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    Predeterminado Respuesta: [Aniversario] Concurso de Historias

    Bueno, esto es una especie de prólogo, que en caso de que guste, continuaré la historia. Tenía únicamente una cronología hecha, para una gran historia que quiero escribir. El prólogo trata sobre el génisis de este mundo ficticio, el cual está basado en un mundo medieval, con magia, guerras, razas raras y todo eso XD pero no hay ni trolls, ni orcos ni tauren asi ques una pena U_U bueno creo que tampoco hay elfos XD SIn mas que decir aqui lo dejo, Está narrado en tercera persona porque es un prólogo.

    __________________________________________________ ______

    Almas de Cristal
    El Mundo del Caos

    En el año primero, El Creador creó a los cuatro Devas principales, los Devas de los elementos: Jeifar del fuego, Lainfar del agua, Eskaifar del viento y Keifar de la tierra. A estos se les concedió el privilegio de crear un nuevo mundo y hacerlo apto y agradable para que posteriormente fueran creados los seres vivos.

    Primero Keifar creo el núcleo del planeta y lo cubrió de rocas, tierra seca y diversos minerales dándole una forma esférica que representara todo el poder concentrado del universo; luego Jeifar se dedicó a crear y moldear todas las montañas y volcanes que conforman el planeta, creando diversidad de relieves, también la dividió en continentes, valles y cuevas; después Lainfar se encargó de llenar la tierra con agua para que así se formasen las diversas islas, lagos y ríos y también para hacer posible el crecimiento de las plantas; después de eso, Eskaifar diseñó las capas atmosféricas del planeta para hacer posible la vida tanto de humanos como de animales, creó las corrientes de aire e hizo posible la creación de un continente de hielo.

    Así finalmente se creó el primer planeta de este nuevo mundo físicamente en tan solo cuatro años. Y para sellar su creación, los cuatro Devas crearon una espada poderosa que reposaba en el mismísimo monte Kirius; según ellos esto marcaría la fecha en que se conmemoraría la creación del mundo y el nuevo planeta, “Onis”

    Para el año quinto son creados Darjón y Zoah, los Devas principales, los Devas de la vida. A estos últimos se les otorgó el derecho de ser los dueños de todas las formas de vida del planeta y se les asignó la tarea de crear a todos los seres vivientes para que lo llenasen. A Darjón se le comisionó la tarea de crear a los seres humanos y a las bestias que hoy habitan y a Zoah se le otorgó el poder para crear todas las plantas y bosques que cubrirían el suelo. Así se crearon a los primeros humanos y todas las especies de animales que existen hoy en día, dotados de la suficiente inteligencia para que fueran creciendo en conocimiento tanto espiritual como en conocimiento físico y tecnológico.

    Pero más allá de todo esto ocurría algo más... Zoah no estaba muy de acuerdo con el papel que desempeñaba en la creación del nuevo planeta ya que mientras Darjón creaba nuevas formas de vida que eran capaces de mostrar sentimientos y emociones, él solo podía crear plantas inertes las cuales aunque tienen vida propia no son capaces de mostrar emociones para con su creador. Esto hizo que Zoah se fuera resintiendo contra la humanidad y esto lo llevó a revelarse contra El Creador, así que a sus espaldas comenzó a practicar cosas malvadas y desarrollo una nueva especie para que lo adorasen a el; pero como su creador quería que lo adoraran a la fuerza, estas criaturas se volvieron autómatas e insensibles, incapaces de amar o cuestionar alguna orden, estas solo servían a su creador por el simple hecho de que fueron creadas con ese propósito y no porque de verdad lo quisieran, a estas criaturas desalmadas y sin corazón se les llamó los oscuros Necrocks. Repugnantes criaturas de apariencia desagradable a la vista sin figura definida o un esqueleto para apoyarse, mas bien sus cuerpos estaban hechos de una especie de masa oscura y pegajosa que se regeneraba con cierta facilidad -caso parecido al de las plantas-.

    Pero El Creador no tardó en descubrir los planes de Zoah, así que lo relevó de sus privilegios y lo exilió junto con sus perversas criaturas a vagar por la eternidad en un mundo lejano, desierto y oscuro que llegó a ser conocido mas tarde como el mundo del caos. Allí Zoah pasaría el resto de su vida inmortal para que no pudiese hacer daño a la humanidad. Esto ocurrió en el décimo año después de la creación del nuevo mundo.

    Luego de encerrar allí a Zoah junto con sus malvadas criaturas, El Creador designó a Darjón como guardián de las almas santas para que se asegurara de que Zoah nunca volviera al mundo de la luz; para esto, El Creador le entregó a Darjón un cristal el cual se dividiría en cinco partes y cada una de estas representaría una cualidad que sobresaliese en la pureza de los humanos de ese entonces, estos estarían custodiados por cinco bestias sagradas extremadamente ricas tanto en sabiduría como en poder, estas bestias fueron conocidas como los titanes del aurora que serian la llave para que Zoah nunca pudiera volver a aquel mundo donde había sido desterrado; también se dijo que estos titanes serian los que traerían nuevamente la paz al mundo en caso de que Zoah fuese liberado. Después de esto, El Creador creó también doce cristales mas que serian custodiados por doce bestias guardianas para proteger a los humanos y bestias, estamos hablando de los guardianes de la luz.

    Pasaron muchos años, 497 en total y no se supo nada de Zoah hasta que las cosas comenzaron a tornarse diferentes. Los humanos comenzaron a dividirse entre si en etnias y clases sociales bajo la influencia de Zoah quien había hallado la manera de de influir en la tierra desde su mundo de sombras; gracias a sus siervos, los espectros --que son necrocks mas poderosos-- logró capturar a uno de las cinco titanes y lo encerró en su oscuro mundo. Con el poder que le robó a este titán logró tener acceso al mundo de los humanos para así contaminarlo con todas estas divisiones y guerras sin tener siquiera que salir de su propio mundo.

    Los humanos avanzaban de mal en peor y explotaban la tierra para dominar a sus habitantes sin importar que fuesen de su misma raza. Para ese entonces solo se había poblado una tercera parte de la superficie terrestre, la cual era el valle de Galiandor --aunque este abarcaba mucho mas que un simple valle se le otorgó este nombre porque allí se encontraba el inmenso Monte Kirius, la montaña mas grande de todo el mundo, el lugar en donde se accedía al cielo de los Devas, debido a esto, se declaró que esta parte de la tierra seria conocida como el valle de Galiandor, un valle en dimensiones mas grandes--. Galiandor fue el primer lugar donde se estableció un imperio, haciendo uso de sus poderes Zoah llevó al poder al malvado rey Tairoc, quien levantó el imperio de Rediam en el año 507, este rey marcó la historia de la humanidad al fundar este imperio opresor con el cual logró el dominio de muchas tierras.

    Pasaron 27 años mas y Zoah creó cinco titanes oscuros que representarían los sentimientos contrarios a los titanes del aurora, estos ayudaron a corromper a la humanidad inculcando en los humanos sentimientos dañinos como el odio, el miedo, la fuerza de esclavitud, la mentira y por último la muerte, estos malvados titanes se llamaron a si mismos los titanes del caos y ellos mismos fueron los que llevaron a cabo los planes de Zoah al ir corrompiendo a la tanto a los humanos como a las bestias haciendo que algunas llegasen a convertirse en monstruos extremadamente peligrosos para el hombre.

    Con el pasar del tiempo la situación empeoraba cada vez mas. Así que El Creador se vió obligado a ordenar a Darjón que creara una nueva forma de vida que fuera mas fuerte físicamente que los humanos y los animales para que ayudaran tanto a humanos como animales a que no cayeran también en las garras de Zoah. Por eso Darjón creó a los demihumanos que son mitad humanos mitad bestia, los cuales resultaron ser mas fuertes que los seres que ya se encontraban en la tierra; pero Zoah no tardó en encontrar la manera de apoderarse de estos y junto a sus criaturas sin alma, se apoderó de la mayor parte del planeta expandiendo su maldad hasta el ultimo rincón de este. Buscó la manera de ser liberado nuevamente y así gracias a su gran influencia sobre el mundo de los humanos, Zoah encontró y robó los doce cristales de la luz y así regresó al mundo de los humanos.

    Darjón llamó entonces a los cuatro Devas a la batalla para recuperar los cristales robados, pero solo pudieron recuperar cuatro de los cristales, otros cuatro quedaron en manos de Zoah y los otros cuatro se perdieron. Entonces entregó sus cuatro cristales a los guardianes correspondientes mientras que Zoah se los entregó a cinco de sus sirvientes y los convirtió en los guardianes de la oscuridad. Así quedaron distribuidos los dos bandos, por consiguiente, Darjón junto con los Devas y guardianes de la luz hizo frente al malvado ejército de Zoah, pero este contaba con mas aliados que las fuerzas de Darjón, así que en un último intento Darjón pidió la espada divina que había sido creada por los Devas para sellar la creación del nuevo mundo, la espada de la luz, la Akira, con la que dio al ejercito de la Luz un extraordinario poder fuera de lo común y con esto puso fin al malvado ejercito de Zoah.

    Pero aun así Zoah no se dio por vencido y haciendo uso de sus oscuros poderes logró invocar el poder de la espada maligna que yacía en el mundo del caos, la Rákura, un reflejo de su contraparte. Al tocarla, esta volvió a Zoah aun mas malvado y hambriento de poder, así que con su nueva fuente de oscuridad Zoah enfrentó a Darjón en un combate mas allá de todo aquello que se había visto y que se conocía en ese entonces, esta titánica guerra que constó de innumerables batallas duró casi 50 años y los Devas gastaron hasta el último aliento que les quedaba. La rivalidad entre los Devas fue tanta que ya no solo combatían para llevar a cabo sus objetivos sino para ver quien era el mas fuerte sin importar lo que eso significara, pasaron mas y mas días pero la batalla continuaba igual así que El Creador se enfureció por la ambición de Darjón y lo encerró junto con Zoah en lo profundo de las islas de Tales; en una cueva a cada uno donde no serian liberados hasta dentro de mil años dándole tiempo a Darjón para que rectificara y entrara en razón.

    Pero la historia no terminó allí porque los titanes de Zoah aun no habían sido destruidos, estos aun permanecían en el mundo del caos y durante trescientos años más estuvieron ocupados siguiendo la orden que su amo les había dejado antes de ser encerrado:

    “Vayan y construyan para mi un poderoso imperio en lo profundo del mundo del caos y reúnan para mi un poderoso ejercito de criaturas de todas las clases y sigan por lo tanto haciendo que mas y mas gente se vuelva a mi”.

    Pero antes de esto Zoah había comisionado a su mas poderoso siervo, Zainoth para que quedara al mando en su ausencia; así que por 500 años mas Zainoth y sus espectros continuaron contaminando a la humanidad para que adoraran a Zoah en lugar que a El Creador; fue tanta la presión que ejercieron entonces para con la humanidad que ya hasta los niños nacían con inclinación a hacer el mal y cada vez mas la tierra estaba mas y mas dividida por las constantes guerras, y tanto fue así que El Creador se vió motivado a interferir nuevamente en los planes de Zoah, así que se dispuso a convocar a la batalla nuevamente a los titanes del aurora que aunque ya habían sido derrotados en la guerra de los guardianes, sus poderes aún permanecían encerrados en los cristales, para que estos establecieran una relativa paz hasta que se cumpliera el plazo de los mil años cuando Darjón y Zoah sean liberados nuevamente para así finalmente poder acabar con esta guerra que se libró hace tantos años, la guerra de los guardianes.





    Kodash en la corte del sol mirando los problemas amorosos marielficos.

  2. #12
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    Predeterminado Respuesta: [Aniversario] Concurso de Historias

    Mi Camino
    PRÓLOGO


    Mi nombre es Ther’ran, sin’dorei, y he vivido lo suficiente en Azeroth para saber que lo único que te espera tras las puertas de la aparente seguridad y felicidad de tu ciudad natal es la muerte, o caminos mucho peores. Un pie fuera, y más te vale estar atento y preparado para lo que sea: desde hordas de no-muertos hasta ejércitos que claman la sangre de tu raza en bandeja, y también la tuya. También hay caminos más… irónicos, por así decirlo: podrías acabar formando parte de La Plaga, tu más ferviente enemigo, o traicionado por los que una vez consideraste aliados: amanecer siendo un esclavo no-muertos, o empalado en medio del Bosque del Ocaso no suena muy halagüeño, pero eso es lo que espera a aquellos que se arriesgan a salir de sus ciudades amuralladas.

    Pero estas tampoco se salvan del horror: tarde o temprano, la muerte llega, y sucumben las aparentemente indestructible ciudades, entre fuego y escarcha, entre terror y la Peste. ¿Y qué vamos a hacer si el mundo está condenado en su totalidad? Pues… nada. Puedes luchar, sí, unirte a los grandes héroes o a la Cruzada Argenta, o a una misión humanitaria en Costa Oscura o Tierras de la Peste. Pero, ¿sabes qué? Todos los grandes héroes están muertos, y si te unes a ellos, acabarás igual.

    ¿Qué qué hago yo para sobrevivir? Bueno, digamos que en mi camino he combatido el fuego con el fuego; si me quieren ver muerto, yo a ellos también. Y funciona. Sigo vivo, aun después de abandonar Quel’thalas y perderme en las Tierras de la Peste años y años. Aun cuando atravesé las tierras de los hombres y viajé a Kalimdor y Rasganorte. Aun cuando la Plaga se interponía en mi ruta. No es que sea más fuerte que todos estos peligros. No es que sea un héroe enmascarado o algo por el estilo; más quisiera yo. He sobrevivido porque soy uno de esos peligros; no te hace falta huir de una pesadilla si eres una pesadilla.

    No, te aseguro que no me considero de los buenos. Y si algo he aprendido en todo esto es que ninguno de mis actos se acercan siquiera a ser mínimamente justos, ni en pos del bien de Azeroth. ¿Y entonces, qué soy? Bueno, soy parte del mal de este mundo. El Rey Exánime es un vil personaje capaz de todo para lograr pudrir toda la existencia, y no le importa lo más mínimo utilizar cualquier medio o persona para llegar a su objetivo. Vaya casualidad, a mí tampoco me importa. Digamos entonces que Arthas me utiliza y yo a él. Me uní a la Plaga como uno de sus caballeros para sembrar sus propósitos por todos los rincones del planeta, y yo consigo el poder que siempre había buscado. El poder para sobrevivir en este cruel universo.

    Ahora “vivo”, si se le puede llamar así, en la helada Ciudadela de la Corona de Hielo, hogar de Arthas y corazón de la Plaga, mi hogar además. Recorro sus frías salas y sus largos pasillos, observando la obra de mi “maestro”, sus creaciones. A decir verdad, yo soy como esos monstruos, engendros cuya única función es matar y matar a los vivos, nada más. Bueno, yo hago más cosas que matar. Pero para el Rey Exánime significamos más o menos lo mismo; me da igual, yo lo único que deseo es sobrevivir, y eso es lo que hago mejor que nadie.

    O hacía, más bien. Porque el sueño de Arthas está tocando a su fin. En este mundo cruel, donde todos nos matamos para vivir unos sobre los cadáveres de los otros, la Alianza y la Horda no han visto con buenos ojos los planes del señor de la Plaga. Y sus fuerzas, comandadas por la Cruzada Argenta, reclaman venganza, o justicia según ellos. Lo mismo da si quieren ver a Arthas pudrirse en el infierno o no, yo sobreviviré a eso y a mucho más. Lucharé por defender la Ciudadela y a su señor, para defender mi poder para sobrevivir en Azeroth.

    Ahora, en el final, empiezo a recordar mi lejano pasado. Mi antiguo hogar, mis ya borrosos recuerdos felices allí, y mis seres queridos, o lo que quedarán de ellos. No niego que eche de menos esa vida, pero tarde o temprano se habría esfumado en el polvo de la muerte. Yo sólo me adelante a los acontecimientos, y tomé medidas al respecto. Y por eso me hallo aquí, en la Ciudadela de la Corona de Hielo, a punto de luchar por mi razón de vida, o lo que me queda de ella. Aunque, en verdad, más bien lucho por seguir siendo parte de la pesadilla de este mundo, para no tener que sufrirla yo.

    De todas formas, da igual. Es hora de la batalla, no de quedarse pensando tonterías. Me espera una larga jornada. Espero poder seguir sobreviviendo como hasta ahora he hecho. Este es mi camino, y de él no me sacará ni la Cruzada Argenta, ni Arthas, ni el mismísimo fin de los tiempos.

  3. #13
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    Predeterminado Respuesta: [Aniversario] Concurso de Historias

    Capítulo 1: Llaman a la puerta

    -¡Alzaos, Cruzados Argenta!- clamó a los cuatro vientos Tyrion Vadín sobre su blanco corcel- ¡Es hora de hacer justicia!

    Un gran júbilo fue su respuesta. Miles de espadas, cetros, arcos, hachas, mazas y escudos se alzaban al unísono, a modo de un gran grito de guerra que resonaba por toda la Corona de Hielo. Pero tras los gruesos muros de la Ciudadela, estos clamores tan sólo eran un rumor que se perdía en el eco de sus largos pasillos.

    Los pasos de un caballero de la muerte sonaban más fuerte que las voces de tantos cruzados en aquella fría fortaleza. El caballero portaba una larga espada mortuoria, y bajo una gruesa armadura negra decorada con calaveras talladas, se escondían las orejas de un sin’dorei, o lo que una vez fue uno. Un casco le cubría el rostro y esas orejas tan características de su raza; el casco poseía forma de una horrible calavera de brillantes ojos azul gélido. Pero ese brillo no provenía del casco, sino de su portador. Su andar era veloz, con prisa, sin prestar atención a los soldados no-muertos que marchaban de aquí para allá; se notaba que estaban a punto de ser asediados por aquellos soldados y sus júbilos.

    Otros pasos seguían de cerca a los de aquel caballero elfo. Se le acercaban rápidamente por detrás, y en nada lo alcanzó.

    -¡Ther’ran! ¡Ther’ran! ¡Espera!- decía una voz tras el caballero.

    Este se giró, aunque no dejó de caminar. Otro caballero de la muerte, un orco, le llamaba a pocos metros de donde se hallaba.

    -Condenado orejotas- maldijo cuando el caballero orco le alcanzó-. ¿No me oías acaso?

    -Sabes perfectamente que tenemos prisa por llegar a la reunión de emergencia- respondió tranquilamente Ther’ran, sonando a una triste excusa-. ¿O quieres cabrear más al jefe después de ver lo que se nos viene encima, Kram?

    -¡Ya lo sé, ya lo sé! –gritó Kram-. Tengo ojos y sé usarlos, ¿vale? Un ejército está listo para asaltar esta ciudadela de un momento a otro. Sé que hay prisa, ¿¡pero no eres capaz de esperarme, compañero!?

    -No sabía que entre los caballeros de la muerte hubiese camarería también –contestó Ther’ran con ironía.

    Y en verdad no la hay. Cada cual va a su tema, a sus matanzas y locuras varias. Pero Kram y Ther’ran eran diferentes. Ambos no habían sido tocados por Arthas al igual que los demás caballeros de la muerte. Aunque se conocieron en la propia Ciudadela, los ideales del elfo hicieron mella en el orco. Era una larga historia, pero ambos eran lo más cercano a amigos y camaradas que existía en aquel lugar. Siempre combatían codo con codo, y esta vez no sería diferente.

    -La cosa pinta fea, colega- gruñó Kram.

    - Efectivamente. Me parece que tendremos que sudar un poco esta vez para sobrevivir como siempre.

    -¿Tan sólo un poco?-Kram rió con esa risa de ultratumba que había adoptado después de su “conversión” en sirviente de Arthas-. Demasiado diría yo.

    -Por favor, ¿qué tienen estos mortales que no tengan los demás que lo han intentado antes que ellos?

    Algo sacudió la Ciudadela. Los muros temblaros unos instantes, derribando a Kram Y Ther’ran contra el frío suelo. Se desvaneció al acto, pero el jaleo afuera se intensificó soberanamente.

    -¿¡Pero qué mierda ha sido eso!?- preguntó Kram mientras se incorporaba-.Sonó a una explosión o…

    -Creo que ahora sé que estos no son unos asaltantes corrientes-afirmó Ther’ran ya de pie-. Debemos darnos prisa., mucha prisa.

    Ambos comenzaron a correr por los pasillos. Ese temblor era el comienzo del ataque contra la Ciudadela, y tal y como había sido, la batalla se presentaba complicada, muy complicada. Esta vez iba a costar mucho más seguir con el plan de supervivencia de Ther’ran. Miles de cruzados lucharían para impedírselo. Debía hacer algo para remediarlo de inmediato. Por un leve momento, pensó en la huida, esconderse lejos y buscar otro método para vivir. Pero lo descartó enseguida de un plumazo; dónde había otro lugar donde existiese un poder que le permitiera sobrevivir como hasta ahora había estado haciendo. Sólo esta Ciudadela poseía ese poder, o más bien su señor.

    Otro temblor, más leve, sacudió los cimientos del edificio. Pero ni Kram ni Ther’ran aminoraron la carrera ni un ápice. A ese temblor le siguió otro, y otro, y otro más; el asunto ya no pintaba nada, pero nada bien. Por fin, alcanzaron un grueso portón de hierro, que abrieron de una patada. Rápidamente, entraron a la sala, una especie de biblioteca fúnebre, decorada con figuras tétricas y calaveras. En el centro, se hallaba una gran mesa de hierro, y a su alrededor, cuatro amenazantes caballeros de la muerte. Todos posaron sus miradas en Kram y Ther’ran en cuanto llegaron, entre impaciencia y rabia.

    -¿¡Dónde coño estaban!?- gritó el caballero de la muerte más alto, un tauren con un solo cuerno-. ¡Los enemigos del maestro a nuestras puertas y ustedes vagueando! ¡Como se entere el maestro, os…!

    -Déjalo ya Abdos, es una pérdida de tiempo discutir- le interrumpió una caballera de la muerte elfa de la noche, con una voz fría y calculadora-, y tiempo precisamente no nos queda mucho.

    -Lo sabemos, Lea, pero es crucial planear una estrategia de defensa contra estos ilusos que osan atacarnos- añadió el caballero de la muerte no-muerto con decisión.

    -No pienso pedir perdón por la tardanza-soltó Ther’ran-, así que vamos directos al tema sin demora. ¿Hay o no hay prisa, Verdus?

    Kram asintió con una risa burlona. Verdus trató de decir algo, pero calló y se limitó a mirarlos con desdén y odio. A saber que asesinos pensamientos tuvo el no-muerto en ese momentos hacia Kram y Ther’ran.

    -Nara, ¿no les vas a decir nada de nada a estos dos pazguatos?- preguntó Abdos con tono de reproche.

    Pero Nara, la cuarta caballera, humana, mantenía la vista fija en Ther’ran en absoluto silencio, hecho que incomodaba soberanamente al elfo de sangre.

    -La nueva supongo- dijo Kram refiriéndose a la humana.

    - Sí, y es más disciplinada que ustedes dos- contestó Lea-. Ha demostrado ser una digna servidora del maestro.

    -No lo dudo- añadió Ther’ran-. Kram sólo hacía una pequeña observación.

    Nara había dejado de mirarle fijamente. Ther’ran se encogió de hombros y se acercó junto a Kram a la mesa.

    -¿Qué tenemos entre manos?- preguntó al grupo.

    -Un ejército de entre mil y dos mil Cruzados Argenta más algunos centenares de aventureros y caza tesoros de poca monta- explicó Lea-. Las explosiones de antes se deben a magos ígneos que están iniciando un bombardeo preliminar previo al asalto.

    -No son demasiados- continuó explicando Verdus-, unos veinte o treinta, más o menos.

    Nuestro objetivo son ellos. Muertos retrasarán el ataque los suficientes para preparar a los ejércitos de la Ciudadela.

    -Resumiendo-concluyó Abdos-. Bajar, matar y subir. ¿Alguna duda?

    -Creo que esa explicación infantil me ha aclarado muchas cosas de la batalla y más-añadió con picardía Ther’ran.

    Abdos le gruñó, pero Lea interrumpió su protesta ante el elfo de sangre.

    -Basta, los dos. El maestro nos está observando y nos ha dejado esta crucial misión a nosotros, su unidad de élite de caballeros. Así que comportaos como servidores de la Plaga que sois, y punto.

    -Qué conmovedoras palabras, ¿no crees? –murmuró Kram a Ther’ran entre risas disimuladas.

    Una pícara sonrisa apareció en su rostro, hasta que Verdus posó su vista de no-muerto sobre ambos.

    -Caballeros, ¡en marcha!- clamó Abdos, e inmediatamente salió de la sala al trote.

    Verdus y Lea lo siguieron al instante, mientras Kram, Ther’ran y Nara se quedaron rezagados. Ni el elfo de sangre ni el orco se habían dado cuenta de que la humana se había quedado atrás de todos mientras caminaban hacia el balcón oeste, que daba a la inmensa terraza que rodeaba la Ciudadela.

    -Bueno, camarada, es la hora de repartir muerte-añadió Kram con una curiosa sonrisa de satisfacción.

    -Vaya, te encuentro emocionado hoy- comentó Ther’ran-. ¿Ya te estás imaginando sentado sobre una pila de cruzados muertos después de ganar esta batalla?

    -Por supuesto, sabes que me encanta ese momento tan divertido.

    -Yo no utilizaría esa palabra, pero…

    La aparición de improvisto de Nara enfrente de ambos interrumpió a Ther’ran. No tenía ni idea de cuando les había adelantado pero ahí estaba, delante de ellos, en silencio, como había estado desde que la vio en la sala. Aquella humana tenía un cuerpo muy delgado para ser caballero de la muerte. En verdad, costaba adivinar que era mujer, sino fuera porque si te fijabas se notaban unas femeninas curvas; en otra vida, Ther’ran habría sido un ligón en potencia, tenía un buen ojo para las mujeres, aunque ya de mucho no le interesaban. No después de acabar en aquella fortaleza de escarcha.

    En una vida normal, aquella mujer habría sido noble o chica de cabaret, pero guerrera, jamás. Pero se hallaba delante de él, portando una larga hacha rúnica, una gruesa armadura negra, clásica de los caballeros de la muerte, y una máscara de calavera que ocultaba su rostro. Ther’ran sabía que esa máscara no ocultaba nada bueno.

    -Guapa, es complicado pasar por el pasillo contigo en medio-le dijo Kram-. Mejor dicho, o te apartas tú o te aparto yo, ¿entendido? Así que mueve tu femenino culo del camino de mi amigo y del mío ahora mismo.

    -Esto no es contigo, orco entrometido-se limitó a contestar Nara, con una voz que le resultó familiar a Ther’ran, quizás demasiado.

    Kram iba a añadir algo, cabreado, pero el elfo lo detuvo. Un leve gesto de este, y el orco se tranquilizó y continuó su camino. Nara le dejó pasar, y enseguida se perdió por un recodo del pasillo.

    -¿Nos conocemos desde hace diez minutos y ya me tienes manía?- dijo Ther’ran-. Mujer, siendo caballero de la muerte deberías estar por encima de eso.

    Nara no contestó. Simplemente se llevó una mano a la cara, y se quitó suavemente la máscara, que dejó caer al suelo al acto. El rostro que vio era lo primero que había conseguido sorprender y asustar a Ther’ran en muchísimo tiempo. Cuando creía que había dejado atrás su pasado por su poder para sobrevivir, cuando todo era nada más que un juego de matar y no dejarse matar, cuando menos se lo habría esperado, incluso tras este asalto a la Ciudadela a gran escala, sus recuerdos le alcanzaron y le golpearon de lleno.

    -Imposible…-logró decir Ther’ran-. Hace demasiado tiempo que…

    -Sí es verdad que ha pasado mucho tiempo, Ther.

    ¿Tiempo dices? Demasiado tiempo había pasado desde la última vez que había visto a aquella humana, en Dalaran, la mujer que fue su primer y último amor. Era imposible que ambos hubiesen acabado en el mismo pozo de oscuridad que era aquella Ciudadela. Imposible.

  4. #14
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    Predeterminado Respuesta: [Aniversario] Concurso de Historias

    Capítulo 2: Vientos gélidos del pasado


    -Sí es verdad que ha pasado mucho tiempo, Ther.

    -¿Cómo has llegado hasta aquí, Sophie?- preguntó estupefacto el elfo-. Esto… esto es…

    -¿Imposible? Ya ves que no es así –le interrumpió Nara en seco-. Estoy aquí, y soy muy real, por si lo preguntas.

    Ther’ran se hallaba ahora en un vórtice de dudas y recuerdos. No era capaz de entender la situación que tenía frente a él. Sophie, la joven humana que creía haber enterrado entre sus recuerdos lejanos, estaba delante de sus ojos, con la mirada azul gélida de un caballero de la muerte, y el mismo rostro que había en su memoria, pero con una muesca seria y aterradora a la vez. Y aún así, no era capaz de hacerse a la idea.

    -No... no lo entiendo, tú deberías… -quiso decir el elfo.

    - ¿Lejos de este maldito lugar? ¿Muerta quizás? Sigo viva, y al servicio del mismo maestro que tú, por lo visto.

    Los recuerdos le alcanzaron la vista. Recuerdos de cuando huyó de Lunargenta, recuerdos de cuando atravesó la masacrada Lordaeron y los vastos reinos de los enanos y los humanos. Después, consiguió colarse en un zepelín en un campamento orco a Kalimdor, donde pasó muchos años, tras lo cual viajó a Rasganorte, y acabó en la ciudad flotante de Dalaran, hogar del Kirin Tor. Allí, después de mucho tiempo solo, creyendo que no existía la felicidad en este mundo, se encontró con una bella y joven aprendiz de paladín entre las calles de la ciudad de los magos. Había venido buscando ser más fuerte, la mejor paladina de todo Azeroth. Y ahí empezó todo…

    - Creo que me debes una larga explicación- dijo Ther’ran al fin.

    -Crees bien…

    El elfo seguía recordando aquellos días, los últimos felices de toda su vida. La primera vez que se habían encontrado fue el día que el elfo llegó a la ciudad. Llevaba semanas sin probar bocado en la dura travesía para llegar, y desfalleció mientras buscaba una posada. Sophie fue quien lo encontró y ayudó, aún cuando deberían ser enemigos. Ella siempre fue tan gentil y amable, siempre sonriente…

    - Jamás pensé que acabarías tú también en este lugar…

    La voz de Sophie se perdía en la confundida mente de Ther’ran, que definitivamente había empezado a rememorar aquellos tiempos cálidos y felices: se había perdido en los recuerdos que siempre intentó eliminar de su mente.
    _________________________

    Ther’ran despertó en lo que parecía ser algo blando, y muy cómodo. Llevaba durmiendo en el duro suelo desde que partió de Lunargenta, hacía ya tanto tiempo que ni era capaz de concretarlo. Por eso su cuerpo agradecía aquella cálida sensación de tranquilidad. Abrió lentamente los ojos, y pudo ver el lujoso techo de un dormitorio de algún noble, con sus murales y un enorme candelabro iluminando la estancia.

    Inmediatamente, cayó en la cuenta de que la sensación de comodidad provenía de la cama donde yacía, al mismo nivel de lujo que el resto de la estancia: mobiliario de madera tallada posiblemente a mano, un pequeño ropero de roble, y una alfombra que extraños símbolos decorados.

    Frente a la cama, tras la alfombra, se hallaba una puerta cerrada, a la derecha del elfo, una ventana con las cortinas echadas. Así no podría saber dónde se encontraba, aunque Ther’ran suponía que seguía en Dalaran; la pregunta era exactamente en qué parte de la ciudad de los magos se hallaba. Trató de recordar los sucesos previos a su despertar en aquella sala, pero eran confusos. Tan sólo deslumbraba con claridad el recuerdo de una dulce voz que le hablaba, que le decía que todo iba a ir bien; y después, oscuridad y calma, hasta ese momento.

    Estaba tan sumido en aquellos pensamientos, que al abrirse la puerta, Ther’ran se llevó un buen susto. Y al ver entrar a una joven caballero, el susto fue aún mayor. Busco a tiendas sus armas, pero no las hallaba por ningún lado; estaba empezando a desesperar.

    -Si buscas tus cosas, las he dejado en el armario de allá-dijo la joven en lengua común con una sonrisa amable señalando al armario de la estancia-. Pero no te preocupes, no te van a hacer falta aquí estarás a salvo.

    Ther’ran se la quedó mirando con incredibilidad, entre la desconfianza y el miedo; no sabía nada de aquella humana que acababa de presentarse delante de él, después de haber despertado misteriosamente ahí. Normal que no se fiara.

    Ahora que se fijaba, aquella joven era realmente hermosa para portar una armadura de caballero. Tenía unos penetrantes ojos dorados y un rojizo cabello largo sin recoger. Aparentaba los veintitantos, pero lo más preocupante y a la vez sorprendente de ella era el blasón de la Alianza que portaba. Él era sin’dorei, parte del enemigo de la Horda, aunque hacía mucho tiempo que no se interesaba ni por los asuntos de su facción, ni por los de su propia raza. Eso era asunto del lejano pasado, y ahí estaba mejor.

    -Quiero mis cosas ahora- contestó secamente Ther’ran.

    -¡Vaya! Sabía que entendías mi idioma. Sé nota que los elfos sois una raza culta-decía la joven mientras entraba del todo a la habitación y cerraba la puerta tras de sí-. Y te repito, no te hace falta defenderte, aquí nadie te va a hacer ningún tipo de daño.

    -Si al menos supiera dónde estoy, al menos podría empezar a creer en tus palabras.

    -Sigues en Dalaran, no muy lejos de donde te encontré, derrotado y sin conocimiento. Te traje a esta posada, y llevas en cama casi tres días enteros. Un viaje largo, ¿verdad?

    Dalaran. Con que seguía aún en la ciudad flotante de los magos. Después de todas las penurias que había vivido para llegar hasta allí, el elfo se alegraba de no haber despertado en un sitio menos halagüeño; como por ejemplo, en el sitio del que había conseguido escapar antes de alcanzar Dalaran: el corazón de la Plaga, la terrible Corona de Hielo. Los motivos de tal arriesgado y casi suicida viaje le revoloteaban en la cabeza, pero la joven le sacó de sus pensamientos.

    -Por cierto, no me he presentado: mi nombre es Sophie Greyclouds, aprendiz de paladín de la Vanguardia de la Alianza. Encantada de conocerte…

    -Ther’ran, viajero sin patria ni hogar- cayó unos instantes y después continuó-. Gracias…gracias por ayudarme, Sophie Greyclouds.

    -No tienes que darlas, Ther’ran, y llámame sólo Sophie- y dedicándole una amplia sonrisa le dijo-. Bienvenido a Dalaran, viajero.

    El elfo no supo nunca a ciencia cierta qué fue lo que vio en los ojos dorados de aquella joven humana, pero su destino parecía cambiar tras aquel fortuito encuentro en la ciudad de los magos. Pero, fuera lo que fuese, él le devolvió la sonrisa con sinceridad.

    _________________________


    -Argh, odio el frío de este continente- se quejó Ther’ran-. ¿No puedes hacer algo esos magos vagos del Kirin Tor para calentar su ciudad? Acabaré con una pulmonía de las fuertes por su culpa.

    -Como si no tuviesen nada mejor que hacer-le contestó entre risas Sophie-. Te recuerdo que la ciudad no flota ni se defiende sola.

    -Ya lo sé, pero, tampoco creo yo que les cueste tanto, siendo tan poderosos como para levantar una ciudad y hacer frente a la Plaga al mismo tiempo- respondió el elfo con sarcasmo.

    Ambos rieron, mientras continuaban su tranquilo paseo por las calles ya no tan concurridas de Dalaran, en aquella fría noche estrellada. Habían pasado algunos meses desde que llegó a la ciudad, y Sophie le acogiera y ayudara. Desde entonces, había permanecido allí, junto a la joven, ayudándola en lo que pudiera. Sophie se hallaba allí en misión diplomática de la Alianza con el Kirin Tor, y estaba constantemente de misiones por Rasganorte para complacer las expectativas del Consejo de Dalaran sobre la Alianza. Ther’ran le acompañaba en todos sus viajes, luchando a su lado; por primera vez en muchísimos años, había encontrado una razón para vivir en aquel mundo maldito que es Azeroth, y esa razón era Sophie. Cuándo había empezado a enamorarse de aquella humana era una pregunta sin respuesta, pero en poco tiempo, se había convertido en su única realidad.

    Aquella noche, Sophie había recibido la orden de descansar unos días, en recompensa por sus notables esfuerzos. Así que, allí estaban, paseando tranquilamente por Dalaran. Sus calles, de noche, gozaban de una peculiar belleza, una mezcla entre el cielo estrellado que adornaba el paisaje, y el juego de luces de los numerosos abalorios y cristales mágicos que decoraban la ciudad. Era un espectáculo bello y relajante a la vez.

    Ther’ran ya se había acostumbrado a aquella vida, no exenta de peligros en las misiones de Sophie, pero era feliz así. Más feliz de lo que nunca hubiera sido antes. Ni después.

    -Ther, ¿qué piensas?-preguntó de improvisto Sophie.

    -¿Qué pienso acerca de qué?

    -Acerca de tu vida. Llevo mucho pensando sobre eso- se paró frente a un banco de piedra, donde se sentó, seguido del elfo-. Me has ayudado mucho a lo largo de estos meses, y te estoy muy agradecida por todo. No sé que habría sido de mí en esta tierra hostil sin ti. Pero, ¿quieres estar por siempre? No estás atado a este lugar, y Quel’thalas está muy lejos de Dalaran- calló un segundo para continuar, como si le costase articular sus siguientes palabras-. Pronto terminarán mis misiones aquí, y mi futuro después de esto es incierto. Así que quiero saber qué vas a hacer. Es importante.

    El elfo no contestó inmediatamente. Permaneció aborto en su mente un rato, reflexionando, con la mirada perdida. Al final, comenzó a hablar, con una decisión que jamás Sophie, y posiblemente nadie antes, hubiera oído en las palabras de Ther’ran el elfo.

    -No tengo patria ni hogar. La abandoné hace mucho, y en mi lejano pasado se quedará. Nunca volveré a ver Quel’thalas, de eso estoy seguro. Desde aquel entonces, he viajado y viajado, buscando una manera de huir del horror del mundo, de sobrevivir. Hasta que llegué a Dalaran. Aquí, he conocido un nuevo futuro para mí. He luchado contra bestias, escalado picos, arriesgado mi vida mil veces en estos últimos meses, sólo para ganarme mi sitio en ese futuro feliz. No luchado por la Alianza ni la Horda, ni por gratitud ni remordimiento. Mi único y total motivo es poder ganarme mi cielo, tras las grises nubes de esta tierra baldía. Sé perfectamente que no puedo quedarme en Dalaran de por vida, pero si tengo que ir hasta las mismísimas puertas de Ventormenta, seguiré a mi esperanza cueste lo que cueste. Porque desde un principio, jamás me quedé porque me gustaran las vistas precisamente.

    -¿Dónde está ese cielo que tanto ansías, Ther?-preguntó Sophie pero como si temiera la respuesta.

    Ther’ran la miró directamente a los ojos, y con una pícara sonrisa, le contestó, casi en un susurro:

    -Tras esos preciosos ojos color esperanza.

    Una lágrima surcó el rostro de Sophie. Su trayectoria se vio interrumpida por la amplia sonrisa que la joven mostraba en su rostro. Trataba de responder, de decirle a Ther’ran lo que su corazón hacía tiempo que le gritaba al oído, pero era incapaz. Inconscientemente, ella sabía que todo ya había sido dicho.

    Siguió tratando de responder, hasta que la mano del elfo le acarició suavemente la cara, recogiendo las lágrimas de la joven; lágrimas de felicidad. Ther’ran entonces se acercó a ella, y cuando sus rostros estaban a tan solo un palmo, el elfo alcanzó el corazón de la joven con sus sentimientos más sinceros.

    -Te seguiré hasta el mismísimo fin de los tiempos, te lo prometo.

    Y sus labios se encontraron, bajo las centelleantes estrellas del hermoso cielo sobre la ciudad flotante. Por fin, Ther’ran se sentía feliz y en paz. Su largo viaje, tras tanta penuria y absoluta soledad, parecía haber valido la pena. Parecía.

    _________________________


    -¡¡¡Replegaos!!! ¡¡¡El campamento ha caído, replegaos!!!

    Los gritos del comandante argenta resonaron por toda la explanada, mientras los cadáveres de decenas de defensores caían defendiéndose de la hueste no-muerta que había salido de las horripilantes bóvedas de Corona de Hielo. Los pocos supervivientes huían desesperadamente, presos del pánico y el miedo, en dirección sur, al relativamente seguro campamento de la Vanguardia Argenta. Pero ninguno podría llegar, con vida al menos. Las huestes hacía rato que los habían cercado y rodeado, cerrándoles toda posibilidad de supervivencia; era morir luchando, o morir huyendo.

    En medio de aquella muerte y desesperación, Ther’ran esquivaba como podía los ataques de un feroz gigante esquelético. Por poco había estado a punto de perder la vida entre sus veloces ataques de maza. Su espada no parecía hacerle nada, y la maza de su adversario no-muerto sí tenía pinta de poder hacerle mucho daño hasta matarlo. Otro golpe del gigante destrozó su arma, lanzando sus restos lejos del combate.

    Y para colmo, torpemente el elfo tropezó y se abalanzó contra el frío suelo nevado. Tras él, la abominación no-muerta estaba preparando su golpe de gracia. Ther’ran no tenía tiempo ya para esquivarlo: ese era su final, su terrible final. Pero no podía aceptarlo, no iba a morir en aquel páramo de desolación. Su viejo sentimiento de supervivencia reapareció y le movió, tratando de incorporarse. Pero ya era demasiado tarde.

    El posterior sonido no fue el de la maza contra su cráneo, sino el de una espada contra el duro hueso de la abominación. Esta cayó fulminada cerca del elfo, partida en decenas de trozos quebrados, marcados por unas luces doradas, propias de la obra de un paladín. Ther’ran se levantó a prisa, para ver como alguien se le abalanzaba y lo abrazaba con fuerza. La calidez de aquel gesto lo abstrajo por un instante de la batalla, aunque los gritos de dolor y muerte lo devolvieron al momento a la cruda realidad.

    -¡Ther! ¡Por la Luz, esto es un infierno!- decía mientras seguía abrazada al elfo-. Pensé que habías…

    -Estoy bien, y gracias a ti. Saldremos de esta, ¿vale? –respondió Ther’ran-. Como siempre hemos hecho. Ni que fuera lo peor que nos ha pasado…

    La tierra empezó a temblar bajo sus pies. La batalla parecía acallarse unos instantes, instantes que parecieron eternos. La voz grave del comandante había dejado de oírse, probablemente ya no estaba vivo para poder usarla. No se oían gritos de dolor, ni ruido de espadas. Parecía como si todo hubiese enmudecido de repente. El frío suelo volvió a temblar una vez más; pero seguía sin oírse nada más que la gélida brisa de Corona de Hielo.

    Sophie rompió a llorar, y abrazó aún más fuerte a Ther’ran. El elfo tampoco pudo evitar soltar unas lágrimas, y devolvió el abrazo a la joven.

    -Es el fin, ¿verdad?- consiguió murmurar Sophie entre las lágrimas.

    Ambos sabían por qué el campo de batalla había enmudecido. Ambos sabían por qué aquel silencio devoraba aquel páramo helado rodeado de muerte. Porque eran los dos últimos combatientes que quedaban con vida contra la casi infinita hueste no-muerta que había arrasado el campamento, y matado vilmente a cada uno de sus defensores. Los únicos aún vivos eran ellos, que permanecían abrazados fuertemente, rodeados completamente por el enemigo, que avanzaba lentamente hacia ellos; tampoco es que ya tuvieran mucha prisa. El resto, si no habían muerto en la batalla, ahora eran parte del mal que juraron exterminar.

    Ninguno de aquellos destinos eran nada esperanzadores.

    La tierra tembló otra vez, en esta ocasión con mucha más fuerza y violencia, mientras los no-muertos seguían su imparable avance hacia Ther’ran y Sophie. Ya casi les habían alcanzado.

    -Pase lo que pase, quiero que sepas que has sido mi cielo esperanzador, Sophie -le susurró el elfo al oído-. Y te querré, hoy y siempre. No lo olvides.

    -No quiero terminar así-suplicó Sophie entre sollozos-. Quiero vivir, vivir lejos de aquí, en una casa campestre tranquila, y tener una familia, y vivir feliz, vivir contigo, Ther. No quiero morir, no quiero…

    -Hace tiempo que la Luz no escucha lo que queremos.

    - Te quiero, Ther.

    -Te quiero, Sophie.

    Y en ese mismo instante, el suelo bajo sus pies se derrumbó, creando un foso de donde salieron centenares de no-muertos. Lo que pasó a continuación, ocurrió como si fuese en cámara lenta. Una roca de grandes proporciones salió volando contra el elfo y la joven. Inmediatamente, este se colocó entre el proyectil y Sophie, recibiendo tal golpe que salió propulsado varios metros lejos del recién abierto foso. Ther’ran se incorporó rápidamente, sólo para ver como el amor de su vida se precipitaba contra el profundo foso, del que había parado de salir más aberraciones. El elfo no pudo hacer otra cosa más que gritar el nombre de la joven mientras trataba en vano de alcanzarla. Su mano se quedó a escasos centímetros de ella, pero no consiguió salvarla. Su figura desapareció al instante en el oscuro foso.

    Sophie había desaparecido para siempre. Ther’ran acababa de perder toda su esperanza, su felicidad y su futuro. Lo único que le quedaba era aquella hueste de muerte que le esperaba tras él. Quería llorar, gritar, tirarse al foso tras ella, pero nada de eso hizo. Se limito a ponerse de pie, desafiante. Se percató de que la espada de Sophie se hallaba frente a él, tirada sobre el frío suelo, perdida tras el derrumbe del foso. La cogió sin pensarlo.

    Lo había perdido todo, ¿o no todo? Algo clamó dentro del elfo. Un sentimiento que había olvidado desde que conoció a Sophie, y que en el combate contra el gigante esquelético resurgió en él. Su ideal de supervivencia, la fuerza que le empujó a abandonar Quel’thalas, a viajar por todo el mundo y desafiar a la mismísima muerte. Iba a sobrevivir, como siempre había hecho. No permitiría que aquellos engendros le arrebataran su existencia. Le había quitado al amor de su vida, su futuro. Ahora no le quedaba nada más que sobrevivir ahora, y siempre.

    Se lanzó a la carrera contra la hueste, espada en alto, gritando de furia, de dolor, de ira. Aquel día, Ther’ran perdió todo lo que había logrado amar en su vida, para quedar a merced de los ejércitos de la muerte. Pero no iba a morir. Porque iba a sobrevivir, por Sophie y por sí mismo. Arthas no se llevaría su alma también.

    Si alguien hubiese sobrevivido a aquella batalla, podría haber contado la historia sobre la mayor hazaña jamás vista en la Corona de Hielo. Se habría convertido en una verdadera leyenda, que hubiera acabado en boca de todos. Pero nadie sobrevivió a aquella masacre. Nadie, excepto Ther’ran.

    Porque si alguien hubiera estado para ver lo sucedido, hubiera visto como, sobre una enorme pila de huesos y calaveras, entre la vida y la muerte, el propio Arthas se le había aparecido.
    -¿Temes a la muerte, elfo?- le preguntó el Rey Exánime con su característica voz de ultratumba-. Yo te prometo la inmortalidad, a cambio de ser parte de la pesadilla que pudrirá este mundo en la Plaga y el caos. Eres fuerte, pero puedes tener aún más poder, y ser imparable. Sólo tienes que postrarte a tu nuevo maestro.

    Si alguien hubiera estado vivo ese día para ver lo sucedido, hubiera visto como Ther’ran el elfo aceptaba con una amplia sonrisa la propuesta del Rey Exánime.

    “Voy a sobrevivir… cueste lo que cueste”
    Última edición por SamBluesman; 19/07/2011 a las 00:05 Razón: Falta Ortográfica

  5. #15
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    Predeterminado Respuesta: [Aniversario] Concurso de Historias

    Capítulo 3: Caída sin Retorno


    Imposible. Sencillamente, así era. ¿Cómo era esto posible, imaginable siquiera? Pero, brutal y realmente, así estaban las cosas. La Cruzada Argenta, un fantasma del pasado… la jornada se tornaba interesante y movida.

    Pero seguía sin entrarle en la cabeza.

    -Te vi caer- logró decir Ther’ran tras un enorme silencio- . Te vi caer en el foso… es imposible…

    -Sobreviví. La Cruzada me encontró moribunda en el fondo y me rescató.

    -Eso no explica por qué estás aquí…

    -Tras salvarme, me uní a ellos, y partí a los Campos del Torneo Argenta. Me empezaron a encomendar misiones por la Corona de Hielo, cada vez más arriesgadas. En una de ellas, me emboscaron a mi grupo y a mí. Logré escapar, pero caí ante el frío gélido, y perecí.

    -Pero no moriste…

    -Me convertí en… esto…

    - Podrías haberte negado, ¿lo sabes?

    -Me uní por voluntad propia.

    Ther’ran se quedó helado ante tal afirmación. Necesitaba oír la respuesta final a todo de inmediato. No entendía nada. Nada.

    -¿Qué…? ¿Por qué?

    -Te busqué, te busqué por toda la Corona de Hielo. La Cruzada Argenta no encontró tu cadáver, y pensé… cualquiera que hubiera sido tu destino, te hallaría en este páramo helado. Necesitaba saber qué había sido de ti… lo necesitaba de veras… -hizo una pausa breve-.

    Desesperada, aceptaba cualquier misión, para poder hallarte. Y fue entonces cuando caí ante el frío y el cansancio. Pero no quería morir. Necesitaba saber. Saber tu destino. Y el Rey Exánime me brindó cumplir mi deseo. Me dijo en mis últimos momentos que sabía qué había sido de ti, y que si le servía, te encontraría. En el fondo, fue un trato justo… estás aquí, aunque no de la manera que me esperaba.

    El elfo se bloqueó inmediatamente. Sophie había viajado, sufrido, muerto y renacido al servicio de Arthas, sólo para poder saber qué le había pasado a él, un maldito sanguinario que se unió sin dudarlo al mal sólo por sobrevivir; simplemente por eso. Ella había perdido todo por él. Pero, ¿él que tenía que ofrecerle a ella por tal sacrificio? ¿Él, que había vendido su alma por puro egoísmo? Nada, absolutamente nada. Ther’ran había conseguido sobrevivir todos estos años, pero se dejó su humanidad, su corazón, detrás, en aquel páramo de hielo, junto al foso donde se vendió a la Plaga.

    -Necesito saber qué haces aquí, Ther-interrumpió Sophie a sus pensamientos.El elfo no sabía qué responder. No se le ocurría ninguna excusa, nada, salvo la dolorosa y cruel verdad. Unos gritos le devolvieron a la realidad. Era Kram, que venía corriendo desde el fondo del pasillo.

    -¡A qué coño esperas, esto no anda nada bien! ¡Corre, vamos, ambos!- le gritaba el orco con urgencia.

    El elfo dirigió una dolida mirada a Sophie, e inmediatamente siguió a Kram por el corredor a toda velocidad. Pudo oír como la humana al poco le empezó a seguir, cerca de él. Enseguida, alcanzaron la salida al balcón oeste. Entonces fue cuando pudo apreciar la verdadera magnitud del asedio.

    Miles de cruzados. Miles de armas al aire. Un enorme ariete amenazante frente al inmenso portón de la Ciudadela. Decenas de bolas de fuego volando y estrellándose contra las murallas.

    La justicia de la luz clamaba venganza, y muerte a la Plaga. Y eran bastantes como para ansiar a conseguirla. Ahora Ther’ran sí que estaba de acuerdo: la situación era extrema, de vida o muerte. Parecía ser que todo se le había echado encima el mismo nefasto día; sería una estúpida broma sin gracia del destino. O un castigo de la Luz, por haber abandonado la senda de los justos. Daba lo mismo, era hora de pasar a la acción. Murieran o triunfasen, la Cruzada Argenta iba a conocer el poder de los caballeros del Rey Exánime; iba a conocer su poder para sobrevivir. Y olvidaría el pasado con la sangre de sus asaltantes.

    -¡¡¡Preparaos, caballeros de la Ciudadela!!! ¡¡¡El Gran Lord nos está observando, y quiere las cabezas de esos magos en bandeja!!! –clamó Abdos-. Ther’ran, Kram y Nara-se giró hacia ellos, que acababan de llegar a donde estaban el resto de caballeros-, por retrasaros en nuestra importante misión, seréis los últimos en saltar al ataque. Aprended de una puñetera vez que los designios del Maestro son más importantes que cualquier estupidez que os haya retrasado. Menos mal que os necesitamos, porque sino ya estaría bajo mis aceros, muertos- se dirigió al vació que se alzaba delante de él, mientras el resto le imitaba-. ¡Muerte, mis hermanos, muerte!

    Y saltaron al unísono. Segundos después, Ther’ran, Kram y Sophie les siguieron. En otros pocos segundos, ya estaban en el suelo. La masa de cruzados se alzaba ante él, y eran tantos que la vista se perdía en yelmos y espadas. No muy lejos de ellos, pudo divisar a los magos, con sus características túnicas de Dalaran. Un cadáver paró al brusca caída de Ther’ran. Le salpicó de sangre, pero le daba lo mismo. El trabajo de un caballero de la muerte era aún más sanguinario.

    Aquel cadáver sería de una de las primeras víctimas del ataque. Habría sido sorprendido por alguno de los caballeros nada más caer. Suponía que se habría sorprendido teniendo en cuenta que había aparecido tras caer desde una altura considerable; pero eso no era nada para un servidor del Rey Exánime.

    Kram ya había empezado la matanza, porque no lo veía cerca de donde él estaba. Ese orco era demasiado impaciente y se habría lanzado a por el primer cruzado que hubiera visto. Incluso era posible que acabara por olvidar la misión de la emoción del combate que sufría siempre.

    Trató de unirse al combate, pero el cadáver le estorbaba. Tenía una pesada armadura que le impedía caminar. Miró al muerto e intentó zafarse. Lo consiguió, pero el cadáver no era de un cruzado para su terrible sorpresa. Al final, esa batalla se había tornado en un verdadero infierno.

    Porque el cadáver era del caballero de la muerte Abdos, el tauren. Horrorizado, alzó la vista hacia los cruzados. Pudo distinguir más cadáveres con armaduras negras, esparcido por el campo de batalla, tan sólo a unos metros del lugar de caída. No muy lejos, Kram trataba de acabar con dos paladines que le estaban haciendo retroceder sin dificultad. Había una pila de cruzados muertos detrás, pero el orco sangraba peligrosamente por todos lados.

    Ther’ran pudo apreciar como Kram se fijaba en él mientras luchaba, y le gritaba que huyera, le gritaba desesperado, como nunca hubiera imaginado el elfo que pudiera llegar a oír de su fiel compañero. Se lanzó en pos de ayudar al orco, pero ya era tarde. Dos espadas eran clavadas en el derrotado caballero de la muerte, mientras caía inerte al suelo, aún con la mirada puesta en su compañero, y un último “huye” en su boca.

    Todo se había venido abajo en cuestión de segundos. Todos habían caído frente a un enemigo que se acababa de mostrar más fuerte que nunca, invencible quizás. ¿Sería cierto que la hora final había llegado, y que la luz por fin tuviese suficientes manos como para apagar la llama azul del Rey Exánime? Los paladines acababan de fijarse en Ther’ran y venían a por su vida. El elfo agarró su filo, poseído por la locura, y se lanzó a su encuentro.

    Su filo oscuro voló contra el primer paladín. Cayó fulminado al acto, presa del cansancio por el combate contra Kram. Pero el segundo tenía algo más que decir. Esta agarró la espada de su compañero caído y le asestó al elfo una veloz estocada. A la vez, el filo socuro volvió a surcar el aire para acabar en el cuello del paladín.

    Ambos paladines acabaron yaciendo en el suelo. Pero Ther’ran ya no podía más. Un brillante filo le atravesaba el vientre, de lado a lado, y su sangre teñía, junto a la de los paladines. Sin fuerzas, se arrodilló, mientras soltaba su espada. La vista se le nublaba, a la vez que sentía un calor abrasador en su vientre. Aquella maldita espada estaba bendecida por la luz, y le estaba quemando las entrañas a gran velocidad y dolor. De pronto, pudo oír un bramido de ultratumba, y como miles de bestias no-muertas se abalanzaban sobre las huestes de la luz. Los refuerzos. Pero había llegado tarde, quizás a propósito.

    ¿Era su fin? Siempre había sobrevivido. Siempre, a costa de sacrificar a sus compañeros de viaje, escapando de batallas, buscando aliados cada vez más dudosos. Se empezó a perder a sí mismo, pero sobrevivía. Pero después conoció a Sophie, en Dalaran, y todo pareció cambiar.
    Parecía que un futuro feliz y esperanzador se abría ante él. Qué equivocado estaba, porque se esfumó, y acabó en las garras de Arthas. Empezó a cometer barbaries y matanzas, inhumanas y crueles, pero sobrevivió. Sobrevivió a todo lo que Azeroth le mandaba para acabar con él. Pero, ¿ahora era su verdadera hora de morir?

    No quería morir, quería sobrevivir. Quería seguir su camino, para siempre. Tenía que vivir a toda costa. Trató de levantarse, pero no le quedaban fuerzas. En ese momento, fue cuando lo vio.

    Aquel cruzado tenía la espada más brillante que había visto jamás. Brillaba como el sol, y su objetivo era hacer cenizas su vida con su destello. Estaba a tan sólo unos pasos del elfo, y no podría esquivar su arremetida. Seguía tratando de huir, de ponerse en pie y correr en dirección contraria a la batalla, a la Ciudadela y a todo. Huiría al otro extremo del mundo, y ahí sería invencible. Crearía un escondite donde vivir para siempre, para sobrevivir. Pero aquel cruzado tenía para él otros planes.

    Su hoja casi rozaba a Ther’ran. Podía notar el poder de la Luz en aquella arma, que clamaba por su alma. Le purificarían a base de acabar con la vida que tanto le había costado mantener a salvo. Quería esquivar aquel nefasto golpe de gracia, pero no podía. Quería sobrevivir tanto que las huellas de su pasado desaparecieran. Vivir tanto que hasta el Vuelo de Bronce le temiera y respetara, y convertirse en un ser inmortal. Quería, pero no podía. Porque ese filo le iba a sentenciar.

    Y fue entonces cuando entró en razón, cuando su vida pasó a través de su vista, y no era una vida en verdad. Se había obsesionado tanto con sobrevivir que no vivió, y todo lo que hizo no valió absolutamente nada. Aquella espada simbolizaba lo que se merecía. Morir de una vez por todas. Y hacerle pagar por sus terribles actos. Quizás así algo bueno dejaría en el mundo tras su marcha. Una solitaria lágrima cruzó su rostro; no se merecía más, ni siquiera de sí mismo.

    No cerró los ojos. O no podía o no quiso hacerlo, pero así observó como un filo oscuro atravesaba al cruzado a tan sólo un suspiro de él, y lo derribaba muerto al suelo. Observó cómo Sophie dejaba soltar aquel filo, y se derrumbaba ante él, llena de heridas sangrantes. Y todo en el momento más largo de la vida de Ther’ran el elfo, caballero de la muerte.

  6. #16
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    Predeterminado Respuesta: [Aniversario] Concurso de Historias

    Capítulo 4: Hay luz al final del túnel


    Sophie yacía a tan sólo unos metros de Ther’ran. Acababa de salvarle la vida una vez más, en aquel campo de batalla, cargando con las heridas que portaba. Le acababa de salvar la vida, en vano, pero, ¿por qué? ¿Por qué?

    La vista se le nublaba peligrosamente. Con sus últimas fuerzas, Ther’ran trató de acercarse a
    Sophie, pero derrotado, se derrumbó al suelo. Cuando se dio cuenta, yacía frente a frente con ella, a escasos centímetros uno del otro. El rostro de la humana se estaba apagando, y miró al elfo a duras penas. La batalla a su alrededor había perdió su total sentido para él, como si fuese un murmullo lejano y leve.

    -¿Por…qué? –logró preguntar Ther’ran con gran dificultad.

    Sophie tosió fuertemente, soltando mucha sangre. Al parecer, ambos no verían el final de aquella batalla.

    -No paras de preguntar, ¿eh?- respondió Sophie-. Por qué acabé aquí…por qué soy caballero de la muerte… ¿de verdad que aún no te has dado cuenta?

    Ther’ran, desde hacía muchísimo tiempo, dejó escapar unas lágrimas; ni siquiera sabía que los caballeros de la muerte pudieran hacer eso.

    -Lo sé… pero no me lo merezco… fui… soy un maldito traidor que huyó de su tierra, mató y se escondió, sólo para sobrevivir… sólo he querido eso. No merezco que hayas acabado aquí por eso…ni tú tampoco.

    Ther’ran cerró los ojos con fuerza. Ya no quería ver el final. Ya no quería ver la cara de Sophie mientras dejaba este mundo, todo por su culpa. Sobrevivir. Si hubiese lo pensado bien, si hubiese entrado en razón antes, nada de esto hubiera pasado, y viviría, viviría de verdad, no como llevaba haciendo años. Sobrevivir a costa de vivir no era más que vacío sin existencia. Había estado muerto en vida y ni lo había percibido. Y había arrastrado a la única mujer que amó a su mismo destino oscuro, en el más absoluto olvido.

    -Abre los ojos, Ther.

    Su cálida voz, aún en aquellos momentos, le tranquilizó, extrañamente. Hizo caso a Sophie y la miró. Para su sorpresa, ella también lloraba, pero a la vez, cosa que le sorprendió enormemente más, le sonreía de oreja a oreja, como si aquel momento fuese el momento más feliz de su vida.

    -Me da igual- dijo Sophie, casi moribunda-. Me da igual qué has sido… o qué eres. Porque…-tosió sangre de nuevo-…porque, la primera vez que te encontré, vi en tu mirada algo… tras todo ese miedo a morir… había luz… yo alcancé esa luz… y fuimos felices de verdad… pero te perdí, y caíste de nuevo en tu propia oscuridad…pero… esa luz sigue ahí… la veo ahora mismo… porque detrás de ese miedo tuyo… hay luz…-una temblorosa y fría mano acarició el rostro de Ther’ran-. No moriré en vano… porque moriré con la persona que amo…y siempre amaré… me da igual… me da…igual…porque…yo…

    Su voz se fue perdiendo, mientras su vista se apagaba. Y en aquel momento, Sophie GreyClouds había dejado Azeroth para siempre, en aquel campo de batalla helado, rodeado de muerte. La vista de Ther’ran se tornaba en oscuridad, clavada en el frío rostro de aquella humana que le había seguido hasta el fin del mundo.

    En aquel momento final, los miedos del moribundo elfo desaparecieron, en el eco de las últimas palabras de Sophie. Y Ther’ran el elfo pudo apreciar, por un breve instante, el sentido de todo, de la vida, de su muerte, de todo. Y pudo apreciar, aunque fuera tan sólo un segundo, después de tantos años sobreviviendo, muerto en vida, qué era verdaderamente vivir. Y con una sonrisa en el rostro, expiró, junto a su amada, para sumirse con a ella en la más absoluta oscuridad de la muerte.



    No mucho tiempo después, cuando los campeones de la luz salieron victoriosos de la Ciudadela de la Corona de Hielo, uno de los paladines de la Cruzada se acercó al campo de batalla a las puertas de la fortaleza caída, para honrar a los caídos en combate, como tantos compañeros. Tras un buen rato rezando por las almas de los héroes de la batalla final, el paladín reparó en dos cuerpos de armaduras negras en medio del campo helado. Cuál fue su sorpresa cuando observó que aquellos caballeros de la muerte yacían cogidos de la mano, con una sonrisa en sus labios.

  7. #17
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    Predeterminado Respuesta: [2º Aniversario] Concurso de Historias

    / Ya que decidí poner la del nigromante en el concurso de clase de prestigio les dejo esta aquí a concursar por historia, es la de un DK ^^ /

    - Levántate un vez más, Duque de Lordaeron, y sirve, a tu nuevo Rey –

    El silbido de aquel helado y cortante viento era lo único que le acompañaba. El sonido de pesadas pisadas en la nieve y el hielo pasaban desapercibidas por la tormenta. En su mente revoloteaban sombras y ecos del pasado, placidos susurros abordaban cruelmente e su cordura a la vez que le dejaban deleitarse con su vida por última vez. Aceptaba con justo aquello, no impuso resistencia alguna a las sombras que jugueteaban con su mente. Abrió sus gélidos e impíos ojos, un destello de una fantasmagórica y celeste luz los cubría. Dedico una vacía mirada hacia las tierras baldías y frías que en las que se adentraba en busca de su premio.

    Lordaeron era un reino brillante y próspero, hogar de caballeros y soldados honorables y respetuosos de toda clase y rango social. Aquel día soleado t radiante nació un niño. Un niño el cual dejaría su huella en la historia de aquella ciudad, aunque fuera pequeña en comparación con los grandes reyes y gobernantes, aquel niño estaba destinado para la grandeza, de una forma u otra. Un niño llamado Sigm Bladebane.

    Las familias hermanas y amigas se reunieron para el celebrar el cumpleaños de el niño, si bien su familia era lo que se puede denominarse noble, su casta se quedaba muy atrás comparada con la de sus semejantes. Su padre, un señor de varias tierras, era estricto con respecto a las normas educativas y morales con las que criaba a su hijo. Él fue sido criado en una casa humilde sin poder alguno como el que ahora ostentaba, todo lo que tenía, era fruto de su voluntad y fuerza, sirvió como soldado y gano algo de privilegio en el reino mas su hijo sería objeto de admiración y grandeza, por su valor y rectitud. Sería un ejemplo a seguir, debía superar a su padre.

    En cuanto a su madre, humildad, seria la palabra más adecuada para describir a aquella, la mujer que le otorgo la vida y con placer se quitaría la suya con tal de proteger a su amado retoño. Ambos padres como el niño con una piel blanca adornada por el rojo de sus mejillas en el caso de su madre y unos brillantes ojos verdes heredados de su estricto progenitor.

    El niño creció en el seno de una familia acomodada y humilde, una familia amorosa, un padre el cual le enseño sobre la vida, y un segundo padre, amigo y hermano en armas más tarde, Joshua, el cual se encargó de su adiestramiento, desde niño, tanto en estrategia y métodos de guerra como en métodos de lucha. Joshua aun no era en quien se convertiría mas tarde, en aquellos días era un simple estratega y con unos veintitantos años, quien gozaba de una salud física y mental envidiable, un intelecto superior a la media y una habilidad con las armas impresionantes, todo esto fue heredado a su protegido con el pasar de los años.

    El padre del noble niño sabía bien que la guerra no era el único arte en el que su hijo debía destacar, la lectura, la escritura, la música, la historia, las lenguas, todo aquel conocimiento seria inculcado a su hijo desde pequeño, como a todo hijo de casa noble que se diera a respetar, tenía que conocer bien el mundo en el que habitaba, debía estar preparado para toda ocasión.

    El joven Bladebane creció, de la manera en que su padre había planeado y moldeado, fuera de conocimiento de aquella especie de juego o realidad que su padre insistía en tejer a su alrededor, la cual, lentamente comenzó a volverse de un modo u otro, algo más que el amor y las esperanzas de un padre, comenzó a tornarse algo, enfermiza y manipuladora. Forjándole un destino de grandeza y poderío.

    Creció aprendiendo, creció con los valores adecuados, rectitud, honor, valor, sobriedad, humildad e incluso bastante astucia. Sus físicas no tenían nada que envidiar de su estructura moral e intelectual, el uso de la espada, su arma predilecta, era una de las cosas que ya a sus quince años manejaba con gran maestría y destreza. Su fuerte cuerpo era la prueba de los nada sencillos entrenamientos que recibía por parte de Joshua.

    - Vamos Joshua, solo una oportunidad mas, se que podre vencerte esta vez – Suplicaba el joven noble a su maestro. Joshua, soberbio por su superioridad, parecía no tener intenciones de detener al a sus ojos niño que intentaba atacarle.

    - Bien, solo una vez más- dijo en fingido cansancio de las persistentes invitaciones del joven al duelo.

    El joven noble blandió su espada de prácticas con estilo y soltura, haciendo movimientos circulares con esta para arremeter contra su maestro…

    La oscuridad era interrumpida aquella noche por la enorme y brillante luna, reflejada junto al cielo en aquel lago congelado, que servía como espejo. Camino, esta vez el silencio reinaba, sus pisadas hacían eco en el baldío lago congela sobre el cual caminaba, las pesadas botas de aquel material oscuro hacían suficiente presión como para romper la fina capa de hielo, mas aquel aura neblinosa que rodeaba su cuerpo mantenía el hielo solido a su paso. Se detuvo, por un momento, observo su reflejo, sin su casco, hizo una mueca vacía de impresión al notar la gran velocidad con la que sus rasgos faciales se habían tornado oscuros, su ahora gris cabellera ondeaba al ritmo del viento, su piel pálida y dura, su expresión fría e insensible, invencible, eterna…

    Lentamente movió sus labios, y de su garganta una gélida y maligna voz surgió, una voz que algunos segundos antes le habría helado las venas y parado el corazón, pronuncio unas simples palabras…

    - … Yo… he… vencido…- Lentamente movió su pálida cara y mirada hacia adelante dejando su fiel reflejo en paz, dirigiéndose su mirada y sus palabras contra el negro torreón del trono que se alza a lo lejos. Con algo más que ansiedad y admiración miraba la torre a la vez que su fría voz resonaba nuevamente a través del hielo.

    -… Mi rey….-

    Las nubes cubrían el cielo aquel oscuro y triste día. Las noticias de la caída de la gran ciudad de los vientos. Bajo mano de bestias inmundas y demoniacas, una horda de orcos había destruido la ciudad, los una vez enormes y fuertes muros blancos que la protegían habían caído, la reacción del pueblo fue lógica y casi inmediata, el miedo se esparcía como el olor a pan por las mañanas, el terror de una guerra.

    Sigmund contaba ya con un puesto en la guardia y el ejército de Lordaeron, esforzado soldado había ascendido de una manera vertiginosa, tanto gracias a sus habilidades de pensamiento como estratega como a arreglos internos que su padre concretaba de vez en vez, haciendo de su hijo, justo lo que él nunca fue. Como su padre había inculcado en el desde niño, Sigm no se detendría a pensarlo y defendería aquello que creía justo, defendería las vidas de aquellos que amaba y estimaba. Su padre lloro lleno de orgullo en respuesta a las palabras de Sigmund cuando este le comunico que iría a la guerra, llevando con orgullo el estandarte de su nuevo puesto como Capitán Caballero del ejército de Lordaeron. A pesar de ser Sigmund ahora su superior, ambos Joshua y Sigmund compartían una estrecha amistad. “El alumno supero al maestro” dijo Joshua aquel día en que le otorgaron el honor del puesto que llevaba. Sigmund sabía bien que Joshua deseaba aquel puesto más que nada, aun así, su reacción no había sido de ningún resentimiento, al menos eso dejaba ver su antiguo maestro quien en su interior cultivaba la semilla de un odio que más tarde desataría tortuosos males sobre el Sigmund.

    Corrían las noticias sobre la fundación de una orden de guerreros, Caballeros justos y honorables, adoctrinados por parte de un Obispo de la santa luz, en de la guerra y divinas. La creación de elites guerreros que pudieran dar a la nueva alianza el poder y valor para derrotar a las hordas demoniacas de orco viles que venían con cruel intensión matar y destruir todo lo que se pusiera en su paso. Sigmund, valiente y recto como era, no dudo en ponerse a prueba en aquellos reclutamientos, entrenamiento de guerra había llevado, adoctrinado había sido por un sacerdote que, por obra de su padre, le había inculcado fuerte y convincentemente en los valores que la doctrina sagrada de la luz predicaba mas no era practicante de la doctrina en específico como si los sacerdotes y elite de guerreros que llamaban Paladines.

    Por lastima su adoctrinamiento tendría que esperar. La guerra estallo, creando el caos y destrucción más cerca de su ciudad de lo que nadie habría predicho, en la costa sur de Lordaeron con una fuerza naval, las bestias malditas que se hacían llamar orcos comenzaban su asedio contra la ciudad, no podía dejarlos avanzar, no podía dejar que destruyeran aquello a lo que había jurado proteger con su vida, y más. Vio la enorme horda de orcos acercándose desde la costa a su ciudad, sin dudarlo tomo su armadura y espada. Marcho junto con sus hermanos en armas, a defender la patria que amaba con todo su ser.

    - ¡Hoy hermanos, lucharemos por nuestra tierra, por los que amamos, por esta nueva alianza y todo lo bueno, adelante señores, por el bien de nuestro mundo, por la luz! - Grito el santo guerrero que los guiaba contra la horda, adornado en brillante armadura plateada con detalles dorados tallados en ella, sosteniendo un enorme mazo en el aire que hacia juego perfecto con la armadura. Sigmund lo vio y siguió, la guerra estaba por comenzar. Una guerra en la que además de proteger valiente y fuerte a sus cámaras, además de destruir con su imponente espada uno a uno cientos, hasta miles de orcos, ganaría fama y prestigio que merecía como el campeón en el que se convertiría.

    -El helado paraje se había convertido en un rocoso yermo, cubierto solo por la sangre de miles de soldados asesinados de maneras crueles y salvajes, y los huesos de estos mismo que ya hacían en el suelo, congelados y destrozados, o en pie, sirviendo al rey de reyes en su indetenible monarquía. Las débiles mentes y pobres percepciones de aquellas creaturas limitaba con la muerte mental, poco podían reconocer en aquel estado de zonificación, más le volvían a ver al pasar, sus cavidades oculares ya desocupadas por sus ojos y reemplazadas por un tenue brillo celeste lo seguían mientras se internaba más y más en aquel laberinto blanco de huesos y hielo. Su mirada el sabia no era un mirada vacía, él era el nuevo campeón de su rey, merecía respeto, ser tratado como tal, no era un simple sirviente más, una calavera pútrida más, no, él era un nuevo comandante en las más poderosas de las fuerzas que aquel mundo había visto. Su padre tuvo razón, y ahora él lo sabía, el nació destinado a la grandeza.

    El sol brillaba fuerte y radiante, el calor se hacía sentir en aquel magnifico día de verano. La catedral de la Luz, adornada cada rincón con finos y majestuosos relieves y detalles hechos en oro puro, inscripciones y estatuas de la misma naturaleza, embelleciendo y contrastando con el mármol blanco y magnifica arquitectura de la misma. En ella varios sacerdotes y paladines, reunidos aquel día por el nombramiento de un nuevo compañero, un nuevo hermano y guerrero de la luz.

    - Duque Sigmund Bladebane de Lordaeron, nombrado así en honor a sus proezas en el campo de batalla durante la segunda guerra, honorable, valiente y recto caballero de Lordaeron, excelente militar tanto en el campo de batalla como de estratega, y fiel a la doctrina de la Luz, hoy, bajo el poder y el nombre de la sagrada luz, se te nombra, Caballero Paladín de la Orden de la mano de Plata, levántate ahora Paladín, como un nuevo hombre, renacido en el seno de la luz.- Con esto termino de hablar aquel obispo, dando una bendición mas dio un paso atrás.

    Lentamente levanto su cabeza hacia la brillante luz del sol que se colaba y cambiaba de su natural color a través de los majestuosos vitrales, abrió sus claros y benevolentes ojos verdes, su rostro de un tono claro parecía iluminarse con propia luz, inspirando confianza y valor a aquel le alcanzara con su mirada. De manera respetuosa saludo al sacerdote que recién lo había convertido en un sirviente de la luz, aunque ya hacía mucho que se consideraba uno. Saludo a sus nuevos hermanos en armas, de manera respetuosa, con una sonrisa y mucha sobriedad en su rostro. Podía notarse como transmitía e inspiraba paz y confianza a las personas a su alrededor

    - Enhorabuena hermano – Le felicito aquel que había sido su maestro, aun fuerte pero algo lastimado por los años que llevaba a espaldas, un gran soldado y compañero, quien con su dedicación y esfuerzo se había ganado un puesto dentro de las fuerzas que comandaba el propio príncipe.

    - Os lo agradezco Joshua, realmente os agradezco todo lo que habéis hecho por mí- Dijo sinceramente el ahora paladín. Paseo de manera pausada su mirada sobre todos los presentes aquel día en aquella iglesia, asegurándose de no olvidar dar las gracias y saludar a ninguno de los presentes, aquel era un gran día para él, al fin había alcanzado la gloria que su padre ansiaba para él, y la meta de todo noble o plebeyo, ser un Paladín, la máxima expresión de rectitud, un modelo a seguir dentro de la sociedad, el sueño de muchos de los más rectos y reconocidos caballeros. Pronto comenzó a relajarse, y sentir el bienestar y la dicha que le provocaba aquel momento, aquel lugar

    El alma de Joshua, su antiguo maestro había estado alimentando durante el pasar de los años el odio y la envidia contra su antiguo alumno, era simplemente insoportable para en viejo y amargado hombre que su alumno hubiera obtenido con relativa facilidad todo lo que él había luchado durante toda su vida, con esfuerzo y dedicación para obtener. Su corazón y su mente estaban ya podridos de corrupción y sombra el día en que el príncipe volvió su corazón contra los ciudadanos de Stralthome, aquella era su oportunidad para obtener un puesto en el futuro reinado del príncipe, aprovechar que los cobardes paladines de la Mano de Plata se negaron a escuchar el llamado de su futuro rey, sin duda, Sigmund estaba acabado, hundido en la vergüenza por desertar y desobedecer a aquel que había jurado lealtad, y el, como fiel soldado del príncipe, sería el próximo campeón, el próximo en obtener la gloria que le tocaba, era su hora y Sigmund pagaría todo lo que le había arrebatado una vez que tuviera el poder para vengarse.

    - Duque Sigmund, señor hay malas noticas – Decía el joven mensajero, pero era tarde, las noticias ya se habían esparcido por toda la ciudad.

    - Lo sé – dijo severo el Paladín mientras pagaba y despachaba al jovenzuelo. Necesitaba estar solo, aquella noticia, el príncipe, un hermano Paladín de la orden, aniquilando inocentes a diestra y siniestras, desobedeciendo a un superior, al mismísimo Uther, era un negro día para Lordaeron, para los Paladines, el corazón de Sigmund había dado un vuelvo enorme al escuchar aquellas noticias, como podía ser, la luz le había elegido como sirviente, la luz le había bendecido, acaso aquello no significaba nada, las dudas comenzaron a azotar su mente al mismo ritmo que las gotas frías caían sobre el tejado aquella oscura noche.

    -… Únete a nosotros, sirve al único rey…- Un extraño eco resonó a la vez que un grito profundo de agonía gobernó en su mente por unos momentos hasta que despertó de aquella pesadilla. Agitado y sudado, temblando del terror de aquella imagen, aquella vivida imagen que aún conservaba fresca en su mente, casas en llamas, ruinas, destrucción, muerte… personas inocentes asesinadas a sangre fría, masacradas de maneras horrorosas, la expresión plasmada en sus caras, dolor, inmenso sufrimiento reflejado en las turbias y vacías miradas de los muertos, agonía, sufrimiento, desesperación… la sangre derramada cubría todo el suelo del lugar, sus pasos hacían eco en los charcos, las gotas de la misma sangre que cubría sus pies caían desde aquella espada que llevaba en mano, había sido él y no otro quien había asesinado, masacrado a todos aquellos.

    Se levantó de su cama tras la horrorosa pesadilla y rezo, rezo a la luz durante horas, durante toda la noche en busca de algo de paz, paz que se había marchado de su mente, cuerpo y alma desde aquel día en que la orden fue disuelta por el mismísimo príncipe Arthas. Aquel día en que, desobedeciendo las ordenes de Uther el príncipe había partido a continente helado en busca del culpable de las desgracias que la plaga había ocasionado en los reinos humanos. Tiempo había pasado ya desde que el príncipe marcho junto a sus leales soldados, Sigmund estaba al tanto de que su viejo maestro había ido junto a él, esto le causaba otra preocupación, el hombre ya no era tan joven y dudaba que fuera a sobrevivir a tan inmensa travesía.

    - He vuelto mi señor – decía el sirviente del Sigmund – El príncipe ha vuelto –

    - Al fin buenas noticias – Exclamo con alegría el Paladín, al fin podría saber el paradero e su maestro, al fin podría redimirse de sus acciones el joven príncipe y reorganizar la mano de plata, todo volvería a ser como antes había sido o mejor, su corazón estaba lleno de alegría, por una vez en meses, su aura nuevamente irradiaba aquella paz, mas esta alegría no duro mucho. Su exclamación se vio opacada por la cara de terror que recién notaba en su mensajero y siervo.

    - Que pasa hombre, habla – le ordeno con prisa el paladín temiendo lo peor, aunque sin duda, aquello a lo que temía no se acercaba en lo más mínimo a la verdad que recibiría de la boca de aquel hombre. Arthas y sus hombres, renegaron de todo bien y bondad que el reino entero les tenia, como había pasado aquello, Arthas había pasado de ser la esperanza de su pueblo, la luz de la mano de plata. A un asesino y usurpador, un hombre sin ningún honor, que clase de mal era aquel que acechaba en las blancas planicies de Rasganorte. Las dudas eran lo que ahora plagaba la mente de Sigmund, la confusión era lo único que aun salvaba su mente de hundirse en la sed de venganza. Pero era pronto para una venganza, debía sacar a sus ancianos padres de la ciudad, enviarlos al reino de Ventormenta, si, allí quizá estarían a salvo de todo ese caos.

    La noche era fría, todas las eran desde aquel fatídico día en que el Rey Teneras fue ultimado por la mano de su propia sangre, desagradecido y maldito hombre aquel que asesina a su padre por la ansias de poder y locura que esta misma causa. La gotas heladas de lluvia no cesaban de caer desde entonces, el clima se había tornado para hacer juego con el alma y los corazones de los pobladores de Lordaeron, gris y opacos, él una vez amado príncipe se había convertido en una monstruosidad, su benevolencia había desaparecido junto a cada vestigio moral de humanidad, Sigmund estaba muy al pendiente de esto, pues su pesadillas solo se habían tornado peor. Su blanco rostro ahora adornado por ojeras opacas alrededor de sus ojos, los cuales de antaño brillaban verdes, no eran ahora más que una mirada vacía que apenas distinguía la belleza que estos guardaba en un pasado no muy lejano. Lo único que el Paladín transmitía ahora era perturbación, su rostro permanecía siempre oculto tras el yelmo para evitar el miedo y desanimo en las filas que comandaba, más en su corazón, el odio y la tristeza crecían con vertiginosa velocidad.

    Lentamente y bajo aquella lluvia, caminaba, en guardia por los recientes ataques del príncipe a la ciudad, iba a buscar a sus padres, a sacarlos de allí, los ancianos no tenían por qué sufrir el mismo destino que él estaba sufriendo, el pobre Paladín estaba muriendo por dentro. Se acercó a la puerta de la no muy modesta casa que el mismo había hecho construir para agradecer a sus padres por todo lo que una vez le dieron y enseñaron.

    La puerta está entre abierta, las luces apagadas, el aire se sentía frio e inerte. Apenas se acercó a la casa temió por la muerte de sus padres. Ni todas las guerras ni todo el entrenamiento como paladín podrían haberlo preparado para aquella imagen.

    Al entrar a la casa, fue su padre el que lo recibió, o al menos parte de él. La cabeza cercenada rodo a sus pies, sus ojos inertes miraron a los de su hijo, mientras reflejaban las lágrimas y el dolor que estos expedían. Miro hacia el interior de su hogar y lo vio, el cuerpo de su padre cortado en tres partes más, las paredes una vez azules y doradas de su hogar ahora lucían un hermosos color carmesí, este dominaba el piso de madera también, manchaba las cortinas de seda azul y las paredes de piedra. Siguió adentrand0ose en aquella casa que alguna vez pudo haber llamado hogar y ahora no era más que un recuerdo, un laberinto de pena, dolor y odio. Con forme se adentraba más en la casa maldita le costaba más respirar, la furia le comenzaba a cegar, mas al encontrar el cadáver andante de su madre, fue la tristeza lo que lo domino, en las manos de aquella aberración que era ahora su madre sostenía la mano arrancada a la fuerza de su padre, en ese momento comprendió toda la escena todo lo que había sucedido. Y sabía lo que tenía que hacer… y lo hizo.

    Miro las escaleras que tenía delante, hechas de hielo y un metal oscuro, como toda aquella ciudadela congela en la que había entrado. Miro hacia atrás un momento, recordando todo el camino que había recorrido. Recordando el hielo y la nieve que se había movido a su caminar, como el viento no le impedía el paso ahora, como el peso de la armadura se había vuelto insignificante, como sus músculos ya no sentían el frio, como su corazón se había congelado en el tiempo y sus emociones habían perecido en favor de su poder y fuerza. Sentía la supremacía impía, aquella sensación de poder absoluto era magnifica, aquel sentimiento de servir al poder de poderes, al rey de reyes, al señor de la muerte y ahora, tan cerca de él, podía sentir como su mente se unía a la suya, como la voz de su maestro entraba en su mente y le entregaba poder y fuerza, estaba cerca de su destino, la grandeza le esperaba, lo había demostrado hace poco. Dio el primer paso, los escalones resonaron. Avanzo una vez más, pronto, su poder estaría completo.

    El barco había encallado en un trozo enorme de hielo, la mayoría de hombres habían muerto en las congeladas aguas del norte. Odiados en Lordaeron por su propio pueblo, por el pueblo que habían jurado proteger, pero aquello no importaba, ellos eran paladines, y tomarían venganza de aquel traidor, esto no iba a quedar así. Sigmund se había reunido con algunos paladines, aquellos que tenían fuerzas armadas bajo su mando, muchos habían decidido que debían partir al norte, debían buscar a Arthas y matarle de una vez por todas, debían acabar aquello. Los barcos se separaron, muchos se perdieron, quedo solo junto a otros dos paladines y unos doscientos hombres más en la llega habían muerto al menos la mitad, solo un barco había llegado a la costa y ahora eran unas cuantas docenas de hombres y los tres paladines que se disponían a darle caza a Arthas.

    - Señores, avanzaremos, con la luz de nuestro lado, nada se interpondrá en nuestro camino –

    No sabían que tan equivocados estaban pensando aquello. Las semanas pasaban mientras ellos se abrían paso a través de la espesa nieve y tormentas que caían en aquel continente de hielo y sombras.

    Sigmund mantenía el silencio la mayor parte del tiempo. En su mente aún estaba impregnada la sangre de sus padres. La horrorosa mirada de su mutilado padre, pensaba en cómo se habría sentido aquel pobre anciano al ser devorado por su mujer. EL dolor y la culpa se apoderaban de él aunque sabía que había hecho lo correcto, había dado paz a su madre, todo hijo lo habría hecho… o no. Quizá aquel no era el camino correcto, quizá debían seguir a su rey, quizá, quizá las dudas que tenía no eran suyas. Lentamente se había dado cuenta que aquellas voces en sus pesadillas no eran su imaginación, no después de que acrecentaran al acercarse más y más a aquel continente. Más pudo su miedo a ser rechazado y tachado de loco por sus compañeros que el miedo a la misma voz, a lo que esta hablaba y pedía, a las dudas que ponía en su mente, dudas que lentamente se convertían en su realidad, en su verdad y credo.

    “Ya es muy tarde para decirles” pensaba aquella noche en la que lo último de su cordura desvaneció junto a la tormenta de nieve que les azotaba.

    - Paladines de la luz, yo soy su muerte, soy el caballero de mi rey, salid y pelead contra mi.-

    Aquella fría y fantasmagórica voz recorrió las venas de Sigmund, sintió un escalofrió terrible, no tanto por las palabras que escuchaba, sino porque reconoció al dueño de aquella maldita garganta. Salió, aunque realmente no quería tener que enfrentar aquella imagen salió de su refugio y lo vio, directamente frente a él, sosteniendo una delgada y brillante espada, del estilo que aquel hombre prefería, del estilo que su maestro Joshua siempre usaba, lo miro a los ojos, pero no los pudo distinguir a través de aquella mirada gélida y aquel brillo azul que recubría sus ojos.

    - Al fin, Sigmund, el rey me dijo que tendría esta oportunidad, mi venganza será pronta, te causare tanto dolor, como el que me causaste a mí – Dijo Joshua mientras blandía su espada con una cínica y tétrica sonrisa.

    - Nos has traicionado, igual que tu sucio rey Joshua, como has podido, siempre te ayude cuando lo necesitaste, siempre fuiste mi maestro, nunca te falto nada – Respondió Sigmund a la vez que tomaba posición con su maza, de plata pura y detalles dorados, una tenue luz respondía a ella aun ante el llamado de Sigmund.

    ¡Nada! ¡Nada dices!, qué hay de todo lo que me robaste, todos mis sueños, todas mis oportunidades que robaste una a una sin yo poder hacer nada, que hay de toda mi vida y todo mi destino usurpado por ti, un niño mimado, hoy, me pagaras todo eso Sigmund, con tu alma –

    El caballero maldito arremetió directamente contra Sigmund dejando a los acólitos y no muertos matar y luchar contra el resto. El espadachín era fuerte y rápido, tomo a Sigmund por sorpresa por un momento, lo recordó de joven jovial ya feliz, luchando contra el cómo cuando era niño, como cuando le quería, como cuando fueron amigos, maestro y alumno ahora rivales, Sigmund se llenó de odio, odio por la traición, la tenue luz de su maza apago, más su fuerza no decreció, la fuera corría por sus venas cual rio de lava, calentando sus músculos, hirviendo su sangre golpeaba contra el caballero maldito, este sin tener como defenderse ante tal ataque, solo podía resistir, mazazos tras mazazo. Sigmund sentía como el odio nublaba su cordura, como aumentaba su fuerza, sentía el ardor de la venganza, aquello era esquicito, su corazón palpitaba como un volcán en su pecho.

    - Por tu tracción, te condeno, en nombre de la luz – Dijo el paladín con la poca cordura que le quedaba.

    - El Rey jamás deja morir a sus leales caballe...- De un mazazo destrozo por completo su cráneo, dejando nada más un cuerpo intacto y un charco de sangre helada y sesos en la nieve.

    -… Toma la espada… -

    Ya no había resistencia, la tomo.

    Miro a sus compañeros luchando contra los endemoniado no muertos, la mayoría de hombres había muerto, se acercó con la espada en sus manos, uno a uno los elimino, vivos y muertos por igual, todos merecían ser destruidos, ahora era el, el único que tendría el poder, su mirada perdida entre la sangre y la batalla, sus ojos vacíos y su alama rasgada por el odio y la venganza, su piel palidecía segundo a segundo. Observo a su compañero, un paladín de ojos del color de las avellanas, lo observo por medio segundo y de un tajo separo la cabeza del cuerpo, dejando que lo bañara el cálido liquido carmesí, sin detenerse pero esta vez con un estoque, a travesó a un no muerto junto a su combatiente, el otro paladín que lo acompañaba, una vez muertos esto, el resto se detuvo, los no muertos habían asesinado a todo lo vivo, pero no lo tocaban, no se movían frente a él, el ya no era una amenaza, era su nuevo aliado.

    Exhausto callo a la nieve, soltando la espada que se desvanecía en partículas de nieve, de rodillas callo, luego se tumbó de cara al frio…

    - Levántate un vez más, Duque de Lordaeron, y sirve, a tu nuevo Rey -

    El silbido de aquel helado y cortante viento era lo único que le acompañaba. El sonido de pesadas pisadas en la nieve y el hielo pasaban desapercibidas por la tormenta. En su mente revoloteaban sombras y ecos del pasado, placidos susurros abordaban cruelmente e su cordura a la vez que le dejaban deleitarse con su vida por última vez. Aceptaba con justo aquello, no impuso resistencia alguna a las sombras que jugueteaban con su mente. Abrió sus gélidos e impíos ojos, un destello de una fantasmagórica y celeste luz los cubría. Dedico una vacía mirada hacia las tierras baldías y frías que en las que se adentraba en busca de su premio.

    Y ya estaba allí, frente a la gran puerta que le abriría la puerta hacia su nuevo rey, hacia la vida eterna y el poder infinito, con sus manos cubiertas por los gruesos guantes de cuero empujo la puerta. Esta rechino ante el movimiento. Lentamente se adentró en la oscuridad de aquel lugar. Las puertas se cerraron haciendo un gran estruendo.


    …. Horda y alianza…. La mano de Tyr... Ébano… Traición… Capilla de luz….

    … El cementerio…. Mátenlos, mátenlos a todos…. Kel’thuzad… Naxxramas ha caído…

    …Despierta mi caballero de la muerte, despierta y trae agonía y desesperación a este mundo………

    Lentamente abrió los ojos dejando el letargo para obedecer a su rey y maestro. Sabía lo que el rey quería, quería muerte, que la desesperación y el miedo se apoderaran de los reinos del mundo, que la muerte dominara los continentes enteros, que se acabaran todos los reinados y dominios que todos estuvieran bajo su mando y control, bajo el control de único capaz de dominarlos a todos.

    - A su mando estoy, mi señor – Sus ojos brillaron celestes, a la vez que tomaba la enorme espada rúnica que le había sido confiada, su armadura era oscura como la noche, decorada con muerte y sangre de sus enemigos, rodeado de una espesa niebla sobre natural, dio su primer paso después de tanto tiempo, el sonido retumbo en la helada caverna, había llegado la hora de su despertar, bajo el nombre y título de Caballero de la Muerte Sigmund Bladebane




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