Gunrir, del linaje de los Tajacabezas
1
“La tormenta azotaba aquella pedregosa bahía, pero los truenos eran acallados por el fragor de la batalla. Allí habían desembarcado los kvaldir con sus barcos, y allí les habían esperado los guerreros vrykul.
La lucha y la tempestad arreciaban con igual fiereza, cada trueno era respondido por el clamor de cientos de aceros que entrechocaban y volvían a bailar en la mortal danza. Los kvaldir habían conseguido hacer retroceder a los defensores, que a duras penas pudieron contener las feroces embestidas de los marinos. Y fue cuando Yothgrong,, que buscaba un arma a tientas tras perder su filo contra un escudo, aferró aquel espadón kvaldir con ambas manos y lanzó aquel glorioso tajo, que rebanó la cabeza del líder de los invasores junto con las de dos de sus secuaces. Aquello hizo cundir el pánico entre los marinos, que vieron como su más fiero guerrero se desplomaba y yacía en aquella pedregosa bahía. El silencio pareció recorrer el campo de batalla antes de que se alzase la voz de los defensores en un grito que hizo temblar los cimientos de Azeroth, un grito que supuso el cambio de signo en la batalla y precedió a un contraataque devastador contra las huestes de los kvaldir, que no llegaron el final de la tempestad.
Después de aquel día a Yothgrong se le comenzó a conocer como Tajacabezas y el espadón kvaldir se convirtió en el legado de su familia.”
Gunrir, hijo de Orgath “Tajacabezas”, hijo de Yothgrong “Tajacabezas”; así era conocido, como el último guerrero del linaje de los “Tajacabezas” y como tal había ganado el espadón que consiguiera tal sobrenombre para sus antepasados.
Bastante tiempo había pasado desde que superó todas las pruebas que le permitieron ser reconocido como un guerrero valeroso, no recordaba cuantas veces había blandido ya el espadón contra sus enemigos, ni cuantos habían sucumbido ante él. Era un guerrero diestro y feroz, alto incluso para los suyos, pero aún así algo le carcomía... no había logrado arrebatar tres cabezas de los hombros de sus dueños de un solo tajo. Dos había logrado en múltiples ocasiones, pero las tres que dieron el nombre a sus ancestros no le habían sido dadas.
Gunrir sabía qué sus ancestros siempre habían sido gloriosos guerreros que habían servido con devoción al Dios de la Guerra, y que éste a cambio les había bendecido con descendencia alta y poderosa, él era la confirmación de ello. El procesaba la misma devoción al Dios de sus ancestros, le otorgaba la sangre del enemigo derrotado, pero se sentía inquieto... ¿acaso aquello era señal de que su descendencia sería débil y deforme?
2
La noche había sido especialmente fría, el viento había aullado como hacía tiempo que no se recordaba y los ancianos hablaban de ésto como una señal nefasta , aunque otros respondían que era la señal de que el Rey pronto despertaría y que las conquistas dejarían a su paso el aullido de los vencidos. Aunque estas discusiones para Gunrir significaban bien poco, pues en su ser la inquietud de ser indigno a su linaje era mayor aún que la que era provocada por unos cuantos presagios.
Por la mañana, apenas hubo despuntado el aquilonal sol y la fría luz atravesó el ventanuco de la cabaña donde vivía Gunrir, el guerrero comenzó la tarea con la que se daba comienzo a.todas las mañanas. Tomó la piedra de afilar y con ella empezó a recorrer el espadón, como siempre lo hacía. La espada era un arma grande y que exigía una gran fuerza para su manejo, debía medir al menos como dos tercios de su estatura y normalmente habría requerido el uso de dos manos, pero así como sus antepasados el había conseguido usarla con una única mano, siendo así posible utilizarla aún cuando se le hubiese herido en un brazo.
Apenas hubo terminado de dar mantenimiento al filo un torrente de voces agitadas le llegaron desde el centro de la aldea. Decidió acudir tan pronto como hubiera dado cuenta de un trozo de carne seca y un buen trago de hidromiel. Quizá no debió pararse a ello, quizás los ancianos le hubieran escuchado.
Al salir, tras haberse alimentado, se encontró con que la aldea se había reunido entorno a la hoguera que siempre ardía, en el centro del poblado. Y allí alzaba la voz Broggur “Pieldeoso”, un guerrero que hacía mucho tiempo que había dejado de serlo.
-¡Tenemos que hacerlo, la grandeza lo requiere!- bramaba mientras intentaba mantenerse en pie apoyado en un bastón.
“¿Broggur, que tramas?” pensó Gunrir. Era bien sabido que Broggur nunca había destacado demasiado en la lucha. Todo la aldea sabia que la piel de oso que le había dado nombre procedía de un oso que había quedado malherido por otro cazador y él había aprovechado la ocasión para matar al oso y hacerse con su piel. Broggur no era buen luchador, sin embargo había sobrevivido largo tiempo y aún así nunca había engendrado vástago alguno, corría el rumor de que su sangre era débil e inútil para tomar a mujer alguna.
-Él es el que despertará al gran Rey Ymiron, su poder lo puede... y sólo debemos de darle los cadáveres de todos los guerreros que caigan- gritaba con una voz tan seca como su pellejo.
Los guerreros comenzaron bramaron , los viejos asintieron.. y aquella propuesta pareció extenderse entre el resto de la aldea. Entonces fue Gunrir quién preguntó.
-¿Quién es él, que tanto poder tiene?- inquirió haciéndose oír sobre el resto de la aldea.
El jolgorio cesó, y los ojos de Broggur chisporrotearon con malicia.
-¿Qué quién es él?¿Acaso no has oído hablar del Dios de la Muerte, a quien todos debemos adoración, Gunrir “Taja dos cabezas”?- replicó con su seca voz.
-Mi linaje siempre ha ofrecido la sangre del enemigo al Dios de la Guerra, y él nos ha bendecido con fuerza y vigor en la descendencia, no tengo porque conocer a ese Dios de la Muerte... que no exige la vida, sino los desechos de ésta, Broggur “Piel de corteza”.- sentenció Gunrir, con voz cortante, no iba a permitir que el nombre del Dios de la Guerra fuese mancillado por alguien que necesitaba un bastón para mantenerse en pie.
-¡Insultas al Dios de la Muerte, a él, que tiene poder para despertar al gran Rey Ymiron de su sueño! ¡Tu Dios de la Guerra no es más que una piedrecilla comparado con la montaña del Señor de la Muerte!- gruñía fuera de sí el arrugado-¡Pronto descubrirás su fuerza!- terminó, y con dificultad se alejó seguido de los que habían sucumbido ante aquel dios extraño.
-¡No será rival para el Dios de la Guerra, mi brazo es fuerte y totalmente suyo!- respondió a la amenaza- ¡Él concederá fuerza a mi brazo!
Y con esas palabras decidió volver a su hogar, donde bebió hidromiel y comió carne seca antes de volver a repasar aquella espada. El filo estaba soportado por una empuñadura de cuero, desgastado por el uso. Alargó su mano y la cerró en torno a ella. Y así permaneció largo tiempo, recordando cada batalla en la que había luchado y cada hombre que dejó éste mundo por su mano, todo ello era ofrecido al Dios de la Guerra y siempre había salido victorioso. Aunque aún no había cortado las tres cabezas que confirmarían que su descendencia fuese fuerte y vigorosa, pero confiaba en el Dios de la Guerra se lo permitiría algún día.
Lo que le sacó de ese estado fue un ruido, el de algo al caer. Una vez fuera del divagar se cubrió con varias pieles, tomó su espada y salió de su choza, no era normal que las cosas se cayesen sin razón... y aquellas horas no corría viento alguno.
Con paso precavido avanzó en aquella oscuridad lo cubría todo y que tan solo era retada por una hoguera que enseguida veía la luz de sus llamas morir en la sombra. Inspeccionó los alrededores y lo único que vió fue una jarra por los suelos. “Debe de ser de Graddan” pensó “ha vuelto a emborracharse y se ha dejado los restos donde se le han caído..” . Estando inclinado sobre la jarra sintió algo a su espalda y , casi por instinto, se echó a un lado,quedando sentado. Lo que vio desde el suelo le dejó perplejo y sin poder articular palabra, una mole pestilente se dirigía hacia él. Sin más dilación se puso en pie, afianzó la empuñadura con las dos manos y esperó un envite de aquel ser. El ser, en lo que asemejaba a un gorgoteo más que a un rugido, se lanzó hacia él... por suerte para Gunrir, la bestia era bastante lenta y pudo ganarle el flanco, donde hundió la espada y vio que empezaba a brotar un líquido que hedía a muerte. El ser braceó propinando unos golpes fuertes, imprecisos, desesperados e inútiles. Una vez extrajo el filo goteante del ser, Gunrir se percató de que alguien le observaba.
Era Broggur, y se reía.
-Ja, ja,ja … Gunrir “Taja dos cabezas” has vencido a la bestia, eres un bravo guerrero – reía mientras hablaba- pero sin embargo el Señor de la Muerte sigue siendo más poderoso que el tuyo...
Gunrir no sabía como responder, lo que decía el anciano le resultaba peligroso.
-Lamento que un fiero luchador vaya a caer tan estúpidamente... - la voz seca adquiría un tono sibilante mientras decía aquellas palabras.
-¿Caer? ¿Acaso te has vuelto ciego con el tiempo, viejo?- respondió Gunrir, intentando no mostrar rastro alguno de nerviosismo.
-No soy ciego, ni mucho menos, nuestro Dios me ha concedido el don de la visión... y veo como sería un gran campeón suyo, sacrifica tu cuerpo ahora y vive como un glorioso sirviente de nuestro Dios.
Gunrir se dejó llevar por la provocación.
-¡Nuestro , dices!¡Yo no tengo por Dios a un señor de la carroña, el Dios de la Guerra exige la sangre del enemigo no el cuerpo del leal!¡Tu dios no es tal , ahí está la prueba!- respondió al anciano mientras con el espadón señalaba hacia el ser que yacía y apestaba.
-¡Eso no es más que una mínima muestra del poder del Dios!- rebatió el anciano- ¡Y toda la aldea lo ha asumido, excepto tú, estúpido guerrero!
-¡La aldea se ha vendido a un dios artero y mezquino, que os llevará a la debilidad y a la deformidad!-bramó Gunrir.
-¿Matarás a tus hermanos?- rió el viejo.
Gunrir gruñó y bramó, maldijo y volvió a maldecir. Aquel viejo había le había golpeado en el ser, sus hermanos, guerreros con los que había compartido la carne y el hidromiel adoraban ahora a ese que llamaban Dios de la Muerte, mientras que el Dios de la Guerra había sido olvidado de la noche a la mañana. Su rostro hervía en la ira y el dolor por la traición, y entonces supo que había de hacer.
-Mis hermanos son aquellos que no abandonan a su Dios por uno que les prometa muerte y putridez.
Broggur, volvió a reír con esa risa suya, glacial, casi muerta. Si no se hubiera reído hubiera alcanzado a ver como el guerrero se abalanzaba sobre él, sin embargo lo único que sintió fue un iracundo golpe que derribó su frágil cuerpo. Dejó escapar un grito ahogado. Gunrir se hallaba de pie junto a su cuerpo y su espadón le rozaba la arrugada piel del cuello. Una gota de sudor comenzó a recorrer la frente del anciano,su boca comenzó a moverse frenéticamente intentando meter en su cuerpo un aire que no llegaba...
-¿Acaso no es tu Dios el de la Muerte? ¿A qué le tienes miedo?- preguntó Gunrir con la ira restallando en sus ojos.
El anciano no consiguió articular palabra y lo único que se escuchó fueron una serie de gemidos, gorgoteos y sollezos provenientes del anciano.
Gunrir se detuvo un instante, inspiró y cerrando los ojos hizo descender la hoja de su espadón con solemnidad, la cabeza rodó por el suelo.
-El Dios de la Guerra pide la sangre de los impíos y da fuerza al brazo de los que le siguen.
Reconfortado tras haber acabado con el charlatán regresó a su cabaña.
3
Los rayos del sol lo encontraron inmerso en la primera tarea de todas sus mañanas, el siseo de la piedra sobre la hoja era el mismo de siempre. Pero había algo diferente en la mirada Gunrir, su mirar se mostraba duro e inflexible. Sus miembros también presentaban una tensión constante, dispuestos a saltar al mínimo indicio.
Lo sucedido aquella noche le había descubierto varias cosas, que Broggur había sellado pactos nefastos con ese al que llamaban Dios de la Muerte, que las criaturas de eses supuesto dios eran abominables y deformes, y por último, que las palabras de Broggur habían calado en el resto de la aldea.
Apesadumbrado recordó los retazos de las conversaciones que escuchó al acercarse a las cabañas, se brindaba por el pronto despertar del Rey y el poder del Dios de la Muerte. La euforia había cundido y todos se hallaban inmersos en la espiral que conducía al desastre. Habían renegado de sus antiguos dioses para aceptar al Dios de la Muerte. Para Gunrir, aquello había sido la gota que colmó el vaso, habían renegado de los Dioses que tantos favores les habían otorgado, los guerreros habían olvidado al Dios de la Guerra, los ancianos al más sabio de los Dioses y las mujeres al que decidía que sus vástagos fuesen sanos y robustos.
La ira recorría cada fibra de su ser, mas se vio obligado a tranquilizarse. Era una estupidez intentar luchar contra toda la aldea, moriría sin haber cumplido el cometido de su linaje, no dejaría vástagos gratos a los ojos del Dios de la Guerra. Una vez más tranquilo regresó a su cabaña, donde reunió todas las pieles que pudo encontrar y los alimentos que pudiera llevar consigo, algunos pedazos de carne seca, un par de odres con hidromiel y varias hogazas de pan. Tras acometer esta tarea y , habiendo oscuridad no se arriesgaría a salir a los bosques. De modo tomó la piedra y comenzó a repasar los filos de Tajacabezas hasta que los rayos de luz iluminaron tenuemente la estancia.
Gunrir inspiró fuertemente y , arrodillado, imploró al Dios de la Guerra que le guiase en el camino que pronto iba a iniciar. Imploró para que la fuerza de su brazo fuera la suficiente para cumplir con el linaje y para que los designios del propio Dios se cumplieran. Inspiró de nuevo y lentamente se levantó, y aquel acto de nuevo le recordó cual era su linaje, los “Tajacabezas”siempre habían sido altos y fornidos. Eso le recordó que debía agradecerlo al Dios de la Guerra. Murmuró un rápido agradecimiento y salió de la cabaña cargando con un par de fardos y la eterna guardiana de su linaje, Tajacabezas.
La aldea estaba desierta, los vítores habían pasado factura y seguramente hasta bien alta la luz no se despertarían aquellos que otrora fueran sus hermanos. Caminó acompañado del único ruido de sus propias pisadas y pudo observar cómo a la luz continuaban aún ,yacentes , la degeneración, el cuerpo de Broggur y ,unos metros más allá, la cabeza de aquel que tanto daño habría de traer a la aldea.
Al despertar todo el mundo vería eso y sin duda, movidos por conseguir el favor de ese falso dios, intentarían matarlo. Gunrir pensaba eso y por ello había tomado la idea de abandonar la aldea y dirigirse a algún lugar donde sus brazos fuesen capaces de hacer valer su linaje y cortar tres cabezas de un solo arco. Así sabría que el Dios de la Guerra le era propicio, mas aunque no lo fuese era el Dios de sus ancestros y le debía obediencia, respeto y la sangre del enemigo.
Los bosques se extendían ante él , como una inmensa alfombra. Eran peligrosos, sin duda, pero el Dios de la Guerra permitiría que saliese ileso. Gunrir se aventuró en ellos, evitando los caminos y caminando hasta que prácticamente no se veía un palmo por delante suya. Por la noche usaba las pieles para cubrirse del frío y comía un poco de lo que llevaba consigo, un pedazo de pan , un bocado de carne o un trago de hidromiel.
Gunrir no recordaría apenas de lo que vivió en los bosques, tan sólo que una y otra se recordaba cual era su linaje y que debía cumplir con él.
Los ojos del vrykul se habían acostumbrado a la visión del bosque cuando una luz cegadora le deslumbro. Parpadeando todavía pudo observar que los bosque se terminaban y que se hallaba ante los fiordos, unas enormes lenguas de mar que se encajaban entre los rocosos e imponentes acantilados. Se veían muchos salientes y cuevas, por lo que supuso que sería un buen lugar para ocultarse durante un tiempo. A Gunrir le resultó más sencillo de lo que creía encontrar un lugar donde cobijarse y desde donde poder vigilar los alrededores. Desde allí tenía una vista directa al enorme mar y a las planicies elevadas del resto de los fiordos.
4
Desde que llegó a los fiordos su día a día era simple, afilaba su espada y acto seguido bajaba a la costa para intentar pescar algo. Al principio le había resultado difícil, dada su envergadura, pero con el tiempo consiguió adquirir la destreza suficiente para que fuera un acto mecánico. Tras pescar subía a la cueva y comía lo que había pescado. Si bien había conseguido hacer fuego alguna vez, se vio obligado a enterrar las brasas cuando se dio cuenta de que el humo podría delatar su posición a sus enemigos. Al terminar su comida se dedicaba durante horas a practicar con Tajacabezas, usándola alternativamente con una y dos manos. Gunrir agradecía al Dios de la Guerra aquella situación pero imploraba porque cambiase pronto. La sangre bullía en su cuerpo, necesitaba batallar y cumplir con su linaje. La inactividad no era propia de los guerreros y la pesca no era una actividad honorable.
Gunrir asumía que todo aquello tendría alguna razón, el Dios de la Guerra había dado buena fortuna a su linaje y aquello debía de ser una prueba para comprobar su lealtad.
Un día, tras haber haber comido y estando practicando con el espadón , vio algo en la lejanía del mar. Al principio creyó que serían kvaldir, con sus temidas embarcaciones, así que lo único que hizo fue ocultar cualquier rastro que pudiera haber dejado. En su cueva podía observar como aquellas naves se acercaban a la costa, como tomaban los fiordos para adentrarse aún más. Y sorprendido comprobó, que las naves que creía kvaldir, no lo eran. Estaba bastante lejos así que no creía que lo descubriesen, pero ahora tendría que tener mayor cuidado a la hora de pescar. Teniendo estos pensamientos, de repente sintió un estremecimiento, que le hizo reparar en que quizá los ocupantes de los barcos pudieran ofrecerle un lugar donde cumplir con su linaje, pero antes tendría que observarlos durante un tiempo.
-Paciencia, habrá que ver si son dignos de Tajacabezas- se dijo Gunrir a sí mismo, mientras tomaba la piedra y dando gracias al Dios de la Guerra comenzaba a repasar el filo del espadón.
Marcadores