Inga Nordknyttneve.
Puño del Norte.
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Sobre los fiordos, cerca de la fortaleza de Utgarde.
-Os amo, Inga.
Esas tres palabras y la mujer parpadeó, perpleja.
Aflojó su presa. Sus puños aun apretados, agarraban con fuerza su maza de dos manos, pero ya no mantenían el mango contra el cuello de Alb. Descendieron despacio. Demasiado sorprendida con tal revelación, solo podía observar el rostro del hombre.
Ancha mandíbula, frente despejada, fuerte mentón bajo la barba rubia. Y unos ojos aguamarina, que sonreían mas que su propia boca, grande y franca.
-Os amo.
Inga levantó una ceja, ladeó la cabeza y bajó completamente la guardia.
Alb dio entonces un paso adelante, su pierna derecha entre las de la mujer. Su rodilla golpeó de costado y de forma descendente en la derecha de ella, al mismo tiempo que agarró el mango de la maza, girándolo, obligando a la mujer a apoyar todo su peso en la pierna que él le había obligado a flexionar. Las enormes manos del Vrykul no tuvieron ningún problema en inclinar la maza algo mas hacia delante, cuando sus dedos rozaron las muñecas de Inga, como si su solo contacto hubiera puesto nerviosa a la mujer. Su cuerpo ayudó, empujándola. Y ella acabó cayendo boca arriba al suelo.
Esta vez era el hombre el que la tenía sometida, con el mango del hacha sobre el cuello, sin apretar, pero inmovilizándola. Hacía solo escasos minutos que él se había encontrado desarmado, con la espalda contra el muro de madera de una cabaña. Eso fue justo antes de decir aquellas palabras.
Inga apretó los dientes en el suelo, cabreada, mas consigo misma que con el hombre.
-Oh, que treta más sucia... retorcido y traicionero como un jormungar...
-Pero útil. Os derroté. Y tampoco es una mentira. Yo...
Ella le miró fijamente, los ojos de Inga se mostraron dulces. Bajó las pestañas, en un gesto casi coqueto, ocultando el verdadero fuego y la rabia que arañaba tras ellos. Consiguió modular su voz, dándole un tono suave y meloso.
-¿Si, Alb... hijo de Gerebold?
-Yo... os amo de verdad.
Rothenb Nordknyttneve, unos metros mas allá, escuchaba las palabras. Y lanzó una patada al esclavo que le escanciaba hidromiel, mandando tinaja y hombre por los suelos. Se levantó y miró al grupo de jóvenes, que aprovechando las pocas luces de unos días cada vez mas cortos practicaban con sus armas, junto a su hija, Inga.
Su esposa, callada como siempre, solo tocó a su esposo en el codo. Sin palabras, no las necesita, le dijo que le dejara hacer a la joven.
-¿Me amáis? ¿Es eso cierto? ¿Qué haríais por mí?
-Por vos... Inga. Pararía el movimiento de las luces del cielo y las ataría para vos en... UNG.
Alb no pudo seguir su discurso, pues Inga levantó su rodilla con fuerza golpeándole en la entrepierna. El hombre arqueó su cuerpo hacia delante, agarrándose la parte dolorida y ella salió sin problemas de debajo de su cuerpo. Otra patada en las costillas y el joven cayó rodando por la ladera, mientras ella le increpaba desde arriba levantando su maza.
-¡¡Pues empezar a trenzar la cuerda que las ate!! ¡¡Y cuando las tengáis todas atrapadas traérmelas en una caja!! ¡¡Será una buena dote!!
El padre se sentó de nuevo, orgulloso y tranquilo, mientras los jóvenes reían a carcajadas. La mayoría bajaron la colina a ayudar a Alb, dejando a Inga sola arriba, aun amenazadora. Aun acariciando la pulida superficie de la maza.
La última en abandonar su lado fue Racha, su prima, que le dedicó una mirada de desdén.
-Si yo fuera tú... Me habría dejado ganar por él. Deberías mostrarte más femenina. A los hombres no les gusta que las mujeres sean tan...
-Cierra la boca y vete a encerrarte con tu madre en la cocina. Haz platos para él hasta que reviente, si es lo que quieres. Quédatelo, para ti. Te lo regalo.
Desde abajo, ya mas recuperado y en pie, Alb miró hacia arriba y sonrió, mientras uno de sus amigos palmeaba su espalda. La Vrykul seguía practicando movimientos con su maza, ajena a sus miradas. Brutal, directa y sincera como un puñetazo a la mandíbula. El joven acarició su mentón, cubierto de barba, donde un golpe de ella aun le martilleaba. Lo acariciaba como el que recorre sus labios con los dedos tras un beso, como queriéndolo recordar.
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Inga había sido enviada a su cuarto, en el piso superior. Sabía perfectamente porque estaba allí. Iban a hablar de ella. Su curiosidad fue rápidamente satisfecha por las altas voces de su padre y los invitados. No oía a su madre. Pero eso no le extrañaba. No recordaba haberla oído hablar mas que en dos ocasiones y fue para darle la razón a su marido. Como una sombra de su esposo... Ella jamás sería así. Aunque la verdad... es que siempre había obedecido a su padre.
-No está bien escuchar las conversaciones ajenas.
Dijo una esclava mientras terminaba un elaborado peinado con trenzas. Las sujetó con horquillas a la cabeza, formando algo parecido a una corona. Inga se miró en el espejo de bronce bruñido, que le mostraba una imagen algo distorsionada de sí misma. Poco amiga de estos, no le gustaba el reflejo que como una hermana dorada y burlona repetía sus gestos y movimientos.
No eran sus rasgos, bajo su cabello castaño claro los de una niña, ni los de la feminidad más absoluta. Ya pasada la veintena, sus rasgos, más andróginos, huían de cualquier cosmético o maquillaje, salvo la pintura de ojos. Una vez, mucho más joven, se pintó tanto los ojos que una esclava le dijo que parecían mas pinturas de guerra que el maquillaje para atraer a un hombre. Y eso le encantó.
-Tengo oídos y los utilizo. Y quítame esto. Parezco mi madre.
Inga no esperó a que la criada empezara a quitar las horquillas, ya que esta se quedó paralizada sin saber que hacer. Así que la Vrykul se soltó ella misma las trenzas del recogido, quedando éstas libres sobre sus hombros y cayendo por su espalda. La Inga dorada parecía sonreír, aunque no podía saber si era por burla o aprobación.
Se levantó y desoyendo las protestas de la esclava fue directamente a la parte de arriba de las escaleras. Desde allí oirá mejor y ellos apenas podían verla por la penumbra.
-Sabéis que mi hijo sabría tratar con ella y su carácter. No es lo que digamos una mujer fácil.
La madre de Alb golpeó con un fuerte codazo las costillas de su marido, que acaba de soltar tan afirmación. El joven sentado al otro lado de la habitación se tapaba la cara con una mano aguantando la risa, mientras su progenitor trataba de recuperar el aire. Ante la pausa de su marido, ella continuó la conversación.
-Mi marido trata de decir mas bien... que mi hijo la comprende y puede hacerla feliz. Sabe lo que ella es y lo que busca. No la apartaría de sus armas para convertirla en una criatura atrapada junto al fuego del hogar. Mi hijo sabe que eso la consumiría.
Inga se quedó callada en el piso superior. Las palabras de la madre de Alb eran ciertas. Parecía conocerla. Ella sabía que de todos los jóvenes a metros del lago Cauldros, él era de los pocos que la llevaba a montar en su dragón para asetear presas juntos desde los cielos... El resto, creían que la harían feliz con un vestido nuevo, hecho por esclavas.
-No, lo siento. No voy a entregar la mano de mi hija a tu hijo, Gerebold. Por que ya está destinada a otro hombre más poderoso y que traerá mas gloria sobre mi familia.
Inga se inclinó sobre la barandilla, sorprendida y consiguió ver mejor a los que se reunían en la sala. Su gesto de asombro se repetía en la cara de la familia de Alb.
-¿Más poderoso? Nuestra familia tiene mas victorias a nuestras espaldas. Las mejores forjas y más esclavos que...
-No hablo de quien tiene mas esclavos. ¿Quién no los tiene? Ningún Vrykul que se respete a si mismo se rebajaría a realizar trabajos manuales... No, yo hablo de otro tipo de poder. Ya está escrito y organizado el destino de mi hija y no hay mas que hablar. Ya tiene dueño.
Alb se levantó. Tenía muy claro que el “No hay mas que hablar” significaba entre su gente “Hasta que le destroces en combate” o “Hasta que traigas mas gloria que él a tu casa”, así que no se amedrentó.
-Su nombre.
El padre de Inga le miró sonriente. El joven repitió, mas alto.
-SU NOMBRE.
-El Dios de la Guerra.
Hubo un silencio helado antes de que Rothenb siguiera hablando.
-Inga se convertirá en una de sus Valkyr, cuando esté lista. Ya está hablado.
Por primera en toda su vida, la joven vio la cara de Alb llenarse de miedo. Nunca le había visto así. Jamás, por muy peligroso o terrible que se hubiera tornado todo en alguna incursión a alguna aldea vecina... O incluso cuando aquella serpiente de mar estuvo a punto de destrozar la embarcación en la que ambos fueron una vez... Nunca le había visto de esa forma. Los ojos desorbitados, la boca entreabierta. ¿Miedo? Jamás habría soñado con ver esa emoción en los ojos del joven.
-No... ella no.
Y entonces comprendió Inga. No temía por él. La muerte no era para Alb mas que un paso. Habría retado a cualquier criatura por ella, aun a sabiendas de que sería destrozado sin posibilidades. Alb temía por ella y eso Inga no lo entendía.
-¿Ella no? ¿Qué mayor honor hay que ser una de sus siervas? ¿Una de sus más cercanas servidoras? El Dios de la Muerte despertará al Rey Ymiron. Su poder es inmenso. Sus enemigos se arrodillan ante Él y lloran como niñas cuando saben que sus huestes se acercan a sus reinos. Convierte los muertos en sus seguidores... Y ella estará junto a él. A su lado, mientras el gobierna el mundo.
-¿Que puedes esperar de una familia que se vanagloria de tener raíces en Valkyrion?
Dijo Gerebold encogiéndose de hombros y dando el tema por zanjado. No hizo así su hijo.
Alb dio un paso hacia delante, como si desafiara a Rothenb. Pero no dijo ninguna palabra. No hizo falta. Sus ojos enviaron un claro mensaje, antes de abandonar la estancia dando un portazo.
YA LO VEREMOS.
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Las semanas pasaron, mientras Inga escuchaba paciente las explicaciones de su padre sobre el Señor de los Muertos, sobre su poder. Sobre las Valkyr y su poder. Aleccionándola, convenciéndola. Y entrenándola en combate, como había hecho desde que era una cría.
Fortaleciéndola aun más.
Su madre, empezó a hablar con ella. Aunque no fueron palabras de apoyo o la simple presencia maternal que sirve para tranquilizar.
No, sus palabras solo hablaban de runas, símbolos e imágenes. Colocación y lectura, visiones y trances. Una y otra vez, como un mantra, recordaba a su hija cada nombre y significado, mostrándolo ante ella, dibujándolo en cuero o madera. La magia rúnica que corría como agua por las venas de su madre trataba de abrirse paso a través de sus labios. Ya antes había intentado convertirla o adiestrarla, pero la falta de paciencia de la madre y los gustos de la chica lo habían dejado en meros juegos para Inga. Un ligero aprendizaje, tan sutil que apenas había rozado la superficie.
Inga prefería el tangible tacto del metal en sus manos, que las palabras que el viento susurra en unas runas que cambian o se trasforman... Y cuyo significado era voluble como el viento, siempre dependiendo de cómo sus hermanos se colocaban junto a ellas.
Pero ahora que su destino estaba sellado, ella trataba de aprender. Cuanto más pudiera ofrecerle a su nuevo... “esposo”, antes la aceptaría y en mejor consideración la tendría. Ella sabía que no era realmente un matrimonio lo que tenía delante y por un lado, no le importaba mucho. Al fin de al cabo...
¿No era el mejor destino que podía esperarle?
¿Ser una doncella guerrera?
Eso es lo que le había repetido su padre una y otra vez.
Si Alb tanto la quería comprendería que aquel era el mejor lugar para ella. Las escaramuzas y pequeñas batallas contra bestias y otros pueblos no iban a ser nada comparadas con el arrasar reinos enteros llenos de débiles y llorosos seres inferiores.
Pero no... Alb no lo entendió. De hecho, dos días después de la conversación con Rothenb, desapareció. Con sus armas, su montura y... tres amigos que le siguieron. Fueron tachados de cobardes, de traidores y sus familias vieron ultrajados sus apellidos, con vergüenza.
¿Retaban al Dios de la Muerte?
No.
Como se vio una noche, varias semanas después, les movía un objetivo bastante mas prosaico.
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Una noche, entre los ladridos de perros y el rugir de los pequeños dragones que los más poderosos usaban de montura, las puertas de la casa de Inga se abrieron de par en par, dejando entrar la tormenta y al padre de la joven manchado con sangre propia y ajena, seguido de varios hombres en similar estado.
Inga y su madre corrieron a auxiliarle, hasta que este levantó una mano y les ordenó recoger lo esencial y prepararse para partir.
Alb y sus amigos, habían estado acechando la casa de Inga para llevársela de allí y evitar que la convirtieran en un Valkyr. O al menos, eso era lo que planeaban hacer, antes de haber sido descubiertos, atacados y haber tenido que huir de allí. Al menos, tres de ellos. Uno de los amigos de Alb, Byorn, había muerto en la emboscada tendida por Rothenb y sus hombres.
En vano explicó Inga que ella le debía lealtad a su familia y a la palabra de su padre, que no sentía nada por Alb y que jamás deshonraría así a los suyos. Que en caso de ser secuestrada por el joven y sus amigos, nada de lo que le hicieran o dijeran le podía hacer cambiar de parecer y escaparía y regresaría con los suyos.
Su padre negó. Había un plazo marcado y lo seguiría.
Rothenb les obligó a recoger todo y se llevó a su mujer y a su hija al norte.
Mas cerca del Rey de los Muertos.
Mas cerca de su Dios.
Mas cerca del destino de la joven.
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No estás preparada... No estás preparada... Inga entrenaba duro todos los días, cada vez mas al norte. Casas y poblados en los que apenas pasaban unos días, como acuciados por la caza de Alb.
Aunque este hacía tiempo que había perdido su pista...
Cada vez mas cerca del día y el lugar del ritual que la convertiría en una Valkyr. Su padre atrasaba ese día pese a su palabra dada, en la creencia de que cuanto más poderosa se mostrara su hija, mas complacido estaría el Dios de los Muertos.
En combate ya era temible, pero como en todo, siempre se puede mejorar. Y en cuestión de runas seguía teniendo problemas. Solo había conseguido alguna leve curación y en cuanto a las lecturas o sellos...
Seguía sin ser capaz de verlos con claridad, cosa que desesperaba a su madre, que tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no insultarla.
Era capaz de lograr que estos le hablaran, se colocaran perfectamente como emisores dispuestos a desvelar sus secretos, mas ella parecía incapaz de centrarse y concentrarse en lo que le decían. Sabía sus significados pero siempre parecía dispersa y se perdía parte del mensaje.
Y cuando su padre la llamaba para entrenar ella dejaba a su madre empantanada. Acabó aceptando... que era debido a los nervios por su pronto futuro. Y que una vez fuera una Valkyr, todo cobraría sentido ante sus ojos.
La verdad es que Inga no se centraba, porque precisamente, aunque ansiaba ese destino, no sabía que iba a encontrarse. No era miedo, era la incertidumbre de estar dando el paso adecuado.
Y cada día viajaban mas al norte. Parándose en otras poblaciones aliadas, escuchando las buenas noticias de los avances del Rey de los Muertos y sus seguidores... y también las derrotas.
La caída del Rey Ymiron y su esposa a manos de los invasores... La perdida de Utgarde, llegó a sus oídos. Aquello solo alentó a Rothenb en su creencia de que había sido un acierto partir hacia el norte. Pues algunos Vrykuls, escasos en numero, también habían desertado o incluso se habían unido a las tropas invasoras. Inga veía en ellos cobardes que se cambiaban de bando cuando las cosas se ponían complicadas.
Había visto de todas formas el poder del Dios de la Muerte y no entendía esos miedos. Daba igual cuantos seguidores de su dios cayeran, pues los ejércitos de su señor de surtían de los cadáveres de los caídos. Y ese incesante goteo de cuerpos hacía crecer sus filas cada día más.
¿Por que luchar, si la derrota era próxima y clara?
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-Mira, hija mía. ¿Los ves?
El pequeño dragón sobrevolaba las tropas del Rey Exánime. No era el único. Mas Vrykuls a lomos de sus monturas sobrevolaban aquello, como intentando infundir miedo en los extranjeros. Sus graznidos mezclándose con el crujir de los huesos y el chocar de los metales. Las pieles de los otros Vrykuls eran blancas casi azuladas y sus mujeres eran consideradas mas dignas de ser convertidas en Valkyr. De hecho, lo eran en cuanto aceptaban tal regalo. Pero su padre le había repetido varias veces que otras Vrykul de otras localizaciones también habían aceptado el regalo del Dios de los Muertos. Que ella no iba a ser la única ni la excepción, ni mucho menos.
Su hija miró hacia abajo, mientras su padre sobrevolaba abominaciones, gigantes de hielo y bestias no muertas. Pero su vista iba mas allá del muro.
Ella miraba a la muchedumbre que se había unido para luchar contra su Dios de la Muerte.
Pequeños, débiles, cobardes, peleles, desorganizados... Así los había descrito su padre una y otra vez. Pero aquellos pequeños peleles habían destrozado al Rey Ymiron y a su consorte, Angerboda.
Aquellos peleles, pese a sus constantes y constantes guerras entre ellos habían sido capaces de organizar una tregua o algo parecido y ahora combatían unidos contra su enemigo.
Aquellos pequeños, débiles y frágiles seres... avanzaban pese al frío, pese a las diferencias, pese al miedo, pues para ellos nada había tras la muerte mas que servir a aquel contra el que luchaban.
Había algo mas en ellos.
Algo mas...
Y entonces vio algo entre las filas de los que se preparaban para atacar el muro. Reconoció un rostro, una leyenda y una familia. Gunrir, nieto de Yothgrong Tajacabezas. Él no la conocía a ella, pero una vez en su aldea, le vio entrenando con su espada. Le hablaron de él y de la leyenda de su familia. Era poco mas que un símbolo entre su gente. ¿Por qué luchaba contra el Dios de la Muerte? Extrañada, tiró del cinturón de su padre, sentado en el pequeño dragón frente a ella haciendo que éste se girara.
-¿Qué hay, hija? ¿Quieres ver mejor a esos seres antes de que sean aplastados? Una pena que no puedas estar ahora mismo entre las tropas del Dios de los Muertos como una Valkyr, pero si quieres, puedo pedir que te dejen luchar como Vrykul. Pero es una tontería para el poco tiempo que queda. Que orgulloso estoy de ti, hija mía.
Solo un día. No. Unas pocas horas mas, el ritual y ella sería una Valkyr. Si a estos seres les hubiera costado mas llegar aquí, ahora mismo les vería desde otro cuerpo, desde otra realidad. Inga sería muchísimo mas poderosa y valiosa para el Rey Exánime.
Su padre realizó un picado cerca de las murallas, perdiendo ella de vista a Gunrir, pero pudiendo ver con mas detenimiento todas las razas que participaban en el combate. Algunas habían cruzado el océano para llegar aquí. Otros se habían unido a ellos, pese a pertenecer a las frías tierras de Rasganorte. No veía cobardes, no veía peleles. Veía el miedo en los rostros de muchos y aun así estaban allí. No eran bastantes, su poder no era comparable al de su Dios de la Muerte. Iban a perder...
Inga se encontró preguntándose a si misma porque le importaba tanto lo que iba a pasarle a aquellos seres que osaban plantar cara a su Señor.
Sacudió la cabeza y trató de sacar esos pensamientos de su cabeza, indicando a su padre que se elevara.
Bajo ellos, el combate empezó, las puertas se abrieron. La masacre y con ella los gritos de los vivos siendo destrozados, la agonía, el terror... pero también... sus cantos de batalla llegaron a los oídos de Inga. Sus lemas gritados hasta la ronquera ante enemigos que no temían, pues nada podían perder, al contrario que ellos.
-¡¡Por la Alianza!!
-¡¡Por Orgrimmar!!
-¡¡Por la Luz!!
-¡¡Por Quel’Thalas!!
-¡¡Por la Horda!!
-¡¡Por Ventormenta y Forjaz!!
-¡¡Por las Cadenas Rotas!!
Y ella reconoció de nuevo la voz. Volvió a ver al Vrykul, como un coloso entre los hombres y los elfos. Repartiendo a diestro y siniestro. Su espada cercenaba miembros y cabezas, avanzaba con sus nuevos aliados. ¿Cadenas Rotas?
No, no había cobardía.
Ni traición.
Ni miedo.
Inga empezó a entender. Los Vrykul que abandonaron el camino del Dios de la Muerte, no lo abandonaron para venderse a un enemigo que en ese momento ganaba. No se vendieron porque fuera el camino fácil, si no porque era el correcto.
¿Qué había gritado? ¿Cadenas rotas?
Una de esas cosas pequeñas de orejas alargadas también había gritado aquello.
¿Cadenas Rotas?
¿Qué significaba?
Ahora mismo ella solo podía pensar en una cosa. Las cadenas que la habían mantenido ciega a otras realidades. Las cadenas que la ataban a lo que deseaba su familia, sin estar segura de que quería ella de verdad.
Las cadenas que la ataban a una promesa de su padre hecha a un dios que no estaba segura en ese momento de querer servir.
Quería ser una doncella de la guerra. No de la muerte.
¿Pero que podía hacer ella en ese momento? Agarrada al arnés y a la cintura de su padre poco podía hacer mas allá de ser llevada por él y dirigir sus pasos hacia donde él los llevaba. Un claro reflejo de su realidad.
Apretó la mandíbula envidiando a los que abajo combatían por sus vidas y sus voluntades. Porque aunque murieran... ellos lo hacían libres. No había voluntad al otro lado del muro.
Al otro lado.
El vuelo del dragón enfiló hacia la muralla, rozando con sus alas las piedras y el hielo, sobrevolando los riscos afilados, hacia su destino. Al otro lado.
No.
Inga soltó el arnés. Soltó a su padre y se lanzó al vacío.
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Cuando abrió los ojos, la nieve la rodeaba. Mareada y dolorida por la caída se arrastró por el suelo hacia el borde. A su izquierda, el gran muro de la Puerta de Cólera, a su derecha, los dos bastiones de los enemigos de su antiguo dios. Y frente a ella, a muchos metros por debajo de ella, los combatientes caían destrozados por los golpes y por efecto de una bruma de color verde.
Los gritos, los guerreros escapando. El Rey Exánime regresando... ¿Vencido? De nuevo a su fortaleza. ¿Qué estaba pasando?
Buscó a Gunrir, pero vio poco tiempo su cuerpo, una vez su vista lo encontró tendido sobre varios cadáveres. Creyó ver el dragón de su padre cerca de él. Pero estaba más interesada en Tajacabezas.
No le dio tiempo a ver sus heridas o a tratar de ver si aun estaba con vida, o respiraba, porque en ese momento, varios dragones aparecieron sobrevolando la zona y arrasaron todo con su aliento. Los alaridos de la gente y la desesperación de los que trataban de escapar se grabaron en su memoria a fuego.
Inga no pudo mas de dolor y volvió a desmayarse.
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Cuando la encontraron, dos día después, cubierta con su capa de piel, no supieron de que lado era. Cuando las manos de los soldados empujaron su cuerpo ella musitó.
-Al Sur... Cadenas... Forjaz... Luz...
Y no tuvieron dudas. La llevaron a un campamento médico y cuando se recuperó lo justo para poder ser movida, fue trasladada con el primer destacamento que viajaba hacia el sur, a Tundra Boreal. En cuanto pudo andar, vendió el broche de la capa y compró su pasaje hacia Tierras del Oeste.
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Mientras la tormenta azotaba al barco, ella se mantenía en cubierta, en proa. Sonriendo y envuelta en su capa.
Al Sur.
En busca de respuestas y de una vida en la que ella decidiera porqué luchar o porqué morir.
¿Por que habría de temer una olas que otros habían cruzado ya antes?
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