, pero sabía que muchas personas habían muerto por su culpa, personas que harían mucho bien en el reino. La única forma de honrar sus muertes era cumpliendo aquellos objetivos que tenían y estaba empeñado en cumplirlos.

    Los días pasaron, y con ellos la relación de Iverist con los Arpones de Hierro aumentó exponencialmente. El dato a más a destacar era el entrenamiento que continuó ya no con Daenir, sino con Caewar. A decir verdad era alguien que se desenvolvía cuerpo a cuerpo mucho mejor que el resto, y si no supiera que fue miembro de Las Sombras habría sido de suma expectación para Iverist.

    De pronto sintió Iverist que en aquella base se desarrollaba su vida, pero deseaba volver a su casa. Los objetos que más apreciaba se hallaban en su interior.

    Poseyendo una prudencia nunca antes vista pidió permiso a Caewar antes de salir.

    –De acuerdo – afirmó – pero déjame que te acompañe. Te ayudaré con los objetos que desees traer a la base.

    Iverist asintió, y ambos marcharon de la base por aquel pozo que tanto se frecuentaba. Después de los días que había pasado en la base ya conocía los rostros de muchos miembros de la rebelión, y podía identificarlos con facilidad cuando estos deambulaban por las calles de la ciudad intentando pasar desapercibido.

    Finalmente llegaron a su casa, estaba tal como lo recordaba. Ambos entraron en ella.

    – Bien - dijo Caewar. - Debes darte prisa, tenemos que marcharnos rápido.

    – Mucho me temo... que no ireis a ninguna parte. – respondió una voz de ultratumba.

    Ambas personas, uedaron estupefactos ante esa voz... luego Caewar se atrevió a decir:

    – Manapher... ¡Iverist cúbrete!

    Sin saber dónde estaba aquel hombre Caewar se abalanzó sobre Iverist, placándole y tirándole al suelo de la casa. Acto seguido el filo de una espada pasó rozando la cabeza de Iverist, si hubiera permanecido de pie un segundo más habría sido decapitado.

    – Venía a cazar a un traidor y me encuentro con dos... - decía Manapher dejándose ver desde una esquina poco visible de la habitación. - Sin duda estoy de suerte.

    – Tú no vas a cazar a nadie... - farfulló Caewar desenvainando una espada y arremetiendo un ataque contra Manapher, ataque que fue contrarrestado con facilidad por su espada.

    – Parece que la edad no perdona, Caewar. - decía mientras aguantaba con una mano aquel choque de espadas.

    – Yo me encargo de él... ¡Iverist, tienes que huir!

    – No puedo dejarte sólo contra él... es demasiado poderoso... - hablaba mientras miraba atemorizado las punzantes armaduras pesadas de Lord Manapher.

    Llevándose la mano a una espalda sacó una daga y de un rápido movimiento intentó clavársela al costado del Lord, pero antes de que llegara este hizo fuerza en el choque y le tiró al suelo.

    De una rápida acción Caewar se levantó y volvió a ir por Iverist.

    – ¡Debes huir de aquí! - Le dijo mientras le propinó una patada que le hizo romper una de las ventanas y salir de la casa.

    – No va a haber escapatoria para él, Caewar – aseguraba Manapher mientras combatía en un duelo contra un veterano y curtido Caewar, pero aún así inferior a quien resultaba ser el líder de las Sombras.

    Iverist recibió un duro golpe, pero la situación requería que se levantara. Sus órdenes eran que huyera, pero no podía dejar atrás al que consideraba como su padre.

    Se dispuso a entrar de nuevo en la casa por la puerta preparado para combatir contra Manapher, pero entonces su hombro izquierdo comenzó a sentir frío...

    … Un frío originado por una daga que se había incrustado en ella.

    – El maestro está de cacería... dijo una de las tres figuras que se hallaban a su espalda. - No podemos dejarte que luches contra él.

    Con nerviosismo Iverist se quitó el cuchillo de su hombro, y tirándolo al suelo cargó contra ellos. No quería decir nada a sus antiguos compañeros, se limitó a luchar a la desesperada y herido por aquel cuchillo.

    Ayudados por multitud de guardias, las Sombras consiguieron reducir a Iverist, tirándolo al suelo desarmado e inmovilizándolo habiendo dejado varios heridos. Viendo que no podía hacer nada comenzó a gritar con desesperación por la situación en la que sufría junto a Caewar.

    De pronto la puerta de la casa de Iverist se abrió, y de esta salió la figura de Lord Manapher con alguien agarrado del cuello con su brazo izquierdo. Se trataba de Caewar, con múltiples heridas y semi inconsciente, derrotado tras un combate en el que parecía haber sido duro por los dos cuchillos que tenía clavados el Lord en su torso.

    – Esta persona... - hablaba dirigíendose a Iverist agitando su brazo izquierdo. - traicionó a la orden de Las Sombras, y fue uno de los fundadores de esa rebelión que tanto azota Revalia.

    Cargado de odio Iverist comenzó a moverse intentando en vano zafarse de los guardias que le hacían que permaneciera inmovilizado.

    – Contempla lo que ocurre a aquellos que desobedecen al juramento a Revalia.

    Entonces tiró a su presa, colocándola de rodillas y aún agarrado del cuello. Podía entonces observar Iverist el lamentable estado en el que Caewar se encontraba.

    – No pude proteger...te Iverist...

    – ¡No! ¡Manapher... no! ¡¡No lo mates te lo ruego!!

    Más sin mostrar signo alguno de escrúpulo o piedad colocó su espada, en la espalda de Caewar, y de un golpe recto le atravesó el cuerpo a la altura del corazón.

    Nada más observar cómo la espada de Manapher sobresalía por el cuerpo de Caewar manchada de sangre este permaneció callado a causa de la impresión que poseía. La sangre comenzaba a brotar por sus labios chorreando, la estocada de su adversario había sido letal.

    – Levanta... Revalia... Ive...ris..

    Acto seguido el cuerpo de Caewar cayó al suelo, yaciéndose inerte en el umbral de la puerta de su hogar.

    – ¡¡¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!!!

    Los gritos de Iverist hicieron eco por toda Lehnseid, su rostro que acostumbraba a ser sereno estaba enrojecido, cargado de ira mientras lágrimas brotaban sin parar de los ojos.

    – ¡¡MANAPHER!! ¡¡JURO QUE TE MATARE!!

    Completamente histérico Iverist se zafó de algunos guardias, y de uno de ellos le arrebató su espada. Ya armado cargado de furia se avalanzó contra Lord Manapher, pero era un oponente demasiado poderoso para él.

    Su espada se interpuso con la de Iverist, y de un sencillo movimiento en círculo logró desarmarle, haciéndole un fuerte tajo a la altura del pecho que le hizo caer al suelo. Seguido a ello caminó hacia su posición.

    El rey quiere hablar contigo... – decía Manapher apuntándole con su oscura y ondulada espada. – y es eso mismo lo que te mantiene con vida por el momento. Llevaoslo al castillo.

    Envainando su espada dio punto final a la ejecución de Caewar. Los guardias apresando a Iverist, el cual estaba casi fuera de consciencia por aquel potente corte del Lord, lo llevaron hacia el castillo de Revalia. Se encontraba en la más absoluta oscuridad física y mental, de una forma tan grotesca que siquiera le importaba qué iba a ser de él tras sufrir lo que estaba sufriendo en ese momento.

    Tras quedarse unos segundos Manapher mirando fijamente a los ojos del cadáver de Caewar decidió marcharse.

    Aquel cuerpo acabaría siendo pasto para los cuervos.
    Última edición por Ravenguard; 30/07/2010 a las 03:38


    "Vosotros podreis huir...
    o enfrentaros a mí,
    pero jamás tendreis el lujo de esconderos...
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    Capítulo VII


    Seis días pasaron desde la ejecución de Caewar y el encarcelamiento de Iverist. Debido a la inestabilidad de la prisión decidieron enjaularlo en las catacumbas del castillo de Lehnseid. Sus heridas físicas estaban ya cicatrizadas, pero aún permanecía en su cabeza el frío recuerdo de Caewar siendo atravesado por la espada de Lord Manapher. Un recuerdo que le hacía impotente, sin fuerzas en ese momento para luchar por su supervivencia.

    Se mantuvo sentado en una esquina del calabozo, quién sabe cuánto tiempo. Quizás días, meses o incluso años.

    De pronto unos golpes sonaron en la reja del calabozo.

    – Vamos, su majestad te quiere ver en el salón del trono – dijo el alguacil acompañado por otros dos guardias.

    Este abrió la reja de la cárcel y los dos guardias agarraron de los brazos a Iverist llevándolo al salón del trono. No hacía ninguna fuerza para zafarse de ellos, simplemente se mantenía con la cabeza inclinada y una mirada cargada de tristeza.

    Dígale al rey que el preso está aquí fuera – le ordenó al paje uno de los guardias.

    Colocándosele grilletes en tobillos y manos se presentó al salón del trono, lugar donde de una patada le obligaron a arrodillarse.

    Nada más ver el rostro de Iverist el rey se levantó y caminó hacia él.

    – Antem... - profirió. – Antem... mi mayor amigo de la infancia... ¡Convertido en esta basura!

    Una patada propinada por el mismo rey fue recibida en la cara de Iverist, tirándole de medio lado al suelo.

    – Eras el mejor arma que todo rey podía soñar. ¡Asediastes y conquistastes ciudades en nombre de mi glorioso reino! Y ahora ayudando a esos animales que muy pronto serán aniquilados... ¿Y sabes por qué?

    Iverist no dijo palabra, permanecía absorto en sus pensamientos y en lo que decía su rey.

    – Dime... Antem... ¿No te suena el pozo al lado de la plaza del mercado?

    – No... no me suena de nada...

    – Si hombre... Aquel pozo que conduce a vuestra oculta base... Te quedarías impresionado por la información que un ciudadano puede revelarte por escasas monedas de oro.

    No podía ser. ¿Acaso las fuerzas del rey Margor habían logrado encontrar esa base rebelde? Eso era lo que Iverist no paraba de preguntarse. Daenir... Silene... todo su escuadrón, toda su familia estaba en ese momento en peligro.

    El rostro de Iverist cambió a uno más dotado de furia, como aquel con el que respondió a la ejecución de Caewar.

    – Ni... ni se te ocurra tocarles un pelo Margor... - decía con voz desafiante.

    ¿Y por qué no puedo? - preguntaba el rey irónicamente. - ¿Acaso vas a impedírmelo...? Me cuesta creer que esa panda de inútiles hayan logrado lavarte el cerebro para que utilices tus habilidades en mi contra.

    – No me lo lavaron... - seguía Iverist con su tonalidad desafiante. - Simplemente me hicieron ver la verdad... la verdad de un rey absolutista que se beneficia en la opresión del pueblo y carente de escrúpulos a la hora de líderar un reino.

    Como respuesta el rey le agarró del cuello a Iverist, cortándole todo aquello que pudiera decir.

    – Tal como me contaron. Me negaba a creerlo pero has cambiado... Antem. Quería anunciarte que mañana al mediodía se llevará a cabo tu ejecución... en público... delante de todo el pueblo.

    Volvió a sentarse en el trono, colocándose bien su corona.

    Mañana se dará punto final a esta rebelión. Llevadle de nuevo a su celda.

    Iverist fue de nuevo encerrado. Desconocía la hora que era, sólo sabía que la próxima vez que el alguacil viniera sería para conducirle a la plaza del mercado donde supuso que se llevaría a cabo su ejecución.

    Pasó toda la noche preguntándose sobre su vida, llena de muertes y sangre. Sólo por las últimas acciones que realizó podía liberarse de su condena eterna, pero también pensaba en si Daenir, Silene, Tumba y Jaelen escaparon a aquella matanza que se pudo haber realizado en la base rebelde en nombre del rey.

    Así pues se hizo el mediodia, y como predijo el alguacil le sacó de la cárcel de un procedimiento similar al del día anterior y lo llevaron junto a otros diez más a la plaza de mercaderes.

    Le subieron esposado a la plaza, y ahí pudo ver multitud de rostros que deseaban contemplar la muerte de quien era catalogado como un traidor a la justicia. “Si en realidad ellos abrieran los ojos como lo hice yo...” pensaba a cada momento que pasaba. Ellos en ese momento le tomarían como un bandido que deseaba atentar contra el propio pueblo.

    Fue bendecido por el obispo de la ciudad, pero supuso que aquello no le salvaría de un destino oscuro a consta de los cientos de vida que había arrebatado. Respirando e intentando llevarlo todo con tranquilidad le pusieron la soga al cuello.

    Entonces el pueblo comenzó a gritar, algunos a favor y otros en contra de su ejecución, pero todos esos gritos fueron silenciados cuando se oyó un resonar de tambores propio de la guardia real. Tras volverse a hacer el silencio uno de los pajes del rey extendió un pergamino y comenzó a recitar.

    El preso llamado Antem está acusado de los siguientes delitos: Asesinato a la guardia, vandalismo, ayuda a la rebelión, participación en el asalto de la prisión y traición a su majestad. La pena por semejantes cargos es – cierra el pergamino de golpe. - La muerte.

    Le ataron las manos atrás y le ajustaron la soga al cuello. Los tambores comenzaron a resonar con más fuerza hasta la llegada del verdugo, que sería el encargado de darle a la palanca.

    Iverist cerró los ojos. Era su fin, rezaba porque su muerte no fuera dolorosa.
    Sumergido en sus pensamientos Iverist de pronto cayó al suelo. Su soga se había roto. Desconocía el motivo hasta que observó al verdugo, quien con un limpio dagazo soltó las cuerdas de Iverist.

    Aquel verdugo parecía estar de parte de Iverist, y mientras el pueblo huía aterrorizado de la plaza los guardias subían al lugar donde se encontraba el verdugo para enfrentarse contra él.

    – Iverist... coge la espada... – decía el verdugo mientras desenfundaba dos de estas y le otorgaba una a Iverist.

    En ese momento ya supo de quién se trataba. Su rostro cargado de tristeza tornó a uno con mucha más ilusión, ya que volvía a tener esperanzas por vivir. Se trataba de Tumba, aquel encapuchado que no decía nada y nunca había mostrado su rostro había salvado la vida a Iverist.

    Se juntaron las espaldas e hicieron frente a los guardias que venían, pero eran demasiados para ellos... demasiados hasta que una salva de flechas bombeadas atravesó sus cuerpos, dejando un camino idoneo para escaparse. Pudo ver que esas flechas tenían su origen en un tejado en el que había un grupo de arqueros en los que Silene estaba incluida.

    Tumba señaló el camino por el que debía seguir Iverist a la vez que sacaba de su manga dos pequeños cañones de pólvora disparó contra el tumulto de guardias que intentaba reagruparse para perseguir a Iverist, acabando con la vida de todos ellos.

    – Cómo demonios... ha logrado hacer eso...

    Siguiendo sus órdenes y evitándole preguntar comenzó a correr con espada en ristre enfrentándose contra todo guardia que se encontraba con él.

    – ¡Eh Iverist, sube por la escala!

    Esos gritos provenían de uno de los tejados. Sin duda era la voz de Jaelen. Con rapidez subió la escala y se escondió en los tejados.

    Ahora toda la guardia va a ir a por tí, Iverist. - le advertía Jaelen. - Lo que tienes que hacer es reunirte con Daenir, él te está esperando tras la muralla este de Lehnseid. Debes ir tan rápido como puedas hacia ese lugar.

    – De... acuerdo... - decía Iverist mientras jadeaba. - Gracias por salvarme la vida... a todos.

    – No seas tonto. Ya nos lo agradecerás si sales vivo de aquí. Ten – sacó un cinturón de cuchillos y una daga – toma mis armas, puede que las necesites más que yo.

    Iverist asintió, y tras ello saltó de tejado en tejado aferrándose a todos los salientes más cercanos con intención de llegar a la muralla este. Debía ir rápido o si no como le dijo Jaelen le detectarían los guardias.

    Se dispuso a realizar uno de sus últimos saltos... cuando una figura negra se abalanzó sobre él como si de un proyectil se tratara y lo tiró al interior de una casa que por su estado parecía estar en ruinas.

    – Qué... Qué ha pasado... - dijo Iverist algo estupefacto mientras desenvainaba su espada.

    Observó que había entrado por una ventana que había roto por el golpe... pero deseó saber quien le había placado de esa forma tan perfecta para entrar en esa casa.

    De pronto Iverist se agachó, observando cómo dos cuchillos recien lanzados impactaban con una pared de ladrillo en la que estaba de lado. Le habrían dado de lleno si no hubiera realizado aquella maniobra evasiva.

    - Incluso siendo un miembro de esa asquerosa rebelión sigues siendo igual de rápido... ¿eh Antem?

    - Basnar... - contestó. - No tardaré mucho en encontrarte... muéstrate de una vez.

    Dos nuevos cuchillos fueron lanzados desde otro punto de aquella casa en ruinas. Esta vez Iverist no pudo esquivar uno de ellos y se clavó en su pierna izquierda.

    - Arghh... sal de donde estés cobarde.

    - Venga Antem... búscame tú... si no no ten..

    Siquiera le dejó Iverist a acabar su frase al lanzar un cuchillo a donde supuso que podía estar.

    Acertó en el lugar donde estaba, pero el cuchillo fue esquivado por Basnar.

    - ¡Bravo Iverist...! ¡Bravo!

    Tras acabar esas últimas palabras saltó de su escondite, el cual era detrás de un gran barril, y cargó contra Iverist desenvainando dos cimitarras.

    - Te has perdido los últimos entrenamientos... Basnar... tengo varias sorpresitas para tí.

    - Estoy deseando verlas – le dijo mientras le apuntaba con su espada.

    Una de las cimitarras fue bloqueada por la espada de Iverist y la otra logró esquivarla colocándose de medio lado. Preparó su siguiente defensa colocando su espada en vertical y tras bloquear la intentó dar una patada que Basnar logró esquivar para intentar asestar otro corte con su otra cimitarra.

    La rapidez de su contrincante y antiguo compañero había aumentado en demasía, superando incluso sus habilidades. La espada lograba bloquear los golpes de su oponente, pero no le daba oportunidad siquiera atacar.

    De pronto entrecruzó las dos cimitarras con la intención de decapitar a Iverist, pero este fue más rápido y consiguió bloquearlas con su espada. Una vez hecho eso le dio un puñetazo en la mandíbula, e intentó clavar su espada en el cuello. Esta fue interferida por una de las manos de Basnar que le agarraba de la empuñadura.

    - Vas a tener... que hacer que me ponga en serio... - decía mientras hacía fuerza para evitar que la espada de Iverist le atravesase el cuello.

    Le propinó una patada en el pecho de Iverist, lanzándole lejos de él. Seguidamente se abalanzó a por él armado de nuevo con sus dos cimitarras utilizando una velocidad aún mayor a la anterior.

    Justo en el momento en el que su oponente Iverist se situaba delante de una pared sonriendo macabramente dio unos pasos atrás.

    - Y ahora... ¡Un toque maestro!

    Lanzó una cimitarra hacia Iverist. Él como defensa se apartó de su trayectoria... pero era eso lo que deseaba Basnar.

    Desenfundó de su cinturón una pistola y apuntando al cuerpo del rebelde le disparó.

    La bala perforó el costado izquierdo de Iverist, haciendo que emanara una cantidad considerable de sangre. Se apoyó en una pared para intentar tratar aquel duro disparo.

    - Te están utilizando... Basnar – decía tapándose la herida.

    - No me dices nada nuevo... Antem. Sé que me utilizan... y me encanta que lo hagan.

    La cimitarra que sostenía con su otra mano se lanzó contra Iverist, pero a tiempo fue bloqueada por su espada.

    - Te has vuelto un loco... un demente – afirmó Iverist mientras se levantaba bloqueando el arma de Basnar.

    Aprovechando aquel momento de diálogo realizó Iverist un amago de atacar con su espada y con su otra mano sacó dos cuchillos arrojadizos que penetraron en el torso de Basnar. Acto seguido este corrió lejos de Iverist con intención de esconderse.

    - Esta vez no lograrás esconderte... - corría detrás de Basnar aún sangrando por el disparo.

    Estaba cerca de alcanzar a su oponente cuando de pronto se vio Iverist que se encontraba en una nube de humo, en la cual no podía saber siquiera en que posición estaba.

    - ¡Vamos Antem...! ¡Encuéntrame!

    Repleto por aquel humo Iverist retrocedió hasta dar con una pared y tener cubiertas las espaldas. Una vez hecho eso sacó de su cinturón de cuchillos todos los que quedaban y comenzó a lanzarlos uno a uno en todas las direcciones. Era una acción a la desesperada pero era lo único que podía hacer al estar dentro de un edificio sin poder salir del humo.

    - No te creía tan cobarde... Basnar.

    - No te preocupes... ¡Ahora me muestro!

    Una de las cimitarras de Basnar atravesó el muslo derecho de Iverist, manteniéndola firme hasta que el humo se disipara. Por aquella terrible estocada Iverist debería caer, pero no lo hizo debido a que con la otra espada le sostenía apuntándole con el filo en el pecho.

    - Este es tu fin... Iverist. ¡Reúnete con el resto de inmundas almas rebeldes!

    Antes de que pudiera atacar con su cimitarra al pecho de Iverist este le agarró de la muñeca y la apartó a un lado, dejándole el ángulo libre que quería.

    - Esto va por tí... Caewar.

    Un fuerte codazo fue golpeado en la clavícula del brazo izquierdo de Basnar, el brazo que sostenía una de las cimitarras, y durmiéndosele este aprovechó para sacar su daga y clavársela en el costado izquierdo, desarmandose de su arma..

    - Cómo... lo has... hecho... - dijo a la vez que se sacaba la daga de su costado. - Voy a acabar contigo, ¡Bastardo!

    Se dispuso a lanzar su daga contra Iverist, pero antes de que lo lograra una de sus cimitarras lanzadas con antelación por su oponente le atravesó el torso a la altura del corazón, clavándose contra la pared de madera que tenía detrás.

    Un reguero de sangre emanaba de aquella profunda herida que Iverist le había hecho.

    - Lord Mana...pher... irá a por tí...

    Bajó su cabeza, falleciendo tras decir aquellas últimas palabras amenazantes para Iverist... pero no era en ese momento lo que más le preocupaba.

    Había perdido mucha sangre... y por debido a ello terminó por caer al suelo. Logró arrastrarse hasta llegar al tejado de aquel edificio y ahí por el esfuerzo realizado cayó inconsciente.

    * * *


    Iverist abrió los ojos, se despertó en un lugar parecido a una tienda de campaña. Observó sus heridas, y al ver que estaban tratadas y vendadas no sabía lo que había pasado. No entedía cómo había llegado allí. Buscando respuestas salió de esta para contemplar su alrededor.

    Se hallaba en medio de un extenso prado en el que hasta donde la vista alcanzaba no se veía ningún edificio o estructura urbana. Seguía sin saber dónde se encontraba.

    - ¡Eh dormilón! ¡Por fin te levantas!

    Daenir estaba detrás de la tienda de campaña y llevaba un puñado de troncos. Estaba seguido por el resto de miembros de su escuadrón: Silene, Jaelen y Tumba, todos llevando algo en sus manos.

    - ¿Daenir...? ¿Dónde estamos?

    - Bienvenido a las llanuras de Arehn, entre Raisnor y Ulcarlia. Aquí estaremos a salvo durante un tiempo hasta que llegue el momento.

    - ¿Qué momento...? - preguntó Iverist.

    - El de reunirnos con el resto de grupos de la rebelión. Tras la muerte del viejo Caewar y la pérdida de nuestra base de Lehnseid ha muerto mucha gente. Me han otorgado el cargo como segundo líder de la rebelión, y a los tres días deberían estar todos aquí. Nos iremos a Fradia – decía señalando al oeste. - Ahí creo que nos espera un futuro mejor.

    - Ojalá sea así... - decía Iverist dejándose caer en la mullida hierba de aquel soleado prado.

    Las siguientes noches antes de la espera las pasó junto a los suyos, aquellos que había decidido defender hasta el final, y lo seguiría haciendo hasta la llegada de su muerte.

    Así terminó el comienzo de una serie de heroicidades que Iverist llevaría a cabo en nombre de la rebelión. Heroicidades que le harían pasar por malos, pero también buenos momentos.

    Quizás algún día Iverist pueda llevar sus objetivos a lo más alto, haciéndoles despertar al pueblo de Revalia de la opresión que reciben... y vengarse de aquellos que juro matar... Lord Manapher.... y el Comandante Jalnir.
    Última edición por Ravenguard; 30/07/2010 a las 03:46


    "Vosotros podreis huir...
    o enfrentaros a mí,
    pero jamás tendreis el lujo de esconderos...
    pues mis ojos visualizan el mundo entero."





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    Predeterminado Respuesta: [Aniversario] Concurso de Historias

    La Palabra del Mal:
    Génesis

    En algún lugar del Bosque del Ocaso, 3 años atrás.


    El largo pasillo de piedra se encontraba a oscuras. Las antorchas que debían iluminarlo, misteriosamente apagadas. Los elegantes arcos de piedra ya no relucían como cuando los magos habían llegado. No, ya una Sombra se había asentado en ese lugar. Algo retorcido y antiguo.

    Alextarus avanzó decidido y se adentró en la oscuridad, portando en alto su bastón y haciendo brillar el cristal blanco de la punta. La fría luz bañó el corredor y dejó ver el trabajo de los artesanos. Sí, aquellos artesanos que antes de la Primera Guerra habían hecho maravillas para los magos de Ventormenta y habían convertido la ciudad en el segundo centro de aprendizaje de la magia. Hacia tanto que había sido eso…

    ¿Cuánto? ¿20 años? ¿22? En ese momento lo recordó… Hacia 25 años que los orcos habían ingresado a Azeroth y comenzando una larga serie de guerras que habían cambiado el destino del mundo. Cómo se lamentó Alex de que el Kirin Tor no hubiera sabido todo desde el principio. Cuántas víctimas inocentes se habrían salvado si se hubiera descubierto la corrupción de Medivh a tiempo.

    El hombre continuó caminando, mientras tras de sí, las sombras volvían a devorar los corredores de la torre.

    Academia de las Artes y Ciencias Arcanas, 4 años atrás.


    Alextarus Gledilan entró al despacho del director de la Academia.

    Era un lugar bien iluminado y decorado de forma un tanto aristocrática, con esculturas finas y costosas y con escudos heráldicos de los directores anteriores. También había finos muebles de roble que daban calidez al ambiente.

    Pero el mago se percató de inmediato de la presencia de otros individuos, además del Archimago en jefe. Cuatro, para ser exactos: una mujer, dos altos elfos y un gnomo. Todos parecían estar esperándole.

    - Director, ¿qué significa esto? Creía que íbamos a tener una reunión privada.

    - Así es, Alex. En privado… del resto de la Academia, –explicó el director, frotándose la larga barba gris – así que… acércate, por favor.

    Alextarus avanzó extrañado hacia el escritorio, reuniéndose con el heterogéneo grupo.

    - Señores y señoritas, este el Alextarus Gledilan –dijo, al tiempo que los individuos le saludaron.

    Luego, el muy anciano director presentó a los cuatro presentes: Oleya Murobsidiana, una maga de origen gilneano, los hermanos queldorei Iriel y Artherion Brumaplata, y, finalmente, el gnomo Bar’Abaj Arcanomicus II.
    Terminadas las presentaciones, el director realizó un movimiento de manos y cinco sillas se materializaron en frente del escritorio circular. Los magos tomaron asiento, visiblemente inquietos. Por qué, Alex no lo sabía.

    - Alex, te he convocado junto a estos prometedores hechiceros porque hemos encontrado algo muy interesante en las catacumbas de la Academia. Muchas antigüedades que le servirán sin duda a la ciudad o a los estudiantes, pero, por sobre todo, hemos encontrado esto –exclamó extrayendo un bulto rectangular de su túnica violeta.

    Todos se quedaron mirando el bulto envuelto con tela sobre el escritorio. Si bien todavía no sabían qué era, algo les llamaba de “eso”. Era como el sonido de… alguien respirando nerviosamente. Nadie dijo nada en ese momento, pero todos identificaron ese ruido como el de alguien durmiendo… y teniendo pesadillas.

    El director rompió el silencio al tiempo que despejaba la tela y dejaba al descubierto el libro:

    - Este libro… nos ha llamado enormemente la atención.

    Todo quedaron observando esa… aberración.

    El forro del libro parecía de piel. Piel humana. Y de varias personas, al juzgar por la mezcla de tonalidades y la presencia de marcas personales como manchas, hongos de la dermis o, inclusive, marcas de nacimiento. La alta elfa se tapó la boca, tratando de contener los deseos de vomitar. Los otros en cambio, abrieron más los ojos cuando el libro pareció “latir”. ¿Qué clase de cosa era eso?

    En algún lugar del Bosque del Ocaso, 3 años atrás.


    Maldita había sido la hora en que les habían mostrado ese libro. Maldita había sido la hora en que habían partido de la relativa seguridad de Ventormenta hacia esa torre olvidada en Bosque del Ocaso. Maldita había sido la hora en que lo habían abierto. Y maldita había sido la hora en la cuál los Cuervos habían llegado.

    Alextarus continuó su camino, maldiciendo y lamentándose por los errores que había cometido.
    Academia de las Artes y Ciencias Arcanas, 4 años atrás.

    - Como se habrán percatado, está forrado con piel humana… De distintos individuos. Y también, hemos descubierto que sus páginas están cosidas por… cabellos. Sí, en verdad, el que lo encontró se desmayó en el momento.

    El silencio invadió la sala. Todos se miraron entre sí.

    - No vamos a negarlo… Esto es algo maligno. Algo demoníaco, quizás. Pero, es una antigüedad. No voy a quemar un libro. Vamos a sellarlo. Y luego, lo encerraremos en la más profunda y secreta e las celdas de la Biblioteca, nadie lo encontrará jamás.

    Alextarus se giró y miró a los demás. Algo no le gustaba.

    - Y sí, ustedes serán los encargados. Su misión será esa misma –finalizó el archimago, comenzando a fumar de una larga pipa que había encendido con un chasquido de sus dedos.

    Afueras de Ventormenta, 4 años atrás.


    Los cinco magos estaban sentados dentro de la pequeña casa. En el centro, como si estuviera contaminado, el misterioso libro. Dudas se habían sembrado entre ellos.

    Oleya rompió el monótono silencio y hablo a sus compañeros:

    - No debemos destruirlo… Debemos…

    - ¿Debemos qué, Oleya? –intervino nervioso y algo enojado Artherion.

    - Estudiarlo… Analizarlo… ¿Cómo pueden ser tan insensibles ante abandonar un libro en una celda húmeda para pudrirse?

    - Ol, no es para tanto… Es algo maligno… ¿No lo sientes acaso? No podemos sentir pena por "eso" –dijo mediadora Iris.

    - Sé que es algo maligno… Pero… tenemos que discernir sus secretos… Quizás tenga conocimientos que nos sirvan para luchar contra los demonios o contra el Azote… ¿Cómo puede que sean tan cerrados? –inquirió nuevamente Oleya.

    - En eso… Sí que tienes razón… ¿Qué no podría ayudar más a saber sobre el mal que el propio mal? –dijo Bar’Araj.

    - ¿Y tú que piensas, Alextarus? –preguntó Iris, que cada vez tenía más dudas.

    Alextarus dudó.

    En algún lugar del Bosque del Ocaso, 3 años atrás.


    El mago llegó de repente a una escalera pétrea que se elevaba en formas laberínticas hacia la lejana y alta cúpula estrellada de la torre. Los escalones de piedra reluciente flotaban sobre un vacío estelar que dejaba ver galaxias y soles. Y también una oscuridad profunda, insondable. Antigua… La Gran Oscuridad.

    Avanzando decidido y con rapidez, Gledilan subió peldaño por peldaño la astral escalera, deleitándose con las ilusiones astronómicas y celestiales que brindaba esa parte de la torre. Lamentaba profundamente no haberla conocido más a fondo antes. Antes de que llegaran los cuervos.

    Afueras de Ventormenta, 4 años atrás.


    La duda circulaba por la mente del mago, mientras las infinitas posibilidades se deslizaban entre las fronteras de lo posible y de lo imposible… ¿Estaba listo para romper las reglas por primera vez en su vida? ¿Estaba listo para dar el ansiado paso a lo diferente? ¿A la libertad?

    Fue que los ojos de color celeste traspasaron el cristal de la ventana de la casa. Y los vio. Vio cuervos, muchos cuervos. Debían ser por lo menos 2 decenas, todos descansando sobre las ramas de los árboles, protegiéndose de la lluvia.

    Alextarus dudó unos segundos más y luego exclamó:

    - Estudiémoslo. Luego, lo esconderemos en algún lugar más seguro que la Torre de los Magos. Pero, ahora, vamos a abrirlo y a leerlo.

    Oleya sonrió delicadamente y con un movimiento de sus manos, el volumen se elevó por los aires, colocándose a la altura de la mitad superior del torso de la mujer. Era como si estuviera sobre un pedestal invisible y abstracto.

    Los demás rodearon a la mujer y Bar’Araj realizó un hechizo de levitación. Los cinco magos estaban frente al libro de piel humana y delicadamente, lo abrieron.

    Un relámpago resonó en la oscuridad lluviosa de la noche.

    En algún lugar del Bosque del Ocaso, 3 años atrás.


    El largo camino parecía acortarse cada vez más, estaba cerca ya de su objetivo. Estaba más próximo de traer el equilibrio que él y sus compañeros habían roto con tremenda osadía y ansia de conocimientos.

    Alex dio un paso más y se encontró en una larga plataforma de cristal esmerilado, decorado con símbolos y círculos arcanos. Estos apenas eran perceptibles, pero los ojos esmeraldas del mago eran hábiles.

    Al igual que sus oídos, al escuchar cómo se abrían las puertas de la torre, abajo, muy abajo, al nivel casi del suelo.

    Afueras de Ventormenta, 4 años atrás.


    El relámpago iluminó con una luz eléctrica y fría los rostros… Rostros que mostraban una gran sorpresa.

    - ¿Qué carajo es esto? –dijo Artherion, iracundo.

    Las páginas, de un papel amarillento pero muy resistente, se veían recorridas por formas que no entendía ninguno de los presentes. Cuando parecía que los caracteres iban a tomar la forma de algo reconocible, como Thalassiano o Común, cambiaban abruptamente, tomando formas toscas y cuneiformes para luego adoptar frases alargadas y torcidas que formaban dibujos sin sentido.

    - N… No lo sé… Qué extraño… Debe ser algún tipo de protección, para que el libro no sea leído –dedujo Oleya, recorriendo con sus manos la suave y lisa superficie del papel.

    - No deberíamos haberlo abierto… Esto… esto fue un error. ¿No se dan cuenta que Arthas destruyó el norte buscando salvarnos a todos? ¿Qué hemos echo?-reflexionó dolorosa Iris.

    - Tranquila, Iris, vamos a cerrarlo… Nunca había vito una magia tan bizarra y extraña –la tranquilizó el gnomo.

    Alextarus continuaba, mientras tanto, intentando leer los cambiantes caracteres. Oleya, inexpresiva. Quizás, conteniendo la sensación de derrota.

    Pero, repentinamente, llamaron a la puerta.

    Todos se callaron y giraron sus cabezas en dirección a la entrada. Todos temieron lo peor. Y prepararon sus cuerpos y mentes para pelear, en caso de que fuera necesario.

    Entonces, Oleya movió su mano y la puerta se abrió.

    En algún lugar del Bosque del Ocaso, 3 años atrás.


    El hombre se desesperó por unos segundos, antes de obligarse a tranquilizarse. No debía perder tiempo. No debía hacer demasiado ruido.

    Y entonces si giró, y lo vio, en el pedestal de piedra, despidiendo esa aura maligna y retorcida. Volvía a ver, por fin, la causa de todo el mal que habían liberado sobre el mundo. Lo volvía a ver, en el final de su camino. O quizás, en el comienzo de un nuevo camino.

    Alextarus levantó su báculo y comenzó a recitar un encantamiento.

    Afueras de Ventormenta, 4 años atrás.


    Envuelto en las sombras de la noche, el elfo nocturno se adentró, agachando la cabeza, en la casa del bosque. Y, extrañamente, parecía que la oscuridad no quería despegarse de él, puesto que una neblina densa y somnolienta le rodeaba y se esparció de a poco en el suelo de la cabaña.

    El elfo era de contextura robusta y atlética y llevaba los ojos vendados con una cinta negra. Estaba vestid con un conjunto de cuerpo entero hecho con hierro negro y plumas. Muchas plumas. Y también, algún que otro detalle con colmillos y dientes de animales varios.

    Como si fuera capaz de ver por a través del paño, el individuo se adentró en la edificación y el ambiente se puso sofocante y pesado de repente. Y todos estaban como hipnotizados con respecto al extraño visitante.

    - Soy Ipnos Almasombría. Y he venido a enseñarles, iniciados. He venido a cumplir lo iniciado hace más de 30000 años. Que se cumpla la voluntad del maestro –exclamó, como si estuviera en un trance.

    Y poco a poco se fue aproximando al centro de la casa y las sombras se incrementaron y casi se apagaron las velas.

    - "Aquí empieza el fin. Aquí termina el principio. Aquí yace el secreto del poder de los Dioses. Malditos por la Sombra los ojos impuros que se posen en él" -exclamó el kaldorei, como recitando de memoria la frase.

    Alextarus intentó moverse y atacar al kaldorei, pero algo en su interior le impedía. No sabía si era la curiosidad o un lado inherentemente oscuro, reprimido desde que tenía memoria. Era algo… escurridizo.

    Ipnos elevó sus manos en dirección al techo y una bandada de cuervos ingresó volando furiosamente a la casa.

    Ninguno de los presentes podía contarlos, pero eran muchos. Cientos, quizás. Y los envolvieron en su vuelo, desgarrando sus ropas y cubriéndolos en un capullo de oscuridad, picos, plumas y garras. Y ojos esmeraldas. Cientos de pares de ojos esmeraldas, como estrellas en el fondo negro de las plumas.

    Pareció entonces que ya no estaban en Elwynn. Ni en Azeroth. Estaban en otro lugar. Un lugar exuberante y retorcido. Un lugar más allá de la mano de las criaturas sapientes. Más allá de todo. Ese lugar, más que un Sueño, era una pesadilla.

    Los seis individuos vieron con horror el cáncer nuboso y bizarro que infectaba los bosques de una tierra interminable. Y todo lo que tocaba, lo convertía en una bestia y, como una enfermedad, se diversificaba y atacaba más regiones. Sólo unos dragones de escamas esmeraldas parecían poder ponerle freno, aunque de forma momentánea, claro está. Porque la realidad era que los “iniciados” vieron la desolación, la muerte y el Mal. Lo vieron y sus almas se desgarraron de dolor ante los mismos ojos del Mal.

    Lentamente, el capullo de plumas se deshizo y las bestias aladas salieron de la casa, apostándose, siempre vigilantes, sobre las ramas de los árboles.

    Los cinco magos abrieron los ojos y vieron el mundo con otra mirada. Vieron por fin las cosas invisibles, secretas y prohibidas. Vieron la verdad. Vieron los Esmeralda. Y con esa visión lo entendieron todo. Entendieron el dulce sabor del caos primigenio.

    Y se percataron que ahora estaban vestidos como Ipnos. De alguna forma, las voraces aves, que ahora degustaban su túnicas, los habían vestido con plumas… y hierronegro.

    Ipnos bajó sus brazos y se arrodilló frente a Oleya.

    En algún lugar del Bosque del Ocaso, 3 años atrás.


    El escudo mágico se fragmentó y disipó en una nube de humo verdoso y por fin centellaron, plenos de energía, los grabados del suelo: no eran lo que Alextarus esperaba. Eran distintos y distorsionados, mucho más antiguos que el lenguaje Común o el Thalassiano. Se remontaba en realidad, ha más de 30000 años. Ahora, sabía muchas cosas desde que había sido “despertado”.

    Pero Alex avanzó decido hacia el maldito libro. Estaba decidido a destruirlo para siempre. Incluso sus cenizas iban a arder en mil infiernos. Se lo había jurado a sí mismo, y a al mundo al que alguna vez había jurado servir.

    Afueras de Ventormenta, 4 años atrás.


    La mujer gilneana bajó la cabeza ante el elfo nocturno y le miró:

    - Heraldo, has cumplido tu tarea junto a tus hermanos. Pronto, el Maestro se hará más fuerte. Pronto, el Gran Despertar llegará y también el retorno al Cuervo.

    Ipnos tomó la mano de la humana y la besó. Los demás de arrodillaron en dirección a ella, la Madre Cuervo. Pero esta se dirigió a los presentes:

    - Vamos a leer la Palabra del Mal. Y para ello, iremos hacia la Torre de Felorn. Allí no seremos molestados.

    Todos, incluso Alextarus, levantaron sus miradas y respondieron:

    - Sí, nuestra señora.

    Una gran sombra cubrió de repente el lugar y todos fueron uno con ella. Porque el Despertar les había revelado la verdad del Cuervo y sus agentes en Azeroth ahora les obedecían.

    Torre de Felorn, del Bosque del Ocaso, 3 años atrás.


    Alextarus se detuvo ante el pedestal y recordó los últimos meses. Recordó el rapto de los habitantes de varias regiones de Azeroth. Recordó darles muerte. Recordó cómo los sacrificó y devoró para su Maestro. Y recordó infinidad de actos profanos que había realizado, condenando su alma a la eternidad.

    Pero recordó también aquella noche de Luna Llena en la que la Dama Blanca brillaba entre los vastos mares de la Gran Oscuridad. Y se maravilló de la repentina claridad y conciencia que a partir de ese momento había tenido. Si bien todavía no estaba seguro, podía jurar que la Luna le había despejado del manto de sombras que le enceguecía. Desde ese mismo momento, hacía unos dos meses, comenzó a planear la forma de terminar todo. De traer equilibrio. De volver a dormir al caos.

    Sin dudarlo extendió su mano para tomar el repulsivo volumen… pero no pudo, porque su mano no se movió.

    Alextarus se volteó y contempló a Oleya Murobsidiana, la Madre Cuervo. La Profetisa del Libro. El Cuervo de Obsidiana. Esos y muchos nombres se le habían dado desde u despertar. Y ni siquiera servían para describir la maldad que se hospedaba en su alma. A su alrededor, se encontraban Ipnos, Iris, Artherion y Rab’Araj, junto a varios iniciados. Todos le miraban fijamente, esperando su próximo movimiento.

    - Alextarus, querido mío. No dejaré que te lleves la Palabra –le advirtió la Madre, al tiempo que sus subordinados rodeaban a Alextarus a una distancia de unos 5 metros de él.

    - Oleya, por favor, despierta de este trance. Hazlo por la Luz –reclamó el hombre.

    - No digas el nombre de falsas creencias ante mi persona, Alex. ¿No fuiste despertado como todos nosotros? ¿No contemplaste la grandeza de nuestro maestro?

    - Sí lo hice… Pero desperté de la pesadilla. Vi lo que en realidad somos… Somos MONSTRUOS, “Profetisa”. Somos engendros.

    Todos los presentes comenzaron a murmurar en muchas lenguas entre sí y en segundos el eco múltiple hizo que Alextarus cayera de rodillas, mientras se tapaba los oídos.

    Oleya levantó la mano derecha y se hizo un silencio mortal.

    - Somos sus niños predilectos. Somos los elegidos, Alextarus –dijo, al tiempo que el Libro se materializaba en su mano izquierda- …y pronto le ayudaremos en su lucha. Me temo, que tendré que matarte, amigo mío.

    Alextarus no lo dudó un segundo. Y comenzó a recitar en silencio, sin apenas mover los labios.

    La Profetisa abrió el libro y extendió su mano derecha a Alextarus, canalizando un poderoso encantamiento. Y de sus manos brotaron hilos de energía verdosa y de energía oscura, que danzaron en el aire hasta tocar el cuerpo del mago rebelde. Este cayó al suelo de forma definitiva y comenzó a temblar, mientras envejecía.

    Lentamente, el robusto hombre fue cambiando a un anciano de contextura media, al tiempo que su cabello se volvía gris y su piel se arrugaba. Pero a pesar de todo el dolor, a pesar de sentir como su fuerza vital era drenada, Alextarus continuó recitando, aguantando todo.

    Oleya se deleitaba con el dolor. Se deleitaba con el gran poder que le había sido concebido. Pronto, el cáncer que significa Alextarus sería extirpado y comenzarían los preparativos para la Gran Búsqueda.

    De repente, y contra todos los pronósticos, Alextarus se levantó de forma rápida y usó su poder para arrancar el libro de la mano de Oleya. Cuando lo hizo, como un millar de gritos cacofónicos llenaron el salón y todos se lanzaron hacia él, buscando matarle. Pero Alextarus atinó a sonreír y desaparecer en medio de una corriente mágica.

    La Masacre, Feralas, hace 1 año.


    El anciano caminó decidido. Con gran esfuerzo, llevaba un medallón de plata y un bulto contra el pecho. Cuando por fin llegó a los pies de la estatua de la Cazadora, se arrodilló para tomar un poco de aliento. Luego introdujo el medallón en una talla bajo relieve de la base y lo giro dos veces a la izquierda y cinco a la derecha, tal y como le había dicho el kaldorei moribundo en Bahía del Botín.

    Un compartimiento se desplegó ante él y sin dudarlo dos segundos, introdujo el bulto, recubierto con cuero, tela y malla. Y con unas cuantas maldiciones. Quería asegurarse de que nadie lo encontrara, al menos por un tiempo.

    Después de cerrar el escondite, el viejo retiró el medallón y se marchó. No sabía exactamente donde, pero quizás, a Cuna del Invierno. O quizás a Mulgore. Pero en algún sitio, lo escondería y luego se marcharía a vivir lo que le quedara de vida.

    Bahía del Botín, dos semanas atrás.


    Un anciano bajó del humilde bote contrabandista en medio de la noche. En lo alto, la Luna Llena brillaba. Todo parecía tranquilo.

    Sin previo aviso, sin embargo, una nube cubrió levemente a la Dama Blanca. Y en ese momento, el anciano no se percató de los ojos verdes que le vigilaban desde la fronda de la selva.

    ¿Tienes dudas del Lore? Pregunta sin miedo en el Santuario del Novicio.


    "Mierda, Blizzard lo hizo de nuevo. Pudimos haber tener a Azjol Nerub como una zona subterránea, ¡pero no! Decidieron darnoos un estúpido torneo. Y ahora tenemos un vasto y nuevo mundo para explorar, pero nos quitan [inserte aquí algún item/zona/habilidad/cosa brillante previamente ignorada] que era tan increíblemente asombrosa que hacía que mis ojos sangraran y lo reemplazaron con [inserte algo obviamente mejor, pero diferente en alguna manera a lo anterior]. ¡Jódete, Blizzard! ¡¡¡¡¡DISFRUTA QUITÁNDOME MIS COSAS FAVORITAS!!!!!" (Típico QQ en los foros oficiales)

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