Historia de Darril Lancaster
Niebla en el aire veo, sonidos de la verdad y el sufrimiento de todos a los que llame en más de una ocasión. Mis manos… no responden más ante mí. No puedo recalcar en la expectativa que tengo frente a la adversidad de saber. Una tierra muerte se cierne sobre lo que una vez llame hogar y en ella se ve el claro pecado del hombre, de los que una vez fueron hombres y de quien ahora llamo… Rey.
Yo vivía en las tranquilinas llanuras de Lordaeron a pocos quilómetros de la capital, todo era tranquilidad… al menos recuerdo que en aquella la única preocupación que yo tenía era la de la cosecha. Para un granjero no había nada más importante que el crecimiento de sus cosechas y la prosperidad de sus animales, salvo su familia y su patria. Recuerdo que en aquel tiempo era muy importante para nosotros mantener nuestra fuente trabajo intacta para la posterioridad. Claro que la mayoría de nosotros intentaba mantener por completo nuestro trabajo, ya que con ello nos jactábamos de cumplir con nuestro deber con el rey y el país. De un modo de verlo, tenía que saber que estábamos alimentando al pueblo y eso era una gran responsabilidad.
Mi padre aun que era granjero, no siempre se había dedicado a esto, es una época sirvió en la milicia e incluso llego a tener el rango de sargento. Pero posiblemente fue mi la responsabilidad de mi abuelo o mi prematuro nacimiento lo que impidió que el siguiera esa carrera. En cualquier de los casos, la granja era un trabajo de tiempo completo y requería más que solo voluntad para trabajarla, requería saber administrarla. Aun que mi padre era el que realmente la administraba, el requería de mi y de mis hermanos para trabajarla la tierra.
En una ocasión, mi padre me había llevado a conocer la capital y me maraville por los excelentísimos edificios y construcción que allí se habían establecido. En mi adolescencia, tuve una oportunidad de ver a los nobles y a los caballeros que acudían a una celebración del rey, donde las más finas damas y poderosos señores fueron citados, y yo pude verlos. Tenía deseos de saber que se sentiría ser un guardia y estar todo el día viendo cosas nuevas que llegaban a la ciudad, yo todo lo que hacía era ver tierra, animales y gozar de la vistas de los paisajes que rodeaban la granja. Muchos dirían que eso bastaba para poner en paz a un hombre, pero a mí no me bastaba, yo sentía en los más recóndito de mi alma que necesitaba más aun, y podía asegurarme de que mi destino no estaba ligado a recoger legumbres y habitar con animales, no, yo deseaba ir seguir un destino diferente al de mi familia.
Claro que eso necesitaría trabajo, algo a lo que yo estaba acostumbrado, pero aquí no nos referíamos a una forma de trabajo que no se relaciona en una totalidad con la voluntad sino con la perseverancia. Un día le pedí permiso a mi padre para participar de las milicias, el acepto inseguramente, ya que no pensaba en la idea de verme lejos de casa. Aun que dudosamente acepto, me dejo ir. Al día desperté y salude a mis padre y hermanos, siguiente tome algunas de mis pertenecías, una capa, un bastón y fui a la guarnición a pedir que me aceptaran en la milicia local, claro primero necesitaría entrenamiento. De la guarnición fui enviado al fuerte a las afueras de Lordaeron para que comenzaran los reclutas, ahí fue donde comencé como una especie de sirviente de los soldados del fuerte, tenia comida y cama, pero hasta que no llegaran las fechas de instrucción, no podría comenzar mi entrenamiento.
Algunos días después de mi llegada al fuerte, apareció el instructor preparado para nuestro entrenamiento, se podía ver porqué sus ayudantes traían consigo espadas de madera y algunas armaduras de cuero tachonado para amortiguar los golpes, yo vestía solo con lagunas ropas deshilachadas, así que sentiría menos dolor con eso. Nos preparamos y comenzamos la instrucción básica, la que tal vez algún día me salvaría la vida. Al principio no fue fácil, me costaba levantar la espada y el escudo. Entre sección y sección hubo muchas veces que hacíamos trabajo físico, ese trabajo, nos decía el instructor que era más que nada para mejorar nuestro estado físico y permitirnos ser más resistentes a los golpes y para poseer mayor movilidad de las armas. Además visto y considerando la posibilidad de algunas vez usar una armaduras de placas y un yelmo, necesitaría grandes músculos para soportar el peso y de una buena visión para ver a través de los yelmos.
Las primeras semanas estaba de centinela en el fuerte, poco a poco nos cambiaban de lugar e incluso nos ordenaban nuevas tareas, hasta que llego el día en que varios de nosotros fuimos trasladados a la ciudad. Es allí, cuando desempeñamos el cargo por lo que tanto habíamos sido entrenados, los guardias de la capital. En unos de los tantos días tuve la fortuna de cruzarme con mi padre y hermanos, mi padre me obsequio una sonrisa y me dijo lo orgulloso que estaba, claro que yo no logre ser muy expresivo, la guardia debía mantener cierta seriedad.
Un día nos levantamos apresuradamente, se había promulgado un llamamiento a las armas, en las montañas del sur se estaban librando batallas contras los vestigios de la horda orca que aun quedaban en pie en nuestro reino. El rey anuncio la marcha hacia el combate de una vez y para siempre contra estos seres. De modo que para reforzar los puestos fronterizos del reino, se enviaran tropas, tanto de infantería, caballería y auxiliares. Yo decidí entablar una plática con mi capitán para hacerle saber de mi experiencia con caballos y que disponía de uno para poder combatir con la caballería, que había tenido una instrucción de equitación y de combate de justa. Con perseverancia, mi capitán mando a decirle a su oficial al mando si podían sumar a un jinete más en las filas de su escuadrón, ya que hacían falta voluntarios en la mayoría de las cuadras, sobre todo con experiencia en la equitación, por lo que yo ahora debía esperar su respuesta. Mientras esperaba la respuesta, entrene con diferentes armas para pelear contra los orcos, a vista de lo que había sido la segunda guerra, muchos soldados veteranos explicaron el modo de pelear de los orcos y por ello se debía tener en cuenta dos cosas. Su forma indisciplinada de pelear y su falta de inteligencia.
Al día siguiente llegaron mis nuevas órdenes, debía disponer uniformemente de una armadura pesada, para mí y mi caballo, armas cortas, lanzas de justa y debería pasar a retirar mi nuevo uniforme en los establos, ya que teníamos una simbología diferente a de la infantería. Mi capitán, con su firmeza característica, me hablo acerca de mi nueva responsabilidad y de que solo respondería bajo las órdenes del Duque de Manford, el oficial del escuadrón de caballería al que fui trasladado. Me junte con los demás y lleve a mi corcel hacia allí, adquirí mi equipo gastándome hasta el último cobre y recorriendo todas las plazas de entrenamiento, no creí que el registro de un jinete fuera tan extenso. Al final de la jornada me reuní con mis compañeros, muy pocos en ese escuadrón provenían de un origen como el mío, creo que fue con los que mejor me lleve porque por lo general hablábamos de los mismos temas.
El día de la salida había llegado, nos dirigimos a un campamento en las montañas de Alterac y la guerra vino a nosotros con el tiempo, defendimos en dos ocasiones el fuerte de orcos y de muertos vivientes, hasta que la tierra colapso y tuvimos que huir, vagamos muchos tiempo, incluso desde que la legión ardiente piso esta tierra. El mundo vio la oscuridad y su destino terminaría pronto, yo perdí la fe en ciertas ocasiones, pero la esperanza de salvar a las personas en su éxodo me retribuía de nuevo. No sabíamos a donde ir, después de un tiempo todo cambio, varios campos de refugiados se había establecido en diferentes lugares y todo hombre capaz de cargar un arma se presentaban frente a los altos mandos para presentar servicio por lo único que nos quedaba… la supervivencia, el hecho de subsistir para un futuro mejor para nuestras posteridad.
Una noche de guardia el día se torno de color negro, no había nubes, ni destellos, hubiera parecido como que las estrellas se había escondido o las hubieran sepultado, recibimos un ataque completamente grande de muertos vivientes, vimos como una horda de muertos, zombis y esquetelos cargaban desde el horizonte, organizamos la defensa del campamento lo más rápido que pudimos. Arqueros al muro, infantería con ballestas y algunos con escudos, rocas, pedazos de murallas y algunas cosas más para arrojar.
La horda choco contra la pared, pero no pudimos evitar que treparan, pasaron la primera pared y se elevaron desde una esquina, lograron penetrar hasta el patio, era hora de pelear cuerpo a cuerpo. Use armas cuantas veces puse logrando que se destruyeran. Combatí junto a mis compañeros hasta agotarme, destruía los cráneos de mis enemigos y rechazaba cualquier ataque a distancia que lograba con mi escudo. La situación se complico para mí y la defensa del este. Entable combate con una criatura hecha de cuerpos muertos, fue tanta la repulsión que sintieron los hombres que se asustaban de solo verlo. Los arqueros lo quemaron desde lo alto de una de las torres, disparando sus flechas incendiaras a la criatura e incluso haciendo daño en masa. Cuando creímos que sería la última ola de ataque, apareció mas no muertos, esta ola estaba dirigida por un Lich, una especia de conjurador de magia oscura.
Ya no había salida, mire a mis hombres y les exclame, de que si íbamos a morir que fuera una muerte digna. Dejamos la posición del patio y nos fuimos a los establos, tome mi caballo y salimos hacia la puerta cargando contra la horda de muertos vivientes. No lo vi, pero sentía el grito de mis caballeros caer de lado mío hasta él una lanza atravesó a mi corcel y yo me vi envuelto en varias espadas, una golpe mi hombro y pelee junto a los que quedaron a mis espalda, ya sin fuerzas y completamente herido, daba golpes al aire hasta que una espada atravesó mi abdomen, destruí cuanta criatura pude y me rodeara, hasta que caí de rodillas mirando el cielo y sintiendo como el aire se esfumaba. Respire mi último soplido y deje caer mi espada como mi voluntad misma, viendo el macabro espectáculo de la horda de no muertos entrar y destruir el campamento.
Oscuridad había… una pared negra era mi una única visión. Una chipa… una pequeña chispa apareció en el medio de la pared titilando cada vez con más frecuencia y entonación. Una voz apareció, me pregunto mi nombre, y de donde venia. Como viví y como mori. ¿Era mi padre?, le pregunte, ¿mi madre? ¿Algunos de mis hermanos? ¿Estaba vivo? La voz cayó por un momento y luego hizo resonar sus preguntas. Mi mente, si es eso lo que usaba para pensar, trato de revelar la identidad de esta voz, pero la chispa, de quien en un principio creí que provenía la voz, seguía igual, parpadeante, brillosa y estéril. Esta voz que parecía saber de mi, en algunos momentos me preguntaba acerca de mi pasado y de los que yo esperaba para el futuro, era como una especia de interrogatorio, de que yo estaba por salir, pero bien sabia que esto tampoco podría ser posible, ya que yo sabía que había muerto, pero… ¿Por qué estaba hablando ahora? ¿Había muerto verdad? La voz pregunto cuál era mi destino, a lo que yo respondí que como un caballero que soy, debía luchar por aquellos a los que amaba y había decidió cuidar, ante todo era un soldado y mi espada servía a la razón y la igualdad.
El mal del mundo muchas veces se posesiona en cosas que nunca estamos resignados a aceptar y la voz lo sabía. Esas palabras solo significaron una cosa, era la luz sagrada que me estaba enjuiciando, estaba decidiendo que hacer conmigo. Solo esperaba que mi devoción hubiera servido para que al final de mi vida mortal, me diera el descanso eterno que esperaba pro parte de la luz. Pero cambie de parecer cuando esta vos nuevamente me pregunto, ¿Cuál es tu destino? Ahí fue cuando permanecí en silencio durante bastante tiempo. ¿Tu destino es servir a tu pueblo? Preguntó, a lo que yo firmemente respondí que si, entonces la voz me replico, que se haga tu voluntad entonces. La chispa comenzó a brillar tanto y tan fuerte que se hacía más grande cada vez que resplandecía, hasta que cubrió los límites de visión y la cortina negra se torno blanca.
La voz desapareció y presencie una definición de cómo si mis ojos se abrieran ante un lugar. Una extraña fuerza latente dentro de mí me impulsaba a seguir lo que la voz me había pedido que hiciera. Una vez tome mi espada la voz… tu pueblo te aguarda… búscalos, me señalo. Desconocí el tiempo que transcurrió entre aquella batalla y el que estuve de pie. Hasta que me percate de que yo me había convertido en mi peor enemigo, un muerto viviente. Pegue un grito en el cielo cuando reaccione físicamente. Tenía una maldición pero a su vez una bendición, un sirviente eterno que desliga su furia frente a quienes debe aniquilar, la voz que aun estaba en mi cabeza, decía debía irme de aquí y seguir con mi destino, pero no era yo el que decidía ahora, ¿era mi destino o simplemente me había convertido en un esclavo?
Llegue tambaleándome al antiguo bosque de Lordaeron, no quedaba más que cenizas de lo que había sido, solo logre escuchar a esta voz que me decía que fuera a ver donde estaba mi pueblo y cuando mire los cadáveres moviéndose por el bosque, cuerpos mutilados arrastrándose por la tierra, antiguas figuras humanas caminando sin vida. La voz me hizo saber de que este era la gente que yo debía proteger y había protegido siempre. Bendito soy de haber sido seleccionado para cumplir con esta tarea. No me quedaba nada por ver o por oír, solo sentir, que mi fuerza descansa en el poder que se me fue concedido. La voluntad de la muerte será complacida y nada escapara a su poder.
Perdí la noción de tiempo y espacio, masacrando los restos de una civilización que había caído en la adversidad de un su podría perdición. Mi espada saciaba su sangre por centenares, nadie podía ver cómo era mi fuerza ahora. Cuando adquirí el conocimiento para ello, supe que esta voz, esta tenebrosa voz que día a día me decía que hacer, supe que tenia dueño, ese ser era contra el que una vez había luchado y ahora servía. Pero comprendía porque lo servía, Ner’zhul me salvo de la eterna oscuridad. El pacto había sido sellado y ahora era mi turno de hacer mi voluntad contra quien quisiera desafiarme.
Muchas cosas que pasaron a través de estos tiempos me tuvieran sin importancia, mi único deseo era hacer la voluntad del Rey Lich Ner’zhul. En las distintas bases del azote se podía verificar como el poder de una entidad se volvía la más poderosas de todas, el miedo ya no formaba parte de mi ser, pero de haber estado en la otra vida, así como estuve en aquella batalla donde era débil, ahora podía ver la fuerza que me había otorgado la muerte. Dadle sus almas y me darán poder para gobernarlos. Esta tierra condenada ahora pertenece a otro señor… y yo me aseguraría de mantener el orden.
Mi destino incierto me llevo a participar de un grupo de soldados que también había caído en combate, me encontré en una necrópolis, llenos de ellos, mirando a cada uno y su forma de pelear, y contando como había caigo con gloria. La inmortalidad es un precio muy alto al cual no pude negarme. Las arenas del tiempo transcurrieron como el viento cuando un día sentí un fuerte dolor en mi cabeza, la voz del rey Lich había desaparecido, y después de mucho tiempo me sentí como si de mi voluntad dependieran mis acciones, no escuchaba la voz de mi señor y algo me decía que estaba pasando algo donde quiera que estuviera. Durante bastante tiempo me sentí libre de poder usar el poder que me había dado el rey lich para hacer mi voluntad de desafiar a quien quisiera y fundar una sociedad nueva, basada en mis decisiones y mandatos. Traería a la vida a aquellos que perdí y deseo recuperar. Al final ¿por qué someterme a la voluntad de un rey, cuando yo tengo la grandeza de ser un dios?
Mi tiempo favorecía la libertad de la que me fue otorgada y mis metas poco a poco se fueron desgastando, no conocía el motivo, pero en un momento, mi cabeza volvió a estallar y la voz del rey lich regreso a reclamarme para que sirviera a sus propósitos, ¿Qué deseaba de mi? ¿Había vuelto a retribuir un gran poder por mi servicio? En varias ocasiones menciono que era su campeón y que si lo servía con lealtad me recompensaría. Espera durante mucho tiempo su recompensa, pero no me importaba nada mas ahora, solo me importa poseer un gran poder. Manejar a la muerte a su antojo y servirle con alevosía. ¿Quién dudaría de mí y del poder del rey Lich?
Mi servicio estaba dando frutos, había aniquilado completamente a unos gentiles que se había tomado la molestia de prepararse para atacar uno de las zigurats que sirven de puesto de avanzada de la necrópolis. Ya ni siquiera tengo que correr para combatir, con solo caminar y girar la hoja de mi espada puedo derretir al más duro de mis enemigos, sabía que en el camino venían más y esos pobres mortales conocerán la furia de mi espada. Un nigromante se puso a cargo de zigurat levanto su ejército de muertos vivientes y emboscó a los mortales, al finalizar la contienda, solo quedó muerte y polvo, alguna día traería esta misma tempestad a quien me desafiara.
Ya en la necrópolis, absorbí la energía inanimada de uno de los zombis que vigilaban la cámara mortuoria donde se remembran los cuerpos de los caídos, sentí una mínima de vitalidad, aun que no me bastaba con uno, debía tener más. Al grito de ofensiva, uno de los discípulos se hizo oír, los ejércitos de necrófagos sirvientes fueron invocados, los que una vez fueron antiguos soldados, ahora se alzan con el fin de acabar con la vida en esta tierra y mantearla inmortal, llegaría mi turno de sembrar la semillas de la destrucción. Ya faltaba poco y los preparativos marchaban según lo planeado, la hora del caos me había llegado, uno de mis superiores me aviso acerca del destino de nuestra ofensiva, el último vestigio de los seguidores de la luz, donde se hallaba perdido en el bosque occidental, yacía una pequeña capilla olvidada de la luz mantenida por unos pocos defensores que añoraban destruirnos, pero ahora su fin esta cerca. No anhelare la victoria de mis hermanos que irán a destruirlo porque veo la victoria en sus ojos sedientos de la sangre de los vivos. Que en ellos callen seres a los que van a masacrar y perezcas aquellos que osen levantar su mano en contra de nuestro poderoso ejército.
En cuanto a mí, yo me quedaría aquí a defender la necrópolis de los invasores desorganizados que juraron ante su luz destruir hasta el último de nosotros, no saben que su campaña de locura solo nos servirá a nosotros para levantar un ejército más grande y su mente se ahuyentara de miedo al ver a los que una vez fueron sus hermanos de armas pelear de nuestro lado contra ellos mismos. Si, esa será nuestra arma principal, el miedo de la pérdida, el miedo de la derrota y el sufrimiento, el tener sentimientos o no, no los salvara, sea quien sea, irá al mundo de las sombras a ser juzgado y declarado culpable, condenándolo a una pena de servidumbre eterna. Lo único que veo ahora es la desolación que acarrea el bosque, desde aquí se ven aun a las gárgolas volando junto con el ejército hacia la batalla.
Tiempo más tarde, unas sombras se colaran en la necrópolis, pude ver en estas sombras que algo había ocurrido, algo que… sin pensar podía resumir con solo olerlo, mire el pasillo que oscila a la sala principal, algo no estaba bien, ¿sería una fuerza superior, o las sombras mensajeras traían noticias del frente? Las puertas se abrieron de un golpe anunciando la llegada de los caballeros y sus armas cosechadoras de almas, en ellas se podía ver a las almas que había caído frente a ellos y que vivirían en su prisión, pero estos guerreros, hermanos de destino, salieron impetuosos de aquí y regresaron con alevosía marchando al frente de ellos el Alto Señor Mongraine. Quien pueda decir que su llegada nos avivo y nos marco, estará en lo correcto.
Caballeros, Discipulos, instructores… todos se pararon frente a él e hizo una proclama para que todo en la necrópolis lo oyeran. En ella avisto de que no haríamos nuevos enemigos, que seguirían los mismo, la libertad nos serian recompensada, pero ahora solo bendición de la inmortalidad nos daría resultado ante nuestra campaña, que todo individuo vivo o muerte se atreva a levantar su arma en contra nuestra, seria aniquilado sin ninguna duda. Levanto con su una mano una espada de casi 2 metros y declaro: henos aquí, frente a esta espada de ébano, jurar como caballeros, que nosotros aremos nuestra propia justicia, sin importar las consecuencias. Acto seguido la toma la espada con las dos manos y la clavo en el suelo, desvelando brillantemente las runas de su poder. Ese sería nuestro símbolo de ahora en más, lo más extraño, es que no volví a saber de la voz del rey lich en mi cabeza, pero ya no importaba, ahora tenía un nuevo señor al que servir y un nuevo objetivo que cumplir, mucho más digno y difícil, pero con la diferencia de que ahora solo dependería de mi voluntad y nadie podría controlarme.
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