Su mirada fría y penetrante ahondó la vasta profundidad de aquellas salas en busca del lugar del que le habían hablado. Tenía un conocido en aquellos lares que le había indicado el camino, y por sus barbas que si allí encontraba la ayuda cumpliría con su cometido. Así avanzó pasillo por pasillo, sala por sala, con la llama del deber hirviendo en sus pupilas negras como las profundas minas. Frías como el duro metal que se extrae de ellas.
Finalmente logró alcanzar la arcada bajo la que rezaba que era en aquel lugar donde los iniciados se presentaban y la penetró sin vacilar un solo instante. Entró sin a penar mirar quien o que pudiera haber en aquella amplia estancia y alzó su voz contra el silencio.
- Saludos, soy Dunduat Sombrairviente, enano dispuesto a convertirse en novicio de la luz para purgar al mundo de todo mal. ¡Si se me permite incineraré todo lo que hace que el mundo agonice en su propia sombra vil! Para eso he venido, pues Maidorin Yelmodoro me aconsejó que este era el lugar idóneo... Espero así sea. -
Se mesó las barbas esperando alguna respuesta con gesto torcido en mueca de serena expectación.


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