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  1. #11
    Forero Legendario
    Noche está desconectado
    • Noche's Personajes
      • Nombre:
      • Eian Midnight
      • Nivel:
      • 50
      • Raza:
      • Elfo Sangre
      • Clase:
      • Paladin
      • 2do Personaje:
      • Remed / Humano / 25
      • 3er Personaje:
      • Prof. Cornellius / Forsaken / 25
      • 4rto Personaje:
      • Nada/Nada

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    Predeterminado Respuesta: [2º Aniversario] Levantamiento de Proeza

    / Terminada y editada les dejo la Historia de un Nigromante Renegado Fiel a su reina /

    Fuente de la Imagen y creador original.
    Perfil del creador original.


    Relato Del Nigromante.

    La oscuridad dominaba en los fríos y muertos claros de la ya caída ciudad. La llovizna moja la poca hierba que aún perdura en aquel lugar. A lo lejos una luz, proveniente de una torre con la bandera de Lordaeron, pero la marca es diferente, es roja, y con una forma un poco torcida. La marca ondulaba en una bandera roída por el tiempo y manchada de sangre. Las luces provenientes del interior de la torre titilan. Una oscura silueta aparece en una de las ventanas de la torre.

    El recinto está bastante desordenado, se escuchaba un burbujeo y algo hirviendo, libros por doquier, tantos en librerías como en el suelo, las velas apagadas y derretidas sobre algunos libros. Aparte en una mesa y aparentemente bien ordenada, se encuentra un juego de alquimia de escala monumental, docenas de frascos y jarras, muchas destilaciones en proceso y otras mezclas comenzando a hervir y cambiando lentamente de color. El escritorio principal tenia hojas sueltas encima y debajo de él, una pluma acostada sobre uno de ellos y un tintero casi seco a un lado.

    La puerta la abrió de una patada, arrastrando junto al a un hombre de características comunes entre lordaenianos, claro, de ojos azulados y un cabello rubio, su altura, indeterminable por la manera en que lo llevaba y la forma en que lo compacto para meterlo en un armario junto a otros dos. Los tres llevaban las mismas ropas, rojas y blancas, con un tabardo que dibujaba una llama.

    Sus dedos secos y lizos buscaban en la oscuridad, lentamente tanteando entre las cosas que descansaban sobre las mesas y libros tomo que buscaba, una jeringa de cristal ya bastante usada por su aspecto, la aguja se había tornado de su plata claro a un amarillento herrumbre que la cubría de una punta a la otra, el cristal manchado de un negro rojizo tanto por dentro como por fuera; se acercó al armario y pincho al que parecía con más tiempo de muerto, saco sangre de su cuerpo mas esta aprecia demasiado coagulada y viscosa, desistió de este y paso al segundo, aunque no el más fresco, la sangre se vertió con suficiente liquidad en el recipiente. Tomo la jeringa llena de sangre con él, sin antes verter un par de gotas en un vial, el resto fue directo al tintero, en el cual se mezcló con la ya seca sangre que había dejado ahí, convirtiendo la de nuevo en un líquido marrón y muy poco espeso, perfecto para la escritura.

    Tomo su pluma.


    - Veamos… - dijo su siniestra y anciana voz mientras rebuscaba entre las páginas de las hojas sueltas que flotaban alrededor del escritorio como mariposas después de que este las lanzara al aire al no ser la que buscaba.

    - ¡Aja! – exclamo al por fin encontrarla.

    Coloco la hoja contra la mesa y la luz de una vela ilumino el escrito, de un color vino o marrón, la letra pulcra y cursiva hacía gala en el arrugado y viejo papiro de tono amarillento por los años que pasaron antes de ser utilizado, por un momento el dueño de la pluma observo el papel pensando, pensando mucho para terminar sentándose con tranquilidad sobre la silla susurrando.

    - Eres como yo mi querido amigo, habrás vivido muchos años como un majestuoso y bello árbol para que luego viniera cualquier sucio imberbe y cortara de raíz tu vida, y te convirtió en algo tan horrendo y cuadrado que no puedes distinguirte del resto de los tuyos.

    - La diferencia mi cuadrado amigo, es que yo desee ser así.-

    Después de aquellas palabras en honor a la cuadrada hoja de papel comenzó a escribir, en él ponía el título:



    Memorias:

    Por Lonard Rondermishk de Lordaeron.

    Introducción.


    Como toda historia escrita en papel para terceros esta comenzara con una introducción, si así es, escrita por mí mismo, yo Lornardo Rondermishk, a falta de alguien mejor, escribiré las pocas palabras que antecederán a este resumen de mi existencia en la vida, quizá más tarde, en otro libro o en el mismo, escriba un poco sobre mi existencia en la nueva vida que se me fue otorgada a cambio de mis grandes y gratos servicios a mi antiguo rey, y perdonada a cambio de un juramento de lealtad mi actual y santísima dama oscura.

    Leed si no tenéis ojos, si tenéis pronto dejaras de tener, pero tengáis o no, dad por seguro que si leéis pronto moriréis
    I. Origen de un bastardo sin alma.

    Mi madre me contaba muchos cuentos, yo era sin duda su hijo preferido, su único hijo, al menos cuando estaba en mi niñez. Era raro aquello, que una madre no desear a más hijos o que un padre no se los diera. Muchos hablaban de mi madre mal, muy mal. De mi padre era su hombría que ponían en duda, decían que yo no era hijo de aquel hombre que se decía mi padre sino de otro que era amante de madre. Otro que no sería mi padre, imaginar aquello en mi niñez era impensable, mi padre era mi padre y nadie más lo era y mi madre era una fiel mujer que hacia todo lo que su esposo ponía como dictaban las normas sociales de la nobleza de la época. O al menos eso creía más estaba en un error, luego ya describiré los detalles de mis orígenes.

    Mi nacimiento sucedió en invierno, mientras caía una suave nieve, así contaba mi madre, la impaciencia en el rostro de mi padre era graciosa según ella, aunque el parecía no sentir lo mismo sobre aquello cuando yo se lo pregunte tiempo después. Si bien diferían en esto ambos concordaban en que había sido el día más feliz de su casamiento. Interesante, ante mí perspicaz mente, y quiero recalcar aquí, que fuera el de su “casamiento” el momento más feliz, pues no se referían a su tiempo juntos como su “vida”.

    El evento de mi nacimiento sucedió en Lordaeron, 20 años antes de la abertura del gran portal. Los días eran más tranquilos mucho más tranquilos, aún no había guerra, aún no había orcos ni muerte, la amenaza más grande que había eran los mismos humanos, ladrones o asesinos que siempre eran detenidos y ahorcados en las plazas. Oh recuerdos aquellos, tan dulces y graciosos momentos en que los hombre suplicaban por su vida, la agonía en sus ojos antes de caer por las trampillas y dislocar su cuello. Recuerdo sus ojos desorbitados luego de que los bajaban, siempre llamaron mi atención, porque sucedía aquello, si la soga exprimía el cuello no la cabeza. Tan ignorante era a mis cinco años y tanto disfrutaba de aquellos tan entretenidos momentos con mi tutor.

    Mi estirpe esperaba tanto de mí como yo mismo. Siempre fui u niño perspicaz y bastante inteligente, a mis cinco años comencé a leer y desde entonces no hubo nadie capaz de separarme de los libros. Cuando se dispone de tantos recursos como yo, el aprender resulta una tarea sencilla pero indispensable, que dirán de un noble que no sabe leer o no es un letrado en artes de algún tipo, ningún hombre que se llame a si mismo noble aceptara ser ignorante de las letras, las artes o alguna rama del conocimiento más, no hubiese sido inaceptable para mí y el renombre de mi casa. Guiamos, yo y mis padres, y sobre todo mis profesores, mi niñez por el camino del conocimiento y el saber, me convertí en un hombre sabio y letrado arte, anatomía, alquimia y artes arcanas, mi mente hambrienta de conocimiento y mi alma deseosa de poder juntaron sé con las ambiciones de mis padres para formar el mejor de los posibles futuros para mí, sin duda alguna. Aunque quizá no el mejor de los desenlaces para la vida de mis dos progenitores.


    Una vez llena la hoja la tomo y observo largo rato, la coloco junto a una pila de otras también escritas, algunas con listas, otras con objetivos o pasos a seguir de algún procedimiento alquímico o algún hechizo, incluso bocetos de creaturas retorcidas y asquerosas a los ojos de cualquiera que ni fuera su creador, para Lonard no eran más que bellas creaciones, obras de arte, eran sus súbditos y él era su dios, aunque no era el dios que había soñado ser, aquello bastaba por ahora.

    Tomo otra hoja de la las que estaban sobre el escritorio, mojo la pluma en la sangre del tintero, mas no la movió, por un rato indefinidamente largo, que pudieron una hora o varias, miro la hoja en blanco como analizándola, luego escribió un par de palabras y se detuvo a mirarla nuevamente.

    - Es que acaso pensáis que os dedicare unas palabras a todas, debéis pensar que soy un ser ocupado, no podéis estar por allí esperándome para que os hable, servid como lo que sois hojas comunes – tras el reclamo a la hoja que parecía no hacer nada más que ser cuadrada continuo escribiendo.

    - Así me gusta – dijo apremiando a la hoja luego de unas cuantas palabras más




    II. De la magia a lo prohibido

    Mis cinco años posteriores a mi adquisición de la habilidad tan necesaria y útil que sería para mí el de la lectura, pasaron de manera tranquila y veloz, pronto, mis padre vieron que no era un niño de juguetes ni amigos, era un niño de libros y conocimiento, un consumidor voraz de libros y saber, justo lo que querían, lo que fue excelente para mi desarrollo mental y emocional. Lo que era de mi agrado hacer era lo que a mis padres le agradaba que hiciese, con su apoyo y orgullo sobre la persona en la que me estaba convirtiendo podría afirmar que crecí en un ambiente idóneo para llegar a ser una gran persona, y con mi prodigiosamente un gran aporte a la sociedad en la que me desarrollaría. Todo esto ser vería opacado nuevamente por un descubrimiento, un descubrimiento que marcaría mi existir para siempre y desviaría mi atención del bienestar social.


    Con diez años tenía claro ya en mi mente que deseaba hacer con el resto de mi vida. Deseaba estudiar los misterios de la que sería hasta hoy en día el mayor y más grande de los artes, la magia. Oh, espléndido poder aquel, que reside en todas las cosas de este mundo, un mundo mágico por antonomasia es en el que vivimos. Torpe es el guerrero que desaprovecha este mundo y sus propiedades, con armaduras de metal duro y frio y palos del mismo material dándose a golpes como brutos animales, sin duda solo los privados de intelecto seguirían tal camino, primitivas creaturas con poco de humanos aquellos que preferían la presencia animal a la civilizada, en lugar de estudiar el fino arte arcano que tan relacionado esta con toda forma de vida existente sobre este maravilloso mundo, pero aún más estúpidos aquellos que creen, que un fenómeno lumínico es capaz de preservar la vida mejor que la práctica de la medicina anatómica o incluso… la magia. La magia todos sabemos siempre ha estado por sobre la luz, ya que si bien la luz restaura la vida, es la magia la única que goza el poder de crearla.

    Debo hacer aquí y ahora, poniendo como testigos a los tres cadáveres putrefactos en mi armario, una terrible y macabra confesión, no fue, como muchas veces lo insistí en mi juventud, mía propia la inspiración que me llevo al estudio de tan magnánimo arte, oh no no no no no no, fue de un viejo mago y su viejo libre, cuyos nombres hoy no quiero ni soy capaz de recordar.

    Luego de leer aquel olvidado libro sobre la magia, sus maravilles, misterios y lo que más me intereso, “límites y prohibiciones” tal y como lo decía el autor. Fui incapaz de sacarme de la mente aquella obsesión, noche y día soñaba despierto con los poderes y habilidades que la magia me podía conceder. Todo aquello de lo que sería capaz, invocaciones, crear fuego o agua o hielo o incluso alimento y bebida, la capacidad para arrasar al más fuerte de los guerreros con mi poder mágico, seria respetado o mejor incluso, temido.

    Recuerdo como aquellas aniñadas convicciones daban vueltas en mi mente en mis momentos de inocencia y juventud. Pensar que si pudiese sobre pasar los limite, si fuese capaz de hacerlo, y si yo lo sabía, sabía que tengo capacidad de sobra para lograrlo, y o lograría quebrar los límites y reglas, entonces quizá sería posible cumplir el sueño de mi infancia, crear, crear cosa completamente nuevas, pero no solo convocar agua y alimento, no cosas vivas, deseaba crear nuevos animales, nuevas bestias nuevos seres inimaginablemente extraños y curioso, mas diversidad, mas diversión.

    Fue por aquellos días, en el que mi décimo tercer invierno se acercaba, que descubrí lo que quizá haya sido el suceso más importante en el curso de mi historia y mi futuro camino hacia la oscuridad en la que luego me vi acobijado. Fue un día de tantos, de aquello días en los que las fiestas antiguas se celebraban, fue impresionante debo decir, la facilidad con la que se derrumbó un muro construido a lo largo de once años, aquella “maravillosa vida juntos como una familia feliz” que habían creado a partir de farsas y mentiras se destruyó ante mis jóvenes e inexperimentados ojos. Fue gracias al vino, o quizá a algo más fuerte, que descubrí, a mis trece años, la razón del casamiento de ambos mis padres. Mi madre era “una zorra bastarda” según los literales términos de mi ebrio padre, la cual, de nuevo, a testimonio del mismo hombre, en el mismo estado mental, se acostaba con todo quien se dignara a portar un título de nobleza, esto con la esperanza de quedar en cinta y forzar a un casamiento, y él fue el tonto que cayó en la trampa. Así es, el hijo de los Rondermishk no es más que un procreado bastardo nacido en cuna de plata, y no ocultare, es en extremo tráumante para mi joven mente más para mi actual estado resulta tan indiferente como el acto de respirar. Ahora, en cuanto a la versión de la santísima, “zorra bastarda”, de mi madre era que mi padre no era más que un “cerdo impotente de mierda” y que por aquellas malas sorpresas que le dio en la cama, ella tuvo que verse reducida a la vergüenza de buscar otro hombre uno viril que cumpliera con sus deseos carnales o como ella amablemente los llamaba su “sueño de tener un hijo”. Lo cual si bien no resulta esclarecedor sobre la veracidad de las palabras de mi padre, si reafirma mi origen real.
    * da la vuelta a la página *

    Os preguntareis ahora, mis queridos lectores sobre mi coherencia literaria la pasar de un tema tan hermoso, maravilloso como lo es el de mi amor y gusto por la magia, a uno que pudo llegar a ser en su tiempo, para mi tan horrendo como lo es el de mi origen oculto. Pues aquí es donde, mis queridos seguidores, radica la diferencia entre yo, un letrado en literatura y magias y vosotros simples esqueletos putrefactos sin ningún conocimiento sobre lectura. Pero no desesperéis, no, para que no os quedéis con la duda metida entre los huesos os aclarare toda relación entre ambas cosas en mis siguientes párrafos, si leéis bien, si es que sabéis leer, quizá, solo quizá podáis deleitaros con mi pasado.

    Continuemos con tan grata y gran historia. Aquel descubrimiento como ya mencione, marco mi vida de una manera que creí no fuera posible, mi primera reacción consto de la depresión, yo ya no era el hijo prodigo de una prestigiosa casa noble, ahora era un simple bastardo. Esto volteaba mi vida completamente, como saber ahora si tenía la capacidad mental para lograr lo que me había propuesto de más joven. Lentamente la tristeza fue transmutando, para llegar a convertirse en desprecio. Un desprecio que hoy llamo maravilloso, un desprecio que aún sigue siendo la razón de mi día a día. Experiencia maravillosa debo decir, sentir aquel deseo de arrancarle la piel y sacarle los ojos a aquellos dos que en una época no muy lejana adore como deidades supremas, como metas para superar, descubrí mediante mi desprecio que a pesar de ser un bastardo, yo era mejor que ellos, sus pequeñas mentes nobles se encasillaban en sus estúpidos caprichos. Llego el día en que decidí que debían morir, pero no en esos momentos, no, a su tiempo, era una joven paciente e inteligente, y sabía que a su tiempo, me pagarían la condena a la que me habían encadenado al nacer, me pagarían la amargura en la que se había convertido mi diario vivir, me lo pagarían todo. Y sí, me lo pagaron.

    “El joven Lonard es un prodigio, por supuesto que es mi hijo”, aquella se convirtió en una de las frases más recurrentes después de mi aceptación como aprendiz en la gran ciudad de Dalaran, por mi potencial e inteligencia en la rama arcana de la magia. Mis padres regodeándose de mi éxito, como si ellos fueran responsables directos de mi potencial, regodeándose de mi fama como si fuera suya, de mi como si fueran ellos, los que hubieran sido aceptados como prodigios. Aquella actitud altanera que tenían solo me hacían despreciarlos aún más, pero dejaremos esto de lado, hasta que vuelva a ser relevante en mi historia.

    Johana Runestrike, maestra en el arte arcano de la transmutación mágica, una mujer no solo hermosa sino también en extremo inteligente. Fue ella la encargada de mi tutoría sobre la magia en mi juventud, en ese tan maravilloso arte de la trasformación, increíble el poder y efecto que tiene la magia sobre el mundo en concreto, más una vez que se logra comprender por completo las líneas ley, resultas más sencillo comprender el cómo es posible este tipo de manipulación del tiempo y el espacio. Más que sorprendente, decepcionante fue el darme cuenta de que, aunque maravilloso, no era la escuela arcana que buscaba. Mis sueños iban aún más allá de esto, no me conformaría con manipular solo el espacio que rodea, oh no, yo quería también manipular a las creaturas que habitaban en él. Pensé en un principio que la transmutación convertía al ente en sí, manipulando la forma de este pero no fue más que un error de novato. Aun así me decante por esta rama por bastante tiempo, el carisma de la profesora podría quizá haber influido, era simplemente una mujer maravillosa mientras vivió y muy influyente en mi vida, fue ella quien por una temporada me hizo olvidar aquel desprecio por la sociedad nobiliaria que reinaba en aquella época. Una vez murta debo aceptar, tampoco fue tan mala, una pena que su tan gran mente ahora pertenezca a mi antiguo rey.

    Durante mi estudio de la transmutación, descubrí la nigromancia, única y real escuela que se apegaba a mis deseos de crear. De manera teórica por su puesto, logre conocerla. Solo lo más básico, nada en absoluto esclarecedor, lo que estaba a mi disponibilidad en el rango que tenía en aquel momento dentro de Dalaran, un aprendiz, un mago sin entrenamiento no puede ni acercarse al mínimo saber sobre aquella escuela prohibida. Sin embargo mi curiosidad pudo más que las reglas, escabulléndome, mediante susurros y rumores, di con algo sobre aquella escuela, la nigromancia, el arte de reanimar a los muertos. Reanimar a los muertos, es decir, crear vida. Por entonces creía que sería tarea sencilla, “solo es cuestión de conseguir algún libro sobre ello” pensaba, no tenía idea de lo arduo y difícil que es en realidad conseguir tal poder, aunque actualmente puede resultar muy simple, debido al Rey que otorgara su poder a aquel que lo siga y sea suficientemente poderoso o valioso como para captar su interés.

    Termino la página y con ella aquella etapa de su vida, dio una rápida mirada y leída a aquella hoja. Tomo con sus huesudos dedos la pluma y la llevo a su deteriorada dentadura mordisqueándola lentamente. Vio a su alrededor, como buscando algo, levanto su mano izquierda, esquelética con una capa delgada de piel aun pegada a los huesos de su brazo y ante brazo, la piel era verdosa y lisa, de aspecto frágil justo como en el resto de su cuerpo. A pesar de que con el tipo de magia que domina podría generar u n cuerpo en un estado menos deteriorado, parecía sentirse más a gusto con aquella frágil forma de verse. Tomo con la mano izquierda un frasco de un líquido como agua, de un color oscuro algo indefinido entre violeta y rojo. Puso un poco de aquello sobre el tintero, una gotas apenas, la tinta perdió espesura y su aspecto era más liquida y ligera.

    Se levantó del escritorio y puso la hoja escita a un lado. Estiro sus pocos tendones restantes y sus huesos por así decirlo. La piel también se estiraba, incluso al punto que casi se rompía. Iba vestido con una túnica remendada varias veces, bastante ligera, aquella era su “ropa casual”, algunas de las cosas que conservaba de vida, su gusto por vestirse dependiendo del lugar y el momento, el tic de morder la pluma, quizá algo de nostalgia por lo que dejo atrás y mucho resentimiento y un desprecio por aquellos que creen que la vida tal cual es no puede ser mejorada y evolucionada. Su ánimo siempre era muy similar entre uno y otro, el sarcasmo dominaba cuando se mantenía quieto y aburrido, sin crear o “mejorar” nada. Algo más “animado” o quizá más entretenido cuando experimenta, revive o crea alguna hermosa monstruosidad Y por último algo más tranquilo y sobrio mientras se concentra, fuera en batallas o escritura. Lonard sabía que se convirtió en algo cuyo valor apenas sobre pasaba el de una poderosa arma, más aquellos no lo molestaba en absoluto. Si bien la Reina era muy cuidadosa con cada uno de sus pasos y del resto que como él había decidido o lo habían convencido a trabajar para ella, le otorgaba libertad, libertad que había perdido con su antiguo rey, libertad de pensamiento e imaginación para crear todo tipo de bestias inútiles y de simple entretenimiento para él. Si bien no había alcanzado su sueño a la escala que lo soñó, ahora lo mantenía satisfecho crear a sus súbditos y, aun en pequeña escala, ser una deidad para ellos.

    Comenzó a revolver frascos y trastes hasta que encontró un par de gafas que había olvidado tener, no eran suyas, quizá de algún escarlata, quien sabe, sin pensarlo mucho las lanzo al tumulto de cosas acumuladas en la esquina de aquella torre que había usurpado un tiempo atrás. Luego de un rato buscando encontró lo que buscaba, una pluma, fina, de un color plateado, la sostenía en sus manos, con una especie de sonrisa sin labios en su pútrida boca.

    Tomo una hoja cualquiera, esta vez no le hablo, no tenía tanta importancia la hoja, sino la pluma. Aquella era una pluma muy importante, un regalo de alguien significativo para él, un maestro.



    III. Nigromancia, de la vida a la muerte.

    Diez largos años pasaría buscando una fuente de poder nigromántico, con esperanza de que tal vez los orcos, capaces de crear muertos vivientes, hubieran traído desde su mundo aquello que les otorgo tal cualidad. Vencidos y encerrados los orcos no eran amenaza alguna, pero tampoco eran de gran ayuda en aquel letárgico estado en el que se encontraban. Nosotros lo magos del Kirin Tor, teníamos permiso para estudiarlos, yo, con mis conocimientos en anatomía y alquimia hice cientos quizá miles de estudios a los condenados seres, mas no pude hallar aquello que les daba el poder. Si se sabía, que era magia demoniaca lo que los hacia fuertes y poderosos en magia, era energía demoniaca de algún tipo, mas aquella magia era diferente a la nigromancia que yo buscaba. En realidad, guardaban más relación de la que yo creía, mas entonces no tenía idea de lo que luego ocurriría, de los planes de la legión de demonios, y la posterior creación de la plaga. De cualquier forma, habría sido imposible por mi propia cuenta llegar a descubrir algo de aquel poder que buscaba.

    Gaste mi tiempo en vanó durante diez años sin resultados. El tiempo que había desperdiciado no volvería. Aun con tanto tiempo invertido en mi investigación, mi poder y control sobre la magia arcana, transmutación, alquimia e incluso anatomía aumentaron considerablemente durante los experimentos e investigaciones que lleve a cabo en nombre del Kirin Tor, aquello también me otorgo un puesto envidiable dentro de la organización. Sin embargo, seguí rotundamente prohibido para mí la investigación de la nigromancia. Debía buscar otros métodos, otras formas. Fue curioso, como esas otras formas de hecho arribaron a mi puerta con una invitación, una invitación a una escuela de magia muy particular. Pocos sabían que sucedía dentro de aquellas puertas realmente, tan ineptos y confiados que nunca vieron al enemigo bajo sus narices. Sin duda estaban al tanto de mi búsqueda, además de impresionados con mi poder y mi capacidad para manejar y aprender sobre la magia, sabían que me convertiría en un gran y poderoso aliado.

    “Nosotros somos el culto de los malditos, obedecemos y servimos a aquel que reina sobre la muerte”. Me entregaron un mapa junto a la invitación señalaron el lugar, a donde debía acudir antes de mi aceptación en s “club”. Llegue a la casa en las afueras de Andorhal donde estaban todos, esperando mi llegada, todos, incluido yo, encapuchados, fue ahí donde me recibieron, con las manos abiertas como si fuera un miembro de su familia, y así lo era, era parte de ellos ahora, una vez jurado mi alma y lealtad al rey de reyes obtendría lo que tanto anhelaba, aquel poder, el poder de crear. El culto de los maldito .descubrí con el pasar del tiempo que compartían ciertos de mis ideales del mundo, búsqueda del poder, un mundo más unido, todos en un mismo fin, donde nadie temerá, donde todos seremos dignos de servir a un solo Rey, no, una deidad. Donde los ahora nobles que se regodean en su inmundicia caerían, fue quizá eso, lo que me termino de convencer, la posibilidad crear una nueva jerarquía donde adoptaría un nuevo nombre, una nueva casa nobiliaria a mi nombre a mi creación, por fin sería un digno y no un bastardo de sangre manchada con los pecados de mis padre, e ofrecían una nueva vida si sirva bien, un regalo de inmortalidad y poder, quien se negaría ante tal ofrecimiento, quien en su sano juicio rechazaría la inmortalidad y el reconocimiento que el rey le daría una vez que tomara el poder. Yo definitivamente no lo haría, aun si pudiera volver a escoger sabían las consecuencias de mi elección volvería a elegí r lo mismo, no existe otro camino posible para mí, nunca lo existió.

    *Cambia de lado de la hoja*

    Scholomance, era el nombre de aquel lugar, una escuela de nigromancia. Oculta tras el velo de ser una academia más. El gran maestro nos enseñaba todo lo que el Rey le había enseñado cuando viajo a el norte, al lugar donde él residía. Nos enseñó, solo los mejores continuábamos en pie, aquellos que eran débiles y no soportaban el régimen de entrenamiento eran severamente castigados, nunca se volvían a ver o hablar de ellos. El maestro sabía que tenía muy capaz alumno en mí, el mismo me lo dijo en su momento. Durante los dos primeros años de estudio logre dominar la magia, gracias a la enseñanza y tutoría de los maestros y al poder del gran Rey, nos hablaba en nuestras mentes, algunas veces éramos bendecidos con el don de su voz, solo los dignos éramos capaces de escuchar sus mandatos y sus conocimientos, recibíamos su poder pero también perdíamos nuestra voluntad. Ninguno de nosotros jamás notaria aquello, todos habíamos cedido a voluntad, habíamos entregado nuestra alma, y con ella nuestras aspiraciones. Lentamente olvide, olvide mis sueños mis deseos, mis odios, los olvide todo.

    Tres años después de la creación del majestuoso ejercito de seguidores de nuestro rey, se llevó a cabo el plan, el Maestro Kel’thuzad fue asesinado durante el cumplimiento de nuestra misión, después de eso y de la caída de Stralthome, la mayoría permanecimos ocultos, tal y como se nos había ordenado, trabajando desde las sombras, camuflados como personas comunes, como miembros activos de la sociedad, destruyéndola desde adentro. El tiempo de inactividad fue algo largo, la mayoría no sabíamos que hacer, más el rey ordenaba paciencia y paciencia teníamos. Algunos, muy pocos, conservaban aun su humanidad intacta, yo ya había perdido la mía casi por completo, mi blanca piel se había tornado amarillenta juntos con mis dientes, las grandes ojeras que miraban mis ojos y su color, ahora de un negro profundo cuando una vez fueron casi dorados. Mi cabello largo y lacio se había reducido a retazos del mismo, maltratado, podrido. La magia oscura con la que había pactado y utilizado me carcomió lentamente, mi existencia mortal estaba por llegar a su fin, pronto seria recompensado, por mi servidumbre, si así el rey lo deseaba. Entonces llamábamos la “ascensión máxima”. El premio por una vida de servidumbre, una inmortalidad de lo mismo. Éranos esclavos, esclavos bajo el dominio de un rey, no teníamos nada mas de nosotros, éramos simples peones, marionetas sin pensamientos más que los de servirle a nuestro amo, señor y rey, era patético. Como acabe así cuando buscaba el poder de crear, de dominar, de convertirme en maestro no en esclavo, lo que obtuve no fue lo que habían prometido, nos engañaron con promesas falsas, al final, no importaba, pues nosotros ya habíamos olvidado quienes éramos.

    Hubieron más batallas antes de mi conversión, cuando Arthas regreso convertido en el campeón de nuestro Rey, sabíamos que habíamos triunfado, la progresiva caída de Lordaeron fue nuestro mayor triunfo, aquella masacre, sangre inocente por doquier, hermanos asesinándose entre sí, padres matando a sus hijos e incluso, los muertos que recordaban con tanto cariño desgarrando la piel de los vivos. Ah, aquel caos fue sin duda satisfactorio, fue la muerte entonces que me llenaba de ánimo, recuerdo a la perfección, como gritaban los sirvientes de mi hogar cuando derrumbe la misión con todos ellos y mis padres dentro, fueron tan satisfactorios.

    Recuerdo cuando ascendí, si, fue en la entrada de Quel’Thalas, fue entonces cuando mi señor nos otorgó a mí y a otros cuatro nigromantes el santísimo regalo de la eternidad. La hermosa visión de mi amarillenta piel descomponiéndose en vertiginosa velocidad, mis huesos llenándose de la energía nigromántica, como mi espíritu y mi cuerpo cambiaban con aquel enorme poder que se me estaba otorgando, como mi alma se ennegrecía aún más y se ataba a mi cuerpo. Mis sentidos cambiaron de una manera espectacular, mi visión era completamente distinta, ni la oscuridad de la noche ni la luz del día eran ahora factores de ella, mi vos resonaba desde el fondo de mi alma, mi audición se había transformado en percepción y el tacto había muerto en mis huesudos dedos. También había un cambio en el uso de mi poder, al contrario de en vida, la magia que usaba no degeneraba mi cuerpo, lo regenera, podía sanar mi tejido muerto a placer, podría usar desde aquel momento todo mi potencial.

    La ciudad de los elfos cayó ante el jugo de la plaga, ya nadie podría detenernos, éramos invencibles. Recuerdo mis días como nigromante de la plaga, aún conservaba ciertos atisbos de voluntad y conciencia, manejados por una obediencia inquebrantable sembrada en mi mente durante años y que ahora ahogaba mi pensar. No podía odiar aquella esclavitud como ahora, no, en aquel momento mi cerebro no era capaz de crear sentimientos tan complejos, lo único que podíamos hacer era obedecer, a cambio del estímulo y engaño mental de que aquello era lo único que realmente deseábamos hacer, servir.
    Se quedó mirando la pluma un largo rato, luego de usarla una vez la devolvió a la basura que se acumulaba en el rincón de la torre. Consiguió otra de color gris pero antes de seguir se dispuso a prepararse para sus invitados.

    - Padre – golpeo una puerta con sus huesudos nudillos-

    - Hora de cenar – dijo con una macabra sonrisa, enseñaba los dientes, más de lo común, de manera cínica mientras pensaba lo que su esbirro les haría a los pobres escarlatas que vendrían por su amigo.

    Su padre, o al menos el esqueleto de este se levantó, con un enorme hacha en manos y una especie de casco sobre su cráneo casi sin piel. Lucia como cualquier otro esqueleto viviente, sin ningún rasgo en particular que le diferenciara. La piel roída, la cara desfigurada, algo de las encías y un poco de su musculatura aún se mantenían pegados a sus huesos.

    Podía escuchar claramente las voces de los humanos, las pisadas de sus botas de placa contra e pantanoso suelo que rodeaba la torre. De un golpe derribaron la puerta, le encontraron sentado en su escritorio, con una pluma gris en las manos y un papel sobre la mesa, de espaldas a ellos tres, con suma tranquilidad se disponía a escribir.

    Eran tres, uno con un hacha, otro con telas como ropas y la tercera una mujer. El del hacha cargo en dirección a Lonard con ánimo de rajarle la cabeza a la mitad. Lonard no volvió a ver, un simple chasquido de sus dedos y la puerta del “armario de suministros” como él lo llamaba salió volando golpeando al soldado escarlata. Del armario, un zombi, con ropas escarlatas y el tabardo de la flama, se lanzó directo contra sus ex compatriotas. El esqueleto de su difunto padre se lanzó contra la muchacha incauta, desde las escaleras de la torre. Mientras el tercero se debatía entre ayudar a sus compañeros o salir corriendo comenzó a escribir de nuevo.


    IV Desenlaces.
    Aún recuerdo nuestro despertar. El lugar en el que retome mí con ciencia de vuelta fueron las Entrañas de Lordaeron. Aunque en aquel momento no era tan… viva como lo es ahora. Muchos de los necrófagos e incluso poderosos nigromantes que habían sido reducidos a esclavos sin mente, recuperaron su conciencia en su totalidad. Los más altos rangos aún seguían con la lealtad hacia el rey, pues eran ellos los que gozaban de más libertad y conciencia, los bajos, los necrófagos y zombis ahora pensantes, parecían no estar de acuerdo con la esclavitud en la que habían sido sometidos a la fuerza. No éramos muchos los conscientes de que éramos libres, de que la vos de nuestro Rey se había callado, más los que aún seguían en ese estado letárgico parecían no percatarse.

    Comenzamos a reunirnos en secreto y en pequeños grupos para no llamar demasiado la atención de los altos mandos que conservaban parte de su conciencia tan intacta como su servidumbre. Existía la posibilidad de rebelión, por primera vez desde que la plaga nació se daba algo como esto, que significaba, acaso el rey estaba muerto, miles de dudas se posaban en mi mente, y fue solo una bella dama la que las aclaro todas. La Dama Oscura nos prometió una sociedad para nuestra raza, donde seriamos libres, unidos por el odio, una sociedad la utilidad y no la herencia sanguínea seria la forma de diferenciar a los nobles de los plebeyos, una sociedad donde todos lucharíamos por vengarnos por lo que nos arrebataron, por las familias, por las vidas y en mi caso por mis sueños.

    La toma fue el primer paso, el ataque de Sylvanas contra Arthas falló mas no por completo, el campeón huyo tras aquello, el resto nos quedamos aquí, luchando contra los fieles, los sin mente, la plaga de la que una vez fuimos parte ahora…

    [/I]

    Deja de escribir. Voltea y apunta con su esquelético y delgado dedo uno de los escarlatas, el de la ropa de tela y bastón en manos, cae al suelo haciendo un espantoso ruido, preso de un dolor agonizante en su mente, ocasionado por alguna maldición que susurra Lonard mientras intenta acallar las molestias que interrumpen su escritura. El del hacha forcejea contra el esqueleto y el zombi, se encuentra herido y con varias mordeduras de zombi en su cuerpo. La muchacha que los acompañaba tiene el hacha que cargaba el padre de Lonard incrustada en la espalda y ya hace muerta sobre el suelo de piedra de la torre. Desangrando para decorar la nueva casa del nigromante.


    … era y aun hoy es nuestra enemiga. Fuimos nombrados por nuestra reina, como los renegados, sin duda un nombre glorioso de tan gloriosa boca como la de mi Reina. La Dama cumplió su palabra, y aunque nos costó algo de tiempo, logramos vencer sobre los que intentaron esclavizarnos tras la partida de Arthas, los mismo señores del Terror cayeron ante el poder de la nuestra reina, ante nuestra voluntad de ser libres.
    Los escarlatas ya no hacen ruido, el único sonido ahora es el de el zombi devorando su carne. Cambio de pagina y continuo escribiendo, ya casi amanecía.


    Volvimos a Lordaeron, a recuperar lo que quedaba de nuestro antiguo hogar. Volví a las ruinas de lo que había sido mi mansión, la casa de los Rondermishk casi completamente destruida por mi propia mano, dentro no encontré nada que me fuera útil excepto por él. Mejor que cualquier libro y cualquier vestimenta, fue lo que encontré en aquella casa, el cadáver de mi padre. Ya hacia abajo los maderos del techo que se habían caído sobre el aplastándolo en gran parte, logre sacarlo con un poco de esfuerzo y reanimarlo para ser mi sirviente. Aunque ya no era el mismo, su cerebro estaba demasiado dañado y su cuerpo demasiado podrido. Sin embargo conserva la fuerza de su juventud.

    Yo estuve ahí, cuando gracias a la dama oscura se irguió una nueva raza, una nueva nación. Las remodelaciones de Entrañas tomaron su tiempo, mas nunca descansábamos, siempre en busca de más renegados para liberar de la opresión del Rey. Pocos con la capacidad de liberar a los esclavizados nos unimos a la reina y aún más pocos sobrevivimos hasta hoy. Yo vi como de una guerra civil Lady Sylvanas irguió una nación, la misma que por una guerra civil se encuentra amenazada hoy. Defendimos entonces nuestra libertad y nuestra Reina y esta vez lo volveremos a hacer.

    Termino de escribir, tomo la hoja y el resto, con sumo cuidado las introdujo entre las páginas de un libro enorme y bien conservado, guardando las ahí hasta su regreso. Observo al esqueleto volviendo a su “habitación” como siempre lo hacía después de la cena y al Zombi aun devorando a las escarlatas. Con una orden el zombi hizo lo mismo que su padre. Miro a los cadáveres y decidió dejarlos allí, cuidando de su nueva casa.

    Continuo caminando, miro la puerta rota, de verdad le agrava aquel lugar, lo arreglaría o quizá le ordenaría a alguno de sus sirvientes hacerlo. Por ahora debía volver a Entrañas, las cosas se ponían cada vez más tensas, la guerra estallaría en cualquier momento y debía estar cerca cuando sucediera, era necesario su apoyo para con su reina. De un armario saco una capucha y una túnica completamente negras, las cambió por las ropas rotas que portaba en aquel momento. Marcho después de esto, en dirección sur, a Entrañas, la capital de los renegados.

  2. #12
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    Predeterminado Respuesta: [2º Aniversario] Levantamiento de Proeza

    //Bueno, lo primero de todo, felicidades al servidor y felicidades al staff, por hacer de este lugar un sitio divertido donde vale la pena permanecer. Así pues, posteo esta historia, algo diferente



    Rebestan Deadway, el nostálgico corrompido



    Una vez abadía, ahora roca y polvo amontonados, escombros esparcidos, cadaveres también.. Pues por donde la plaga pasa, todo acaba.... ¿O renace? Son distintos puntos de vista... Algunos valientes aferrados a la Luz dicen que todo acaba, otros que conocen el poder verdadero y luchan por él, dicen que renace y Rebestan Deadway es uno de ellos... En su juventud un recién paladin de Brathan, ahora... Un caballero de la muerte perdido en sus pensamientos, sentado en el trono de la abadía describida anteriormente, trono que una vez sentó el señor de Brathan, ahora un simple objeto de mármol, abrazado por el polvo y la sangre reseca de un antiguo enfrentamiento... Y ahí esta ese sujeto de alma corrimpida, con pluma en mano y escribiendo los sucesos del pasado, mientras el sonido de los muertos vivientes rompe el silencio de un lugar desolado...


    Joven y insentato fui una vez
    pues a la luz me aferre,
    heridas y honor gane,
    y un día titulo de paladín halle...

    En guerras por tierras luche,
    pues orcos derribe,
    buen caballero era,
    pues victorias para Brathan eran...

    Aunque camaradas perdía,
    muchos cada día conocía,
    y cada campaña victoriosa
    desconocidos salvaba, orgulloso estaba.

    Fama y honor para Brathan, mi única ambición,
    pues dinero y tierras rechazaba,
    solo gloria buscaba,
    ¿Encontrada? Si, pero pronto marchaba...


    Rebestan deja de lado aquel pergamino donde había escribido aquel glorioso pasado, mientras coge un mapa de los reinos humanos, algo deteriorado ya, aunque visible. Clava su mirada en aquel pueblo donde se inició todo... Andorhal.. Rebestan coge su pulma y la baña con aquella tinta negra, mientras cubre de negro el pueblo dibujado en el mapa, seguidamente sigue trazando lineas negras por los caminos en el mapa, pues aquellos garabatos negros, eran la marcha de la plaga... Sige trazando líneas en el mapa, hasta que este, queda completamente negro... ¿Todo? No... Un dibujo de una pequeña abadía segue sin pintar... Aquella abadía es como una solitaria luciérnaga , en una noche sin luna... Era un pequeño destello de Luz cargada de esperanza en una habitación donde los rayos del sol no penetran... Miles de recuerdos le llegan al caballero de la muerte, y de nuevo coge ese pergamino, y empieza a escribir...



    El traidor imparable avanzaba,
    con vidas acababa,
    almas eran las que segaba,
    aldeas las que quemaba...

    Fuerzas humanas se desmoronaban,
    pues pocos se enfrentaban,
    y la sangre teñía el recién suelo muerto,
    por el paso del caballero de la muerte, Arthas...

    Lordaeron ya caída,
    el rey matado por el hijo,
    el nuevo hijo de la plaga,
    el rey de la muerte...

    Tirisfal verde bosque era,
    ahora negro y muerto,
    por el paso del maldito,
    pocos seguían con vida... ¿Quienes?.. ..

    La carne de los que una vez lucharon,
    era la que ahora atravesaba los ventanales de Brathan,
    pues las legiones de la muerte sitiaban la resistente abadía,
    la abadía de los caballeros supervivientes...

    Unos huían, otros quedaron... Murieron...
    Infinitos días aguntó,
    hasta que por fin cayó,
    una nueva sombra se presentaba, el nigromante llegaba...

    Rebestan paro de escribir... Solto la pluma y se puso pensativo, recordando como aguantó Brathan, como cayó... Como se corrompió... Como aquella sombra se le acercaba, manipulando su mente, haciendole abandonar el camino de la Luz para aferrarse a la muerte... Sudor empieza a brotar de la cabeza de Rebestan, y coge la pluma... Esta le tiembla... Aunque ha visto cosas inimaginables, ese recuerdo le produce aún un terrible terror, aún así, se dispone a escribir...

    Y entonces fue cuando el nigromante ordena atacarme..
    El resto de los caballeros de Brathan caídos,
    Rebestan el único vivo, aguantando aún sus armas,
    dispuesto a luchar, cuando todo ya está perdido.

    Corre hacia sus enemigos, cansado y herido,
    atraviesa al putrefacto,
    pues queda intacto...
    Decapita al último, ¡Luz! ¿Sobrevivira?

    Entonces es cuando armado de valor,
    avanza hacia el nigromante, subestimando su poder,
    descarga de sombras cae sobre él,
    caen sus armas, cae su esperanza...

    Avanza el señor de los muertos,
    se planta ante el,
    le tortura,
    le questiona, el porque seguir a la luz...

    El paladín responde, aún armado de valor,
    y entonces es cuando el nigromante,
    entra en lo más profundo de su mente,
    corrompiendo su espíritu...

    Una voz empezaba a hablar en la mente del paladín...

    -Rebestan... Rebestan Shieldlight... ¿El último de los caballeros de Brathan? Quizá... ¿Uno de los pocos hombres que aún luchan por lo perdido? Seguro... Pues hace meses que el rey murió, Loerdaeron conquisto, y el nuevo Lich se alzó.. Y aún así... Habeis aguantado todo este tiempo... Pero al parecer vuestras fuerzas ya han acabado... ¿Porque os digo todo esto? ¿Porque no os mato? Pues porque mi amo y señor os ha visto combatir, ha visto vuestra esperanza... Solo teneis un defecto... Teneis esperanza por algo que ya ha acabado... La Luz no os llevara a ningún lugar, ningún lugar, salvo la muerte. Tened esperanza por lo que tiene futuro... Luchad por la Plaga.. ¿No quereis un mundo de caos y no-muerte? Entonces decidme que es lo que más deseais ahora mismo..

    Entonces Rebestan le contesta, el nigromante aún está dentro de su mente.. Aunque le respone hablando...

    -Deseo que nada de esto hubiera ocurrido... Que todo volviera a ser como antes... Los caballeros de Brathan aún alzados... Vivos... Luchando por lo que más quieren... El reino de la paz en este mundo...

    -Yo.. Puedo hacer que esto ocurra... Brathan... La abadía de Brathan... Sus caballeros vivos...

    -¿Como?

    -Jurad lealtad al Lich... Jurad lealtad a los que saldrán victoriosos... Jurad lealtad a los que de verdad van a construir un mundo de tranquilidad y de paz...


    Y entonces es cuando el paladín,
    se aferra a la única manera de sobrevivir,
    jura lealtad a su nuevo rey, y cuando jura,
    alma corrompe...

    El nigromante con magia oscura juega,
    un nuevo portador de la muerte despierta,
    abriendo los ojos, un día del color de las hojas de primavera,
    ahora son como dos copos de nieve,
    que el viento va deteriorando, conviertiendose en un aura azul...

    Un nuevo nombre se le otorga,
    Rebestan Deadway,
    pues por donde pase,
    la muerte llegara... Pues portador de la muerte ya es...

    Camina hacia el cementerio,
    antiguos caballeros caídos despiertan,
    antiguo señor de Brathan levanta,
    ¡Si! Sir Edmund de nuevo camina..
    El caballero de la muerte,
    ahora señor de Brathan,
    pues Sir Edmund ahora destronado,
    sirve al recién caballero de la muerte.

    En poco tiempo gran ejercito levanta,
    cientos de caballeros ahora al servicio de Lich,
    pronto saldran de la abadía,
    pronto... Hasta la llamada del rey...

    Rebestan termina de escribir el largo poema, deja de escribir su pasado. Deja la pluma a un lado y deja secar el pergamino. Se recuesta en el trono de marmol mientras cierra sus gélidos ojos, para continuar sus largas horas de reflexión.. Pero algo interrumpe su sueño, pues una voz aterradora resuena por toda la abadía...

    -Ha llegado la hora, Rebestan...

    Abre los ojos y esboza una lijera sonrisa...


    Se levanta del trono por primera vez en varios días, y sube las destrozadas escaleras, para llegar a lo alto de uno de los torreones. Aún se pueden contemplar las banderas de Brathan... Blancas como la nieve, con una alabarda bordada con hilos de oro está estampada en el centro... Rebestan por fin sube a lo alto...

    -¡Caballeros de Brathan! ¡ALZAOS! ¡Empuñad vuestras armas! ¡Montad vuestros caballos! ¡Pues una guerra final se avecina... ¡LA BATALLA POR UN MUNDO DE PAZ! ¡Luchad una última vez, caballeros de Brathan!- Grita mientras alza su espada bastarda, mientras un aura gélida aparece en ella.

    Cientos de antiguos caballeros de la muerte se levantan... Armados con armaduras doradas... Montan caballos esqueleticos.. Empiezan a formar en las lindes de Brathan, mientras que el caído Sir Edmund, ahora lugarteniente de los caballeros, alza su espada... En silencio, esperan la llegada del señor...

    Rebestan entra en una habitación... Dos cadaveres andantes le colocan una armadura, que al parecer ha sido forjada en un infierno helado... Sale fuera, pues su ejercito le espera.


    -Y ahora, caballeros de Brathan... ¡Cabalgemos hacia nuestro nuevo destino!

  3. #13
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    Predeterminado Respuesta: [2º Aniversario] Levantamiento de Proeza

    Volestro Calighieri


    El acero apenas estuvo unos segundos hundido en su abdomen. La hoja era tan ancha que de una sola estocada poco había faltado para que cercenara el cuerpo de Calighieri en dos mitades. El filo se retiró con un solo movimiento del Príncipe, y la sangre manó de la brecha, llevándose con ella todo el calor corporal del caballero.

    Cayó de rodillas notando como Rasganorte se cobraba su vida lentamente. Sus extremidades se entumecían mientras su corazón daba unos últimos latidos con la escasa sangre que le quedaba para bombear. Los gritos de sus camaradas se oían distantes a través de la bruma helada. El que un día había sido su señor, al que habían seguido de forma ciega, ahora los traicionaba matándolos uno por uno.

    Habían seguido las demandas del joven Príncipe confiando en su criterio, convencidos de que, pese a lo despiadado de sus métodos, el fin acabaría por justificarlos, y sus gentes serían salvadas a pesar del precio.

    Podría haber previsto tal final desde la masacre de Stratholme. Los ciudadanos habían contraído la Plaga, y su señor les ordenó que el lugar fuera purgado. Uther le había parecido un necio por buscar otro camino. Calighieri no había visto más opción que la que tomó Arthas, y obedeció las órdenes del Príncipe en todo momento.

    Calighieri entró por la fuerza en una de las casas, degollando al padre de familia en cuanto le salió al paso. Con la madre no fue tan fácil, y la tuvo que apuñalar tres veces antes de notarle el último aliento entre gorgoteos. Dos niños, de tres o cuatro años quizás, salieron llorando de las habitaciones para aferrarse al cadáver, mezclando sus lágrimas con la sangre. Calighieri quedó paralizado por un momento, hasta repetirse a si mismo su causa. Mató al primero de un solo tajo, pero el segundo se agarró a su pierna gimoteando, apenas consciente de lo que había ocurrido. Lo ensartó con la espada mientras se hacía sangre mordiendo sus propios labios. Pasó toda esa noche matando, incapaz de cerrar los ojos ni ignorar uno solo de los gritos.

    Stratholme fue incinerada con sus habitantes dentro, pero el sucio demonio que había condenado a sus gentes escapó del castigo. Pero Arthas juró que lo perseguiría hasta la maldita Rasganorte, y Calighieri estaba dispuesto a acompañarle.

    Así, Volestro se despidió de su familia, con más disciplina que ternura. La experiencia en Stratholme había hecho mella en su carácter, y su esposa Elissae quiso convencerle para que no se embarcara en ese viaje. Discutieron toda la noche, pero Volestro ya había tomado una decisión. Al día siguiente, firme y solemne, hizo entrega de la espada familiar a su primogénito, Marquoli, quien ya había sido nombrado escudero, y quien debería proteger a los Calighieri en su ausencia. Tan solo se permitió un gesto cálido con su pequeña damisela, Isabela, a quien rodeó con un brazo mientras besaba su frente. Los criados ensillaron su caballo y le llevaron el equipaje, mientras su esposa observaba su partida tras las cortinas de la habitación.

    El destacamento del Príncipe se internó en los páramos helados. La ayuda de los enanos de Muradin fue imprescindible para su supervivencia en tal hostil entorno, y fue este quien habló a Arthas sobre la espada Agonía de Escarcha, un arma capaz de acabar con el demonio. La expedición tomó rumbo al Cementerio de Dragones en busca de esta.

    Se escuchaban rumores sobre el heredero en el campamento. Decían que Arthas se había obsesionado tanto en una venganza que había perdido el sentido común. Decían también que él era el responsable del hundimiento de los barcos que debían devolverles a Lordaeron cuando habían llegado las órdenes del Rey Terenas. Incluso las gargantas más viles susurraban que el Príncipe estaba maldito, y que la Luz había abandonado a todos los que lo siguieran. Pese a estos rumores, el campamento continuaba devoto a su señor, y Calighieri se encontraba entre los más fervorosos de sus seguidores.

    Arribaron a la caverna donde debía encontrarse la espada. Arthas y Muradin se internaron en la cueva con unos pocos de sus hombres. Mientras Calighieri se quedaba bajo el mando del capitán Valonforth, en defensa del campamento. Pasaron horas antes de que el Príncipe apareciera portando la espada, único superviviente de la incursión.

    No tardaron en encontrarse frente a frente con Mal’Ganis, y Arthas acabó con el bellaco empleando la Agonía de Escarcha. Los hombres del Príncipe creyeron haber salvado Lordaeron, inconscientes del cambio que su señor había sufrido al tomar la espada maldita. Fue cuando todo estaba dispuesto para partir de vuelta cuando Arthas comenzó la carnicería con los resquicios de sus hombres. Cuando su espada maldita se internó en las entrañas de Volestro Calighieri.

    No había visto la verdad hasta ese momento. Arthas había traicionado a su gente por una venganza, y corrompido por la espada que debía salvarles. Calighieri le había seguido en todo momento, sin dudar ni un ápice del juicio del Príncipe.

    Calighieri moría arrodillado sobre la nieve, tiñendo su blanca superficie de color carmesí mientras Arthas mataba hasta el último de sus hombres. El caballero expiró apenas consciente de lo que había ocurrido, como aquel niño que empaló sobre la sangre de su madre en Stratholme.

    * * *

    La muerte no había sido, ni de lejos, el final de los servicios de Volestro Calighieri hacía Arthas de Menethil. Tan solo marcaba el inicio de una nueva etapa. Cuando el último rastro de calor huyó a través de la herida en su vientre, se alzó de nuevo a servir a su señor, aún con más devoción de lo que lo hizo en vida.

    Los soldados del Príncipe volvieron a Lordaeron, donde fueron recibidos como héroes, bajo una lluvia de carnosos pétalos que marchitaban a su contacto. En la sala del trono, Arthas se arrodilló por última vez ante su padre, justo antes de liberar al anciano del peso de una corona que ya ningún vivo podría sostener. El nuevo Rey puso a sus lacayos a trabajar en la erradicación de toda vida en la capital, y el cuerpo reanimado de Calighieri se movió presto a obedecer su orden.

    Su alma había sido sometida y anclada a este cadáver. Era vagamente consciente sobre sus actos y lo que sucedía a su alrededor, pero no tenía ningún control. Cuanto hacía su cuerpo era obedecer las directrices mentales de su señor, actuando por impulsos primarios donde estas no eran lo bastante concretas. Actos reflejos cuyo objetivo se limitaba a matar, pues para eso había entrenado cada uno de sus tejidos en vida.

    El cuerpo merodeaba por las calles cazando a sus antiguos camaradas. Aunque carecía de voluntad, sus movimientos parecían mostrar cierto macabro entusiasmo por servir a su señor. Saltaba de tejado en tejado hasta encontrar una chimenea apagada por la que colarse, bajaba por ella y degollaba a los que se refugiaban en esa casa, para luego arrastrar los cadáveres a las fosas, de donde se alzaban nuevos guerreros para la Plaga de los cuerpos más aptos, mientras algunas piezas eran seleccionadas para la creación de abominaciones.

    Lo que la conciencia de Calighieri podía sentir a través de su alma aprisionada le resultaba muy etéreo. No tenía ningún control de sus sentidos físicos, pero si podía percibir las sensaciones que pulsaban por su cuerpo. Notaba intensas descargas de dolor cuando su cuerpo era guiado por el control directo del Príncipe. También notaba cuando el cadáver al que estaba anclado actuaba por reflejos. Incluso podía percibir y reconocer algunas de las entidades a las que asesinaba.

    Desplazándose de sombra en sombra en mitad de la noche, el despojo reanimado localizó a la familia del que había sido Calighieri. Isabela se agarraba a la mano de su madre, mientras Marquoli las guiaba, armado con la espada de la familia. Para el cadáver solo eran otros tres vivos.

    Su alma sintió el peligro que su cuerpo proyectaba hacía su propia familia. Se debatió furiosa en su prisión, cobrando fuerza en su estado a caballo entre dos mundos, aferrándose al precipicio que la separaba del olvido. Pero aún con toda su voluntad nada podía hacer contra los barrotes de su abstracta cárcel. Arthas tenía todo el control.

    Marquoli le metió la espada entre dos costillas, y el arma le quedó apresada en el tórax. Desgarró la mandíbula del adolescente con un zarpazo, y saltó a por la niña y la madre, dejando a su hijo morir con el rostro hecho trizas. Clavó su garra en el vientre de Elissae, arrastrando un trozo de intestino al retirarla. Isabela intentó escapar, pero la atrapó por una pierna. Ignorando los sollozos a pleno pulmón de la pequeña, la agarró y se la puso frente a frente, donde pudo morder el delicado rostro de damisela, y tirar hasta arrancar toda una mejilla. Introdujo su brazo hasta el codo por ese agujero para terminar con la vida de su hija.

    Agarró los cadáveres de sus hijos con un brazo y portó el cuerpo de su mujer a hombros, llevándolos a las fosas junto al resto. Elissae aún agonizaba, a pesar del sistema digestivo extraído de su vientre, con el intestino desgarrándose en el suelo pavimentado. Entre gorgoteos, alcanzó a reconocer el cuerpo de su marido, y pasó sus últimos minutos de vida llorando por el destino final de su familia, mientras el alma de Calighieri, consciente de todo lo ocurrido, forcejeaba de modo fútil, maldiciendo desde su cautiverio.

    La Plaga había reducido Lordaeron a un montón de ruinas de muertos ambulantes en unos pocos días. El ahora Rey Arthas fue reclamado por los poderes a los cuales estaba sometido él mismo. Tenían una misión para el Azote, y movilizaron a los muertos a arrasar Quel’Thalas, para luego dar el mismo destino al reino de Dalaran.

    El cadáver de Calighieri luchó en cada batalla, siendo reanimado por su amo cada vez que caía en combate. Masacró elfos en los bosques de Quel’Thalas, y volvió a saborear la carne humana en el mágico reino de Dalaran, mientras su desesperada alma acumulaba cada vez más amargura desde su lugar de espectador.

    Una vez el Azote cumplió con la misión encomendada por sus oscuros maestros, la Legión Ardiente partió hacía la lejana de tierra de Kalimdor, dejando a unos pocos señores del terror al mando de la Plaga que controlaba todo el norte del continente de Tierras del Este. Calighieri enloquecía en su prisión. Solo una malsana obsesión con una venganza imposible logró que su identidad no se perdiera totalmente en el olvido.

    * * *

    Algo ocurrió en Rasganorte. Algo que debilitaba el control impuesto por Ner’Zul a los siervos del Azote. La prisión de Calighieri se desmoronó ante la voluntad de su cautivo, que la desgarró como un neonato se abre paso a través de la placenta que lo contiene.

    Calighieri volvía a existir como una sola entidad en cuerpo y alma, aunque ambas cosas se encontraban muy degeneradas desde la última vez en que habían estado unidas. Se levantó tambaleándose. No notaba ningún dolor. Los únicos sentidos que aún le funcionaban eran vista, oído y tacto, e incluso estos le resultaban distintos.

    En un principio no fue capaz de acceder a sus memorias con claridad. Su pasado le venía a fogonazos confusos. Un odio intenso era cuanto quedaba de su identidad. Echó un vistazo a su alrededor para encontrarse en medio de las ruinas de una ciudad, y tardó en recordar que el lugar una vez había sido su hogar. Vagabundeó hasta encontrar un edificio repleto de armas y piezas de armadura. Agarró una de las espadas, no con intención de defenderse, si no para dar rienda suelta a sus ansías de venganza contra vete a saber qué. Fue al aferrar la empuñadura, viendo su mano con los dedos terminados en huesos, descarnados y desgastados hasta hacer filo, cuando realmente se dio cuenta de que él también estaba muerto. Su maltrecho cuerpo había perdido hasta el último redaño, y aquellas falanges no eran la única parte de su esqueleto que asomaba a través de su carne. Incluso las cuencas de sus ojos se encontraban vacías, y su piel había quedado en cuarteados retazos.

    Mientras asumía la situación, uno de los reanimados se abalanzó sobre él con sus fauces de dientes astillados abiertas de par en par. De modo instintivo, golpeó a la criatura con su arma, ensartando su cráneo a través de la boca. Una imagen más nítida de su vida apareció ante él en ese momento, una evocación en la que daba muerte a un niño por una supuesta causa honorable. El muerto aún agitaba sus brazos, intentando agarrarle pese a la distancia que el acero ponía de por medio. Agarrando la espada con ambas manos, tiró hacía abajo con fuerza, rompiendo la espina dorsal y desgarrando carne hasta separar a la criatura en dos mitades del cuello al muslo.

    Ya recordaba algo de su pasado. Había sido la clase de hombre que creía que el fin justifica los medios. Su atacante aún se agitaba pese a estar reventado en el suelo, y le siguió golpeando hasta destrozarle completamente el cráneo, mientras trozos de cerebro y dientes le salpicaban. Cuando de esas violentas sacudidas solo quedó un lamentable tembleque dejó de golpearle y abandonó esa armería en ruinas.

    No tardó en encontrar otro redivivo, que se agazapaba royendo los restos de un esqueleto. Le hundió dos de los cuatro palmos de espada entre costillas. Recordó otro momento de su vida, el último ésta vez, cuando su Príncipe le había traicionado y asesinado en una lejana y gélida tierra. Ahora recordaba contra quien había jurado su venganza, pero estaba convencido de que la traición no era el único motivo, que había una deuda aún más grave que debía hacer pagar a su asesino. Haciendo girar su espada, cercenó al muerto en dos piezas de modo horizontal, esparciendo el contenido del tórax sobre la calle adoquinada. Sin mirarle, empaló la cabeza del ser y continuó adelante.

    Continuó deambulando por las calles reventando cabezas. Vagaban sin propósito. Llegó hasta la plaza central del castillo de Lordaeron, donde dos grupos de no muertos se enfrentaban. Uno de los bandos actuaba de modo racional, y decidió unirse a la refriega poniendo su parte a favor de estos. Le cortó la cabeza al primero de los incoherentes y los brazos a la altura del codo al siguiente, encontrándose frente a frente con otro. Uno de rostro destrozado, sin mandíbula, que portaba una espada que le resultaba familiar.

    Fintando los embates del reanimado, pudo reconocer su propia obra en él. Recordó haber clavado sus dedos en esa cara. Era el cadáver de su hijo Marquoli. Pudo evocar cada segundo durante los cuales había asesinado a su esposa y descendientes, haciendo memoria del motivo por el cuál buscaba venganza contra él. Arthas.

    Calighieri sabía que debía sentir lastima y furia, que en otro momento encontrarse en esa situación le habría forzado a contener sus lágrimas. Pero nada de eso quedaba ya, solo frío y odio en su alma. Fue rápido en cortar la cabeza del muerto adolescente y liberarlo de su miseria.

    * * *

    Los reanimados que habían recuperado su voluntad se habían unido bajo un mismo estandarte, liderados por la proclamada Dama Oscura. Reclamaban el reino al que habían pertenecido en vida, mientras Arthas se alejaba hacía Rasganorte, dejando a su lacayo Kel’Thuzad al cargo de las Tierras de la Peste. Los Nathrezim de la Legión Ardiente permanecieron en la capital. Pretendían retomar el control del Azote, pero Sylvanas los expulsó, salvo a Varimathras, a quien convirtió en su sirviente.

    Estableciéndose en el alcantarillado de la antigua capital, los desdichados que se habían liberado del yugo de Arthas se bautizaron a si mismos como los Renegados. Pronto renombraron su capital con el nombre de Entrañas, pero Calighieri tomó otra dirección. Abandonó la ciudad para unirse a la recién fundada Alba Argenta, dónde podría dar rienda suelta a su odio contra la Plaga en una guerra continua en las Tierras de la Peste. Aunque los vivos no terminaban de sentirse cómodos cerca de él, ninguna ayuda era rechazada cuando frente al Azote. Calighieri siempre guardó las distancias con los vivos, aunque obedecía las órdenes de sus superiores de un modo sistemático y literal.

    En una misión de reconocimiento a Stratholme quedó demostrado su pragmatismo inmisericorde. Haciendo equipo con dos humanos y un orco, se infiltraron en las ruinas de la ciudad con intención de buscar una fortificación potencial para emplear como punto de ataque contra las fuerzas de la Plaga. Se introdujeron en la calcinada ciudad de modo furtivo, con un plan para desplazarse con cuidado de evitar las patrullas.

    Calighieri los guió a introducirse en una de las casas a través de una ventana, siendo el último en adentrarse. Cuando el humano que abría la marcha atravesó el umbral de la habitación por la que se habían introducido, un necrófago lo atrapó, amenazando su cuello mientras emitía un horrible aullido de alarma. Los vivos se quedaron paralizados intentando pensar en como salvar a su compañero para escapar todos, pero Calighieri tuvo una reacción más rápida. Blandiendo su pesada espada con un golpe diagonal, introdujo el filo por la clavícula del no muerto hasta partir su esternón y columna, abriendo una brecha mortal en la cabeza del rehén. El orco bramó furioso poniendo su hacha contra el renegado, que la detuvo con su acero mientras su rostro permanecía impasible. El humano se interpuso a imponer paz, consciente de los motivos del acto de Calighieri. Los tres abortaron el plan, huyendo por donde habían llegado.

    Pero el grito del muerto viviente había alertado a más agentes de la Plaga. En el interior de los bosques su retirada quedó cortada por una docena de necrófagos, junto a una enorme abominación. Debían abrirse paso ante aquel escuadrón si querían contarlo, y Calighieri señaló al grotesco monstruo, eligiendo a su oponente.

    La abotargada criatura corrió hacía ellos haciendo temblar sus ostentosas carnes, como un niño goloso que corre entusiasmado a buscar chocolate, a una escala mucho mayor. En guardia contra el tambaleante caminar de la masa de carne, Calighieri paró en cuchillo con su arma, mientras sus dos compañeros encaraban a los necrófagos. El inmundo ser lanzó un barrido con las cadenas de su otro brazo sin retirar la presión, y el renegado flexionó rodillas y empujó el cuchillo a un lado, mientras saltaba a tiempo para evitar el golpe bajo. La mole retiró las cadenas para volver a golpear con ellas, pero Calighieri fue lo bastante rápido para emplear el tronco de un árbol como cobertura. La fuerza del golpe hizo que el metal repiqueteara enrollándose alrededor del marchito tronco, y el renegado aprovechó los torpes intentos del grotesco de liberar su arma para lanzarle una estocada clavando su pie al suelo. Sin soltar la diestra de la espada, se aferró con la otra mano a las costuras del hombro del cuchillo y tiró de ellas hasta que el músculo cosido se desmenuzó, y pudo enrollar mejor su mano en los hilos. La abominación se encontraba trabada por costuras, cadena y pie, y forcejeó con su inmensa fuerza en la dirección que le quedaba hasta que el hilo terminó de desprenderse de su carne, perdiendo su brazo, que cayó al suelo dividido en varias lonchas. Habiendo reducido el poder de su adversario, Calighieri retiró su espada con intención de lanzar un nuevo ataque a quemarropa, pero la criatura empleó su otra pierna golpeándole el vientre con una rodilla hecha con un cráneo humano, derribándolo a unos tres metros.

    Mientras el renegado se levantaba, la abominación forcejeaba ruidosamente tirando de la cadena trabada al árbol, dándole la espalda. Sus compañeros habían acabado con cinco necrófagos, pero se encontraban rodeados y a punto de desfallecer. Si atacaba a la abominación su equipo moría, pero de otro modo el coloso se liberaría y reiniciaría su potente ataque. Optó por finiquitar al corpulento y dejar que su equipo muriera por ganarle tiempo. Brincó sobre la espalda del gigante, aferrándose con los afilados huesos de sus pies, y clavando verticalmente los cuatro palmos de su espada en su nuca. Trazó un círculo alrededor del cuello sin desprender su arma, rajando sus virulentos órganos internos en el proceso. El monstruo gorgoteaba agitándose mientras varios puñados de gusanos caían por la brecha. Cuando cerró la circunferencia, el gordo soltó la cadena, haciendo aspavientos en un fútil intentando de quitarse de encima al renegado. Calighieri soltó el arma y agarró su hinchada cabezota por debajo de los pómulos, tirando de ella hasta que el cráneo y la columna vertebral se desprendieron del resto del cuerpo. El gigante se desplomó sobre el árbol que aún tenía enrollada su cadena, partiéndolo en dos con un sonoro crujido, y levantando una nube de polvo al caer. Las partes de la abominación se convulsionaron de modo independiente.

    Echó a un lado con desdén la cabeza de su presa, que aún movía sus labios y ojos sin emitir sonido alguno, y arrancó la espada del torso al tiempo que se giraba a comprobar el estado de sus compañeros. El humano había sido degollado, pero el orco continuaba vivo, intentando combatir furiosamente contra cuatro necrófagos que estaban extrayendo sus entrañas a través del vientre. Destrozó a los necrófagos y observó al agonizante piel verde. Había perdido la mayor parte del sistema digestivo. El orco afrontó su muerte con seriedad, y comenzó a pronunciar un honorable epitafio sobre su muerte, pero Calighieri acabó con su sufrimiento sin prestar ninguna atención a las palabras, dejando a medias sus últimas palabras. El escándalo pronto atraería más enemigos. No tenía tiempo para quemar los cuerpos, pero aplastó los cráneos de todos para al menos reducir el material aprovechable para el Azote. Ya iba a marcharse cuando recordó que quedaba una cabeza, la rodilla de la abominación. Al verla con detenimiento, se percató que era de una niña, a la que le faltaba un pómulo y la mandíbula. Los ojos muertos se clavaron en él, mirándole sin ver nada. Recordaba ese rostro, un día había sido el de su pequeña damisela. Calighieri parecía condenado a matar dos veces a su familia. Reventó el cráneo de Isabela y volvió solo al campamento del Alba Argenta.

    * * *

    Informó de lo sucedido sin omitir detalle, y fue reprendido por ello, aún cuando el fracaso había sido causado por las torpezas de los vivos. Como buen soldado, no puso objeción cuando se determinó un castigo por su falta con sus compañeros, pasando una buena temporada en los calabozos. La soledad le resultaba agradable, pero verse privado de dar rienda suelta a sus asesinos instintos asesinos le resultaba desquiciante.

    Cuando fue puesto en libertad pudo volver a desquitarse destrozando no muertos, manteniendo su actitud lejana hacía los vivos. Las operaciones en las que participaba eran rápidas y traían consigo gran cantidad de perdidas para el Azote, y pronto aprendieron a reconocerlo y temer su destreza en combate. Kherdruek, uno de los exánimes más poderosos al mando de las Tierras de la Peste, meditó con intención de recuperar a ese no muerto para su causa.

    Tramó una emboscada bastante simple, esperando atraerle a través de su compañero de patrulla. Secuestraron un niño y lo encerraron en un caserón cercano a la ruta que solían asignarles. Cuando confirmaron su cercanía, hicieron gritar al niño. El compañero de Calighieri, hombre devoto de la luz, espoleó a su montura en dirección al caserón en auxilio del inocente. El renegado hubiese seguido su camino de no haber sido por la muy concreta orden que le habían dado sus superiores tras liberarlo de los calabozos: jamás permitir que un compañero se expusiera al peligro en soledad.

    El caserón se encontraba algo lejos del camino que tenían por orden vigilar, en medio de un campo en el que un día una familia había cultivado sus hortalizas. Cuando dieron unos pasos sobre la tierra removida, docenas de necrófagos se desenterraron en cuestión de segundos, rodeando a los soldados del Alba Argenta. El creyente desapareció entre la marabunta de huesos, mientras el renegado intentaba mantener la distancia de su acero con los de la Plaga.

    Trazaba amplios arcos con el arma, pero dos necrófagos aún enterrados agarraron sus piernas, mientras un tercero le atrapaba la cintura por la espalda. Otro más le golpeó el rostro, con tal fuerza que su mandíbula inferior se desprendió. Se sacudió intentando zafarse, pero eran demasiados. Solo le quedó esperar que reventaran su cabeza y terminaran con su miserable existencia, pero tal cosa no llegó a suceder.

    Le presionaron hasta tenerlo contra el suelo. Tres de ellos tiraron del brazo hasta que se desprendió con un crujido húmedo. Repitieron la operación con el resto de extremidades. Cargaron las cinco piezas principales, llevándolo ante Kherdruek.

    * * *

    Le engrilletaron cuello, brazos y piernas antes de volver a coser sus partes. Calighieri se sacudía en este nuevo cautiverio, rebosante de odio. A pesar de su fuerza sobrenatural, los clavos permanecieron firmes en sus anclajes.

    Kherdruek no tardó en aparecer. Un esqueleto flotante envuelto en un aura azulada. Apuntó su brazo con los huesos extendidos hacía el renegado, y este se retorció notando un frío cortante. No había notado esa sensación desde sus tiempos en vida. La escarcha no solo cubría su cuerpo, el hielo se había filtrado hasta su alma, devorando su voluntad. El exánime marchó con aire satisfecho, dejándole tiritante en su calabozo.

    Durante los siguientes días sus tejidos embalsamados se congelaron, acabando con el proceso de descomposición. Un vaho glaciar emanaba de su cuerpo creando una bruma a su alrededor. Su propia alma se había helado y perdía el control del cadáver.

    Los secuaces de Kherdruek lo trasladaron a una forja de almas, donde fue encadenado y puesto a trabajar en una espada. Calighieri obedeció al exánime como una marioneta. Cuando el metal tuvo su forma, lo forzaron a combatir contra su antiguo compañero de patrulla. El renegado destrozó a su adversario de un solo tajo, y el alma se introdujo en la espada, completando la espada rúnica.

    Este proceso desató unas energías que terminaron de corromper su voluntad. Sus deseos mutaban, el odio a Arthas cambió hasta convertirse en una mordiente ansía de exterminar todo ser viviente.

    Según se retorcía su voluntad, lo comprendió. La muerte no debería haber sido una maldición, podría haber sido el fin de sus preocupaciones. La vida había sido caótica, cargada de sufrimiento, culpabilidad e indignación. Había sido aferrarse a esos sentimientos lo que le había dado la libertad que tanto le había atormentado.

    El Rey Exánime libraría a todo ser viviente del peso de las decisiones, igual que ya había hecho con su padre, el antiguo rey de Lordaeron. Los viejos y absurdos sentimientos del humano Calighieri quedaron solo como un recuerdo.

    Kherdruek envió al caballero de la muerte a distintas misiones, y quedó muy satisfecho con los resultados. Calighieri resultó ser un asesino muy obediente, cuya voluntad se aferraba a la disciplina y odio como rasgos distintivos. Su cuerpo se convulsionaba de un modo extraño mientras no se encontraba en activo, pero se movía de un modo impresionante siempre que se le concedía la orden de matar.

    Era un soldado fanático y eficiente de la Plaga, lo bastante sometido como para obedecer cualquier orden, lo bastante táctico como para llevarla a cabo mediante sus propios planes y lo bastante letal como para dejar un buen reguero de útiles cadáveres.

    Así revivió Volestro Calighieri por tercera vez. Totalmente comprometido a la causa del que siempre debió ser su señor, dispuesto a todo con tal de exterminar a toda criatura viviente de la faz de Azeroth.




    21:14:16 [Kohe]: That's Orgrimmar Bitches.
    Por Gaheris en el chat de grupo, el 22/7/2011

  4. #14
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    [IMG][/IMG]



    Gotgorth

    Di todo por aquellos que hoy me repudian, di todo por aquellos que hoy me llaman traidor, di todo mi honor por aquellos que hoy me matarían nada más verme. Sangre…

    Sobreviví… ¿Cuánto tiempo había pasado desde que abandonamos Draenor?

    (Flashback)

    ¡¡¡¡ARRASAD Y DESTRUIR!!!! – Fuera de sí todos lanzamos rugidos, aullidos solo teníamos ganas de matar y arrasar. Algunos se atacaban entre sí la sangre salpicaba aquí y allá, impregnaba nuestros rostros, muchos tenían los ojos inyectados en sangre de tanta furia – ¡¡¡¡SACIAD VUESTRA SED DE SANGRE CON LOS HUMANOS!!!! – Nos incitaban antes de cruzar el portal

    (Vuelta a la realidad)

    ¿Cuántas batallas? ¿Cuántas vidas extinguí? ¿Cuánta sangre había derramado? Sangre…

    (Flashback de una batalla)

    El terreno estaba plagado de cadáveres, la batalla continuaba, un olor a sangre y humedad lo impregnaba todo, bolas de fuego de catapultas surcaban los cielos, los gritos de guerra y de agonía se entremezclaban con los tambores de guerra y el chocar de las armas. Los hombres de Gotgorth arrasaban con todo lo que se interponía en su camino.

    - ¡Vamos asqueroso humano! – Espetaba - ¡¡Te despedazaré!! – El humano pareció titubear. Un salto hacia delante con las hachas, se protegió con su espada pero cayó al suelo - ¿Eso es todo lo que os han enseñado, mequetrefe? – El humano se incorporó, era un juego simple, el humano estaba muerto desde que se cruzaron en el campo de batalla. Las dos hachas danzaban brutalmente, le desvíó con el hacha de la mano izquierda su barrido por la misma, clave la otra en su costado desprotegido llegando casi hasta la columna, la sangré chorreaba por el filo… El humano gritaba sin control. Se coloca tras de sí, sus gritos le sacaban de quicio.

    - ¡¡Callate ser insignificante, mereces morir de la peor de las formas, basura!! – Agarrandole del cabello y echándole la cabeza de costado le arrancó la garganta de un brutal mordisco…
    Sangre…

    (Vuelta a la consciencia)

    ***

    Las noticias llegaron rápidamente, una nueva Horda, encabezada por un joven orco nos uniría a todos… A pesar de que mi clan si se unió, yo me negué… tendríamos que abandonar nuestras tierras para ir a saber donde, no tenía ya ningún familiar, ni compañera, ni hijos… y me exiliaron, me dijeron que no me mataban por la lealtad al clan hasta el momento aunque ahora me consideraran un traidor.

    (Flashback de la niñez)

    - Honor Gotgoth, tenlo siempre presente – Me decía mi padre cuando ya estaba preparado para combatir – El honor lo es todo para nosotros, combate con pasión, con fiereza y nunca subestimes a tu rival.

    Y fue el honor lo que le llevo a la tumba en una de las batallas de Draenor, desde aquel entonces, todo comenzó a cambiar para mí. El honor perdió su significado, mi madre falleció asesinada por unos de aquellos seres con tentáculos en la cara sin que yo pudiera hacer nada, los del clan llegaron antes de que me mataran a mi también.

    (Vuelta a la realidad)

    Aún recuerdo aquel día en que me capturaron, un grupo de esos humanos, ¿cuántos eran? Que más dá, nada más verme me dijeron que me detuviera y depusiera mis armas.

    - ¿No queréis jugar un poco, con el abuelo? – les dije, los humanos caían fácilmente en la provocación y más cuando iban en grupo para demostrar quién era más hombre.

    - Dejádmelo a mí, capitán. – Le dijo uno cubierto de chapa – Haré pagar a ese orco todas las muertes que su pueblo ha causado. – El capitán asintió.

    - Mmmmm – Dije pensativo al chico – Cierto, tu cara me suena, seguramente matara a tu padre – el hombre enlatado se lanzó contra mi, esquivé su espadón fácilmente - o quizás a tu abuelo – Aquello lo terminó de sacar de quicio.

    - ¡Cállate y pelea, viejo! – Gritó

    A pesar de que ya no tenía aquella ansia combativa, seguí añorando las sensaciones de la batalla, la adrenalina, el hervor en la sangre… todo aquello volvía.

    El humano lanzo otro tajo con todas sus fuerzas, amortigüé el golpe con mis dos hachas y le aseste una fuerte patada que le hizo perder el equilibrio, le puse un pie en su brazo para que soltara el espadón. Acerqué el rostro al humano.

    - Y ahora acabaré contigo, mequetrefe - Disfruté aquel momento, el humano sucumbió al terror.

    - Ya basta orco, ya le has dado una lección al cretino ese – dijo el capitán – ahora suelta las hachas- No tuve más remedio que acceder y quedarme con las ganas de acabar con el piel rosada.

    Primero viajamos de un lado para otro hasta que llegamos a la ciudad de los humanos. No recuerdo cuanto tiempo había pasado en aquellos calabozos de Lordaeron. Seguramente me ejecutarían o me matarían de hambre

    ***


    Las campanas repicaban, incluso el guardia se había marchado, parecía que alguien importante había llegado, escuchaba vítores la gente estallaba de júbilo, parecían jalear un nombre: Arthas.

    Fue cuestión de tiempo que todo se apagara, poco a poco fueron creciendo los gritos de pánico, terror, horror… ¿Qué estaba ocurriendo?

    Al rato apareció el carcelero, cerró la puertas tras de sí, su cara estaba pálida y empapada por el sudor con motas de sangre. Se apoyó de espaldas a la puerta de madera.

    - ¿Qué ocurre ahí fuera? – Le pregunté aferrándome a los barrotes.
    - El pri… príncipe ha… - Le costaba articular las palabras.
    - Vamos habla – Me desesperaba.

    Algo comenzó a golpear la puerta violentamente, un brazo esquelético y con girones de piel colgando asomó por la apertura con barrotes.

    - ¡Aquí están! – Exclamó aterrado, se arrastró hasta el fondo del pasillo.

    - ¿Qué es eso? – le pregunté

    - S… son muertos vivientes – dijo angustiado – el príncipe los trajo, nos atacaron cuando el príncipe asesinó al rey, su padre.

    - ¡Pues sácame de aquí! - mientras intentaba doblar aquellos barrotes inútilmente. – No quiero morir sin pelear.

    El necrófago echó la puerta abajo, el carcelero no se inmutó, solo observaba como la muerte se acercaba a el.

    El necrófago avanzaba hacia su presa, la sangre me hervía al ver la parsimonia del humano, y actué por instinto. Agarré al necrófago del brazo y lo atraje con todas mis fuerzas a los barrotes. El impacto fue muy fuerte, la cabeza cayó al suelo y se formaron un montón de huesos, me quedé con el brazo en la mano.

    -No seas necio y ábreme la puerta – le apremié – solo así quizás tengamos una oportunidad.

    El carcelero pareció retomar el control sobre su cuerpo y consiguió abrir a duras penas la celda.

    -Necesitaré alguna arma, ¿y mis hachas? – le pregunté al humano

    -Están en un baúl de hierro en la otra sala – Le cogí y con las llaves en mano le dije que me llevara y que abriera baúl.

    - De nuevo juntos – Agarré las dos hachas, no sabía cuánto tiempo había pasado desde la última vez que las empuñé, su tacto me reconfortó, estaba listo.

    Salí al exterior, el panorama era de puro caos, soldados luchaban contra hordas de muertos y esqueletos. En seguida se lanzaron contra mi unos cuantos de ellos, por fin había algo de acción aunque seguramente no saldría vivo de ella, pero daba igual la batalla me hacía sentir vivo.

    Huesos astillados saltaban aquí y allá mientras mis hachas se iban abriendo paso entre ellos, no parecían ser rivales, solo parecía que su número causaba estragos entre la población y los soldados.

    -¡El prisionero ha escapado! – grito uno de los guardias
    No lo entendía, yo debía ser lo que menos preocupara aquellos humanos en ese momento, pero se lanzó a por mí.

    Me agaché y le hice un tajo en el estomago y le clave en la espalda la otra. La sangre salpicó mi cara
    -¡Desgraciado, como se te ocurre! - le recriminé al humano

    Un sonido de pisadas metálicas, hizo que me girara, un humano con una armadura pesada con símbolos de muerte grabados por toda ella me observaba. Portaba un enorme espadón con extrañas runas grabadas que parecían desprender una suave estela al igual que sus ojos que parecían arder con un extraño fuego azul. Estaba muerto, la falta de carne en algunas zonas así lo denotaba, su cabello largo y desaliñado caía sobre su rostro irregularmente. Extrañamente me recordaba a algo.

    -Vamos ojitos, ¿O es que me quieres comer con la mirada? – El humano no muerto soltó una risotada con voz sesgada, sonaba desgarradora.

    -¿Es que no reconoces a la muerte cuando la ves? – Me dijo, su voz era lenta y profunda.

    -Siempre que me veo mi reflejo, ojos brillantes – Me lancé sobre él.

    Interceptó mis hachas interponiendo su mandoble, una sensación gélida comenzó a recorrer mi
    cuerpo, lancé barridos con fuerza y contundencia, pero era muy bueno, cuando no paraba mis ataques parecía esquivarlos con suma facilidad. El no muerto no parecía hacer otra cosa que defenderse, como si me estuviera midiendo. No tardo en pasar al ataque. Lanzó un tajo en vertical, que conseguí interceptar con cruzando mis hachas, el impacto fue brutal, tanto que me hizo arrodillarme, tenía una fuerza impresionante. Una sonrisa macabra se dibujó en su rostro, volvió alzar el mandoble, cosa que aproveché y le clave una de mis hachas en el costado, pero no fue suficiente y se quedó trabada en la gruesa armadura. El mandoble bajó, conseguí apartar parte del cuerpo para que no me partiera por la mitad pero mi hacha quedó totalmente destrozada, me había desarmado.

    Sin darme cuenta, clavó el espadón en mi pecho, sin profundidad lo justo para abrirse paso en el esternón, sin llegar al corazón, un intenso dolor me recorría el cuerpo, pero no grité, soporté el dolor, aunque caí de rodillas.

    Se acercó a mí e inclinándose mirándome con aquellos ojos prendidos, me dijo.
    -Deléitame con tu agonía, orco – retorció el mandoble, noté el traqueteo de mis huesos, como rozaba el corazón, estaba jugando conmigo, como yo hacía - Te gusta la sangre, ¿verdad? – Extendió su mano libre frente a mi rostro, un helor lo recorrió todo, noté los cortes, el calor de la sangre recorría mi rostro. Una carcajada irrumpió el momento.

    - Veo que os han puesto en apuros… - Un extraño ser apareció, pero apenas pude verlo la sangre mezclada con mi sudor me nubló la vista.- ¿Que hace uno de los tuyos por aquí? Me pregunto, has tenido la valentía, o podría decir, estupidez de enfrentarte a un caballero de la muerte – hubo un silencio – si… me servirás, acaba con el- La espada me atravesó completamente…

    ***

    Volví a despertar, no sabía dónde me encontraba, solo había un extraño esqueleto con ropas raídos que parecía levitar.

    -Tu alma ya no te pertenece orco, ni tu voluntad… - se quedó mirándolo – aunque no ha sido muy complicado doblegarte, solo faltaba darte el golpe de gracia – se burló – Pero deberás demostrar que sirves para algo.

    Me pusieron una armadura, se veía pesada, pero no notaba el paso. Fui obligado a forjar una espada, grabé runas en ella, parecía saber lo que me hacía pero no tenía ni idea.
    Partimos una gran expedición a Rasganorte, el continente helado, no sentía frío, cansancio, dolor…

    ***

    La batalla estalló, elfos de sangre y nagas se precipitaron contra el ejercito de la plaga, manejaba el mandoble como si fuera una extensión de mi brazo, los elfos caían a mí alrededor, mi nueva armadura se empapaba de sangre, las runas de la espada brillaban bajo la capa escarlata de plasma, no pude evitarlo lamí la sangre de la espada, entré en éxtasis. Una furia sanguinaria se apoderó de mi, lance un gritó al cielo gris, ataqué y ataqué, miembros mutilados por los alrededores, incluso me podía permitir el morder aquellos endebles elfos. Alguna flecha se clavó en mi armadura… daba igual, era demasiado gruesa como para que me alcanzaran… aunque estaba bajo el control del Rey Éxanime, disfrutaba con aquello.

    Recuerdos de batallas de una vida pasada me venían a la mente, era confuso, pero daba igual, mi ansia por la sangre parecía ir creciendo. La batalla terminó, clavé mi hoja rúnica en el suelo, mi armadura apenas había sido dañada, la sangre cubría una parte de ella, quitándome el guantelete impregne la palma de mi mano, la lamí la sangre a la vez que cubría mi rostro… sangre… Una voz irrumpió en mi mente.

    “Hoy Caballero de la Muerte has demostrado ser una de gran utilidad, a partir de hoy, podrás saciar tu sed de sangre que yo te proporcionaré, podrás arrasar y destruir aquello que yo te ordene… Azeroth se llenará de muerte al paso de la plaga y tu Gotgorth el atroz, podrás acabar con toda vida, incluso, con la de aquellos que te despreciaron, tu destino... era servirme”


    //Gracias por leerla y espero que os haya gustado

  5. #15
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    Predeterminado Respuesta: [2º Aniversario] Levantamiento de Proeza

    Alleine

    La niebla se alzó alrededor suyo y a lo lejos podía verse a duras penas su esbelta silueta disimulada por una capa,que sujeta por encima de sus hombros, ondeaba por la fuerza que el vientoejercía sobre ella,la misma que hacia volar su larga cabellera albina. Permaneció allí hasta que su figura fue consumida por la creciente neblina de la madrugada, y cuando ésta la cubrió por completo, echó a andar en mitad de la oscuridad hacia lo que a través del espeso manto blanco parecía ser un fastuoso mausoleo… Resonaron sus botas de metal, tan oscura como la noche misma, rompiendo el silencio a cada paso que daba por el empedrado camino, aplastando los restos de los árboles que antes de su llegada embellecían y le daban vida a la última morada de los muertos, y que ahora,marchitos y cubiertos por una capa escarchada, sólo daban a conocer que todo rastro de vida estaba extinto.

    El chillido de las corroídas puertas apenas se dejó oír al interior, seguidas de pisadas bajando los escalones, tan cautas como de cazador quien acechara su presa espera pasar desapercibido para tomarla por sorpresa. Aunque ella no podía ver a su perseguidor con sus azulados y destellantes ojos, presentía la proximidad del mismo, acechándole. Guiada por el instinto acercó sus manos a las empuñadurasde magnificas espadasde hojas adornadas con runas y las desenfundó con ánimo de utilizarlas en combate, como aquella vez… Cuando peleaba bajo el cielo azul de Quelthalas. Aquellos días… Cuando aun gozaba de la vida, dulce como la miel.

    ***

    Aquel día, la Luz, a la que había venerado desde su más tierna infancia y a la cual había entregado su vida en combate, infundió en su ánimo un valor sobrenatural para que se distinguiese de entre sus campeones e hizo refulgir su casco con brillante y sacra llama como señal, guiando las miradas de todos a su alrededor, similar a un astro luminoso en mitad de una infinita oscuridad. No tardó demasiado en abatir a los que contra ella ya se habían lanzado… Luchaba impetuosa e incansable, animando a los suyos sin replicar palabras, cual feroz fiera defendiendo la vida de sus cachorros.Así atacaba ella a cualquiera que se le aventara, impotentes de hacerle retroceder, aunque las hordas de esqueletos eran numerosas.

    Lady AlleineAnar´lith, era una experta en el arte con la espada y utilizaba dicha habilidad para impedir el arrollador avance del azote y evitar que llegaran a las puertas de Silvermoon. Inspirada por el valor de la RangerSylvannasWindrunner, quien comandaba las defensas. Sin embargo el azote no cesó el ataque e identificó los puntos en donde la resistencia era más fuerte. Entonces el cielo se estremeció y una ráfaga de estruendosas descargas de energía sombríacubrieron el campo de batalla, con el propósito de caer sobre los más valientes entre los altos elfos. Acompañada por una demencial y eufórica carcajada, uno de esos rayos iba dirigido directamente hacia Alleine, quien afortunadamente logró evadirlo dando un salto hacia atrás cuando le vio aproximarse peligrosamente, terminando por estrellarse justo frente a ella, logrando romper su concentración y dejándola fuera de combate por unos instantes. Por otro lado una atenta mirada se cernía sobre la valerosa mujer de gráciles y rápidos movimientos al igual que poderosos, pero delicados brazos.

    El azote avanzó implacable, como lenguas defuego apuntando en dirección al viento, dejando ver en la tierra el camino que había tomado. Y así como el fuego deja cenizas y una tierra carbonizada, el azote dejo bajo sus pies tierra muerta e infestada, que llegó hasta las puertas de la ciudad de Silvermoon, capital de Quelthalas y posteriormente, hasta la Sagrada Fuente del Sol…

    ***

    Al terminar de descender los escalones,dio unos pasos separándose de las escaleras y se detuvo dando la espalda a su perseguidor. Pero permaneció alerta y armada de magníficas espadas portadoras de muerte, decidida a terminar con la persecución. Esperando con paciencia la acometida de la criatura que la cazaba. El momento poco se hizo esperar, y el humano vestido de bronce, portador de una letal hacha de acero templado y fuerte mango de fresno, adornada con plumas de algún pájaro salvaje, al reverso del filo, arremetió con violencia contra ella al verla de espaldas.

    El humano es capaz de hacerla retroceder unos pasos propiciándole continuos golpes con el hacha, que no llegan a emitir otra cosa que sólo el ruido que producen las armas al chocar entre si, rompiendo el silencio sepulcral, pues sus intentos son detenidos con absoluta firmeza,notable habilidad y casi sin esfuerzo. Un escalofrío le recorre el espinazo cuando logra por fin, poner la suficiente atención en su adversaria. Sus pupilas se dilatan con asombro y terror, como si hubiese visto el retorno del fantasma de su traumático pasado, después de reconocer aquella cinta adornando aún, su antigua rubia cabellera…

    Y dominado por el terror, al ver el resplandor de frío fuego azul en los ojos de cuerpos que alimentados por la nigromancia podían moverse tal cual si estuvieran vivos, dejó caer pesada hacha, girándose, tan rápido como se lo permitía el cuerpo, mientras se le venían a la mente los instantes en que una vez, quien ahora tenía frente a él, le observaba con sus verdes ojos rebosantes en desprecio e ira…

    Sin embargo, aunque en la anterior ocasión logró escapar, esta vez no seria tan afortunado. Pues nada más al momento de girarse el equilibrio le falló, y sus rodillas se quebraron tumbando su cuerpo, que presuroso impulsó hacia arriba con ayuda de sus fuertes brazos, tratando de levantarse, sin darse cuenta de que agudo filo se le acercaba por detrás al mismo tiempo. Entonces, sintió la fría punta incrustársele por la espalda y salírsele por el epigastrio, mientras aun palpitaba, rodeándose de un aura profana que causaba estragos en sus entrañas y un insufrible dolor. Ya cuando la piedra, a sus pies, se teñíaen rojo con su sangre, le abandonaron las fuerzas y la vida…

    ***

    Esa noche entró sola a su tienda, añorando los hermosos cánticos que solía entonar su compañera, con melodiosa y privilegiada voz. Se dejó caer con pesadez, logrando sostenerse con una mano, para evitar tumbarse por completo. Cubriendosu rostrocon la mano que le quedaba libre, al mismo tiempo que una negra nube de pesar empezó a rodearla… Entonces comenzó a murmurar un nombre en voz baja y quebradiza.“Erëmis”. Sollozaba mientras sus ojos se inundaban en lágrimas hasta que resbalaron por sus rosadas mejillas.

    De pronto sintió alguien merodeando fuera de su tienda, mientras ella terminaba de entrelazar su cabello con la azulada cinta de finos bordados, característicos de su pueblo.

    Apareció entonces cruzando las telas que hacían de puertas en su tienda, arrastrando consigo una formidable hacha de acero templado, con fuerte mango de fresno, adornada con algunas plumas de colores vivos en el reverso del mortal filo, de apariencia similar a las armas de un Troll, Señor de la guerra. La extendió hacia el fornido humano, alzándola a varios centímetros del suelo con sus delicados brazos, y cuando sintió que él la atraía hacia si, la soltó… Entonces,para sorpresa del humano, el arma cayó estrepitosamente al piso, y éste las contempló con asombro, mientras la afligida mujer empezaba a vestirse con ese tabardo plateado, aquel que lleva el sol en el centro, irradiando su luz en todas direcciones. Y emprendió la marcha cuesta arriba en mortal silencio. Hasta que llegaron a un punto en el que el camino se dividía.

    Divisaron un sendero cuesta arriba que escalaba la llamada “Colina de las Penas” hacia el lugar en donde reposaban los restos de Uther El Iluminado. Del otro lado, un descuidado camino en dirección a la derruida ciudad de Andorhal. Y frente a ellos, se alzaba el antiguo cementerio de la ciudad,lugar que debían cruzar para llegar a su destino. Una pequeña capilla hacia el este llamada “La Esperanza de la Luz”.

    Sin embargo una sospechosa silueta que se movía en la oscuridad, camuflándose en la niebla, llamó su atención. Yles guió hasta la entrada de una abandonada cripta, donde logró esconderse. Entonces, ella se aventurósola a echar un vistazo al interior ante la negativa de su compañero de armas, pero no pudo distinguir nada, pues la penumbra que imperaba dentro de la lúgubre estructura se lo impedía. Sintiéndose observada, prefirió salir fuera, bajo la luz de la luna cuanto antes, para evitar así cualquier emboscada.

    Sin embargo, cuando estaba a punto de cruzar el umbral, un ser le cayó por sorpresa desde arriba, obstruyendo su salida, dejándola entre la punta del mandoble rúnico y las tinieblas al interior de la no tan abandonada cripta.

    Alertado al presenciar esto, su compañero corría desesperadamente en un su ayuda pero al ver a tantos necrófagos apareciendo, uno a uno frente a él, interponiéndose en su camino, se echó hacia atrás y desapareció en la espesura, entre la niebla y los árboles decrépitos. Seguido de cerca por los necrófagos.

    -Seguirías siendo un cobarde incluso si empuñaras las divinas armas de los dioses. Tu debiste morir, en lugar de Erëmis…- Dijo ella con su mirada rebosante en furia y desprecio sin mover apenas los labios.

    Alleine desenfundó relucientes espadas plateadas, preparándose para el inminente combate, esperando la acometida de aquel oscuro caballero que en ese momento hizo refulgir dos azulados orbes al interior del yelmo, e hizo palpitar las runas que adornaban su espada, rodeándose de un aura glaciar, con aroma a muerte. Enseguida, empezó a atacarla con similar fuerza a la que ella poseía, y el choque de espadas retumbó en el cementerio como campanadas de un gran reloj.

    Se mostró firme en cada paso que daba adentrándose en la espesa oscuridad, hasta que todo quedó sumergido en un silencio fúnebre. Toda su vida pasó por su mente en un instante que le pareció eterno, hasta que en un susurro final pudo mencionar difícilmente y de manera casi inalcanzable el nombre de Erëmis.

    Y cuando el alma empezó a abandonar su cuerpo, escapando por aquel agujero en su cuello del cual brotaba la sangre a salpicones, su mente quedó sumida en los recuerdos, aquellos que conservaba con amor. Pero a ellos se mezclaba una voz de ultratumba que hizo eco en su cabeza, infiltrándose y haciéndose parte de sus recuerdos, mientras sentía asfixia al hundirse en las tinieblas y sucumbir a la sombra por vez primera. Sin dejar caer sus espadas, como quien se aferrase a seguir luchando, sobrevivir. Pero de nada le serviría, estaba indefensa ahora…

    ***

    Atormentada por esa enloquecedora voz de ultratumba perdió los últimos vestigios de su verdadera misión en esas tierras. Los propósitos de su vida pasada ya no importaban, solo cumplir las órdenes del maestro como campeona del Rey Lich, las cuales eran simples… Pues desde el inicio, al vislumbrar su reino y encontrarlo incompleto, dictó rápida y despiadada sentencia… ¡Muerte a todos! … Y en el asalto a “La Esperanza de la Luz”, el último punto de resistencia del Alba Argenta en las tierras de la Peste, al cual atacarían con todo el poderío de Acherus, no podría ser distinto.

    Sin embargo, después de la aparición del campeón de la Luz Tirion Fordring y tras sufrir la derrota por parte de este, percibió todo con total claridad, al mismo tiempo que logró romper el vínculo que la mantenía subyugada al Rey Lich y se propuso enmendar las atrocidades cometidas a consciencia mientras estaba sometida a su voluntad, pues entendía que los fantasmas del pasado vendrían a atormentar sus recuerdos y remorderle la consciencia…

    Decidió unirse a los insurrectos Caballeros de la Hoja de Ébano, liderados por el Alto Señor Darion Mograine, para juntos tomar venganza contra el rey traidor... Aquel que le había arrebatado todo, y había sido el causante real de todas sus desgracias. Aceptando con la misma actitud que habría tomado en vida.

  6. #16
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    Predeterminado Respuesta: [2º Aniversario] Levantamiento de Proeza

    Nelthanis Duskbringer

    I
    Mundos distantes

    “Felo'melorn es más fuerte que nunca – como lo soy yo. Como lo son los Sin'dorei. Somos más fuertes por haber sido destrozados. Más fuertes y provistos con un propósito. Y ese propósito es verte caer.”

    Príncipe Kael'thas Sunstrider.

    La sangre regaba el oscuro suelo empedrado de cada corredor y ala del retorcido Templo Oscuro, perdiéndose entre los cuerpos de los tabidos, orco viles, demonios, sin'dorei y los serpenteantes naga, remontándole a cada una de las duras batallas que se había visto obligado a luchar en el devastado mundo de Terrallende, abriéndose paso entre las inquebrantables filas de demonios y orcos que defendían los incontables portales repartidos por el resquebrajado planeta. Durante largas horas había llevado a sus soldados hacia lo más alto de Karabor, tal y como dictaban las ordenes de su príncipe, Kael'thas Sunstrider, buscando apoderarse de este en favor de lord Illidan, sin nunca haberse imaginado la ardua resistencia que presentarían los defensores del lugar.

    - “¡Seguid avanzando, tenemos que llegar a lo alto del templo!” - Ordeno Nelthanis, señalando hacia los escalones que tenían en frente.

    Inspiro hondo y levanto su espada con ambas manos, cargando por delante de su batallón hacia las escaleras, seguido de cerca por sus soldados quienes como él, dejaban escapar un estruendoso grito de guerra, capaz de intimidar a sus enemigos. Subió con rapidez, sin siquiera detenerse al escuchar los imponentes rugidos de sus enemigos que al poco verlos, se percato de como corrían desesperados hacia él y sus compañeros con sus afiladas hachas habidas de sangre y carne que desgarrar, en cada mano. Entrecerró sus ojos, afinando su vista en su enemigo, atento a cualquiera de sus movimientos a medida que ambas fuerzas poco a poco se acercaban, hasta pronto chocar entre si.


    Interpuso su espada ante una de las hachas, empujándola rápidamente con todas sus fuerzas, obligando a retroceder al colosal orco carmesí, aprovechando las aberturas para atravesarle con su espada. Inmediatamente la retiro de su cuerpo, dejando escapar la sangre de su adversario, para atacar a otra de las tantas brutas criaturas cercanas a él. Detuvo un par de golpes más y esquivo otros antes de responderlos, balanceando su espada en la estrecha pasarela, abriéndose paso hacia la cúspide del edificio.


    - “¡No decaigan!” - Alentó Nelthanis, apuñalando a otro orco con su espada. - “¡Que sientan la fuerza de nuestro príncipe, de los Sin'dor-”

    De pronto, una fuerte embestida le empujo y obligo a caer en el suelo, soltando su espada. Cerro sus ojos con fuerza y sacudió su cabeza, antes de alzar la mirada y observar sorprendido los ojos inyectados en sangre del orco frente a él, sin poder evitar recordar a los muertos vivientes que habían acabado con su tierra, su hogar y su familia...


    Azmerelle... Hanthal...

    Los nombres de su esposa e hijo cobraron forma y sonaron con fuerza en su mente instantáneamente, a la vez que rememoraba sus rostros iluminados con una alegre sonrisa.

    El orco vil rugió con fuerza y levanto su hacha, apartándolo de sus memorias y regresándole a la realidad, aquella que acabaría inminentemente en pocos instantes. Iracundo, Nelthanis le enseño los dientes a la vez que dejaba escapar un gruñido de rabia, percatándose como los brazos del endemoniado ser descendían raudamente hacia él, sujetando el hacha que le partiría en dos. Rápidamente, el sin'dorei se hizo a un lado, sintiendo el roce del filo del arma de su verdugo y luego el estruendo de esta al golpear con el suelo, mientras extendía su brazo hacia el mango de su espada y desataba una poderosa estocada contra su abdomen descubierto, lanzando un grito lleno de rabia.


    Los ojos del elfo se encontraron con los del orco vil, quien le observaba con una mirada perdida, vacia, antes de caer de lleno contra el suelo una vez el sin'dorei enterraba aun más la espada, desesperado, arrastrando la hoja con él, obligando a Nelthanis soltarla y dejarla ir con el cuerpo sin vida de contrincante.


    - ”¡Capitán Dawnbringer!” - Escucho ser nombrado por uno de sus soldados el sin'dorei, mientras permanecía en el suelo con la respiración entrecortada, cansado tras largas y arduas horas de lucha. - “¿Capitán?”

    Nelthanis suspiro y miro al soldado frente a él, quien le extendió su mano derecha una vez se percato de su respuesta.


    - “... Reporte de bajas.” - Solicito Nelthanis, ya en pie, mientras observaba la escalera ya despejada y con cuerpos desperdigados entre los escalones.

    - “Hemos perdido a varios, Capitán” - Respondió inmediatamente el soldado. - “Por cada una de esas malditas bestias, tres de los nuestros caían... ¿De donde obtienen esa fuerza?”

    - “No lo se y no hay tiempo para averiguarlo.” Contesto tajante el capitán, volviendo su atención al resto de sus soldados. - “¡Formad, partiremos de inmediato! ¡El príncipe nos espera en la cúspide de este lugar!”

    Aunque cansados, tanto o más que él, ninguno de sus compatriotas cuestiono sus ordenes; después de todo, ninguno estaba allí por obligación, sino por propia voluntad. Mientras el resto se formaba, Nelthanis se acerco al cadáver del orco, dirigiéndole una mirada indiferente a medida que cogia el mango de la espada y retiraba de su cuerpo, antes de volver a mirar a sus soldados y con una simple orden, comenzar a marchar nuevamente por las escaleras y demás corredores del templo, abriéndose paso entre las miles de filas enemigas hasta llegar finalmente con sus hermanos y el príncipe acompañado por lord Illidan y Akama, conjunto al resto de fuerzas de lady Vashj que se habían abierto paso por los acueductos de Karabor.


    Los ojos de Nelthanis se abrieron como platos, sorprendido por el gigantesco demonio que se encontraba caído y derrotado ante los tres generales y su líder, quien observaba impotente como las fuerzas invasoras se congregaban una tras de otra frente a su trono.


    - “No te conozco extranjero, pero tu poder es grande...” - Comento el colosal demonio al observar como el Traidor se alzaba victorioso delante de él. - “¿Eres un agente de la Legión? ¿Has sido enviado para ponerme a prueba?”

    En sumo silencio y aun sujetando con fuerza su espada, atento y cauto a cualquier sorpresa del demonio, la risa del maestro de su príncipe hizo eco en las alturas, producto de las palabras del señor del foso.


    - “He venido a sustituirte.” Contesto el Kal'dorei, tras reír. - “Eres una reliquia, Magtheridon, un fantasma de la era pasada. El futuro es mío. A partir de este momento, Terrallende y todos sus habitantes... se inclinaran ante mi.”

    Sin espera u orden de nadie, Nelthanis apoyo la punta de la hoja de su espada en el suelo y arrodillo a la vez que lo hacían el resto de criaturas allí presentes, reconociendo la victoria y autoridad del endemoniado Kal'dorei, pese a que su verdadera lealtad era solo y únicamente para con su príncipe, aquel que les llevaría a la gloria y una nueva era para su pueblo.


    - “¡Escuchadme temblorosos mortales!” - Exclamo el Traidor, tomando el lugar del señor del foso, frente a los ojos de su ejército y los remanentes de las fuerzas defensoras. - “¡Soy vuestro amo y señor! ¡Illidan imperara!”

    Tú no eres mi amo, ni mi señor… El príncipe Kael’thas lo es, no tu, demonio…

    Pensó y dijo para sus adentros al oír como la arrogancia comenzaba a brotar del Kal’dorei, producto de la victoria conseguida gracias a los esfuerzos combinados de los naga, tabidos y sobretodo, sin’dorei. Aunque en desacuerdo con el resultado de la batalla, Nelthanis permaneció arrodillado junto al resto, saboreando la victoria aunque fuese en completo silencio.

    o o o o o

    Dejo a un lado su espada, aunque lo bastante próxima como para tomarla en cualquier momento, para quitarse las pesadas y abolladas hombreras de su armadura, siguiendo por la capa y el tabardo, ambos rasgados producto de la fiereza de la ultima y más reciente batalla, acabando finalmente por retirarse los guanteletes y observar las palmas de sus manos descubiertas fijamente, como si su propia vida estuviera sobre esta.

    Azmerelle… Hanthal…

    Nuevamente, el recuerdo de su familia volvía a su cabeza: Podía verles a ambos, juntos. Ella abrazaba al pequeño Hanthal de 28 años, quien sonreía alegremente en todo momento mientras observaba con admiración a su padre con unos ojos similares a los de su madre, sujetando alguna especie de burdo dibujo para él. Asimismo, Azmerelle sonreía igualmente, con una expresión llena de felicidad y un profundo sentimiento de amor y cariño hacia su esposo e hijo que se reflejaba en sus ojos finamente rasgados y de un color casi tan azulado como el propio cielo despejado del Bosque Canción Eterna.

    Frunció los labios y expiro por la nariz con sumo pesar, a medida que cerraba con fuerza sus manos hasta formarlas en puños. Pese al tiempo que había pasado, el dolor de la pérdida continuaba presente y más vivo que nunca. Durante mucho tiempo se había dicho a si mismo que al menos la muerte les había ahorrado el sufrir la angustiosa y molesta sed de magia que afecto a los suyos, una vez la Fuente del Sol fuera destruida por orden del propio Kael’thas, quien se había percatado de que la corrupción que poseían sus aguas producto de la resurrección del maldito lich, Kel’thuzad, haciendo más que evidente la dependencia que tenían de ella; el corazón de su pueblo. Pero el presenciar la muerte de ancianos y niños, especialmente de estos últimos, al no poder soportar la sed, no hacia más que recordarle a su joven hijo y la falta de alguien con quien compartir su desdicha o para sentirse apoyado, solo empeoraba las cosas.


    Sin’dorei o Elfos de Sangre… En su mente permanecía el momento en que se había sucedido el auge, aceptando su nuevo nombre en honor a los caídos, en honor a Halthir y Azmerelle. Como también la campaña a favor de los remanentes de la Alianza, para recuperar los territorios perdidos a manos de la Plaga, aquella a la que se entrego sin dudarlo siquiera una vez; no por querer recuperar Lordaeron o Dalaran, sino más bien para acabar con todas y cada una de las monstruosidades no muertas que caminaban libres por ahí, hasta dar con el carnicero que las había llevado a su patria, arrebatándole todo lo que amo en tan solo unos pocos días. Aquella que le llevo a entrar en contacto por primera vez en su vida con los Kal’dorei mientras él y su gente trataban de llevar su caravana hacia Dalaran, donde más tarde ese despreciable humano racista llamado Garithos, les había ordenado cumplir tareas completamente suicidas y casi imposibles de lograr, si no hubiese sido por la ayuda de los naga, antes de ser descubiertos por este mismo y ser encarcelado en las prisiones de Dalaran, lugar del cual tuvo que escapar y acabar en un mundo del cual solo había escuchado nombrar en la Segunda Guerra, pero que lucia bastante diferente a como lo describían algunos. Todo por seguir a su príncipe, todo por intentar cobrar venganza y hacer justicia sobre el humano que tuvo la osadía de reducir a cenizas toda su vida, dejándole no más que angustia, impotencia y rabia.


    Repentinamente, sus ojos se tornaron vidriosos y sintió como una lágrima escapaba de ellos, deslizándose por su mejilla hasta perderse en su piel ensangrentada y sucia a causa de la batalla. Era incapaz de preguntarse si algún día su príncipe cumpliría la promesa de cobrar venganza sobre la Plaga, pero muy en su interior comenzaba a dudar de que así fuera, en vista de que el destino no había logrado más que llevarles a un páramo bastante distante y diferente del cual se encontraba, posiblemente, su enemigo.


    Anar’alah belore, selama ashal’anore, sin’dorei…

    Dijo en su cabeza Nelthanis, tratando de mantenerse firme en su juramento mientras se secaba las lagrimas de su rostro, minutos antes de reclinar su espalda hacia atrás hasta toparse con la muralla y agachar su cabeza, tratando de descansar.

    - “¿Qué es eso?” – Escucho decir a uno de los soldados.

    - “¿Una tormenta?” – Se pregunto otro. – “¿Son posibles en este lugar?”

    Ante tanto murmullo, Dawnbringer abrió sus ojos y volvió su mirada hacia los soldados, frunciendo el ceño no menos intrigado por lo que sucedía. Recogió su espada y acerco a una de las aberturas para ver el cielo, arrugando el entrecejo prominentemente al ver con sus propios ojos lo que parecía ser una especie de descomunal tormenta de fuego que comenzaba a apoderarse de los cielos del Templo Oscuro. Inmediatamente, algo en su interior le advirtió que quizá, la batalla no había terminado y los demonios se disponían a recuperar su fortaleza, motivo por el cual sujeto con aun más fuerza la empuñadura de su espada y mantuvo alerta a cualquier movimiento hasta que la tormenta, repentinamente, se desvaneció, regresando la calma a los cielos.


    - “¿Qué demonios fue eso?” – Incrédulo y extrañado, Nelthanis mantuvo su mirada en los cielos sin dejar de sujetar su espada.


    - “¡Nuevas ordenes del Príncipe Kael’thas!” – Escucho gritar a uno de sus emisarios, quien regresaba de lo alto de la fortaleza. Nelthanis rápidamente volvió su mirada a este. – “Descansad y prepararos: Los Sin’dorei marcharemos junto a lord Illidan hacia el Trono de Hielo para acabar con la Plaga y su Rey Lich de una vez por todas.”

    Sorpresa fue lo primero que inundo su pecho al oír las palabras del emisario; finalmente, tras una larga espera y diferentes desventuras, había llegado el momento de cobrar venganza sobre la Plaga. El valor fue lo próximo que se apodero de su persona, el mismo que a los pocos instantes le obligo a mirar a los soldados de su batallon y decirles:


    - “Ya habéis oído: Descansad y preparad vuestras cosas. Os quiero a todos listos cuando hayamos de partir.” – Ordeno serio y autoritario, aunque con una mirada que denotaba el coraje y deseo de marchar ya hacia la helada tierra de Northrend.

    II
    En el frío corazón de la muerte.

    Los patios del tomado Templo Oscuro rebozaban de múltiples soldados, todos y cada uno distinto al otro en raza o especialidad, pero todos con el mismo deseo. Frente a su batallon, Nelthanis observo con orgullo como los estandartes rojos como la sangre, con la insignia del fénix dorado eran levantados. Solo al cabo de unos segundos, y mientras aguardaba que los magisters abriesen el portal hacia la helada tierra del techo del mundo, el capitán Dawnbringer fijo su mirada en sus soldados, quienes aguardaban igual de impacientes que él la hora de partir, pese a que ninguno lo demostrara abiertamente.

    - “¡Soldados! ¡Hermanos sin’dorei!” – Exclamo llamando su atención, Nelthanis. – “¡Durante mucho tiempo hemos aguardado este momento! ¡Todos recordamos con amargura y rabia lo que la Plaga, y ese maldito carnicero, Arthas, le hicieron a nuestra patria, a nuestra gente… a nuestras familias! ¡Todos recordamos lo que tuvimos que sufrir para llegar a este momento, pero aquí estamos, después de todo!”

    - “¡Hemos luchado y vencido los enemigos más poderosos jamás conocidos por cualquier otro! ¡Sobrevivido a incontables oleadas de demonios y orcos que nadie estaría dispuesto a soportar, para estar aquí, para llegar al momento en que finalmente ha llegado la hora de hacer justicia!”

    - “¡Es solo cosa de tiempo para que marchemos por las frías tierras de Northrend, para que los no muertos escuchen nuestros gritos de guerra y vuelvan a sentir miedo en sus cuerpos! ¡Recordad el por qué estáis aquí hoy! ¡Recordad a todos nuestros hermanos caídos y luchad por cada hombre, mujer y niño que murió en la caída de nuestra patria o en nuestro camino a este lugar! ¡Recordémosles a todos ellos y luchemos en su nombre! ¡Luchemos para que sus muertes no hayan sido en vano y el Sol vuelva a brillar una vez más sobre Quel’Thalas!”

    Envalentonado, Nelthanis levanto su espada hacia lo más alto, de forma horizontal, antes de gritar fuerte y claro:


    - “¡Por nuestro rey, Anasterian, y nuestro príncipe Kael’thas! ¡Por Quel’thalas!” – Gritaba con un coraje desmedido. – “¡Por los Sin’dorei!”

    De forma automática, sus soldados comenzaron a alzar sus armas, estandartes y voces, todos animados y gritando al unísono gloria al pueblo sin’dorei, victoria para Quel’thalas o muerte a la Plaga, mientras el mantenía su espada en alto antes de girarse hacia los taumaturgos elfitos y observar como el portal a Northrend se abría frente a sus ojos, enseñando cual ventana a otro mundo las blanquecinas montañas nevadas del continente, azotadas una y otra vez por despiadadas ventiscas. Inmediatamente y con tan solo un pequeño gesto de su arma, él y su batallón se encontraron marchando hacia el portal junto a miles de militares más, todos dirigiéndose al portal hasta pronto atravesarlo, dejando atrás el caótico y calido ambiente de Terrallende para adentrarse en los helados dominios del Rey Lich.


    o o o o o

    Una masa de aire frío fue lo primario que sintió en su rostro una vez atravesó el portal, mientras observaba el paisaje completamente nevado, con un cielo completamente nublado, oscuro, y sin rastro alguno de vida más que él y el resto de fuerzas invasoras en los alrededores. Descendió su mirada hacia sus pies, los cuales yacían hundidos en la nieva, antes de volver a mirar hacia el frente, al resto de sus hermanos y hermanas; estaban en Northrend.

    - “El Sol nunca ha tocado estas tierras, ¿no le parece, capitán?” – Pregunto el Sargento Jaedan Dawnstrike.

    - “Ni ahora, ni nunca…” – Respondió Nelthanis, percatándose de cómo los mandos se reunían no muy lejos de su posición. – “Será mejor estar atentos en todo momento y no dejar atrás a ninguno de los nuestros a no ser que sea extremadamente necesario… No sabemos qué puede tenernos preparado la Plaga en este lugar.”

    - “En eso estoy de acuerdo con vos, capitán.” – Comento Jaedan, asintiendo firme a sus palabras. – “¿Hacia donde, ahora?”

    - “Hacia algún lugar del norte...” – Contesto seguro de su respuesta, Nelthanis, agregando seguidamente: - “Mantened firmes y atentos a nuevas ordenes a los soldados, seguramente partiremos de inmediato.”

    - “Si, capitán” – Inmediatamente, Dawnstrike adopto una posición firme y le saludo con un gesto marcial, antes de marchar con el resto del batallón.

    Nelthanis le observo partir hacia sus guerreros y demás oficiales al mando, antes de volver su mirada al frente y caminar con un paso pesado, producto de la nieve en que se hundían sus pies a medida que avanzaba, hacia el oficial al mando de su legión: el Comandante Thalothen Varen, un hombre que destacaba por su altura y las cicatrices que había obtenido durante las tantas batallas que había enfrentado, siendo algunas de ellas visibles en su rostro, tales como un corte en diagonal en su mejilla izquierda y otro de forma vertical a la altura de la sien derecha.


    Thalothen se encontraba hablando con uno de sus subalternos, mientras Nelthanis se acercaba y saludaba con respeto, una vez capto su atención.


    - “¿Qué es lo qué quieres, Dawnbringer?” – Pregunto tajante y un tanto severo, aunque no más que de costumbre, el Comandante Varen.

    - “Mi batallón esta listo y a la espera de nuevas ordenes, Comandante.” – Contesto de inmediato y sin abandonar su postura firme, el Sin’dorei.

    - “Como muchos otros más, Capitán” – Comento Thalothen, sin dar gran importancia a las palabras de Nelthanis, antes de continuar. – “Las ordenes del príncipe y Lord Illidan han sido claras: hemos de comenzar a marchar al norte, pero avanzar hasta llegar con nuestro objetivo nos tomara semanas, meses si es que el clima no nos favorece…”

    Varen resoplo pesadamente, bien sabia que el tiempo no estaba, ni estaría a su favor; Northrend era bastante diferente a cualquier otro continente que él o Nelthanis hubiesen visitado.


    - “Reforzaremos nuestra posición aquí y luego comenzaremos a marchar al norte” – Dijo, finalmente, el Comandante.

    Nelthanis paseo su mirada una vez más por los alrededores, prestando atención a la notoria escases de madera y otros recursos necesarios.


    - “Esta tierra esta casi desprovista de recursos, nos tomara mucho más tiempo establecer una base aquí...” – Comento Nelthanis, incrédulo ante la idea de poder establecerse adecuadamente en un suelo como ese o cualquiera de dicho continente de la forma adecuada.

    - “Nadie dijo que fuera a ser fácil, Dawnbringer.” – Respondió tajante, nuevamente, Thalothen. – “Pero ya sobrevivimos a las infernales tierras de Terrallende y podremos hacerlo en estas. Ahora… será mejor que volváis con vuestros soldados y establezcáis un perímetro en vuestra área, no quiero que los no muertos nos tomen por sorpresa.”

    Nelthanis le saludo respetuoso y asintió a sus órdenes, retirándose de inmediato hacia su batallón, aun escéptico ante la idea de establecerse como era debido en dicho lugar. Solo una vez con sus soldados, comenzó a dictar las órdenes a cada escuadra que le formaba, tales como recoger madera y preparar el fuego o el campamento, y montar guardias en los alrededores.


    o o o o o

    La noche había caído y la gran mayoría se encontraban dormidos, el inclemente frío calaba hasta sus huesos, obligándole a recordar y extrañar el calido ambiente primaveral de Quel’Thalas.

    Quel’thalas… ¿Qué será de ti en estos momentos?

    Volvió a extender sus manos desnudas a la hoguera y calentó un poco, antes de frotarlas una a la otra, tratando de mantener el calor en ellas. Mientras lo hacia, mantuvo su mirada fija en las llamas, recordando el duro momento de la caída…

    - “¡Escudos al frente, soldados!” – Había ordenado Nelthanis a los Guardias Reales que se encontraban junto a él en el centro del extremo oeste de la ciudad de Lunargenta. – “¡Mantened la línea! ¡No dejéis pasar a ningún muerto viviente!”

    Hace horas la Plaga se había divisado en el horizonte y logrado derrumbar la segunda puerta, abriéndose paso por Lunargenta, bañando de sangre sus calles ante el festín que se hacían los miles de zombies y necrófagos de todo Quel’dorei que caía victima de sus colmillos y garras. La ciudad había quedado dividida, y los muertos vivientes, muchos de ellos elfos anteriormente, comenzaban a plagar las calles de los extremos oriente y occidente de la capital. Como Guardia Real, su labor consistía en asegurar no solo la vida de su pueblo, sino también la de los siete miembros de la Convocatoria de Lunargenta y su rey, pero para su desgracia bastante lejos se encontraba del palacio real y la supervivencia de muchos era lo único que podía hacer en esos momentos.


    Unos cuantos ancianos, niños y mujeres aparecieron corriendo desde las calles hacia su línea de defensa, seguidos por algunos no muertos, viéndose obligado a abrirla para dejarles pasar y descuidar su defensa ante su enemigo.


    - “¡Seguid hasta la Isla Caminante del Sol!” – Les señalo alzando la voz, Nelthanis. – “¡Allí estaréis seguros!”

    A poco alcanzo a terminar su frase, antes de escuchar un grito de dolor de uno de sus compatriotas, encontrándose forzado a volver su mirada rápidamente hacia su escuadra, percatándose como algunos no alcanzaban a resistir el embate de los no muertos y por más que luchaban, no eran capaces de detenerlos e impedir que estos les devorasen frente a sus ojos en solo cosa de escasos minutos.


    - “¡No podremos con todos ellos, sargento!” – Escucho gritar a Dawnstrike, entonces un simple Guardia Real bajo su cargo, mientras Dawnbringer corría con su espada en alto hacia sus compañeros, golpeando con fuerza los endebles huesos y desgarrando la carne de sus adversarios con el filo de su hoja.

    En tan solo pocos instantes, mientras Nelthanis trataba de mantener a los muertos vivientes, no pudo evitar dirigir su mirada hacia los cadáveres de sus hermanos, quienes a pocos instantes de haber caído victimas de los rasguños y mordeduras de los muertos vivientes, se levantaban bañados en sangre y con una expresión furiosa justo antes de cargar contra los pocos guardias que aun quedaban en pie junto a él.


    - “Maldición…” – Murmuro quejándose el entonces Sargento Dawnbringer, debatiéndose rápidamente en si romper filas y retroceder o permanecer allí para ser devorados, más temprano que tarde. – “¡Retroceded! ¡Retroceded hacia la puerta principal que da a la isla! ¡Los contendremos desde allí!”

    A poco su orden llego a oídos de sus camaradas, estos empujaron con todas sus fuerzas a los no muertos y levantaron sus escudos para correr hacia la puerta junto a su sargento, todos inmersos en una desenfrenada carrera en la cual no podían permanecer ajenos a los fugaces, y repentinos, gritos de dolor de gente que seguramente era devorada; seguramente amigos, familiares o meros conocidos. ¿Cómo era posible que en tan poco tiempo, hubiesen diezmado con tanta facilidad a su orgullosa nación? No cabía tiempo para pararse a responder dicha pregunta, pero esta aparecía intermitentemente en la cabeza de Nelthanis.


    Esto no puede estar sucediendo…

    - “¡No os detengáis!” – Grito Nelthanis a sus soldados, mientras seguía corriendo, tratando de ignorar los gritos de dolor de sus alrededores…

    La puerta permanecía abierta, aun con unos pocos guardias en su interior, quienes, al igual que ellos, trataban de mantener a raya a los muertos vivientes. El entonces quel’dorei corría con todas sus fuerzas, ya bastante cansado por la dura batalla contra los no muertos y la desenfrenada carrera, en la cual incluso había dejado caer sus hombreras y otras partes de su pesada armadura para aligerar el peso que le impedía huir con más rapidez y extenuaba con más rapidez.


    La lucha continuo por un par de horas más en la puerta y aunque el numero de no muertos era bastante inferior al que habían enfrentado en el centro de la ciudad, estos regresaban en ciertas ocasiones hasta casi dejar de hacerlo con el paso de las horas…


    o o o o o

    El viento soplaba contra los estandartes y pendones que una vez más yacían en lo alto, flameando o balanceándose al compás de sus silbidos, cubriéndose de escarcha como su armadura platinada con bordes carmesí. Hacia horas que los primeros y pocos rayos del sol se habían abierto paso entre las aberturas del oscuro cielo nublado, anunciando la llegada del alba y con ella, la hora de comenzar la marcha hacia el norte, hacia la victoria. Su caminar era igual o más pesado que la primera vez que llego, no solo por la nieve en la cual se hundían sus pies, sino por el como esta se inmiscuía dentro de sus botas en algunas ocasiones y el como sus pies se congelaban paso a paso. Como si fuera poco, el sin’dorei era incapaz de poder ignorar esa extraña sensación de sentirse observado…

    ¿Desde donde…?

    Mientras avanzaba, observaba hacia cada extremo y dirección a su alrededor, buscando a su observador inútilmente… Solo nieve, hielo, piedra, y alguno que otro árbol aparentemente seco y sin hojas entre las montañas o quebradas que le rodeaban era lo que encontraba.

    Nelthanis resoplo y miro tras de si, sobre su hombro, a sus soldados, preguntándose si se sentían igual que él: vigilado. Negó con su cabeza varias veces, creyendo que quizá se debería a su poco descanso en la noche anterior y volvió su atención al frente. ¿Cómo era posible que ahora, en el momento en que se encontraba tan próximo a su victoria, comenzara a estar paranoico? No era posible, ni debía, no después de enfrentar miles de aberraciones desde que había cruzado el Desfiladero Thalassiano y llegado a pisar incluso un mundo completamente desconocido y consumido por la Legión Ardiente, y sus retorcidos lacayos.


    La sensación perduro, por mucho que intentara ignorarla, allí seguía. Continuo marchando conjunto al resto de fuerzas combinadas de sin’dorei y naga, caminando hacia el oscuro abismo cada vez más cercano; tan solo tras extensas horas de caminata y muy a lo lejos, el cielo se atormentaba y tornaba cada vez más oscuro, siempre en torno a lo que parecía ser el techo de una gigantesca cúpula de hielo.


    - “¿Es ese el Trono de Hielo…?” – Se pregunto con un hilillo de voz, sin poder disimular su impresión.

    Lo fuera o no, sintió como una especie de fuerza renovada se apoderaba de su cuerpo y permitía seguir hacia delante, pese al entumecimiento de sus piernas cada vez más molesto. Seguramente era la rabia y la ansiedad del momento, sobretodo al pensar que estaba más cerca de lo que hubiera creído jamás de conseguir su meta final: venganza por su familia asesinada, su patria caída y su pueblo masacrado. Seguramente como el resto de sus hermanos, Nelthanis creía tener en sus manos el deber de llevar a la justicia o más bien, ser su puño y servirla como era debido a los enemigos de su nación.


    Siguió marchando, contra viento y nieve por delante, acompañado de las miles de legiones que allí caminaban a su lado, todos hacia su inminente destino, todos hacia la victoria sobre la Plaga y el Rey Lich.


  7. #17
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    Predeterminado Respuesta: [2º Aniversario] Levantamiento de Proeza

    III
    Justicia para los caídos

    El viento había dejado de soplar con fuerza y el silencio reinaba en los alrededores, solemne y respetuoso, casi temeroso, para con la omnipresente presencia yacente entre los picos nevados del extremo norte de Northrend. Todos se habían detenido y contemplado impresionados la colosal estructura gélida frente a ellos, y Nelthanis no fue la excepción: Una colosal cúpula de hielo, capaz de rozar las oscuras y tormentosas nubes que se arremolinaban sobre ella, se encontraba en la depresión formada por entre las montañas, rodeada de columnas de roca y escarcha que a poco emergían, comenzaban a curvarse, asimilando colmillos o garras afiladas en torno al glaciar.

    Nuevamente, la sensación de sentirse observado en la nada se apodero de su persona. Volvió a mirar a sus alrededores, sin toparse con nadie más que los miles de soldados elfos y naga a su alrededor. Arrugo el entrecejo y lentamente dirigió su mirada hacia el glaciar, sintiendo como un escalofrío recorría su espalda…


    ¿Acaso será…?

    Parpadeo y cerro sus ojos, llevándose su mano derecha al tabique de la nariz y dejándola reposar allí algunos instantes, recordándose a si mismo que no era el momento de titubear…

    … Él caerá… Por Quel’thalas, por los Sin’dorei, por Azmerelle y Hanthal, pagara…
    Retiro su mano y suspiro con pesadez, recuperando su compostura y volviendo en sí, aunque sin poder enajenarse del todo al temor y a la sensación de sentirse observado.

    - “¿Os encontráis bien, capitán?” – Pregunto Jaedan, quien se encontraba a su lado en esos momentos, observando lo que seria el próximo campo de batalla junto a él.

    - “Er… Si, simplemente…” – Nelthanis frunció el ceño y le miro, seriamente. – “¿No os habéis sentido vigilado desde que pisamos esta tierra, Dawnstrike?”

    - “No soy el único, entonces…” – Respondió con una mueca de cierto desagrado el Sargento Dawnstrike, correspondiendo a su pregunta.

    De pronto, con una fuerza y convicción mucho más poderosa en comparación con la que había tenido días atrás, la voz del Comandante Thalothen se hizo escuchar en todas las filas de su legión:


    - “¡Descended y marchad hacia el glaciar! ¡Asegurad la posición en nombre de nuestro príncipe y los Sin’dorei!” – Su voz hizo eco y mezclo con la de otros comandantes de legiones aledañas a la suya.

    La hora final estaba próxima a comenzar.


    o o o o o

    Hacia pocas horas que había abandonado la puerta hacia la Isla Caminante del Sol y acudido a esta tan rápido como pudo, preocupado por su esposa e hijo. Desolación en los corazones de centenares de elfos que lloraban desesperados por la muerte de sus seres queridos y por lo sucedido fue lo primero que encontró entre los refugiados repartidos por todas las inmediaciones del lugar.

    Tienen que estar aquí… Se que lo están.

    Pensaba mientras comenzaba a pasearse por entre la multitud de quel’dorei, observando a cada mujer y niño que alcanzaba a ver entre los refugiados; ninguno con las características de su esposa e hijo. Continuo buscando, preguntando en ocasiones a algunos de sus hermanos si les habían visto, enunciando sus rasgos para ser reconocidos, recibiendo infinidad de veces respuestas como “No lo se”, “… Lamento no poder ayudarte” o “Ahora no…”, entre otras que no hacían más que aumentar la desesperación que carcomía su templado corazón a medida que el temor de que hubiesen sido victimas de la Plaga o peor aun, se hubiesen alzado como muertos vivientes se hacia cada vez más presente.

    Y así busco por horas, hasta dar con algunos heridos: soldados, magisters, forestales, plebeyos, nobles, los no muertos no tenían distinción alguna a la hora de herir a cualquiera y quienes yacían frente a él eran la muestra de ello. Se paseo entre ellos inmediatamente, casi sin inmutarse por la sangre o algunas de las heridas que enseñaban los convalecientes quel’dorei allí presentes, hasta creer ver a una mujer de cabellos rubios y un rostro fino, de delicadas características, al menos a primera vista, con la cabeza agachada y llena de lagrimas ante los cuerpos moribundos que le rodeaban, como si temiera de su posible e inminente destino…


    - “¿… Azmerelle?” – Los ojos del quel’dorei se abrieron de par en par, antes de correr hacia ella y arrodillarse ante su persona, descubriendo su rostro y abrazándose a ella inmediatamente. – “… ¡Gracias al Sol! …”

    Ella lloraba desconsolada, escondiendo su cabeza en su abollada hombrera, rodeándole con sus brazos igualmente.


    - “… Neltha…nis… l-lo… per…di…” – Balbuceaba entre sollozos su mujer. Él permaneció en silencio, completamente helado ante sus palabras, creyendo sentir que sus pies ya no eran capaces de resistir tanto peso. – “… N-nos sepa…ramos al h…uir… ellos… ellos me mordieron… y no… no lo puedo encontrar…”

    Su barbilla comenzó a temblar un poco y separo levemente de ella, sin dejar de sujetarla, mirándole a los ojos llorosos y luego repasando en su vestido manchado de sangre a la altura del antebrazo.


    - “… No quiero… no quiero ser uno de ellos… no quiero…” – Seguía llorando Azmerelle, volviendo a abrazarse a él, desesperada. – “… Quiero a mi niño de vuelta… mi hijo…”

    Nelthanis volvió a abrazarse a ella, cerrando los ojos con fuerza y conteniendo las lágrimas de rabia, de dolor… Sabia que para ella no había vuelta atrás, ni para ella, ni para su pequeño hijo, siquiera creía que hubiese una oportunidad para él en esos momentos; todo le era difuso y más oscuro de lo que jamás hubiera imaginado, pronto su esperanza se había roto en mil pedazos. Un simple te amo fue lo único que broto de sus labios, antes de agachar su cabeza sobre su hombro, derramando lagrimas de dolor junto a su esposa, permaneciendo con ella hasta los mismos instantes de su muerte…


    … Vengare vuestros nombres… Hare justicia sobre quienes os hicieron esto. ¡Lo juro!
    Las palabras que había dicho producto de la rabia y el dolor al quemar su cuerpo y enterrar sus restos en la isla, reaparecieron en su mente instantáneamente mientras observaba el glaciar y luego, el obelisco próximo a la posición de sus soldados. Hacia horas que se habían asentado en torno al glaciar y reforzado la posición, ordenando las ballistas y demás escuadras de forestales, guerreros y otros militares de su batallón. Nelthanis observaba atento los alrededores, mientras se mantenía a la espera de nuevas ordenes o atento a cualquier alerta por parte de sus suboficiales.

    El viento volvía a soplar con cierta fuerza y el frío nuevamente calaba hasta sus propios huesos, como si el propio techo del mundo quisiera poner a prueba su resistencia mientras él seguía allí parado, aguardando la hora de conseguir su meta. Poco a poco los cielos volvían a arremolinarse y luego, a despejarse solamente un poco, dejando entrever parte de la luz del sol iluminar el oscuro campo de batalla.


    De pronto, creyó oír algo por entre los alrededores, pero el silbido del viento le impedía escuchar con claridad. El Sin’dorei frunció el ceño y mira a los alrededores, sintiendo como de pronto el hielo bajo sus pies comenzaba a temblar suavemente, llevándose inmediatamente su mano derecha a la empuñadura de su espada, completamente alerta y fue entonces cuando el grito de algunos hizo eco en los alrededores…


    - “¡La Plaga nos ataca!” – Escucho gritar a uno de sus avizores cercanos, antes de ser jalado por una especie de telaraña y volar por los aires hacia una especie de arácnido con forma humanoide.

    Rápidamente el capitán desenfundo su espada y observo a los alrededores, notando como unos pocos muertos vivientes acompañados por la misma especie de criaturas comenzaban a cargar contra sus filas sin importar la desventaja que tuvieran en numero.


    ¿Qué hacen…? No pueden vencer

    Pensó incrédulo por su táctica de batalla antes de acercarse en una loca carrera hacia sus soldados, quienes interponían sus escudos frente a ellos e intentaban parar la embestida de los no muertos, resistiendo con eficacia en algunos momentos y en otros, cediendo ante el enemigo y permitiéndoles adentrarse en su formación hasta romperla finalmente.

    - “Maldición…” – Mascullo mientras alzaba su arma y desgarraba la cabeza de un necrófago, abriéndose paso a la batalla.

    El aire helado se adentraba en sus pulmones rápidamente, producto de su acelerada respiración. Sus extremidades, anteriormente frías, se calentaban con cada movimiento en el fulgor de la batalla. Nuevamente se hallaba frente a las profanas criaturas que habían reducido a cenizas todo lo que alguna vez amo, pero en esta ocasión luchaba con un ánimo y una fuerza bastante diferente, quizá más cegado por la rabia que por el propio deseo de justicia. Destrozaba sus huesos y desgarraba algunos miembros de los cuerpos sin vida de sus enemigos, sin piedad alguna. Los gritos de guerra proferidos por varios de sus hermanos en batalla, seguidos por los suyos, envalentonaban su corazón más y más. El icor verde manchaba sus armaduras, así como también estas eran magulladas ante los incesantes golpes que en ocasiones recibía de uno que otro muerto viviente que tenia a su alrededor.


    Por instantes, los muertos vivientes parecían decrecer en su numero, pero en pocos segundos las oleadas volvían a llegar, cada vez más numerosos e interminables. ¿Cómo era posible?


    El suelo comenzó a temblar bajo sus pies con más fuerza, llegando incluso a resquebrajar el hielo.


    -
    “¡Son interminables!” – Gritaban algunos.

    Nelthanis continuo danzando con su espada, de vez en cuando animando a sus soldados a continuar la batalla, tratando de inspirarlos y fortalecerlos para obtener una victoria cada vez más lejana, difusa e imposible, pero los muertos vivientes seguían llegando y entre ellos, antiguos hermanos de sangre que unían contra su propia voluntad a las filas enemigas.


    El cansancio le podía cada vez más a su cuerpo; no importaba cuanto luchara, no dejaban de llegar y él no dejaba de acabar con sus miserables vidas. Sus brazos ya flaqueaban y no levantaban la espada tan alto como lo hacían antes, sus golpes comenzaban a carecer de la fuerza suficiente para destrozar sus huesos y su cuerpo comenzaba a entumirse a medida que su respiración se entrecortaba cada vez más, sin poder contener del todo el aire frío de sus alrededores en sus pulmones. La nieve que le rodeaba comenzaba a teñirse de carmesí una vez más, rememorándole la fatídica caída de su hogar… ¿Acaso este era su destino? ¿Morir en el helado norte, sin poder cumplir siquiera su meta?


    Golpeo en la cabeza a un necrófago y desgarro las piernas de otro, mientras jadeaba ya cansado y casi sin poder sostenerse en pie, viéndose cada vez más rodeado junto a sus compatriotas que aun seguían con vida.


    - “¡¿Dónde esta el príncipe?!” – Pregunto desesperado y cansado el Sargento Dawnstrike, tratando de mantener alejados a los muertos vivientes cuanto más pudiera. - ¡¿Los naga, el Comandante?! ¡¿Dónde?! …”

    - “¡No lo se…!” – Contesto, aunque en su interior la desesperanzadora idea de que todos habían muerto y el ataque no era más que un fracaso se hacia sentir con fuerza.

    El Sin’dorei miro a sus alrededores, notando el mar de muertos vivientes que corrían hambrientos de su carne hacia ellos, como también las blanquecinas montañas aledañas. De pronto, se hallo nuevamente en la misma situación que vivió en las caóticas calles de Silvermoon durante el ataque de la Plaga, donde permanecer fijo en un lugar tratando de resistir las oleadas de no muertos tarde o temprano desembocaría en la muerte de los valientes combatientes, pero para su desgracia, el retroceder y huir en una tierra desconocida posiblemente acabaría en lo mismo; tan solo daría unas horas o días más de vida.


    Esto no puede terminar así… ¡No puede!

    Rápidamente el capitán volvió su mirada hacia sus soldados de forma fugaz, percatándose de cómo algunos soldados que caían victimas del miedo, huían despavoridos hacia las montañas. Ya casi todo le era claro para él: luchar y morir o retroceder, y esperar que la propia tierra fuera clemente con los perdedores…

    - “… ¡Retirada!” – Ordeno con todas las fuerzas que pudo reunir el cansado capitán. – “¡Retroceded a las montañas, AHORA!”

    No reparo en las miradas o expresiones del resto, poco importaba si dicha orden era de su agrado o no, muy a su pesar era más que obvio que la Plaga triunfaría nuevamente, aun así tuviera inicialmente todas las condiciones para perder. Sus pies comenzaron a retroceder por si solos, como los del resto, siempre tratando de mantener alejados a los malditos seres hambrientos de carne que arremetían una y otra vez, sin dar cuartel alguno.


    De pronto, mientras apuñalaba al cadáver caminante de uno de sus antiguos hermano de armas, sintió como el costado izquierdo de su armadura magullada se resquebrajaba y hendía hasta el punto de desgarrar su propia piel ante un fuerte zarpazo de un necrófago. Dolorido, trastabillo hacia atrás mientras se llevaba una mano a su costado y percataba de la sangre que no dejaba de brotar de la profunda herida. Una mueca de dolor se apodero de su rostro mientras Nelthanis trataba de mantenerse en pie, sujetando la espada solo con una mano, observando como los muertos vivientes parecían enloquecer con solo sentir la sangre correr de las heridas de los vivos… Trato de mantenerse en pie, apartando o cercenando los brazos de todo monstruo que trataba de agarrarlo o golpearlo, mientras se sentía desvanecer poco a poco hasta que sus fuerzas se redujeron casi a nada y su arma, con tan solo algunos manotazos de los muertos vivientes, salio despedida con un fuerte golpe antes de Nelthanis encontrarse completamente desarmado y ser atravesado por las garras de varias criaturas a su alrededor…

    Su cuerpo cayó sobre la nieve, inerte y ya sin vida, dejando nada más que un río de sangre que tenia la blanquecina nieve como ya lo había hecho la de muchos otros en ese lugar.


    IV
    El Camino de los Malditos

    El silencio reinaba en las retorcidas alas de la ciudadela, interrumpido únicamente por los crujidos de algunos huesos al romperse mientras los muertos vivientes se hacían un festín en torno a los cadáveres inservibles que habían quedado tras la batalla, o por los pasos y voces de los nigromantes u otras criaturas que se paseaban por el lugar. Uno tras de otro los cuerpos habían sido apilados, todos listos y dispuestos para cumplir diversas funciones más que la simple macabra banquetería de los miles de no muertos. Desde lo alto y en completo silencio, él yacía sobre su trono, mientras a los pies de la espiral de hielo sus lacayos se paseaban por entre los cadáveres, examinándolos a todos y cada uno de ellos minuciosamente.

    Solo una vez creían encontrar al candidato perfecto, los hechiceros señalaban uno de los cuerpos y aguardaban pacientemente que sus descerebrados sirvientes trajeran frente a ellos, mientras abrían sus pesados libros de una magia oscura y profana. Extendían uno de sus brazos ya con el tomo abierto sobre su mano contraria y comenzaba a conjurar en un lenguaje desconocido para muchos; el suelo bajo el cadáver poco a poco comenzaba a resplandecer con un color verde y enfermizo, dibujándose líneas y otros trazados únicos en este.


    Repentinamente, el cuerpo comenzaba a alzarse por si solo, completamente vacío y sin un ápice de lo que alguna vez fue en vida…


    No todos recibían tal honor, unos pocos a veces parecían no ser lo suficientemente aptos o el ritual no era completamente capaz de arrancarles la vida y voluntad, pero incluso ellos servirían… a su debido momento.


    - “Traed ese…” – La voz apagada y distante de uno de los nigromantes se hizo escuchar y no tardo en ser obedecida por un par de no muertos que se acercaron inmediatamente al cadáver que señalaba con sus huesudos y pálidos dedos.

    La sangre ya coagulada se encontraba sobre el blanquecino cadáver de Nelthanis, cual mancha imborrable de lo que hacia bastantes días atrás había sucedido. Las cicatrices de su rostro, resultado de los rasguños que recibió en la batalla y las múltiples hendiduras de su armadura eran una clara muestra de lo maltratado que fue su cuerpo durante y después de su muerte.


    Los descerebrados muertos vivientes le arrastraron y arrojaron sin pudor alguno al suelo, frente al oscuro taumaturgo, a quien de pronto una macabra sonrisa se le dibujo en el rostro al ver como el cuerpo sin vida del Sin’dorei caía sobre el suelo con el mismo peso de una piedra.


    Sin más demora, el ritual comenzó a realizarse en él también…


    Su cuerpo comenzó a alzarse lentamente, mientras el hechizo se focalizaba en él, apartándolo para siempre del eterno descanso en los fríos brazos de la muerte, despertando al oír una voz proveniente de las mismas sombras del inframundo, tan vacía y helada que en vida, hubiese sido capaz de hacerle temblar de miedo.


    Me servirás…


    Aunque sus ojos permanecían cerrados, en algún lugar creía poder ver entre las tinieblas a la entidad que le hablaba, cubierta de hielo como el propio glaciar que alguna vez resguardo a su enemigo. Su voluntad era innegable, no podía renegar de él.


    ¿Quién eres…?


    Pregunto la voz, mientras su mente divagaba en un vaivén de recuerdos; solo muerte, dolor, desdicha y odio era lo que encontraba en los más recónditos rincones de su cabeza. Su identidad únicamente se reducía a nada más que un ser desprovisto de alegría, hecho nada más que para luchar y matar.


    No era nada, ni nadie.


    Tu voluntad… no te pertenece


    Y sin embargo, su espíritu intentaba permanecer indomable, tratando de contrariar la voz omnipotente del oscuro ser, en vano. Su voz le embriagaba y enloquecía, hasta pronto destrozar su último resquicio de vida en mil pedazos, como si de un simple espejo se tratase.


    Asesinaras y morirás en mi nombre.


    Al final, su voz y su voluntad eran lo único que predominaban en él.


    Sus ojos se abrieron repentinamente, desorbitados aun tras volver de la propia muerte. Todo en ellos era blanco como la propia tierra que le vio morir, vacío y sin reflejo alguno de emoción, siquiera el fuego vil de estos permanecía en ellos. Su mirada comenzó a entornarse hacia el nigromante, adoptando un destello azulado y fantasmagórico, hasta pronto descender e inclinar su cabeza, quedando arrodillado frente al súbdito de su único señor.


    - “Vivo solo para servir a mi maestro…” – Su voz, como todo lo que alguna vez fue suyo, había cambiado. Resonó en el interior de su cuerpo e hizo escuchar fuera como un eco proveniente de lo más profundo de la cáscara vacía y sin vida que era ahora.

    El nigromante asintió y sonrío complacido a sus palabras.


    o o o o o

    Con el paso del tiempo, Corona de Hielo había comenzado a ser reforzada con un oscuro material, quizá igual de vil que el sombrío corazón de muchos de los presentes en la ciudadela. Su cadáver recorría los pasillos de la fortaleza, impertérrito ante las atrocidades que había frente a sus ojos y ante la que era él ahora…

    La instrucción había comenzado y con ella, sus nuevos días de eterna servidumbre.


    Se le había ordenado forjar su nueva arma, su espada, objeto de poder que no pasaría a ser otra cosa más que una extensión de su cuerpo y voluntad de su señor, llevando consigo la enfermedad y muerte. Frente a sus ojos tenia un montón de armas desperdigadas en el suelo, muchas de ellas oxidadas, maltratadas u olvidadas, todas marcadas por la guerra y una existencia insignificante como la suya. Fue su voz y poder quien una vez más le guío hacia una de las espadas que allí se encontraba, cerrando su mano sobre la empuñadura y blandiéndola con fuerza.


    El fuego profano de las cadavéricas forjas ardía con más fuerza que nunca, aguardando la próxima hoja que devorar y dotar de su poder. Su forma asemejaba un cráneo con las fauces abiertas, una imagen retorcida pero no tanto como él. Se acerco a ella y adentro su espada en ella, observando atentamente como ráfagas de fuego y un sombrío humo le consumían, infundiéndole el hambre que llevaría a estar deseosa de sangre, ser igual de fría e inclemente que la escarcha, y capaz de traer consigo la oscuridad de la muerte y lo profano.


    Al retirarla, observo las resplandecientes runas grabadas en la hoja y como si por arte de magia se tratara, una especie de sed de sangre y deseo de infligir dolor se apodero de él. Abrió sus ojos y descendió la hoja, llevándose instintivamente una mano al pecho, sintiéndose sucumbir ante el sufrimiento…


    - “Ahora eres presa de un hambre sin fin…” – Decía un oscuro hechicero tras de él. – “Solo hay una forma de saciarla y es asesinando a otros.”

    El iniciado Caballero de la Muerte se giro hacia el nigromante, sin soltar su espada, mirándole fijamente.


    - “… Veamos de que eres capaz.” – Volvió a decir el taumaturgo, haciéndole una señal de que le siguiera.

    Nelthanis le siguió de cerca, recorriendo los pasillos en silencio junto a él, hasta llegar a una plataforma metálica construida alrededor de la ciudadela cada vez más amurallada, poblada de trabajadores esqueléticos y en un extremo, sombríos guerreros igual de hambrientos que él.


    - “Ármate Caballero de la Muerte…” – Aconsejo y ordeno el nigromante. – “No saciaras ese hambre sin luchar”

    Una maliciosa sonrisa curvo ligeramente los labios del hechicero, mientras observaba complacido como Nelthanis caminaba en dirección a los demás iniciados. Por unos instantes, todos permanecieron en silencio, sujetando con fuerza sus espadas blasonadas, cayendo más y más en el anhelo de saciar esa sed de sangre y dolor, hasta más no poder…


    De pronto, y al igual que el resto, uno de los caballeros alzo su espada e intento partir al iniciado a la mitad, interponiendo este rápidamente su espada. Las miradas asesinas de ambos contendientes se encontraron entre si, mientras los aceros chirriaban al deslizarse uno sobre el otro. Haciendo acopio de su fuerza, el Sin’dorei le empujo con fuerza, haciéndole trastabillar y descubriendo su abdomen, momento que aprovecho para propinarle una certera estocada en el, obligándole a caer al suelo y una vez en él, degollarlo frente a sus pies.


    La sangre corría a medida que su cabeza rodaba por el suelo, inconmovible su brazo descendió hasta que la hoja se encontró con el líquido carmesí, buscando saciar el hambre, como si el arma gozara de voluntad propia.


    Siguió combatiendo, aun buscando saciar el hambre y embriagarse con la sangre de otros, sin importar de quien fuera, hasta detenerse por órdenes de sus mismos creadores y encontrarse con menos de la mitad del grupo en pie; no todos eran dignos de servir al Rey Lich, habían dicho ellos, pero de todas formas sirvieron a su cometido.



    A su suerte, por entre el resto de cadáveres, él había demostrado si ser digno de tal honor.


    o o o o o

    Había sido un día sin amanecer aquel en el cual, tras seis largos años de haber despertado de entre los muertos, su maestro había finalmente despertado y alzado por entre los congelados paramos de Northrend a sus interminables legiones de muertos vivientes.

    Su voz, con mucha más fuerza que nunca, resonó en su cabeza mientras sus ejércitos ya marchaban fuera de los muros de Corona de Hielo.


    Escuchad, mis sirvientes… El tiempo ha llegado, prepararos para la batalla. Miles de héroes de la Alianza yacen bajo la Capilla de la Esperanza de la Luz… El Alto Señor Mograine os guiara allí ahora. Después de tomar Nuevo Avalon, limpiareis la tierra y reclamareis esos guerreros… para la Plaga…


    Al unísono, la fantasmagórica voz de los Caballeros de la Muerte se hizo escuchar tras las ordenes de su señor.


    - “¡Muerte a los vivos!” – Grito Nelthanis junto al resto, levantando su espada.

    V
    La Luz del Alba

    Durante días asole las tierras de Nuevo Avalon… Disfrute cegando las vidas de hombres, mujeres y niños sin piedad alguna, todas con el afán de saciar mi hambre y traer conmigo la destrucción a estas miserables tierras humanas.

    No era Nelthanis Dawnbringer entonces y dudo que pueda volver a serlo siquiera, ahora soy algo más…

    Sembré la muerte y junto a muchos otros, vi caer en llamas el ultimo bastión de la Cruzada Escarlata en Lordaeron, pero mi verdadero objetivo, así como el de muchos otros, estaba lejos de terminar: Ese maldito carnicero, Arthas, nos había enviado con el solo propósito de tomar los cuerpos de los mayores héroes de la Alianza que yacían bajo la Capilla de la Esperanza de la Luz, sin importar la victoria o la derrota por parte de sus entonces “campeones”…


    Como un descerebrado más en su ejército, cabalgue junto al Alto Señor Mograine y muchos otros desdichados combatientes hacia el ultimo bastión de Luz en estas tierras plagadas.


    “¡Soldados de la Plaga! ¡Caballeros de la Muerte de Acherus! ¡Lacayos de la Oscuridad! : ¡Oíd la llamada del Alto Señor!” – Consumido por la propia ira y rabia que nos creo a nosotros, la voz del Alto Señor animo a miles de cadáveres que comenzaron a emerger de la tierra, la cual se sacudía con fuerza con cada cadáver renqueante que brotaba de ella. – “¡Los cielos se tornan rojos con la sangre de los caídos! ¡El Rey Lich nos vigila! ¡Dejad solo cenizas y miseria en vuestro destructivo despertar!”


    El silencio y la calma de nuestro alrededor, pronto se vio interrumpido ante el pequeño temblor que convulsionaba a la tierra con nuestra poderosa marcha hacia la batalla.


    Mientras cabalgaba hacia la batalla, alce mi hojarruna hacia lo alto y me sentí embriagado por la sensación de causar sufrimiento, finalidad para la que había sido creado. Y el ver caer a los insignes defensores del Alba Argenta caer uno tras de otro, pero seguir en pie defendiendo a su preciada Luz me llenaba de furia, esa misma que me permitía arremeter contra ellos sin piedad alguna.


    Fue solo cosa de tiempo para que la batalla se inclinara a nuestro favor.


    O eso creíamos…


    “La Ashbringer me desafía… ¡¿Qué es esto?! Mi… yo no puedo atacar…” – Escuchamos decir al Alto Señor en el mismo momento en que los zombies, necrofagos y otros seres de nuestro ejercito cayeron destrozados al suelo frente a nuestros ojos. – “Yo… yo no puedo… la espada lucha contra mi…”


    Repentinamente, mi fuerza disminuyo considerablemente, la oscura magia profana de mi espada se desvaneció y mis piernas flaquearon, obligándome a caer arrodillado en el suelo, sin poder contenerme.


    “¡No puedes ganar, Darion!” – Dijo una voz desgastada, anciana, pero con una fortaleza y convicción jamás vista en alguien de tales características. – “¡Traedlos ante la capilla!”


    Esa odiosa Luz… Ella se focalizaba en él como si un propio magíster canalizara la magia arcana en la palma de su mano. Su calor e intensidad me corroían, era como observar al Sol en si mismo.


    “Retiraos, Caballeros de la Muerte… Hemos perdido” – Declaro nuestro Alto Señor, arrodillándose frente al anciano paladín. – “La Luz… este lugar… sin esperanza…”


    Levante mi mirada y observe desafiante a los devotos combatientes de la Capilla, aun atendiendo a las palabras de ese maldito que alguna vez llame maestro… Aunque insignificante, creía que era la hora de mi muerte.


    “¿No has aprendido nada, muchacho?” – El paladín se acerco a Mograine y observo decepcionado. – “¡Te has convertido en todo lo que tu padre combatió! Como ese cobarde, Arthas, te permitiste ser consumido por la oscuridad, el odio… ¡Alimentándote de la miseria de todos quienes torturaste y mataste!”


    “Tu maestro sabe lo que hay debajo de la capilla. ¡Es por eso que no se atreve a mostrar su rostro! Os envío a ti y a tus caballeros de la muerte a conocer su final, Darion.” – Pronto, el dolor y el sufrimiento se apoderaron de mi, aunque la sensación no parecía ser semejante a la provocada por mi hojarruna - “¡Lo que sientes ahora mismo es la angustia de miles de almas perdidas! ¡Almas que tu y tu maestro trajeron aquí! ¡La Luz te destrozara, Darion!”


    Y es entonces cuando un hecho inimaginable se realizo frente a todos nosotros: El espíritu de un humano y un joven se presentaron frente a nuestro Alto Señor. Nuestro Comandante parecía comenzar a sufrir un incalculable dolor a medida que los espectros frente a él continuaban presentes.


    Es en esos momentos cuando siento que su voz comienza a ser más lejana, liberándome de sus ataduras y pudiendo romper las cadenas de mi voluntad.


    “Conmovedor…” – La voz del Rey Lich volvía a escucharse con fuerza, pero esta vez no en mi cabeza… Se había aparecido en el campo de batalla. – “Él es mío ahora…”


    El alma del humano fue rápidamente consumida por el Rey Lich e, iracundo, Mograine levanto la voz y sin pudor alguno, le proclamo traidor y cargo contra él, sin siquiera poder hacerle ningún daño.


    “¡Eres un maldito monstruo, Arthas!” – Exclama el anciano frente a tal escena, apiadándose, quizá…


    “Tenias razón, Fordring” – Dice tras reír al escuchar las palabras del paladín. – “Los envíe a morir. Sus vidas son insignificantes para mí, pero la tuya… Que fácil fue sacar al gran Tirion Fordring de su escondite. Te has expuesto, paladín. Nada te salvara ahora”


    La espada de Arthas se extiende en toda su majestuosidad y gloria ante el humano, emanando un aura oscura que pronto consume en sombras y debilita al paladín. Débil, simplemente me quede observando como el resto de Caballeros, a los miembros del Alba Argenta cargar para proteger a su preciado campeón, fracasando en el intento.


    Pero entonces todos presenciamos como nuestro Comandante le lanza su espada profana al humano y esta sorprendentemente es purificada, proporcionando una fuerza renovada al paladín quien valerosamente se lanza contra Arthas y logra atravesar sus defensas, obligándole a huir como el cobarde que es…


    Y con él desvanecido, también lo hizo su poder sobre mí. Mis pensamientos nuevamente volvían a mi cabeza y mi voluntad regresaba. Era yo, nuevamente o parte de lo que fui, mejor dicho…


    Mientras el humano jura llevar la guerra a Arthas en Corona de Hielo, me levanto como muchos otros “camaradas” y dirijo mi atención al Alto Señor Mograine.


    “También lo haran los Caballeros de la Espada de Ébano.” – Declara nuestro líder, bajo la atenta mirada de muchos, algunos sorprendidos y otros satisfechos por esa decisión. – “Aunque nuestra clase no tiene lugar en este mundo, lucharemos para llevar el fin al Rey Lich. ¡Esto lo juro!”


    o o o o o

    Desde que hemos sido liberados en la capilla y retomamos Acherus para nosotros, he permanecido en la necrópolis y cuestionado el qué hacer. Nelthanis Dawnbringer murió en las heladas tierras de Northrend, lo que soy ahora dista mucho de lo que alguna vez fui, siquiera puedo considerarme a mi mismo miembro de los Sin’dorei, por más que mi maltrecho corazón anhele volver a Quel’thalas…


    La vida me habrá abandonado hace mucho y el mundo ya no me conforta, pero soy algo más… Soy el ocaso de la oscuridad de este mundo, traído de entre los muertos por las sombras que hoy me abrazan con el propósito de castigar a quien los vivos temen y los descerebrados se doblegan, un alma torturada provista de un propósito; el único para él que fui creado y que ahora, se vuelve contra su puño dictador.


    Soy Nelthanis Duskbringer, Caballero de la Espada de Ébano.

  8. #18
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