Escribí este relato para un concurso literario. Obtuvo el tercer premio. Espero les guste
Viniste cuando me moría
por Carlos Emilio Martinetti
El sol del atardecer descargaba sus rayos sobre el rostro de Alejandro Voltare. La tenue calidez, reducida todavía más por el aire acondicionado y los cristales aislantes, confería a la oficina del magnate cierto aire hogareño.
Voltare observó, sentado en su silla giratoria, el lento descenso del astro rey. Recordó entonces un mito egipcio en el que se narraba cómo la serpiente Apofis devoraba a Ra, el dios solar, cada atardecer. Así, la divinidad perecía cada crepúsculo, sumiendo al mundo en tinieblas.
La reflexión de Alejandro se vio interrumpida por un agudo pitido electrónico. EL hombre giró sobre sus silla y presionó el botón del intercomunicador. Una breve pausa precedió la lenta y gastada voz del ejecutivo.
- ¿Qué pasa, Carla? Pedí que no me molestaran.
Una suave estática fue la antesala de la contestación de la secretaria:
- Discúlpeme, señor. Pero tiene una reunión.
Alejandro Voltare miró extrañado hacia el aparato. Escudriñó en su memoria, pero sólo encontró aquella hora libre de la tarde. Era imposible que fuera un error.
El hombre apretó nuevamente el botón rojo.
- Eso es imposible -dijo tajante-. Estoy seguro de que nadie vendría a verme.
Rápidamente obtuvo una respuesta de su joven empleada:
- Señor, no sé qué decirle, pero aquí tengo agendada una cita con una doctora.
- ¿Doctora? -preguntó rápido el ejecutivo-. ¿Qué doctora? ¿Cuál es su nombre?
Hubo tres segundos de silencio antes de que la voz de la secretaria volviera a salir del pequeño aparato:
- Se llama De la Morte, señor. Ángela De la Morte.
* * * * *
La puerta de palo brasil, que parecía estar hecha de madera sangrante a la luz del atardecer, se abrió para dejar pasar a la médica.
Esa mujer debía rondar los treinta y cinco y era de una singular belleza. Una belleza que a Alejandro le parecía familiar, pero a la vez distante. Era como si el origen de esa familiaridad, de ese recuerdo, hubiera sido olvidado y sólo quedara en su memoria un cascarón vacío, una fachada sin esencia.
- La rosa del ayer perdura en su nombre -susurró. Sólo recordamos nombres vacíos -dijo confidente, para aterradora sorpresa de Voltare, esa doctora... Esa "Ángela".
- ¿Qué... qué acaba de decir? -preguntó él, intrigado.
- Sólo dije lo que acaba de pensar, señor Voltare -respondió educada-. Sólo el interrogante que aqueja su alma -finalizó mientras se sentaba, planchando prolijamente su falda de seda negra.
Alejandro se quedó mirándola, incapaz de saber si era eso un sueño, una alucinación o una joven haciéndose la vidente. Pero, en lo profundo de su ser, una cuarta posibilidad no se dejó domar por la fusta de la razón: esa mujer era una vidente... o algo más.
El magnate se movió en su silla de cuero italiano, rompiendo el silencio con los suaves chillidos del asiento. Por unos segundos, volvió a mirarla. Luego, como si nada hubiera pasado, le habló por fin:
- Doctora... -dijo con tono vacilante Voltare.
- De la Morte -le respondió con una sonrisa amable que hizo expandir sus labios de rojo carmín-. Ángela de la Morte.
- Eh... sí, sí. -asintió Alejandro mientras hacía danzar sus ojos entre la extraña visitante y su voluminosa agenda-. Disculpe, pero, ¿podría saber con qué motivo acordamos esta reunión? -pasó el dedo por las páginas de blanco porcelana, buscando alguna respuesta-. Parece que últimamente me falla la memoria -se excusó.
- No se preocupe, lo entiendo perfectamente. El motivo de nuestra cita... -comenzó diciendo Ángela.
El hombre se relamió nervioso sus secos labios con correcto disimulo.
-... es su muerte, señor Voltare. Le ha llegado la hora.
* * * * *
Tras quince minutos de inmutable silencio, en los que el sol continuaba acercándose moribundo al horizonte, Alejandro Voltare recuperó el color de su piel y su respiración se normalizó. Nada tenía sentido.
Con esfuerzo, tragó saliva y se aclaró la entumecida garganta. Mientras, esa... esa "doctora" seguía allí, paciente y correctamente sentada.
- ¿Quién...? ¿Quién es usted? -preguntó el hombre con temor.
- Me han llamado por muchos nombres: la Parca, la Hoz, la Cegadora de Almas -respondió la "mujer"-. Pero, simplemente, soy la Muerte, soy el vacío sin el que la creación no puede existir.
Al oír esto, Voltare contuvo a la vez la risa y el llanto. La seriedad e inmutabilidad de su interlocutora no ayudaban en nada en su incómodo estado. ¿Era verdad entonces? ¿Estaba sentado ante la propia Muerte?
De la Morte retomó el diálogo:
- Comprendo su sorpresa, señor Voltare. Es una reacción normal. Ni El Más Grande permaneció impasible ante mi presencia.
Los puños de Alejandro se cerraron con fuerza, intentando descargar el nerviosismo. Sucedía que, a pesar de aquella revelación, había un punto incoherente en todo eso. Pues algo en interior del ejecutivo le decía que ya la había conocido, que ya había visto esos labios, que ya había visto esos ojos brillantes como la miel.
- Lo que acaba... de decir... Esas son puras tonterías, sandeces... Yo la he visto antes -su mano tembló- Yo la conocí.
Ángela le miró. Sus ojos destellaron con un brillo de vida desconocido hasta ese momento.
- Absolutamente. Usted conoció a "esta" mujer -se señaló, levantando levemente su mano derecha y girándola con un ademán en dirección al pecho-. Recuerde, señor Voltare, sólo recuerde.
Alejandro se quedó mirándola durante 1 segundo cuando su mente oyó un distante y antiguo "click". El gatillo de una pistola. Una mujer pelirroja. Su primer negocio. No faltaron más recuerdos para que rompiera en llanto.
- ¿Cómo es...? -se detuvo para ahogar el llanto-. ¿Cómo es posible? Te ví morir en el asalto...
- ... 40 años atrás -la mujer le miró con comprensión-. No podías salvarla. Era algo... inevitable.
De nuevo, reinó el silencio absoluto. El millonario, con los ojos llorosos y gimiendo en silencio, la observó como un cachorro asustado que es incapaz de comprender el complejo mundo que lo rodea.
Entonces, se concentró y lanzó la pregunta al aire, esperando una respuesta:
- ¿Qué pasará ahora?
- Se terminará su capítulo. Le daré descanso.
- Pero... no quiero... no quiero irme. Mis hijos -respondió confundido-. Mis nietos. ¿Qué va a pasarles?
- Muchos y alegres años les aguardan. Sus historias continúan. Pero recuerde, por favor, que todo tiende su fin: yo. Yo soy el fin que permite el nuevo comienzo -la "doctora" se levantó de su silla con elegancia.
Las palabras resonaron en su cabeza. Alejandro Voltare procesaba todo lo que estaba escuchando. Era, sin dudarlo, una vivencia ciertamente de otro mundo.
- ¿Va a dolerme?
- No, en absoluto. No es ese su final -dijo la Muerte mientras rodeaba la mesa de fino cristal y metal cromado.
Con cada paso, la Parca se acercó más y más a la silla de pellejo negro. Luego, mirando con seriedad al magnate, le cerró los ojos a este con sus manos frías como el hielo.
Al principio, no sintió nada. Y luego, como si un viento desarmara una duna, su mente empezó a disolverse en las ráfagas de la vacuidad. Entonces, y sólo entonces, su corazón dejó de latir.
* * * * *
Desde la oficina, el cuerpo inerte fue testigo de los agonizantes momentos del sol, cuando finalmente se ocultó, muriendo en el clímax del crepúsculo.
Dedicado a Salvador Sanz, en el día de su cumpleaños.


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